Con dos guías tan complacientes y tan expertos como los míos, pronto
conocí las principales sendas, cañadas y desfiladeros, la fauna y la
flora de los montes más cercanos del contorno; perdí el miedo que me
infundían los «asomos» u orillas descubiertas de los precipicios, siendo
de advertir que allí no hay camino chico ni grande que no sea un asomo
continuado, y adquirí la soltura y la fortaleza de que mis piernas
carecían al principio para soportarme lo mismo en las cuestas arriba que
en las cuestas abajo; es decir, siempre que andaba, porque es la pura
verdad el dicho corriente en el lugar, de que en aquella fragosa comarca
no hay otra llanura que la sala de don Celso. No subí a grandes alturas,
porque no me tentaban mucho los espectáculos de esa casta, ni tampoco
hicieron mis rudos guías grandes esfuerzos para animarme a vencer las
inclinaciones de mi complexión relativamente perezosa; pero no dejé por
eso de satisfacer mi escasa curiosidad en la contemplación de
hermosísimos panoramas. Por último, conocí también los principales
puertos de invierno y de verano, a los cuales envían sus ganados los
valles circunvecinos, y admiré la lozanía de aquellas brañas («majadas»)
de apretada y fina yerba, verdaderas calvas en medio de grandes y
tupidos bosques de poderosa vegetación. Cada una de estas calvas tiene,
en los puertos de verano, una choza, y en los otros un «invernal»: la
choza para albergue de las personas que pastorean el ganado, y el
invernal, edificio amplio y sólido, de cal y canto, para establo y pajar
de una buena cabaña de reses. Por lo común, cada invernal corresponde a
los ganados de ocho o diez condueños de las «hazas» o partes de la braña
contigua. Algunos de esos invernales estaban ya ocupados. De noche come
el ganado prendido en la pesebrera, de la «ceba» del pajar, segada en
las hazas en agosto; de día pasta al aire libre, mientras el tiempo lo
consiente, al cuidado de sus dueños, que después de dejarlo recogido al
anochecer, bajan a dormir al pueblo; al revés que en verano, durante el
cual duermen amontonados en la choza, quedando la cabaña «acurriada», es
decir, reunida en la majada circundante. Las yeguadas hacen vida más
independiente y libre, y las hallábamos, en estado semisalvaje, donde
menos lo pensábamos.
Pito era muy bruto, y aconteció más de una vez ir yo muy descuidado y
sentir a mi espalda un estampido feroz que me hacía dar dos vueltas en
el aire. Era la espingarda del gaznápiro: un escopetón más viejo y
remendado que el de Chisto, que había hecho una de las suyas. Pito no se
cansaba en avisar a nadie ni en tomar la más leve precaución cuando una
pieza se le ponía a tiro, es decir, en cuanto él la atisbaba, lo mismo
en los aires que entre los matorros, que atravesando la sierra
escampada, porque para un arma de las dimensiones de la suya y con la
metralla de que la atascaba, no había lejos ni cercas: se la echaba a la
cara, y por encima de un hombro mío o entre las piernas de Chisco, según
lo pedía la situación de las cosas y de las personas, sin cansarse en
decir «allá va eso», «¡puuunnn!» Aquello parecía el fin del mundo: los
montes retemblaban, y quedaba la pieza, no sólo muerta, sino hecha
trizas, porque él no perdía golpe, ni la pieza un solo grano de la
metralla del escopetón.
Y la pieza era una liebre, una zorra, un gato montés, un «esquilo»
(ardilla), un faisán o una alimaña de regular cuantía, pues es muy de
notarse que de ese y otros linajes parecidos son los animales con que se
topa uno yendo de paseo, aun por los sitios más inmediatos al pueblo,
como se topa en cualquier otra parte del mundo, que no sea aquélla, con
el gato doméstico, el perro cariñoso o las aves de corral.
Chisco se conducía de muy distinto modo que su camarada: todo lo hacía
sin alterar en lo más mínimo aquella su placidez de continente. Si se me
ponía una pieza a tiro, con una mano me detenía suavemente, con la otra
me la señalaba, y con un gesto expresivo o con media palabra me daba a
entender que me la cedía. Si yo erraba el golpe, como sucedía casi
siempre, él me le enmendaba, si no se le había anticipado la espingarda
de Chorcos desde donde menos podíamos esperarlo; y notaba yo, en el
primer caso, cierta complacencia maliciosa en la mirada que me dirigía,
mientras pataleaba la víctima en el suelo o descendía de los aires dando
tumbos, como si quisiera decirme: «¿Vey usté cómo no val un pitu esa
escopeta, con ser tan maja como es?» Pero Chisco se engañaba
grandemente, porque el arma era inmejorable, y las municiones muy dignas
de ella. Lo que fallaba era el cazador, que siendo tan diestro como yo
lo era en el tiro al blanco, no sabía por dónde se andaba cuando había
que tirar a la carrera o al vuelo. El caso es que llegó a mortificarme
esta torpeza; y contribuyeron mucho a ello, más que las miradas dulzonas
de Chisco, las risotadas brutales con que solemnizaba Chorcos cada
enmienda que hacía su espingardón roñoso a los fracasos de mi escopeta.
