XIX

Al cerrar la noche de aquel día sólo quedaban del temporal unos rumores

lejanos e intermitentes, a manera de jadeo de su cansancio después de

una brega feroz y continua durante semana y media. Con este motivo fue

la tertulia algo más animada que las anteriores últimas, y hasta el

patriarca presidente de ella parecía otro por lo parlanchín que estuvo y

lo espabilado de humor. Bien conocía yo la causa del milagro. Como

conocía la de que Facia, al revés de todos los demás, anduviera tan

alicaída y tétrica las pocas veces que se dejó ver en la cocina. Le

faltaban a la pobre aquellos estampidos de la borrasca en la boca de la

chimenea, que arrojaban sobre los recogidos llares costras de hollín tan

grandes como la palma de la mano; aquel redoblar de los granizos en las

puertas y en las ventanas de la casona; aquel chorreo incesante de los

goteriales del tejado, y aquel fluir de los aguaceros por patios y

corraladas, en regatos espumosos que se despeñaban después por los

declives de afuera buscando el río que ya no cabía en su cauce. Mirábala

yo compasivo algunas veces, y respondíame ella con una mirada

melancólica, que parecía significar: «Ya está la bonanza ahí; ¿ve usted

qué desgraciada soy?» Y esto era lo que más me preocupaba aquella noche,

cuando tanto y de cuenta propia tenía en qué emplear la imaginación

después de lo ocurrido dos horas antes en el aposento de mi tío. ¿No

tiene cosas bien inexplicables la pícara condición humana? Pero luego se

cambiaron las tornas y las pagué todas juntas, como decirse suele,

porque apenas pegué los ojos en toda la noche, y eso que me había metido

en la cama bastante descuidado por haber visto a mi tío en la suya

durmiendo con la tranquilidad de un mozo. ¡Entonces sí que vi con los

pormenores más nimios, y con toda su luz y su cortejo de premisas,

deducciones y comentarios la escena de aquella tarde! No pude averiguar

si en definitiva, el pensar tanto y tanto en ella me resultaba grato o

me mortificaba: matices había para todo en el cuadro y en los

pensamientos. Lo cierto fue que, desazonado y nervioso con la batalla de

mis preocupaciones a oscuras, encendí la luz, y que no bien la hube

encendido, me acordé de los papeles que mi tío me había dado en su

cuarto al despedirnos, y había guardado yo después en un cajón de la

cómoda.

--Buen recurso--me dije--, para sobrellevar estas largas horas de

insomnio.

Levantéme enseguida, cogí los papeles y me volví a la cama, dispuesto a

enterarme de ellos. Los principales eran tres: el testamento de mi tío,

un inventario de sus propiedades valoradas en venta y renta, y una

memoria dedicada a mí, de letra suya, con los renglones muy torcidos y

bastante emborronada: estaba firmada con fecha posterior a la del

testamento, y muy poco anterior a la de la primera carta que me había

escrito después de enfermar.

Empecé por el testamento, que era largo y minucioso. Después de las

mandas piadosas y benéficas, que eran muchas, entre ellas una muy

importante relativa a la escuela municipal, hacía muy buenos legados a

sus sirvientes, en particular a Facia, a la cual dejaba en propiedad,

amén de su correspondiente legado en dinero, la casería, con tierras y

ganados, en que había vivido recién casada con el bribón que la engañó;

perdonaba todas las deudas a sus convecinos de Tablanca, y las rentas

del año en que falleciera a los llevadores de sus haciendas, cabañas y

rebaños. Dejaba a mi hermana una finca de dos que poseía en la provincia

de León; y del remanente de su caudal, después de hechas éstas y otras

menos importantes deducciones, me nombraba a mí heredero, por ser el

único varón de la línea directa de los Ruiz de Bejos.

Puestas las cosas aquí, y sin gran sorpresa mía después de lo tratado

por la tarde mano a mano con el testador, entré en muy vivos deseos de

conocer el valor aproximado del caudal hereditario. Al fin y al cabo,

¡qué demonio!, era yo también de carne flaca como los demás hombres.

