I.--Los alferazgos y sus excesos; prestes y la práctica
de _curar el cuerpo_.--II.--Particularidades del
carnaval.--III.--_La khespía._--IV.--La chicha y su fiesta
en Cochabamba; educación de la mujer cochabambina. La
chicha, licor nacional.--V.--Lo que fué la fiesta de la Cruz
en La Paz. _Phuma-cancha_ y el _sihuay-sahua_.--VI.--Los
altares del Corpus.--VII.--La víspera y el día de San
Juan Bautista.--VIII.--Los compadrazgos.--IX.--_El
taripacu._--X.--Varias supersticiones complementarias y lo que
se entiende por _arujaña_.
I
La persona que quiere conmemorar el día del santo titular o patrono de
la capilla o pueblo de donde es domiciliario, o que con ese objeto es
nombrado por su párroco, por haberle llegado el turno, se inviste del
cargo el mismo día del santo, o después que su antecesor ha finalizado
con las obligaciones que se impuso el año anterior. Al recién designado
que toma, desde luego, el título de _alferez_ le corresponde celebrar
la fiesta al año entrante. El número de estos _alfereces_, varía en
razón de la mayor o menor popularidad que rodea al santo por sus
milagros. Hay ocasiones, cuando la efigie tiene prestigio de milagrosa,
que se reciben hasta quince personas, otras, no pasan de uno, y éste se
compromete, sólo porque la costumbre no desaparezca del lugar.
El nombrado, apenas lo aclaman el párroco y los asistentes, se
dirige a su casa, conduciendo el guión de la iglesia, acompañado de
su familia, compadres y amigos, y allí es felicitado y motivo de
ceremoniosas atenciones, pasadas las cuales se disuelve el grupo. Desde
entonces aquél no tiene otra preocupación que pasar bien su fiesta:
trabaja noche y día, acopia víveres, hace sus viajes, se fatiga y
suda incesante, todo por tener dinero y por que llegada su fiesta,
se realice ella con pompa inusitada, de tal suerte, que digan en el
pueblo que fué la más solemne y la mejor de cuantas se sucedieron en la
comarca.
Próximo el esperado día, el alferez visita al cura, trayéndole regalos
y sus derechos que suelen ser de diez a cuarenta bolivianos, que se
los paga en el acto. La víspera obsequia ceras al templo y alguna
especie al santo, lo que llama _obra_. Estos objetos son conducidos
con gran ostentación, por individuos que se ponen en fila, llevando
cada acompañante, colgada de la mano una cera adornada o en el regazo
flores. El párroco los recibe en el templo, mostrándose muy ceremonioso
y presumido; arreglan en seguida el altar del santo y visten a este con
sus mejores ropas. Más tarde hace el clérigo las vísperas y después,
en el atrio del templo o en la casa del alfarez, comienzan a beber
licores, aunque sin excederse mucho.
Al siguiente día, desde la mañana, empiezan a servirse tazas de bebidas
calientes mezcladas con abundante aguardiente, de tal manera que cuando
llega el momento de asistir a la misa el alferez se halla achispado,
pero no al extremo de no poder asistir a esa ceremonia religiosa, lo
cual a suceder, habría causado gran escándalo en el pueblo. Asiste a
la misa vestido de su mejor traje, y seguido de su comitiva. El cura
lo coloca en lugar preferente y le presta durante su estadía en el
templo las deferencias prescritas por el ritual. Si hay procesión
lleva el guión y terminadas las solemnidades de iglesia, vuelve a su
casa en medio de acompañantes, entre quienes nunca faltan el cura, el
corregidor y demás funcionarios de la localidad.
Constituídos en la morada del alferez, se reanuda la borrachera
interrumpida. Las copas de bebidas alcohólicas son vaciadas a menudo;
el brevaje o ponche desprendiendo acre vapor de aguardiente, va siendo
renovado en las tazas con frecuencia. Los _aynis_, se presentan a
medida que pasan las horas, con _arcos_ y obsequios de víveres. Con
mayores o menores presentes, concurren también los tíos o _laris_ y
los _tollkas_ o parientes y compadres y los que hacen su cumplido por
primera vez. Al atardecer, el alferez con su cortejo de borrachos,
sale en pandilla, a recorrer la plaza y mostrarse al público, haciendo
rueda en las esquinas y constante rebullicio en todas partes. De
regreso a la casa y durante las primeras horas de la noche se entregan
los concurrentes a un furioso baile y a beber, en cada descanso o
intermedio, tazas de bebida caliente, vasos de chicha, alcoholizándose
al extremo de que, cuando llega la hora de dormir, todos, hombres y
mujeres, se encuentran completamente embriagados, no faltando quienes
se hallan roncando en sus mismos asientos.
