Al cerrar la noche de aquel día sólo quedaban del temporal unos rumores
lejanos e intermitentes, a manera de jadeo de su cansancio después de
una brega feroz y continua durante semana y media. Con este motivo fue
la tertulia algo más animada que las anteriores últimas, y hasta el
patriarca presidente de ella parecía otro por lo parlanchín que estuvo y
lo espabilado de humor. Bien conocía yo la causa del milagro. Como
conocía la de que Facia, al revés de todos los demás, anduviera tan
alicaída y tétrica las pocas veces que se dejó ver en la cocina. Le
faltaban a la pobre aquellos estampidos de la borrasca en la boca de la
chimenea, que arrojaban sobre los recogidos llares costras de hollín tan
grandes como la palma de la mano; aquel redoblar de los granizos en las
puertas y en las ventanas de la casona; aquel chorreo incesante de los
goteriales del tejado, y aquel fluir de los aguaceros por patios y
corraladas, en regatos espumosos que se despeñaban después por los
declives de afuera buscando el río que ya no cabía en su cauce. Mirábala
yo compasivo algunas veces, y respondíame ella con una mirada
melancólica, que parecía significar: «Ya está la bonanza ahí; ¿ve usted
qué desgraciada soy?» Y esto era lo que más me preocupaba aquella noche,
cuando tanto y de cuenta propia tenía en qué emplear la imaginación
después de lo ocurrido dos horas antes en el aposento de mi tío. ¿No
tiene cosas bien inexplicables la pícara condición humana? Pero luego se
cambiaron las tornas y las pagué todas juntas, como decirse suele,
porque apenas pegué los ojos en toda la noche, y eso que me había metido
en la cama bastante descuidado por haber visto a mi tío en la suya
durmiendo con la tranquilidad de un mozo. ¡Entonces sí que vi con los
pormenores más nimios, y con toda su luz y su cortejo de premisas,
deducciones y comentarios la escena de aquella tarde! No pude averiguar
si en definitiva, el pensar tanto y tanto en ella me resultaba grato o
me mortificaba: matices había para todo en el cuadro y en los
pensamientos. Lo cierto fue que, desazonado y nervioso con la batalla de
mis preocupaciones a oscuras, encendí la luz, y que no bien la hube
encendido, me acordé de los papeles que mi tío me había dado en su
cuarto al despedirnos, y había guardado yo después en un cajón de la
cómoda.
--Buen recurso--me dije--, para sobrellevar estas largas horas de
insomnio.
Levantéme enseguida, cogí los papeles y me volví a la cama, dispuesto a
enterarme de ellos. Los principales eran tres: el testamento de mi tío,
un inventario de sus propiedades valoradas en venta y renta, y una
memoria dedicada a mí, de letra suya, con los renglones muy torcidos y
bastante emborronada: estaba firmada con fecha posterior a la del
testamento, y muy poco anterior a la de la primera carta que me había
escrito después de enfermar.
Empecé por el testamento, que era largo y minucioso. Después de las
mandas piadosas y benéficas, que eran muchas, entre ellas una muy
importante relativa a la escuela municipal, hacía muy buenos legados a
sus sirvientes, en particular a Facia, a la cual dejaba en propiedad,
amén de su correspondiente legado en dinero, la casería, con tierras y
ganados, en que había vivido recién casada con el bribón que la engañó;
perdonaba todas las deudas a sus convecinos de Tablanca, y las rentas
del año en que falleciera a los llevadores de sus haciendas, cabañas y
rebaños. Dejaba a mi hermana una finca de dos que poseía en la provincia
de León; y del remanente de su caudal, después de hechas éstas y otras
menos importantes deducciones, me nombraba a mí heredero, por ser el
único varón de la línea directa de los Ruiz de Bejos.
Puestas las cosas aquí, y sin gran sorpresa mía después de lo tratado
por la tarde mano a mano con el testador, entré en muy vivos deseos de
conocer el valor aproximado del caudal hereditario. Al fin y al cabo,
¡qué demonio!, era yo también de carne flaca como los demás hombres.