Según yo lo esperaba, por antecedentes que tenía adquiridos de mi padre,

todo el caudal de mi tío, para un hombre de su modo de vivir, era muy

considerable; pero para un Ruiz de Bejos de mis usos y costumbres, ya

era cosa muy diferente: mejor dicho, aquel caudal, disfrutado en

Tablanca como le disfrutaba mi tío, era una verdadera riqueza; viviendo

como yo vivía en Madrid, sin ser manirroto ni mucho menos, me le hubiera

comido en pocos años. Así y todo (¿a qué negar lo que no desagrada

porque es inherente a la humana contextura?), me sentí muy satisfecho

con la herencia, la cual llegaría a hacerme el primer hacendado de

Tablanca. ¿A quién le desagrada ser el primero en cualquier parte del

mundo habitado y habitable, por oscura y mínima que ella sea? Valga por

compensación de esta flaqueza, la mortificación que sentía con los

temores de que no fuera tan desinteresada como yo creía la gratitud

cariñosa con que respondía mi corazón a las larguezas y distinciones de

mi tío.

Su memoria, redactada con el espontáneo y agradable desaliño que le era

propio, se reducía a exponerme, a grandes rasgos, el armazón de su obra

benéfica, llamada por él «su deber»; los frutos principales de ella; lo

que le costaba aproximadamente cada año en dinero, porque en paciencia,

no tenía calo ni medida, y una relación de las familias de Tablanca más

merecedoras, por sus especiales condiciones y virtudes, del amparo y la

estimación de «la casona». Todo aquello me lo declaraba para mi gobierno

solamente. El único encargo que me hacía, y muy encarecido, era el de

procurar que no se desmembrara durante mi vida el patrimonio de los Ruiz

de Bejos que pasaba a mis manos íntegro y tal como él le había recibido

de las de su padre y éste de las del suyo, ni al heredarme mis hijos, si

llegaba a tenerlos; y si no, que pasara a los de mi hermana con igual

recomendación para los mismos fines, siempre que fueran compatibles con

las leyes. Por de pronto y para «lo de puertas adentro» que me dejara

guiar por las indicaciones del párroco don Sabas Peña; y si no vivía

éste ya, de la persona que me buscaría por su mandato. Él no podía

explicarse con mayor claridad allí, porque los papeles son cosas

livianas que se lleva el aire fácilmente, «y vaya usted a saber en qué

manos van a dar a lo mejor». Después me nombraba las personas encargadas

de administrarle las fincas «que radicaban» fuera del valle y de la

provincia, y concluía advirtiéndome que, como ya se declaraba en el

testamento, a la hora en que escribía aquellos renglones no debía nada a

nadie, como no fuera su alma a Dios, en cuya misericordia confiaba y a

quien pedía que hiciera el milagro de que yo sintiera alguna vez el

deseo de dejar los huesos en el campo santo de Tablanca, después de

haber vivido muchos años en la casona de los Ruiz de Bejos.

Como los demás papeles, aunque relacionados con el caudal de mi tío, no

me ofrecían gran interés, renuncié a su detenida lectura por entonces, y

consagré el tiempo que tenía bien de sobra a espaciar la imaginación, a

ojos cerrados, por el campo variadísimo de los sucesos de aquel día. Así

me cogió el sueño muy cerca del amanecer. Cuando desperté, entraba la

luz en mi gabinete por el cuarterón que siempre dejaba entreabierto en

la puerta de la solana. Me pareció que la luz era más alegre que la que

me había saludado en idénticos casos durante la última quincena, o que

estaría el sol ya muy arriba, lo cual no sería extraño por lo tarde que

me había dormido por la noche. Miré el reló que tenía a la cabecera de

la cama, y vi que eran poco más de las ocho. A pesar de la falta que me

hacía dormir un buen rato más, levantéme y abrí todo el cuarterón. El

poco cielo que veía desde allí, estaba raso y azul como un paño de seda,

y el sol bañaba ya todos los picachos del Oeste. Relucían las peñas y

los troncos y los bardales y los suelos por todas partes, eso sí, y se

sentía un frío húmedo y pegajoso que llegaba hasta los huesos; pero

estaba risueña y en calma la Naturaleza, y esto levantaba mucho los

ánimos.