Apagadas las luces, comienzan, los que holgar aún pueden, por
apoderarse y poseer a las primeras mujeres que se les vienen a las
manos y que las encuentran tan acaloradas y dispuestas como ellos
lo están. Esto, que se conoce con la gráfica palabra de _gateo_,
consideran las clases populares tan natural que nadie extraña ni se da
por ofendido de ello. Ninguna idea de profanación al santo, cuyo día se
solemniza, cruza por la mente de los actores y contiene su ejecución
en esas bacanales litúrgicas. La fuerza de la costumbre, sostenida
por una devoción sensual y desenfrenada, hace que esos actos sean de
uso corriente y tengan el carácter de sabroso complemento a la fiesta
religiosa. Al otro día, todos despiertan en sus propias camas, como si
nada hubiera ocurrido durante la noche; repiten la diversión con más
entusiasmo y mayores apetitos alcohólicos que el día anterior; y así
siguen días consecutivos, hasta agotar provisiones, resistencia, salud
y no poder ya más.
En la importante y extensa provincia de Chayanta, como en toda
población de aborígenes, cada indio que valer quiere, está obligado
a pasar la fiesta llamada de _tabla_, porque entre los naturales,
quien no se encarga de esa celebración, siquiera por una vez, en el
curso de su existencia, es despreciado por los demás y mirado como
ser inferior a sus congéneres. Los curas han conseguido inculcar esta
idea en el cerebro indígena con sus constantes prédicas y amigables
exhortaciones. «_Perro es y no gente_, repiten con frecuencia y en
cualquier circunstancia o acto público, _quien no festeja al patrono de
su pueblo_». Los que han llenado tan onerosa función les apoyan, por
egoísmo y deseo de no ser los únicos arruinados por la fiesta.
Finalizados los preparativos, como se tiene dicho, visitan al cura la
víspera, llevándole sus derechos que son quince bolivianos, además
obsequios de papas, pan, cebollas, trigo pelado y cordero desollado.
El cura les da la propina o _ttinka_, consistente en una botella de
alcohol y entrega al alferez el guión de la iglesia. Los indios se
retiran borrachos de la casa cural, haciendo algazara y gritando por la
plaza y calles, _cer, cer_ con lo que dan a entender que se refieren
al cerro de Potosí. Este cerro lo tienen como a su _Achachila_, aunque
terrible para ellos y generoso para los blancos. Los recuerdos del
período colonial, no se han borrado de la memoria de los indios.
Después de haberse llevado a cabo la procesión acostumbrada del santo,
el cura presta su caballo al alferez, el que montado sobre él recorre
por dos veces la plaza, vestido de general o coronel, con el guión
en la mano y entre los relinchos y aclamaciones de los curiosos,
música de los bailarines y el toque de campanas. Es necesario que
caiga de su cabalgadura una o dos veces, para que con los golpes que
recibe enardezca más y más el entusiasmo de la concurrencia, que,
para mejor hacerlo, comisiona a uno de los suyos para que espante
al rocin sacerdotal, con un pollo vivo que le entrega. De trecho en
trecho, cuando el ginete no cae, desmonta de su cabalgadura y con los
acompañantes se ponen a beber aguardiente y a bailar alrededor del
guión. Terminado el paseo ecuestre, se retira borracho y magullado a
su estancia, acompañado de sus cofrades. Las mujeres se encuentran
obligadas a conducirlo cargado sobre sus espaldas, desde la salida del
pueblo hasta su casa, alternándose las cargadoras, momento a momento y
a medida que se cansan. Es el único gaje que goza el alferez, en pago
de las muchas molestias y gastos que le han proporcionado.