Según yo lo esperaba, por antecedentes que tenía adquiridos de mi padre,
todo el caudal de mi tío, para un hombre de su modo de vivir, era muy
considerable; pero para un Ruiz de Bejos de mis usos y costumbres, ya
era cosa muy diferente: mejor dicho, aquel caudal, disfrutado en
Tablanca como le disfrutaba mi tío, era una verdadera riqueza; viviendo
como yo vivía en Madrid, sin ser manirroto ni mucho menos, me le hubiera
comido en pocos años. Así y todo (¿a qué negar lo que no desagrada
porque es inherente a la humana contextura?), me sentí muy satisfecho
con la herencia, la cual llegaría a hacerme el primer hacendado de
Tablanca. ¿A quién le desagrada ser el primero en cualquier parte del
mundo habitado y habitable, por oscura y mínima que ella sea? Valga por
compensación de esta flaqueza, la mortificación que sentía con los
temores de que no fuera tan desinteresada como yo creía la gratitud
cariñosa con que respondía mi corazón a las larguezas y distinciones de
mi tío.
Su memoria, redactada con el espontáneo y agradable desaliño que le era
propio, se reducía a exponerme, a grandes rasgos, el armazón de su obra
benéfica, llamada por él «su deber»; los frutos principales de ella; lo
que le costaba aproximadamente cada año en dinero, porque en paciencia,
no tenía calo ni medida, y una relación de las familias de Tablanca más
merecedoras, por sus especiales condiciones y virtudes, del amparo y la
estimación de «la casona». Todo aquello me lo declaraba para mi gobierno
solamente. El único encargo que me hacía, y muy encarecido, era el de
procurar que no se desmembrara durante mi vida el patrimonio de los Ruiz
de Bejos que pasaba a mis manos íntegro y tal como él le había recibido
de las de su padre y éste de las del suyo, ni al heredarme mis hijos, si
llegaba a tenerlos; y si no, que pasara a los de mi hermana con igual
recomendación para los mismos fines, siempre que fueran compatibles con
las leyes. Por de pronto y para «lo de puertas adentro» que me dejara
guiar por las indicaciones del párroco don Sabas Peña; y si no vivía
éste ya, de la persona que me buscaría por su mandato. Él no podía
explicarse con mayor claridad allí, porque los papeles son cosas
livianas que se lleva el aire fácilmente, «y vaya usted a saber en qué
manos van a dar a lo mejor». Después me nombraba las personas encargadas
de administrarle las fincas «que radicaban» fuera del valle y de la
provincia, y concluía advirtiéndome que, como ya se declaraba en el
testamento, a la hora en que escribía aquellos renglones no debía nada a
nadie, como no fuera su alma a Dios, en cuya misericordia confiaba y a
quien pedía que hiciera el milagro de que yo sintiera alguna vez el
deseo de dejar los huesos en el campo santo de Tablanca, después de
haber vivido muchos años en la casona de los Ruiz de Bejos.
Como los demás papeles, aunque relacionados con el caudal de mi tío, no
me ofrecían gran interés, renuncié a su detenida lectura por entonces, y
consagré el tiempo que tenía bien de sobra a espaciar la imaginación, a
ojos cerrados, por el campo variadísimo de los sucesos de aquel día. Así
me cogió el sueño muy cerca del amanecer. Cuando desperté, entraba la
luz en mi gabinete por el cuarterón que siempre dejaba entreabierto en
la puerta de la solana. Me pareció que la luz era más alegre que la que
me había saludado en idénticos casos durante la última quincena, o que
estaría el sol ya muy arriba, lo cual no sería extraño por lo tarde que
me había dormido por la noche. Miré el reló que tenía a la cabecera de
la cama, y vi que eran poco más de las ocho. A pesar de la falta que me
hacía dormir un buen rato más, levantéme y abrí todo el cuarterón. El
poco cielo que veía desde allí, estaba raso y azul como un paño de seda,
y el sol bañaba ya todos los picachos del Oeste. Relucían las peñas y
los troncos y los bardales y los suelos por todas partes, eso sí, y se
sentía un frío húmedo y pegajoso que llegaba hasta los huesos; pero
estaba risueña y en calma la Naturaleza, y esto levantaba mucho los
ánimos.
