Con el hallazgo del filón de aquella comarca, excitóse en alto grado la
ambición de los montañeses; y errando muchos de breña en breña y de
monte en monte, cavando aquí y revolviendo allá, resultó que la
provincia entera era un verdadero tesoro de calamina, y que lo único que
se necesitaba para que todos fuésemos ricos, era dinero para explotarle.
Por eso desde las montañas de Liébana hasta el valle de Reocín se
denunciaron las entrañas de la madre tierra; y buscando todos en ellas
riquezas á montones, perdieron muchos las que tenían, y ganaron pocos,
entre litigios y peleas, bastante menos de lo que habían soñado.
Excusado es decir que los pueblos donde entró la piqueta del minero, han
perdido, aunque no en tan alto grado como Comillas, su verdadero
carácter local, y amoldádose á otras costumbres. Torrelavega, la primera
y más linda villa de la provincia, aunque sobre la carretera nacional y
conteniendo desde muchos años hace un comercio considerabilísimo, y, por
consiguiente, de población menos típica que otras de la Montaña, ha
perdido también los pocos rasgos que la distinguían, cediendo á la
influencia minera, y más aún á la del ferrocarril que penetra en su
jurisdicción. Hoy es esta culta y bonita población una digna sucursal de
Santander.
Por regla general, y para no molestar al lector, conste que allí donde
el camino de hierro, ó las industrias minera y fabril han penetrado; las
costumbres clásicas montañesas no existen ya, ó existen muy ajustadas al
_espíritu moderno_. Pero estas localidades son rarísimas todavía en la
provincia, por más que en toda ella corra ya cierto airecillo de
_ilustración_...; y ahí está mi humildísimo pueblo, á dos brincos de
Santander, que no me dejará mentir; _Polanco_ (que de algo le ha de
servir en este caso tener el _hijo_ alcalde, para darse tono); Polanco,
digo, donde las mejores mozas se avergüenzan de vestir la plegada saya
de paño rojo de ayer, y se ponen el desgarbado vestido de efímera
indiana, sobre ¡pásmese el orbe!, sobre barruntos de miriñaque.
Y con esto hemos llegado al verdadero asunto de estas últimas páginas.
Es muy posible que algún lector de mi libro, al distraer sus ocios por
las bellas praderas de la Montaña, quiera buscar en ellas los modelos de
las escenas campestres que yo he pintado. Si no quiere cansarse en vano,
si realmente desea encontrarlos, tenga presente cuanto queda dicho en
las anteriores líneas de este capítulo: huya de toda comarca en que
haya un _paso de nivel_, un _túnel_, una fábrica de tejidos _al vapor_ ó
un _horno de calcinación_. Por allí ha pasado el espíritu moderno y se
ha llevado la paz y la poesía de los patriarcas.
Con esta precaución respondo de que encontrará muy pronto á tío _Juan de
la Llosa_ y compañeros de robla, al mayorazgo _Seturas_ y convecinos, y
á cuantos personajes de su estofa he tenido el honor de presentarle.
Pero es preciso que no tarde mucho en emprender la expedición. Al paso
que hoy caminamos, dentro de pocos años la industria habrá invadido
completamente estos pacíficos solares, y entonces ya no habrá tipos. La
civilización moderna tiende á este fin, sin duda alguna. Los pueblos
_ilustrados_ ya no tienen costumbres propias. Los de la Montaña, cuando
acaben de _ilustrarse_, no han de ser menos que ellos.
En ese día alcanzará algún éxito este libro. Vivos hoy los originales de
los retratos que encierra, y desprovisto de galas y de primores que le
hagan, por sí solo, aceptable á los ojos del público, como depósito fiel
de las costumbres de un pueblo patriarcal y hospitalario, no carecerá de
atractivo para la curiosidad de los nuevos explotadores del suelo virgen
que me le ha dictado.