_In illo tempore_, es decir, los mismos doce años ha, pasé yo una
temporada en la lindísima villa de Comillas. Camillas, lector, en la
costa, á seis leguas al Noroeste de Santander, tendida sobre el lento
declive de un cerro, arrullada por un lado por el inquieto mar de
Cantabria, y protegida por los demás por una suave cordillera de
pintorescas colinas, era una población verdaderamente deliciosa, no por
sus condiciones topográficas solamente, pues bajo este aspecto hoy es
mucho más bella que entonces, sino por las especialísimas que concurrían
en el carácter de su pequeña sociedad.
Empecemos por decir que sin una sola vía de verdadera comunicación con
el resto del mundo, y á cinco leguas de distancia de la carretera
nacional, era punto menos que inaccesible al trato de la moderna
civilización.
Este aislamiento perpetuo, tratándose de familias enlazadas entre sí,
como aquéllas, por vínculos de parentesco ó de una amistad íntima, había
impreso en su vida el carácter de unidad y de sencillez, verdaderamente
patriarcales, que seducía á los pocos forasteros que hasta allí
llegaban. La clase acomodada, muy numerosa en proporción de la pequeñez
de todo el vecindario, era lo suficiente ilustrada para hacer
agradabilísimo su trato, sin el refinamiento que hoy distingue á la
culta sociedad, con grave deterioro de los puros y santos afectos; y
aunque los hijos de estas familias salían á las universidades y
viajaban, llevando siempre consigo tan bello recuerdo de la madre
patria, cuando á ella tornaban deponían de buen grado los resabios
adquiridos en el mundo, y volvían á ser sencillos comillanos. De este
modo, aquella sociedad era siempre apacible, cariñosa y hospitalaria.
Por mi parte, unido por estrechos lazos de parentesco á muchas de sus
familias, creo tener en esta sola circunstancia motivo sobrado para
evocar con satisfacción estos recuerdos. Para pagar con ellos las horas
de verdadero placer que aquel pueblo me ha proporcionado no serían
bastante.
Una noche oí decir á una venerable mujer que ya pasaba de los sesenta
años, que su mayor satisfacción sería ver un coche.
Otra señora, tan anciana como ella, le respondió:
--Dios te libre de esas tentaciones. Yo quise una vez salir á ver un
poco el mundo; y, con intención de no parar hasta Santander, llegué á
Torrelavega. Era día de mercado, y estaba la villa, ¡madre de Dios!, que
daba miedo. ¡Cuánta gente! ¡Qué ir y venir bestias, carros y
diligencias! Te aseguro que aquello me espantó; díjeme: «esto no es para
mí...»; y volvíme á casa dando gracias á Dios por la paz que quiso
concedernos en este bendito rincón.
Para dar una idea del color verdaderamente local de la población
comillana, bastan estos dos ejemplos.
La clase del pueblo, compuesta casi en su totalidad de marineros y
pescadoras, era morigerada y nobilísima en sus instintos. Para ella el
mundo era Comillas y su mar; y el mejor placer, después de una misa
solemne con «el órgano nuevo», oir los relatos de algún licenciado de
_barco de Rey_.
Los mayores títulos de gloria de los comillanos eran haber dado la villa
tres Arzobispos[22], muchos notabilísimos marinos y varios capitalistas
riquísimos que, aunque residentes en Filipinas, Cádiz y otros países tan
apartados, demostraban á cada paso, con limosnas y presentes de todos
géneros, su amor al pueblo de su naturaleza; y sobre todo, haberse
construído el magnífico templo que se levanta en la plaza, que, acaso,
en su género, es el mejor de la provincia, á expensas de los mismos
comillanos.
Un proverbio popularísimo entre ellos acabará de dar á conocer hasta qué
punto vivían dentro de sí mismos y en sus elementos naturales, y lo
lejos que estaban de pensar en que pudieran contagiarse algún día del
carácter moderno. Este proverbio era el siguiente:
«Comillas será Comillas
por siempre jamás, amén».
He dicho _era_, porque supongo que en la actualidad no se atreverá á
repetirle, con fe á lo menos, ningún hijo de aquel pueblo. Veamos en qué
me fundo para creerlo así.
Seis años hace volví á Comillas. Una cómoda y ancha carretera había
sustituido á la escabrosa y angostísima senda antigua: y en lugar de
cabalgar sobre el peludo y escueto jamelgo que antes conducía por ella
al viajero, tomé un mullido asiento en una de las diligencias que se han
establecido entre Torrelavega y la villa de los tres Arzobispos.