Pensando más que en estas cosas en mi tío, a quien anhelaba saludar como
todos los días al levantarme (especialmente desde que andaba tan
alicaído, y me había recomendado mucho el médico la mayor vigilancia
sobre él), y barajando con este sentimiento los recuerdos que se iban
despertando en mi memoria, despaché en el aire mis operaciones de
tocador.
«Y vamos a ver--decíame a mi propio en cuanto me hallé dispuesto a salir
del cuarto--, ¿qué cara pongo a mi tío después de lo que ha pasado esta
noche? ¿En qué temple de ánimo, en qué estilo he de expresarle «lo que
procede»? Y ¿cuál es «lo que procede»? Porque él debe dar por hecho que
a estas horas estoy enterado de todo; y en casos tales, un grado menos
de lo justo en la expresión de lo que se siente, desnaturaliza la
seriedad de un papel y hasta pone en ridículo al actor».
Afortunadamente se anticipó él mismo a sacarme del atolladero. Sin
responder a la salutación que le hice en la cocina, adonde había ido el
infeliz desde la cama, me dijo, porque estábamos solos en aquel momento:
--Como ya habrás leído los papeles que te entregué ayer tarde, por lo
menos el principal de todos, quiero, y así te lo mando, que no me hables
una palabra ahora ni después ni nunca, de esos particulares ni de ningún
otro que sea pariente de ellos. Hazte la cuenta de que no ha pasado nada
entre nosotros de dos semanas acá, y atente a ello si deseas darme
gusto. ¿Entendístelo? Pues en la creencia de que sí, te digo ahora,
respondiendo a tu pregunta de antes, que he pasado una noche de las
buenas, ¡de las buenas, trastajo! He dormido más de cuatro horas, y no
he tosido veinte veces.
Por este camino tan cómodo salí del compromiso que tanto me apuraba, y
bien sabe Dios cuánto me alegré de ello. ¡Sobre que las resoluciones de
mi tío habían de ser irrevocables!... Pero ¡qué malo estaba el pobre, no
obstante la extraordinaria mejoría de su espíritu! ¡Cómo se iban
conociendo de día en día, en su cuerpo aniquilado, las zarpadas de la
muerte!
Hacia las once de la mañana aparecieron en la casona don Pedro Nolasco y
toda su familia, es decir, su hija y su nieta, y fueron recibidos en mi
habitación, donde también había brasero y nos hallábamos mi tío y yo con
Neluco que había ido a hacerle su visita diaria. Lita llevaba la cabeza
envuelta en una esponjada toquilla de color azul celeste, que realzaba
la frescura de su linda cara sonrosadita por la crudeza del aire
serrano, y todo el cuerpo gentil arrebujado en un chal de lana gris, de
mucho abrigo. Según entraba y hablaba en su estilo regocijado y
pintoresco, iba destocándose la cabeza y desenvolviendo el airoso cuerpo
con sus ágiles manos medio cubiertas por mitones rojos de estambre.
