Aquella misma tarde, á la caída del sol, atravesaban tío Nardo y su
mujer la extensa sierra que conduce á su lugar. Mustios iban los dos y
cabizbajos, el uno en pos del otro. Pensaban en Andrés. Pero tía Nisca,
de imaginación más activa que su marido, examinaba interiormente el
cuadro de sus pesares, ¡y no le faltaban causas con que justificar toda
la amargura de los dolores que sentía! Por eso no pudo menos de dirigir
un duro apóstrofe á la tierra que pisaba, viéndola poblada de ásperos
escajos, y cuya aparente esterilidad alejaba de ella á sus hijos para
buscar en país remoto lo que la madre patria no podía darles. ¡Cargo
injusto, por cierto, y que, perpetuamente en boca de tantos ignorantes,
sostiene en esta provincia la plaga de emigración que la despuebla!...
Pero antes que de la pluma se me escapen ciertas reflexiones, más
propias del periodista que del pintor, volvamos á nuestros personajes,
aunque no sea más que para despedirnos de ellos.
Es ya inútil: pasada la sierra, han desaparecido por una extrecha y
larga calleja formada por dos frondosas seturas, verde y pintoresco
toldo cuyas paredes no pueden atravesar los débiles rayos del sol que va
á ocultarse: tampoco se columbra un alma en la campiña; y sólo turba el
silencio de aquella soledad la voz de una mujer que, desde el fondo de
la calleja, canta á grito pelado:
«Á las Indias van los hombres,
á las Indias por ganar:
las Indias aquí las tienen
si quisieran trabajar.»
Esta mujer ha debido de encontrar, yendo á la fuente, á tía Nisca y á su
marido. Quizás al verlos caminar silenciosa y tristemente hacia su casa,
ha recordado esa estrofa que, por otra parte viene como de molde para
dar fin á este cuadro, porque precisamente es la síntesis de él.