Á medida que á ella me aproximaba, iba desconociendo más y más el
terreno, hallándole descarnado en muchos sitios, revuelto en otros,
poblado de trabajadores y cruzado por zanjas, _trainwais_ y túneles á
cada instante. Buscando con mis ojos la primera casa del pueblo, que
antes se destacaba sola, como un centinela avanzado de él, tuve que
detener la mirada bastante más atrás, en un edificio del moderno estilo
industrial, que arrojaba á borbotones por una alta chimenea el humo
espeso del carbón de piedra. Era uno de los hornos de calcinación del
mineral de calamina que á la sazón se extraía (y sigue extrayéndose) de
las entrañas de los cerros inmediatos.
Más adelante, caras barbudas con el sello francés más puro; otras medio
ocultas bajo la boina vasca, y otras indígenas, pero todas veladas por
el polvillo amarillento de la calamina, pasaban rápidas por delante de
las ventanillas del coche, que al cabo penetró en la primera calle de la
población. Aquí, como en la carretera, mil objetos que llamaban mi
atención por lo inesperados. En el portal en que en otros tiempos se
sentaba á tejer sus redes un pescador, alisaba el mango de su azadón un
fornido vizcaíno; en el balcón en que antes vi á la familia de un pobre
labrador desgranar las panojas de la última cosecha, fumaba en larga
pipa un belga, calzado con altas botas de cuero; y en lugar del
_cobertor_ tradicional y las madejas de estopa, colgaban de la soga de
la _solana_ las bridas de un caballo y ancho gabán impermeable; á la
puerta de una taberna estropeaba el castellano el tabernero para
convencer á un alemán «cerrado», de que lo que le había vendido por
_gin_ no era, como parecía, rescoldo; en la plaza, donde paró el
carruaje, circulaban entre la boina de los vascos y el gorro verde y
colorado de los marineros de la población, la leve _pamela_ de la Fuente
Castellana, y entre la camiseta de bayeta verde y la blusa azul de los
obreros, el brillante gabán de seda sobre el esbelto talle de las hijas
del Manzanares y del Sena. Hablábase en un grupo el vascuence, en otro
el francés, aquí el alemán y allá el inglés; y para colmo de mi
sorpresa, el sombrío palacio de los Trasierra, sobre el punto más
elevado de la población, y en otro tiempo cerrado y misterioso, como si
dormitara entre los recuerdos de su época, había abierto anchas puertas
á la moderna luz y engalanado sus fachadas; y no descansaba como antes
sobre escombros y zarzales, sino sobre ameno y florido campo; cultivado
por diestro jardinero.
En los pocos días que pasé en Comillas busqué en vano lo que tan
placentera me había hecho en otro tiempo mi residencia en la misma
villa. Todo se hallaba transformado allí. El pequeño puerto, casi
inaccesible antes á las lanchas pescadoras, se había reformado,
penetrando ya en él buques de muchas toneladas y sobre el muelle en que
únicamente se pesaba el pescado fresco en modesta _romana_, crujían las
grúas y se revolvían con dificultad carros, básculas y trabajadores. Una
cómoda carretera facilitaba la subida desde este punto á la población, y
desmontes, murallas y demarcaciones, anunciaban nuevos proyectos de
considerables reformas.
Lo mismo que el de la villa, el carácter de su sociedad era nuevo para
mí. _Touristas_ madrileños, hombres políticos y altas jerarquías
militares, damas modeladas en el más genuino troquel del mundo moderno,
invadían los salones en que ya se cantaban _dúos y cavatinas_, y se
bailaban lanceros y cuadrillas, y se amaba y se coqueteaba según la
flamante escuela.
El Comillas clásico no existía ya: lo que yo estaba viendo era un pueblo
industrial como otro cualquiera, favorecido, durante el verano, por una
escogida sociedad de forasteros que habían impuesto á la clase indígena
acomodada sus costumbres, como la industria había reducido á sus
exigencias los hábitos patriarcales de la masa popular.
Un francés encontró en una ocasión un pedrusco de calamina sobre
aquellos terrenos; indagó con cuidado, dió con un filón poderoso,
formóse una sociedad explotadora..., y he aquí la causa de tan repentina
como radical transformación.
Y júzguese, en vista de lo que antecede, si podrá decirse hoy de buena
fe, como ayer se decía, por algún comillano del antiguo régimen, que por
casualidad pareciese, desorientado entre el actual movimiento de su
pueblo,
«Comillas será Comillas
por siempre jamás, amén».