Mirándola a ella y mirando al sol que inundaba el valle, tras unos días
tan negros y tan tempestuosos como los recién pasados, yo no sé por qué
llegué a ver en la nieta de don Pedro Nolasco, algo así como la paloma
que volvía al arca anunciando que había cesado ya la ira de Dios y que
toda la Naturaleza surgía de los abismos de tinieblas purificada de las
culpas e iniquidades de los hombres. Don Pedro Nolasco hacía temblar las
paredes con el estruendo de sus ponderaciones de lo recio y de lo crudo
del temporal. No recordaba otro como él de muchos años atrás. Había
estado como sin sangre en aquellos días, y no hubo durante ellos lumbre
que alcanzara a meterle en calor. Y bien se conocían, sin que él los
ponderara, los chamuscones que se había dado, porque apestaba desde
lejos a humo de cocina, y tenía la piel como los chorizos curados y
hasta con hollín. Mari Pepa no veía motivos para tantas ponderaciones:
aquel temporal había sido como otros muchos que habían pasado y que
pasarían. Lo único de él que la mortificó verdaderamente, fue el
privarla, y privar a todos los de su casa, de ir a hacer un rato de
compañía a don Celso y ver cómo andaba de salud. Y a eso iban entonces,
aprovechando el primer sol que se veía después de una quincena de
aguaceros y «celleriscas», y sobre todo ello se habló mucho en muy poco
tiempo, quitándose unos a otros la palabra, mientras Lita, corriendo su
silla hacia la mía que estaba alejada del brasero, me contaba, casi al
oído, lo alarmados que estuvieron todos en su casa con las noticias que
Neluco les iba dando de mi tío, al pasar por allí de vuelta de sus
visitas, y el trabajo que le había costado a ella disimular la pena que
acababa de sentir al encararse de pronto con don Celso. ¡Qué «mortalón»
le veía, Virgen y Madre de Dios! Y tras esto, me acosó a preguntas: si
comía, si descansaba, si conocía su estado, si me daba mucho que hacer,
si podían ellos hacer algo en alivio nuestro; porque ya se sabía que
casa sin mujeres, andaba como Dios quería en los apuros graves. Buena
era Facia, buena era Tona; pero... al cabo, al cabo. Vaya, que no era lo
mismo. Su madre era una gran enfermera, y ella tenía buena voluntad; y
cuando llegara el caso, si desgraciadamente llegaba, que no anduviéramos
con miramientos que no pegaban bien entre vecinos amigos y hasta
parientes.
Como a lo más de esto tuve que responder, y la conversación continuaba
enredándose en el otro grupo con la inagotable verbosidad de Mari Pepa,
y hasta se marchó Neluco de la visita, porque tenía que hacer otras dos
antes de comer, y, sobre todo, porque estaba yo muy a gusto al lado de
aquella criatura tan atractiva, lo tratado entre los dos se fue
enredando también poco a poco, hasta extraviarse al fin por derroteros
que ninguna comunicación directa tenía ya con el punto de partida.
Todas las mujeres que yo llevaba tratadas en el mundo, con más o menos
intimidad, como formadas en un mismo plantel y educadas con unos mismos
fines, salvas muy importantes diferencias plásticas, de esas que tocan
más al cuerpo que al espíritu del observador, me habían dado en
definitiva una suma de semejanzas morales que llegó a parecerse a la
monotonía, según mi manera particular de ver esas cosas; y de aquí, es
decir, de esa condición mía, de la desgracia o de la fortuna de no haber
sido formada mi naturaleza del mismo barro que la de otros hombres
llamados «impresionables» la falta de verdadera curiosidad y, por
consiguiente, de hondo interés hacia aquellas mujeres, a pesar de haber
vivido con ellas en continuo trato. Pero el caso de Lita ¡era tan
diferente de los otros casos! Por de pronto, yo encontraba a su lado una
complacencia, una delectación muy extraña y enteramente nueva para mí.
Buscando una comparación para este sentimiento, veníanseme a las mientes
ejemplos muy raros: verbigracia, los lienzos recién lavados y secos, el
heno de las praderas con su fragancia «a salud y el agua de las fuentes
rústicas con su pureza transparente. Aspirando la una, podían pasarse
«las horas muertas» contando las pedrezuelas relucientes del fondo de la
otra. ¡Placer bien primitivo y candoroso ciertamente! Pero era un
placer, al cabo, para quien no había hallado otro equivalente entre los
refinados artificios del mundo; y por eso sin duda, le daba ya tan alto
precio en aquellas bravías soledades.