Pensando más que en estas cosas en mi tío, a quien anhelaba saludar como

todos los días al levantarme (especialmente desde que andaba tan

alicaído, y me había recomendado mucho el médico la mayor vigilancia

sobre él), y barajando con este sentimiento los recuerdos que se iban

despertando en mi memoria, despaché en el aire mis operaciones de

tocador.

«Y vamos a ver--decíame a mi propio en cuanto me hallé dispuesto a salir

del cuarto--, ¿qué cara pongo a mi tío después de lo que ha pasado esta

noche? ¿En qué temple de ánimo, en qué estilo he de expresarle «lo que

procede»? Y ¿cuál es «lo que procede»? Porque él debe dar por hecho que

a estas horas estoy enterado de todo; y en casos tales, un grado menos

de lo justo en la expresión de lo que se siente, desnaturaliza la

seriedad de un papel y hasta pone en ridículo al actor».

Afortunadamente se anticipó él mismo a sacarme del atolladero. Sin

responder a la salutación que le hice en la cocina, adonde había ido el

infeliz desde la cama, me dijo, porque estábamos solos en aquel momento:

--Como ya habrás leído los papeles que te entregué ayer tarde, por lo

menos el principal de todos, quiero, y así te lo mando, que no me hables

una palabra ahora ni después ni nunca, de esos particulares ni de ningún

otro que sea pariente de ellos. Hazte la cuenta de que no ha pasado nada

entre nosotros de dos semanas acá, y atente a ello si deseas darme

gusto. ¿Entendístelo? Pues en la creencia de que sí, te digo ahora,

respondiendo a tu pregunta de antes, que he pasado una noche de las

buenas, ¡de las buenas, trastajo! He dormido más de cuatro horas, y no

he tosido veinte veces.

Por este camino tan cómodo salí del compromiso que tanto me apuraba, y

bien sabe Dios cuánto me alegré de ello. ¡Sobre que las resoluciones de

mi tío habían de ser irrevocables!... Pero ¡qué malo estaba el pobre, no

obstante la extraordinaria mejoría de su espíritu! ¡Cómo se iban

conociendo de día en día, en su cuerpo aniquilado, las zarpadas de la

muerte!

Hacia las once de la mañana aparecieron en la casona don Pedro Nolasco y

toda su familia, es decir, su hija y su nieta, y fueron recibidos en mi

habitación, donde también había brasero y nos hallábamos mi tío y yo con

Neluco que había ido a hacerle su visita diaria. Lita llevaba la cabeza

envuelta en una esponjada toquilla de color azul celeste, que realzaba

la frescura de su linda cara sonrosadita por la crudeza del aire

serrano, y todo el cuerpo gentil arrebujado en un chal de lana gris, de

mucho abrigo. Según entraba y hablaba en su estilo regocijado y

pintoresco, iba destocándose la cabeza y desenvolviendo el airoso cuerpo

con sus ágiles manos medio cubiertas por mitones rojos de estambre.

Mirándola a ella y mirando al sol que inundaba el valle, tras unos días

tan negros y tan tempestuosos como los recién pasados, yo no sé por qué

llegué a ver en la nieta de don Pedro Nolasco, algo así como la paloma

que volvía al arca anunciando que había cesado ya la ira de Dios y que

toda la Naturaleza surgía de los abismos de tinieblas purificada de las

culpas e iniquidades de los hombres. Don Pedro Nolasco hacía temblar las

paredes con el estruendo de sus ponderaciones de lo recio y de lo crudo

del temporal. No recordaba otro como él de muchos años atrás. Había

estado como sin sangre en aquellos días, y no hubo durante ellos lumbre

que alcanzara a meterle en calor. Y bien se conocían, sin que él los

ponderara, los chamuscones que se había dado, porque apestaba desde

lejos a humo de cocina, y tenía la piel como los chorizos curados y

hasta con hollín. Mari Pepa no veía motivos para tantas ponderaciones:

aquel temporal había sido como otros muchos que habían pasado y que

pasarían. Lo único de él que la mortificó verdaderamente, fue el

privarla, y privar a todos los de su casa, de ir a hacer un rato de

compañía a don Celso y ver cómo andaba de salud. Y a eso iban entonces,

aprovechando el primer sol que se veía después de una quincena de

aguaceros y «celleriscas», y sobre todo ello se habló mucho en muy poco

tiempo, quitándose unos a otros la palabra, mientras Lita, corriendo su

silla hacia la mía que estaba alejada del brasero, me contaba, casi al

oído, lo alarmados que estuvieron todos en su casa con las noticias que

Neluco les iba dando de mi tío, al pasar por allí de vuelta de sus

visitas, y el trabajo que le había costado a ella disimular la pena que

acababa de sentir al encararse de pronto con don Celso. ¡Qué «mortalón»

le veía, Virgen y Madre de Dios! Y tras esto, me acosó a preguntas: si

comía, si descansaba, si conocía su estado, si me daba mucho que hacer,

si podían ellos hacer algo en alivio nuestro; porque ya se sabía que

casa sin mujeres, andaba como Dios quería en los apuros graves. Buena

era Facia, buena era Tona; pero... al cabo, al cabo. Vaya, que no era lo

mismo. Su madre era una gran enfermera, y ella tenía buena voluntad; y

cuando llegara el caso, si desgraciadamente llegaba, que no anduviéramos

con miramientos que no pegaban bien entre vecinos amigos y hasta

parientes.

Como a lo más de esto tuve que responder, y la conversación continuaba

enredándose en el otro grupo con la inagotable verbosidad de Mari Pepa,

y hasta se marchó Neluco de la visita, porque tenía que hacer otras dos

antes de comer, y, sobre todo, porque estaba yo muy a gusto al lado de

aquella criatura tan atractiva, lo tratado entre los dos se fue

enredando también poco a poco, hasta extraviarse al fin por derroteros

que ninguna comunicación directa tenía ya con el punto de partida.

Todas las mujeres que yo llevaba tratadas en el mundo, con más o menos

intimidad, como formadas en un mismo plantel y educadas con unos mismos

fines, salvas muy importantes diferencias plásticas, de esas que tocan

más al cuerpo que al espíritu del observador, me habían dado en

definitiva una suma de semejanzas morales que llegó a parecerse a la

monotonía, según mi manera particular de ver esas cosas; y de aquí, es

decir, de esa condición mía, de la desgracia o de la fortuna de no haber

sido formada mi naturaleza del mismo barro que la de otros hombres

llamados «impresionables» la falta de verdadera curiosidad y, por

consiguiente, de hondo interés hacia aquellas mujeres, a pesar de haber

vivido con ellas en continuo trato. Pero el caso de Lita ¡era tan

diferente de los otros casos! Por de pronto, yo encontraba a su lado una

complacencia, una delectación muy extraña y enteramente nueva para mí.

Buscando una comparación para este sentimiento, veníanseme a las mientes

ejemplos muy raros: verbigracia, los lienzos recién lavados y secos, el

heno de las praderas con su fragancia «a salud y el agua de las fuentes

rústicas con su pureza transparente. Aspirando la una, podían pasarse

«las horas muertas» contando las pedrezuelas relucientes del fondo de la

otra. ¡Placer bien primitivo y candoroso ciertamente! Pero era un

placer, al cabo, para quien no había hallado otro equivalente entre los

refinados artificios del mundo; y por eso sin duda, le daba ya tan alto

precio en aquellas bravías soledades.

