III

Con el hallazgo del filón de aquella comarca, excitóse en alto grado la

ambición de los montañeses; y errando muchos de breña en breña y de

monte en monte, cavando aquí y revolviendo allá, resultó que la

provincia entera era un verdadero tesoro de calamina, y que lo único que

se necesitaba para que todos fuésemos ricos, era dinero para explotarle.

Por eso desde las montañas de Liébana hasta el valle de Reocín se

denunciaron las entrañas de la madre tierra; y buscando todos en ellas

riquezas á montones, perdieron muchos las que tenían, y ganaron pocos,

entre litigios y peleas, bastante menos de lo que habían soñado.

Excusado es decir que los pueblos donde entró la piqueta del minero, han

perdido, aunque no en tan alto grado como Comillas, su verdadero

carácter local, y amoldádose á otras costumbres. Torrelavega, la primera

y más linda villa de la provincia, aunque sobre la carretera nacional y

conteniendo desde muchos años hace un comercio considerabilísimo, y, por

consiguiente, de población menos típica que otras de la Montaña, ha

perdido también los pocos rasgos que la distinguían, cediendo á la

influencia minera, y más aún á la del ferrocarril que penetra en su

jurisdicción. Hoy es esta culta y bonita población una digna sucursal de

Santander.

Por regla general, y para no molestar al lector, conste que allí donde

el camino de hierro, ó las industrias minera y fabril han penetrado; las

costumbres clásicas montañesas no existen ya, ó existen muy ajustadas al

_espíritu moderno_. Pero estas localidades son rarísimas todavía en la

provincia, por más que en toda ella corra ya cierto airecillo de

_ilustración_...; y ahí está mi humildísimo pueblo, á dos brincos de

Santander, que no me dejará mentir; _Polanco_ (que de algo le ha de

servir en este caso tener el _hijo_ alcalde, para darse tono); Polanco,

digo, donde las mejores mozas se avergüenzan de vestir la plegada saya

de paño rojo de ayer, y se ponen el desgarbado vestido de efímera

indiana, sobre ¡pásmese el orbe!, sobre barruntos de miriñaque.

Y con esto hemos llegado al verdadero asunto de estas últimas páginas.

Es muy posible que algún lector de mi libro, al distraer sus ocios por

las bellas praderas de la Montaña, quiera buscar en ellas los modelos de

las escenas campestres que yo he pintado. Si no quiere cansarse en vano,

si realmente desea encontrarlos, tenga presente cuanto queda dicho en

las anteriores líneas de este capítulo: huya de toda comarca en que

haya un _paso de nivel_, un _túnel_, una fábrica de tejidos _al vapor_ ó

un _horno de calcinación_. Por allí ha pasado el espíritu moderno y se

ha llevado la paz y la poesía de los patriarcas.

Con esta precaución respondo de que encontrará muy pronto á tío _Juan de

la Llosa_ y compañeros de robla, al mayorazgo _Seturas_ y convecinos, y

á cuantos personajes de su estofa he tenido el honor de presentarle.

Pero es preciso que no tarde mucho en emprender la expedición. Al paso

que hoy caminamos, dentro de pocos años la industria habrá invadido

completamente estos pacíficos solares, y entonces ya no habrá tipos. La

civilización moderna tiende á este fin, sin duda alguna. Los pueblos

_ilustrados_ ya no tienen costumbres propias. Los de la Montaña, cuando

acaben de _ilustrarse_, no han de ser menos que ellos.

En ese día alcanzará algún éxito este libro. Vivos hoy los originales de

los retratos que encierra, y desprovisto de galas y de primores que le

hagan, por sí solo, aceptable á los ojos del público, como depósito fiel

de las costumbres de un pueblo patriarcal y hospitalario, no carecerá de

atractivo para la curiosidad de los nuevos explotadores del suelo virgen

que me le ha dictado.

Escenas Montañesas · 第 77 / 79 题