Ello fue que la tentación de contar las pedrezuelas de la fuente me
entró aquel día con doblada fuerza que en otras ocasiones, y que no
pudiendo resistirla, me lancé a la empresa, tomando por pretexto el
temporal pasado, nuestras forzadas encerronas por su culpa, y los que
nos esperaban a las puertas del lugar. Porque yo me preguntaba, viendo,
admirado, aquella criatura de tan equilibrado organismo: pero, señor,
¿de qué se alimentan esta alma tan regocijada y satisfecha, y esa
cabecita luminosa que irradia los pensamientos sin el estorbo de una
sola nube, en el mismo campo en que yo, hombre atiborrado de lecturas y
de recuerdos, no hallo con qué levantar un poco el espíritu en cuanto se
nubla la luz del sol? ¿Qué cantidad de ideas puede haber en ese cerebro,
de qué calidad serán y cómo las ha adquirido? No llegaba yo con mis
preocupaciones de hombre mundano hasta el extremo de creer que no
pudiera llevarse con resignación la vida desconociendo totalmente la
magia del gran escenario de mis preferencias, porque tenía en contra de
este absurdo el ejemplo de Mari Pepa y el de su amiga de Robacío, que
eran el colmo de la felicidad dentro de ese mismo desconocimiento
absoluto, sin contar las rudas y sedentarias labradoras que no sabían lo
que era una pesadumbre. Pero Lita era mucho más que esto, y mucho más
que su madre y que la hermana de Neluco, con no haber visto mayor
cantidad del mundo, ni bebido las ideas en mejores fuentes que ellas.
Tenía unas afinaciones, unas delicadezas de sentido y un alcance de
vista en las honduras de las cosas, aunque tratadas medio en chanza y a
la ligera, que solamente las concebía yo en las inteligencias muy
cultivadas.
El caso fue, repito, que di principio a la investigación, movido de una
curiosidad muy grande; pero teniendo buen cuidado por acomodarme en lo
posible a las naturales condiciones del terreno, de allanarme yo mismo
al nivel de lo más sencillo y rudimentario: casi, casi, me introduje en
su conciencia por las puertas aprendidas en la infancia en el catecismo
del Padre Astete. «Sitios por donde había andado, ocupaciones que había
tenido». En sustancia, de eso vinimos a tratar en los comienzos de mi
labor. De lo primero no supe más que lo que ya sabía por Neluco Celis:
un mundo de cuatro leguas, escasas, a la redonda de Tablanca; dos o tres
familias del pelaje de la suya, esparcidas por él; dos ferias cada
primavera, si el invierno no había sido muy largo, y tres o cuatro
romerías en el transcurso de cada verano. ¿Deseaba ver algo más que eso?
¡Psh!... por desear propiamente, no. Ahora, alegrarse de tener ocasión
de conocerlo un poco, puede que sí, porque a nadie le amarga un dulce;
pero de todas suertes, a ella se le figuraba que no había de encontrarse
a gusto entre tanto y «tan pomposo» revoltijo. Una amiga suya, de más
allá del Puerto, la mandaba algunas veces un periódico de modas que ella
recibía cada semana: por los dibujos y las explicaciones de ese papel,
estaba al tanto de cómo se vestían las señoras para ir a las grandes
fiestas y al paseo. «¡Virgen la mi madre», cuánto dinero debían de
gastar en esas galas y diversiones, y qué mal la sentarían a ella tantos
lujos, avezada a las pobrezas de una aldeúca montés y qué avergonzada se
vería en aquellos festivales tan resplandecientes, debajo de unos
perifollos que no sabría manejar!... ¡Quita, quita! Bien se está San
Pedro en Roma. Algo más que las estampas de aquellas señoras, la
entretenían en el papel unos dibujos de labores que se hacían fácilmente
y sin costar mucho dinero. De ésas había ido llenando la casa. También
había aprendido en el mismo papel a cortarse los vestidos y chaquetas.