Ello fue que la tentación de contar las pedrezuelas de la fuente me

entró aquel día con doblada fuerza que en otras ocasiones, y que no

pudiendo resistirla, me lancé a la empresa, tomando por pretexto el

temporal pasado, nuestras forzadas encerronas por su culpa, y los que

nos esperaban a las puertas del lugar. Porque yo me preguntaba, viendo,

admirado, aquella criatura de tan equilibrado organismo: pero, señor,

¿de qué se alimentan esta alma tan regocijada y satisfecha, y esa

cabecita luminosa que irradia los pensamientos sin el estorbo de una

sola nube, en el mismo campo en que yo, hombre atiborrado de lecturas y

de recuerdos, no hallo con qué levantar un poco el espíritu en cuanto se

nubla la luz del sol? ¿Qué cantidad de ideas puede haber en ese cerebro,

de qué calidad serán y cómo las ha adquirido? No llegaba yo con mis

preocupaciones de hombre mundano hasta el extremo de creer que no

pudiera llevarse con resignación la vida desconociendo totalmente la

magia del gran escenario de mis preferencias, porque tenía en contra de

este absurdo el ejemplo de Mari Pepa y el de su amiga de Robacío, que

eran el colmo de la felicidad dentro de ese mismo desconocimiento

absoluto, sin contar las rudas y sedentarias labradoras que no sabían lo

que era una pesadumbre. Pero Lita era mucho más que esto, y mucho más

que su madre y que la hermana de Neluco, con no haber visto mayor

cantidad del mundo, ni bebido las ideas en mejores fuentes que ellas.

Tenía unas afinaciones, unas delicadezas de sentido y un alcance de

vista en las honduras de las cosas, aunque tratadas medio en chanza y a

la ligera, que solamente las concebía yo en las inteligencias muy

cultivadas.

El caso fue, repito, que di principio a la investigación, movido de una

curiosidad muy grande; pero teniendo buen cuidado por acomodarme en lo

posible a las naturales condiciones del terreno, de allanarme yo mismo

al nivel de lo más sencillo y rudimentario: casi, casi, me introduje en

su conciencia por las puertas aprendidas en la infancia en el catecismo

del Padre Astete. «Sitios por donde había andado, ocupaciones que había

tenido». En sustancia, de eso vinimos a tratar en los comienzos de mi

labor. De lo primero no supe más que lo que ya sabía por Neluco Celis:

un mundo de cuatro leguas, escasas, a la redonda de Tablanca; dos o tres

familias del pelaje de la suya, esparcidas por él; dos ferias cada

primavera, si el invierno no había sido muy largo, y tres o cuatro

romerías en el transcurso de cada verano. ¿Deseaba ver algo más que eso?

¡Psh!... por desear propiamente, no. Ahora, alegrarse de tener ocasión

de conocerlo un poco, puede que sí, porque a nadie le amarga un dulce;

pero de todas suertes, a ella se le figuraba que no había de encontrarse

a gusto entre tanto y «tan pomposo» revoltijo. Una amiga suya, de más

allá del Puerto, la mandaba algunas veces un periódico de modas que ella

recibía cada semana: por los dibujos y las explicaciones de ese papel,

estaba al tanto de cómo se vestían las señoras para ir a las grandes

fiestas y al paseo. «¡Virgen la mi madre», cuánto dinero debían de

gastar en esas galas y diversiones, y qué mal la sentarían a ella tantos

lujos, avezada a las pobrezas de una aldeúca montés y qué avergonzada se

vería en aquellos festivales tan resplandecientes, debajo de unos

perifollos que no sabría manejar!... ¡Quita, quita! Bien se está San

Pedro en Roma. Algo más que las estampas de aquellas señoras, la

entretenían en el papel unos dibujos de labores que se hacían fácilmente

y sin costar mucho dinero. De ésas había ido llenando la casa. También

había aprendido en el mismo papel a cortarse los vestidos y chaquetas.

¿Qué mejores entretenimientos para pasar horas sobrantes? Porque cuando

no tenía labor para sí propia o para los de su casa, se la daban bien

abundante la mitad de las mozas de Tablanca. ¡Como ella no sabía

negarse, y las otras pobres no conocían otro refugio cuando se trataba

de las galas domingueras!... «¡Pero qué curiosón era yo, Virgen de las

Nieves! ¿Si querría burlarme de ella?» ¿Por qué la preguntaba esas

cosas, ni qué podían importarme a mí, que tanto había visto por el mundo

y conocería a tantas damas de las lujosas del papel? Ya contaba yo con

esta salida de los carriles del asunto, lugar común de toda clase de

interlocutoras en diálogos por el estilo: pura modestia. ¿Cómo no había

de interesarme a mí, más que todo lo que llevaba visto de lo que hay y

se ve en todas partes, aquel hallazgo tan lindo y tan nuevo, donde menos

se podía esperar? No eran adulaciones ni «cortesanías de madrileño»

