I
Más de un lector, al pasar la vista por este cuadro, ha de pensar que es
una invención mía, ó que, cuando menos, está sacado de las viejas
crónicas de la primitiva Santander. Conste que semejantes dudas ni me
ofenden ni me extrañan.
Yo, que estoy viendo á estos marineros, embutidos materialmente en el
laberinto de los modernos adelantos, sin reparar siquiera en ellos;
descansar estoicamente sobre el remo en sus lanchas, sin dirigir una
mirada de curiosidad á la rugiente locomotora que, al llegar al muelle,
á veinte varas de ellos, agita el agua sobre que se columpian; rodear
una legua, por el Alta, para ir al otro extremo de la población, por no
atravesar ésta por sus modernas y animadas calles; yo que sé, en una
palabra, hasta qué punto conservan las aficiones y las costumbres de sus
abuelos, á pesar de haber invadido sus barrios la moderna sociedad con
su nuevo carácter, me he resistido á creer en uso entre ellos, en la
actualidad, escenas como las que voy á referir; y sólo después de
haberlas palpado, como quien dice, he podido atreverme á asegurar, como
aseguro, que no es la _Buena Gloria_ una costumbre perdida ya entre los
recuerdos de la antiquísima colonia de pescadores, favorecida ... y
asustada, en una ocasión, con la presencia del rey Don Pedro I de
Castilla.
El siguiente histórico _ejemplar_ es recentísimo.
Acababan de celebrarse en la iglesia de San Francisco las honras
fúnebres por el alma de un pobre hombre que perteneció al Cabildo de
mareantes de Abajo. El cortejo, en el mismo orden en que había
acompañado al cadáver á la iglesia, y de la iglesia al cementerio,
volvió á la casa mortuoria: delante los hombres, é inmediatamente
después las mujeres, y todos en traje de día de fiesta. El de los
primeros, compuesto de pantalón, chaleco y chaqueta de paño azul muy
obscuro, corbata de seda negra, anudada sobre el pecho y medio oculta
bajo el ancho cuello abierto de una camisa de lienzo sin planchar, y
boina también de paño azul obscuro, con larga borla de cordoncillo de
seda negra. El de las mujeres, de saya de percalina azul sobre refajo
de bayeta encarnada, jubón de paño obscuro, mantilla de franela negra,
con anchos ribetes de panilla, media azul y zapatos de paño negro.
La reciente viuda, con una mala saya de percal, desgarrada y sucia, en
mangas de camisa, desgreñada y descalza, esperaba á la fúnebre comitiva,
acurrucada en un rincón de la destartalada habitación en que había
muerto su marido: sala, alcoba, pasadizo y comedor al mismo tiempo; pues
aquella pieza y otra reducidísima y obscura que servía de cocina
constituían toda la casa. Alrededor de esta mujer había, sentados en el
suelo, dos chicos y una muchachuela, tan sucios y mal ataviados como
ella, de quien eran dignos vástagos.
El cortejo fué penetrando acompasadamente en la sala. Los hombres
formaron una línea contigua á las paredes, y las mujeres otra, algunos
pasos más al centro. La viuda ocultó la cara entre las manos y lanzó un
par de gemidos; su prole, sin cambiar de postura, miraba impasible la
escena.
Como no había sillas en la casa, excusado es decir que el duelo
permaneció de pie.
Una de las mujeres de él, la más autorizada por su vecindad y conexiones
con aquella familia, se adelantó un paso á las demás personas de la
comitiva.
--Por el eterno descanso del defunto, «_Padre nuestro_»--dijo, con voz
áspera y fuerte, aunque afectando emoción y compostura.
Á lo cual contestó la viuda con un tercer gemido, y el lúgubre cortejo
con un «_que estás en los cielos, santificado sea tu nombre_», etc.,
etc.
En seguida, la mujer se quitó la mantilla, la tendió en el suelo, se
retiró un paso, y con la misma voz con que acababa de pedir una oración
para el finado,
--Para los dolientes, á cuatro cuartos--dijo, mirando á todos.
--Eso es poco--contestó un hombre.
--Somos muchos--añadió otro.
--Á rial--volvió á decir la mujer.
--Curriente--replicó el coro.
Y la que le dirigía levantó por el costado derecho su saya azul, metió
la mano en una anchísima faltriquera que apareció encima del refajo
encarnado, sacó cuatro piezas de á dos cuartos, y las arrojó sobre la
mantilla. En la misma operación la siguieron otras compañeras y algunos
hombres; y en muy pocos instantes quedó la mantilla medio cubierta por
las monedas de cobre.