¿Qué mejores entretenimientos para pasar horas sobrantes? Porque cuando
no tenía labor para sí propia o para los de su casa, se la daban bien
abundante la mitad de las mozas de Tablanca. ¡Como ella no sabía
negarse, y las otras pobres no conocían otro refugio cuando se trataba
de las galas domingueras!... «¡Pero qué curiosón era yo, Virgen de las
Nieves! ¿Si querría burlarme de ella?» ¿Por qué la preguntaba esas
cosas, ni qué podían importarme a mí, que tanto había visto por el mundo
y conocería a tantas damas de las lujosas del papel? Ya contaba yo con
esta salida de los carriles del asunto, lugar común de toda clase de
interlocutoras en diálogos por el estilo: pura modestia. ¿Cómo no había
de interesarme a mí, más que todo lo que llevaba visto de lo que hay y
se ve en todas partes, aquel hallazgo tan lindo y tan nuevo, donde menos
se podía esperar? No eran adulaciones ni «cortesanías de madrileño»
estas palabras: podía jurárselo, y esperaba ser creído sin que ella me
pusiera en un extremo tan desfavorable para mi formalidad. En esa
confianza, lejos de enmendarme, reincidía en el supuesto pecado, y a la
prueba si no. Lecturas. ¿Cuáles eran las que más la gustaban? ¿Qué
libros había leído?... ¡Libros ella!... Si yo me refería a los que se
usaban ahora. No pasaban de tres: dos que le había prestado la amiga del
papel de modas, y otro que había traído su padre de Andalucía. Los de la
amiga trataban de amoríos muy tiernos que la pusieron algo triste,
porque le daba lástima de los pobres enamorados: en los dos libros se
veían y se deseaban las parejas de novios para salirse con la suya. El
libro de su padre tenía estampas, y era una historia de bandoleros que
robaban y mataban y eran al mismo tiempo muy blandos y muy nobles de
corazón. Eso no lo podía entender ella bien... Pues estos libros y «los
de casa» eran los únicos que había leído en toda su vida. Y ¿cuáles eran
«los de casa»? Pues uno muy grande y muy antiguo de _Cartas_ de Santa
Teresa, que ya se le sabía de memoria; el _Año Cristiano_, que leía en
alta voz su madre todas las noches por el capítulo del santo
correspondiente al día; la _Guía de pecadores_, que su abuelo leía del
mismo modo de vez en cuando, y de tal arte, que la llenaba de espanto y
no la dejaba dormir con sosiego después, en media semana; y, por último,
_Don Quijote de la Mancha_. Éste le leía ella sola para sí, aunque
salteando algo la lectura, porque muchas cosas que había allí no eran
para gustadas de pronto por una mujer tan ruda como ella. Sobre la
calidad de las personas de su trato, ya me había dicho lo principal; el
resto, «a la vista lo tenía...». «Pero, Señor de los cielos--volvía a
decirme--, ¡ni aunque estuviera obligada a confesarme con usté!»
Y de este género eran todas las pedrezuelas que fui contando y
estudiando en el fondo de aquella fuente cristalina y tentadora. Yo
comprendía que con ello solo pudiera Lita conformarse y vivir alegre sin
desear otra cosa mejor («mejor» según mi criterio), y que con una
travesura natural y una inteligencia tan clara como las suyas, se
pudiera llegar hasta el disimulo de muy apremiantes deseos; pero aquel
arte delicado con que manejaba la escasez de sus recursos «exteriores»,
¿dónde le había aprendido? ¿Cómo podían concebirse tantos y tan variados
registros en una máquina tan simple? Este era el caso extraño para mí.
«¡Pero qué majadero soy!--me dije de pronto, al sentir el paso de un
recuerdo por mi memoria--, ¿qué más escuela ni qué más libros necesita
que Neluco?»
Sentí también remordimientos de conciencia, como si estuviera poniendo
mis manos en el tesoro de un amigo, y me apresuré a dar un tajo a la
conversación, llevando enseguida los restos de ella hacia la otra que ya
estaba en la agonía por falta de materia o por sobra de cansancio entre
los interlocutores.
Marcháronse poco después los visitantes, dejando a mi tío muy fatigado
con la conversación en que había tomado, por rebeldías de su
temperamento, más parte de la que debiera, y yo llevé mi cortesía en
aquella ocasión al extremo de acompañar a la familia de don Pedro
Nolasco hasta el pedregal en que empieza a descender la cambera hacia el
pueblo. ¡Qué graciosamente pisaba Lita con sus primorosas almadreñas, y
con qué donaire se recogía los pliegues airosos de su vestido, que
apenas dejaban ver dos dedos de media blanca sobre el ancho y peludo
ribete de las zapatillas!
Por la noche me dijo Chisco asaltándome en el pasadizo que seguía yo
para ir a la cocina, de la cual salía él:
--¿No tenía usté ganas de probarse un pocu en algu de caza mayor?
Respondíle que sí, temblando sin saber por qué, y añadió:
--Pos a la manu tien la proporción de eyu.
--Explícate--le dije algo nervioso, sin duda por el exceso de mi
curiosidad.