estas palabras: podía jurárselo, y esperaba ser creído sin que ella me

pusiera en un extremo tan desfavorable para mi formalidad. En esa

confianza, lejos de enmendarme, reincidía en el supuesto pecado, y a la

prueba si no. Lecturas. ¿Cuáles eran las que más la gustaban? ¿Qué

libros había leído?... ¡Libros ella!... Si yo me refería a los que se

usaban ahora. No pasaban de tres: dos que le había prestado la amiga del

papel de modas, y otro que había traído su padre de Andalucía. Los de la

amiga trataban de amoríos muy tiernos que la pusieron algo triste,

porque le daba lástima de los pobres enamorados: en los dos libros se

veían y se deseaban las parejas de novios para salirse con la suya. El

libro de su padre tenía estampas, y era una historia de bandoleros que

robaban y mataban y eran al mismo tiempo muy blandos y muy nobles de

corazón. Eso no lo podía entender ella bien... Pues estos libros y «los

de casa» eran los únicos que había leído en toda su vida. Y ¿cuáles eran

«los de casa»? Pues uno muy grande y muy antiguo de _Cartas_ de Santa

Teresa, que ya se le sabía de memoria; el _Año Cristiano_, que leía en

alta voz su madre todas las noches por el capítulo del santo

correspondiente al día; la _Guía de pecadores_, que su abuelo leía del

mismo modo de vez en cuando, y de tal arte, que la llenaba de espanto y

no la dejaba dormir con sosiego después, en media semana; y, por último,

_Don Quijote de la Mancha_. Éste le leía ella sola para sí, aunque

salteando algo la lectura, porque muchas cosas que había allí no eran

para gustadas de pronto por una mujer tan ruda como ella. Sobre la

calidad de las personas de su trato, ya me había dicho lo principal; el

resto, «a la vista lo tenía...». «Pero, Señor de los cielos--volvía a

decirme--, ¡ni aunque estuviera obligada a confesarme con usté!»

Y de este género eran todas las pedrezuelas que fui contando y

estudiando en el fondo de aquella fuente cristalina y tentadora. Yo

comprendía que con ello solo pudiera Lita conformarse y vivir alegre sin

desear otra cosa mejor («mejor» según mi criterio), y que con una

travesura natural y una inteligencia tan clara como las suyas, se

pudiera llegar hasta el disimulo de muy apremiantes deseos; pero aquel

arte delicado con que manejaba la escasez de sus recursos «exteriores»,

¿dónde le había aprendido? ¿Cómo podían concebirse tantos y tan variados

registros en una máquina tan simple? Este era el caso extraño para mí.

«¡Pero qué majadero soy!--me dije de pronto, al sentir el paso de un

recuerdo por mi memoria--, ¿qué más escuela ni qué más libros necesita

que Neluco?»

Sentí también remordimientos de conciencia, como si estuviera poniendo

mis manos en el tesoro de un amigo, y me apresuré a dar un tajo a la

conversación, llevando enseguida los restos de ella hacia la otra que ya

estaba en la agonía por falta de materia o por sobra de cansancio entre

los interlocutores.

Marcháronse poco después los visitantes, dejando a mi tío muy fatigado

con la conversación en que había tomado, por rebeldías de su

temperamento, más parte de la que debiera, y yo llevé mi cortesía en

aquella ocasión al extremo de acompañar a la familia de don Pedro

Nolasco hasta el pedregal en que empieza a descender la cambera hacia el

pueblo. ¡Qué graciosamente pisaba Lita con sus primorosas almadreñas, y

con qué donaire se recogía los pliegues airosos de su vestido, que

apenas dejaban ver dos dedos de media blanca sobre el ancho y peludo

ribete de las zapatillas!

Por la noche me dijo Chisco asaltándome en el pasadizo que seguía yo

para ir a la cocina, de la cual salía él:

--¿No tenía usté ganas de probarse un pocu en algu de caza mayor?

Respondíle que sí, temblando sin saber por qué, y añadió:

--Pos a la manu tien la proporción de eyu.

--Explícate--le dije algo nervioso, sin duda por el exceso de mi

curiosidad.