--¡Alto!--gritó la mujer;--no lo metamos á barullo: dir echándolo poco á
poco, que aquí hay anguno que va á quedar bien con el dinero de los
demás.
--Mientes--exclamaron algunas voces.
--Yo digo más verdá que todos vusotros juntos; y como sé lo que pasó en
el intierro de la mujer del tío Miterio....
--Lo que allí pasó me lo sé yo mu retebién, y lo callo porque no te
salgan los colores á la cara.
--¿Quién es esa deslenguadona que me quiere prevocar?
--¡Á ver si vos calláis, condenás, ó dirvos á reñir allá juera!...
¡Cuidiao que tien que ver! Dir echando los que falten, y cierre el pico
la rigunión.
Esta reprimenda, de un viejo pescador, puso en orden á las mujeres, que
se disponían ya á hacer de las suyas.
--Á rial, para los dolientes--volvió á exclamar la voz de la presidenta,
con la mayor tranquilidad.
Algunas piezas de á dos cuartos cayeron sobre la mantilla.
--Á rial para los dolientes--añadió aún la mujer.
Pero esta petición no produjo ya resultado alguno.
--¿Cuántos semos?--preguntó entonces aquélla.
Oyéronse en la sala fuertes murmullos por algunos instantes, y un
marinero contestó después muy recio:
--Quince hombres y veinte mujeres.
--Enestonces, debe haber en la mantilla ... veinte y diez, treinta, y
cinco, treinta y cinco.... Treinta y cinco riales ... menos treinta y
cinco chavos.
--Cabales....
La mujer contó los cuartos sobre la mantilla, redújolos á montones de á
treinta y cuatro cada uno, y levantándose en seguida, dijo en alta voz,
con cierto retintín:
--Aquí no hay más que veintiocho riales.
--Yo he echao....--Y yo....--Y yo....--Y yo ...--fueron diciendo todas
las personas de los dos corrillos.
--Es claro: ahora toos han echao.... ¡Como yo no sé lo que sucede en
estas ocasiones!... ¡Y luego le dirán á una que falta á la verdá!...
--Vamos, mujer, no te consumas, que ya sabemos lo que es contar dinero:
á la más lista se le pega de los deos.
--Estos diez te voy á pegar en esa recancaneada jeta, ¡lambistona,
embrolladora!...
--Á mí me pegarás tú de lengua.
--¡Malos peces vos coman, arrastrás! ¿No veis á esa probe mujer que vos
ascucha?--gruñó el viejo pescador, interponiéndose entre las dos mujeres
y señalando á la viuda.
--¡Ayyy!--suspiró ésta al oirlo, limpiándose los ojos con las greñas.
--¿Falta dinero? Pus hacervos la cuenta de que se lo tragó la tierra, y
en paz.... Vengan esos cuartos--añadió el viejo en tono brusco.
La mujer que los había contado recogió la mantilla y la desocupó en la
gorra del pescador, murmurando hacia la que riñó con ella:
--Da gracias á la pena de esta infeliz, que si no....
--¿Qué se trae?--preguntó el pescador á la reunión.
--Queso....--Vino....--Aguardiente....--Pan....
--¿Á quién hago caso yo? Toos piden á un tiempo.... Que alcen el deo los
que quieran vino.... Uno, dos, tres..., seis, nueve.... Nueve hombres y
tres mujeres.... Ahora que le alcen los que quieran aguadiente.... ¡Ea!,
no hay más que hablar: seis hombres y toas las mujeres, menos tres,
dicen que no quieren vino.... ¡Me alegro, me alegro, y que me alegro,
ea!... Conque dempués de gastar dos pesetas en queso y en un _guardia
civil_, lo demás pa _musolina_. Vengo en un credo.
El viejo salió de la sala, como si su comisión le hubiera quitado de
encima la mitad del peso de sus años; y la presidenta del duelo, después
de ponerse la mantilla y de dar á su fisonomía el aire de compunción de
que la había despojado durante la última escena, cuadróse en medio de
la reunión, fijó la vista en el suelo y dijo en tono plañidero:
--Una _Salve_ á la Santísima Virgen del Mar.
El coro la rezó por lo bajo.
--Por todos los fallecidos del cabildo, _Padre nuestro_.
Esta oración se rezó como la anterior.
--Para que Dios nuestro Señor tome en su miselicordia los santos
ufragios que se acaban de hacer por el alma del defunto, que en paz
descanse, un _Credo_.
Y la reunión le rezó con el mayor recogimiento.
--En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo--dijo,
santiguándose, la mujer.
--En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo--contestó, con
la misma ceremonia, su auditorio.