Y tan adentro me llegaron las mortificaciones, que poniendo mis cinco
sentidos en el negocio aquel, conseguí pronto, ya que no la destreza de
mis acompañantes, portarme de tal manera, que no fueran «enmendables»
por ninguno de ellos los tiros que yo desaprovechara. Con esto cesaron
las sonrisas del uno y las risotadas del otro, y sentí yo descargado el
ánimo de un gran peso; porque así vienen hilvanadas las flaquezas de la
vida, y jamás se ha dicho verdad como la del pedante don Hermógenes: «No
hay poco ni mucho en absoluto.»
Dos veces nos acompañó en estas expediciones, mixtas de exploración y de
caza, el cura don Sabas; pero sin más arma que el cachiporro pinto que
le servía de bastón. Hallaba él algo como mengua en gastar la pólvora en
aquellas salvas de puro recreo, y llamaba «animalitos de Dios» a cuantos
había en la escala de magnitudes, desde el jabalí o el corzo para abajo.
Pero ¡cuánto sabía de toda la escala entera y verdadera, y de aquellos
montes y de otros tales, y con qué respeto le oían los dos mozos que,
como cazadores, tanto se crecían a mi lado, y con qué gusto le oía y le
contemplaba yo a ese propósito... y otros muchos, para los que no tenían
ojos ni oídos las rudas entendederas de Chisco y su camarada!
Porque es lo cierto que aquel hombrazo tan soso de palabra y tan pobre
de recursos en la tertulia de mi tío; algo más agradable y suelto
oficiando en la iglesia, donde hablaba desde el altar mayor bastante al
caso y a la medida del entendimiento de sus rústicos feligreses, en las
alturas de la montaña no se parecía a sí propio. Lo de menos era en él,
con ser mucho, el interés que sabía dar en pocas y pintorescas frases a
las noticias que yo le pedía, por no satisfacerme las que me
suministraban Chisco y su compañero, acerca de las grandes alimañas, sus
guaridas en aquellos montes y la manera de cazarlas; los lances de apuro
en que se había visto él y cuanto con esto se relacionaba de cerca y de
lejos; sus descripciones de travesías hechas por tal o cual puerto
durante una desatada «cellerisca» sus riesgos de muerte en medio de
estos ventisqueros, unas veces por culpa suya y apego a la propia vida,
y las más de ellas por amor a la del prójimo: lo demás era, para mí, su
manera de «caer» sobre la montaña, como estatua de maestro en su propio
y adecuado pedestal; aquél su modo de saborear la naturaleza que le
circundaba, hinchiéndose de ella por el olfato, por la vista y hasta por
todos los poros de su cuerpo; lo que, después de este hartazgo, iba
leyéndome en alta voz a medida que pasaba sus ojos por las páginas de
aquel inmenso libro tan cerrado y en griego para mí; la facilidad con
que hallaba, dentro de la ruda sencillez de su lengua, la palabra justa,
el toque pintoresco, la nota exacta que necesitaba el cuadro para ser
bien observado y bien sentido; el papel que desempeñaban en esta labor
de verdadero artista su pintado cachiporro, acentuando en el aire y al
extremo del brazo extendido, el vigor de las palabras; el plegado del
humilde balandrán, movido blandamente por el soplo continuo del aire de
las alturas; la cabeza erguida, los ojos chispeantes, el chambergo
derribado sobre el cogote, la corrección y gallardía, en fin, de todas
las líneas de aquella escultura viviente... ¡Oh! diéranle al pobre Cura
en el llano de la tierra, en el valle abierto, en la ciudad, una mitra;
la tiara pontificia en la capital del mundo cristiano, y le darían con
ellas la muerte: para respirar a su gusto, para vivir a sus anchas, para
conocer a Dios, para sentirle en toda su inmensidad, para adorarle y
para servirle como don Sabas le servía y le adoraba, necesitaba el
continuo espectáculo de aquellos altares grandiosos, de aquella
naturaleza virgen, abrupta y solitaria, con sus cúspides desvanecidas
tan a menudo en las nieblas que se confundían con el cielo.
Nada de esto, que tan hermoso era y tan a la vista estaba, sabían leer
ni estimar los dos mozones que tan profundo respeto tenían a don Sabas
solamente por ser cura de su parroquia y hombre de indiscutible
competencia en cuanto se les alcanzaba a ellos.
Mi temperamento, en la escala de lo sensible, ni siquiera llegaba al
grado de los innumerables que para «sentir el natural» necesitan verle
reproducido y hermoseado en el lienzo por la fantasía del pintor y los
recursos de la paleta; y, sin embargo, yo leía algo que jamás había
leído en la Naturaleza cada vez que la contemplaba a la luz de las
impresiones transmitidas por don Sabas encaramado en las cimas de los
montes. Y era muy de agradecerse y hasta de admirarse por mí este
milagro del pobre cura de Tablanca; milagro que nunca habían logrado
hacer conmigo ni los cuadros, ni los libros, ni los discursos.
En la última ocasión de aquéllas, volviendo a casa los dos, yo rendido y
descuajaringado, y él tan fresco y tan brioso como si no hubiera salido
del lugar, díjome que todo lo visto por mí hasta entonces era como no
ver nada y que había que ver algo de lo que me tenía prometido.
--Lo que usted quiera y cuando usted quiera--respondí yo temblando, por
el compromiso que adquiría con aquel hombre para quien eran cosa de
juego excursiones que a mí me descoyuntaban.
--Pues queda de mi cuenta el caso--me replicó--; y no hay más que
hablar.