--Se ha vistu el osu.

--¿En dónde?

--Encima del mesmu rejoyón del Salgueru: a hora y media de aquí.

--Bien; pero... de paso.

--¡Quiá! no, señor: encuevándose.

--Conque... encuevándose... Y ¿quién le ha visto?

--Chorcus, esta mañana, viniendo del invernal de Picachus.

--¿Está bien seguro de haberle visto?

--Como yo de que estoy viéndole a usté ahora mesmu; y el oju suyu no

falla pa esas visualis, ni el golfatu tampoco, porque lu tien de sagüesu

finu.

--Corriente... y ¿qué pensáis hacer?

--Pos salir los dos de madrugá a dale los güenos días.

--¿Solos?

--Y ¿pa qué más? No será la primer vez... Pero como usté me tenía

alvertiu de tiempus atrás que si se presentara una proporción de esas,

la aprovecharía con gustu...

--Tienes razón, y has hecho muy bien en avisarme... ¡Vaya si te lo

agradezco!... hasta por la reserva con que lo haces, sin duda para que

no se entere mi tío. ¿No es verdad?

--Muchu que lo es... ¡como que por eso iba a buscali a usté a su mesma

sala, cuando le he alcontrau en el caminu... pa que no se enteri el amu

que está en la cocina!... Porque el recau no me lo dio Pitu hasta jaz un

cuartu de hora.

--Perfectamente... Pues la palabra es palabra; y si la salud de mi tío

lo permite, iré con vosotros con muchísimo gusto, ¡ya lo creo! Pero

entendámonos: ¿cuánto durará esa expedición?... porque yo no puedo

dejarle mucho tiempo solo.

--Ni yo tampoco faltar de casa más de lo regular. Aunque pa la amañanza

del ganau, ya deju quien jaga mis vecis... Usté cuenti por seguru que,

enterus o en peazus, estamus de güelta pa la hora de comer.

--¡Qué cosas tienes, hombre!... Conque enteros o en pedazos, ¡como si

fuera tan arriesgado el lance!

--No es de bodas propiamenti; pero claru está que el dichu fue sólu por

decir. Tocanti a lo demás, si tien usté el menor... vamus... el menor

recelu por la bestia, que no deja de imponer un pocu la primera vez... y

tamién las siguientis, no venga, que compromisu de eyu no hay firmau.

Me tocó en lo vivo la salvedad del mozón, que no estaba fuera de lo

prudente ni dejaba de venir al caso, y me la eché de terne,

preguntándole con brío bastante forzado:

--¿Qué armas hay que llevar?

--Pos la escopeta con cartuchu de bala, y güen acopiu de eyus; el

cochillón de monti por si es casu...

--¿Crees que podrá hacer falta, eh?

--A mí me ha prestau güen serviciu más de una vez... y llévisi tamién

esi cachorriyu de muchus tirus, que no sé cómo le yaman ustéis.

--¿El revólver?

--Esi mesmu.

--¿Y nada más?

--Y güen oju y mejor pulsu.

--Pero, hombre... me parece a mí que para una bestia sola, siendo tres

los cazadores, no se necesita tanto arsenal...

--Si estuviera sola propiamenti, con el primer tiru le bastaba, si era

míu; pero como está encuevá, ¡vaya usté a saber!... Hay que mirar las

cosas.

--En resumen, ¡canario! ¿vosotros vais con alguna confianza?

--Y si no la yeváramus, no juéramus.

--Pues mañana, cuando sea hora de emprender la marcha, entras en mi

cuarto; y si estoy dormido, me despiertas. Te prometo que si no tiene

novedad mi tío, iré con vosotros; pero si desgraciadamente la tuviera...

ya ves tú... Conque hasta mañana.

Yo no sé qué cara pondría Chisco oyéndome hablar así, porque en el

pasadizo donde estábamos conversando a media voz, no se veía la mano

delante. No sé más, sino que carraspeó un poquito y que, sin añadir una

sola palabra a las mías, echó a andar hacia la escalera, mientras yo me

dirigía a la cocina donde se oían ya los parleteos de los primeros

tertulianos.

Peñas arriba · 第 20 / 35 题