--Se ha vistu el osu.
--¿En dónde?
--Encima del mesmu rejoyón del Salgueru: a hora y media de aquí.
--Bien; pero... de paso.
--¡Quiá! no, señor: encuevándose.
--Conque... encuevándose... Y ¿quién le ha visto?
--Chorcus, esta mañana, viniendo del invernal de Picachus.
--¿Está bien seguro de haberle visto?
--Como yo de que estoy viéndole a usté ahora mesmu; y el oju suyu no
falla pa esas visualis, ni el golfatu tampoco, porque lu tien de sagüesu
finu.
--Corriente... y ¿qué pensáis hacer?
--Pos salir los dos de madrugá a dale los güenos días.
--¿Solos?
--Y ¿pa qué más? No será la primer vez... Pero como usté me tenía
alvertiu de tiempus atrás que si se presentara una proporción de esas,
la aprovecharía con gustu...
--Tienes razón, y has hecho muy bien en avisarme... ¡Vaya si te lo
agradezco!... hasta por la reserva con que lo haces, sin duda para que
no se entere mi tío. ¿No es verdad?
--Muchu que lo es... ¡como que por eso iba a buscali a usté a su mesma
sala, cuando le he alcontrau en el caminu... pa que no se enteri el amu
que está en la cocina!... Porque el recau no me lo dio Pitu hasta jaz un
cuartu de hora.
--Perfectamente... Pues la palabra es palabra; y si la salud de mi tío
lo permite, iré con vosotros con muchísimo gusto, ¡ya lo creo! Pero
entendámonos: ¿cuánto durará esa expedición?... porque yo no puedo
dejarle mucho tiempo solo.
--Ni yo tampoco faltar de casa más de lo regular. Aunque pa la amañanza
del ganau, ya deju quien jaga mis vecis... Usté cuenti por seguru que,
enterus o en peazus, estamus de güelta pa la hora de comer.
--¡Qué cosas tienes, hombre!... Conque enteros o en pedazos, ¡como si
fuera tan arriesgado el lance!
--No es de bodas propiamenti; pero claru está que el dichu fue sólu por
decir. Tocanti a lo demás, si tien usté el menor... vamus... el menor
recelu por la bestia, que no deja de imponer un pocu la primera vez... y
tamién las siguientis, no venga, que compromisu de eyu no hay firmau.
Me tocó en lo vivo la salvedad del mozón, que no estaba fuera de lo
prudente ni dejaba de venir al caso, y me la eché de terne,
preguntándole con brío bastante forzado:
--¿Qué armas hay que llevar?
--Pos la escopeta con cartuchu de bala, y güen acopiu de eyus; el
cochillón de monti por si es casu...
--¿Crees que podrá hacer falta, eh?
--A mí me ha prestau güen serviciu más de una vez... y llévisi tamién
esi cachorriyu de muchus tirus, que no sé cómo le yaman ustéis.
--¿El revólver?
--Esi mesmu.
--¿Y nada más?
--Y güen oju y mejor pulsu.
--Pero, hombre... me parece a mí que para una bestia sola, siendo tres
los cazadores, no se necesita tanto arsenal...
--Si estuviera sola propiamenti, con el primer tiru le bastaba, si era
míu; pero como está encuevá, ¡vaya usté a saber!... Hay que mirar las
cosas.
--En resumen, ¡canario! ¿vosotros vais con alguna confianza?
--Y si no la yeváramus, no juéramus.
--Pues mañana, cuando sea hora de emprender la marcha, entras en mi
cuarto; y si estoy dormido, me despiertas. Te prometo que si no tiene
novedad mi tío, iré con vosotros; pero si desgraciadamente la tuviera...
ya ves tú... Conque hasta mañana.
Yo no sé qué cara pondría Chisco oyéndome hablar así, porque en el
pasadizo donde estábamos conversando a media voz, no se veía la mano
delante. No sé más, sino que carraspeó un poquito y que, sin añadir una
sola palabra a las mías, echó a andar hacia la escalera, mientras yo me
dirigía a la cocina donde se oían ya los parleteos de los primeros
tertulianos.