Se denomina _preste_ al individuo que ha manifestado su voluntad para
celebrar el aniversario de alguna fiesta religiosa. Para el efecto el
interesado, que comúnmente es una mujer obrera o chola, comienza por
enviar uno o dos meses antes de la fiesta, tarjetas de _recuerdo_ a las
personas que se han comprometido a prestarle su ayuda o cooperación
pecuniarias, según la lista formada en su oportunidad. Entre estas,
las hay de diversas condiciones; las llamadas de _foco_, son las que
se han encargado de costear cierto número de focos de luz eléctrica,
lámparas o ceras, quienes al recibo de la tarjeta, envían la cantidad
respectiva de dinero; otras que han anunciado que pagarán la banda de
música, ya sea para la víspera o misa, también mandan su cuota las que
deben abonar las vísperas, igualmente remiten la suya, la del sermón,
el precio que ha de costar, y así cada cual cumple su oferta. Las que
mayores sumas erogan entre estas colaboradoras, son las que se han
obligado a cancelar al párroco la novena, trecena o quincena que hará
rezar a los fieles, ya sea en la mañana o en la noche, por lo que son
siempre dos las que se encargan. Estas convienen directamente con el
clérigo y avisan a la _preste_ para que asista al acto. En la mañana y
durante la misa, se entrega a la _preste_ una cera ardiendo, lo que la
llena de satisfacción y orgullo, porque todas las miradas se dirigen a
ella y para ella son todas las atenciones.
A las encargadas de esta parte del festival, así como a la que aspira
a recibirse de _preste_ y lo ha manifestado, les envían de visita la
efigie de un Niño Jesús, en bulto, muy ataviado, con sombrerito y
calzados relucientes de plata, traje de raso, adornado con bordado y
alamares de oro, bastoncito de este metal, quien permanece en cada una
de ellas dos o tres días, pasados los cuales es recogido con igual
solemnidad con que se le trajo, habiendo quedado, con su presencia,
cerrado el compromiso, con el sello de una imposible retractación.
El día antes de la fiesta se reparten invitaciones para que concurran
tanto a las vísperas como a la misa solemne que ha de celebrarse
en la mañana siguiente, acompañándolas, para determinadas mujeres,
consideradas meritorias y de respeto, bracerillos de plata, vulgarmente
calificados de sahumerios, con la mira de que los traigan con carbones
encendidos y alimentados con materias aromáticas, a fin de que el humo
que hagan, perfume a la santa imagen, en su trayecto, de la casa al
templo y en su regreso.
La víspera en la noche, acomódase la _preste_ con su comitiva en el
atrio del templo y allí les hace beber ponches y tazas de té con
abundante alcohol mientras la música entona aires nacionales, truenan a
menudo los cohetes y estallan fuegos artificiales.
A la misa concurre aquélla bien trajeada y adornada de joyas de oro,
ocupando en el templo el lugar de preferencia. Terminada la ceremonia,
se presenta al público llevando en las manos al Niño Jesús y sigue su
camino a la cabeza de su comitiva en medio del humo aromático, que
desprenden los bracerillos.
La _preste_ apenas llega a la casa, es objeto de calurosas
felicitaciones y enhorabuenas de costumbre. A continuación se destapan
botellas y comienza el servicio no interrumpido de copas de licores
alcohólicos. A las dos de la tarde, achispados y alegres, pasan a
ocupar su asiento, junto a la larga mesa enmantelada limpiamente y
cubierta de carnes friambradas, panes, tortas, pasteles, biscochuelos,
galletas, pastillas de chocolate, confites y abundantes botellas de
vino, pisco, cerveza, y toman las once o _lunch_, como se estila
calificar tan copiosa alimentación. Al final del agazajo, nombran, por
votación, a la persona que debe celebrar la fiesta al año entrante, e
inmediatamente le colocan delante al Niño Jesús la aclaman y echan con
mixtura y le ponen una banda tricolor. En caso de excusa o resistencia
para aceptar el nombramiento se busca otra persona. Y, cuando nadie
quiere aceptar, suelen traer una gran torta cortada en tajadas,
habiendo introducido ocultamente en una de ellas el bastón del Niño
y las distribuyen a los asistentes. Quien descubre en su rebanada el
bastón, es elegida, ya no, según ellos, por acto humano, sino por el
mismo Dios, lo que la hace aceptar el nombramiento sin titubeos, con
cierta docilidad, que pone en claro, que el mandato concuerda con su
voluntad y gusto. A raíz del hecho y sin dar tregua al entusiasmo y
nerviosa agitación que despertara él, se forma la lista de las personas
que se prestan a ayudar a la nueva preste con alguno de los gastos o
funciones ya enunciadas, lista que se la entregan después de revisada y
cuidadosamente enmendada.
Satisfechos los ánimos con la designación de la sucesora, y los
estómagos con abundantes alimentos, regocijada la sangre en las venas
con las bebidas, abandonan los asistentes la mesa y principia el
ruidoso baile, el cual sólo se interrumpe para volver a ocupar de nuevo
la mesa a la hora del yantar y ahitos de comidas y licores, regresan
después a la sala del baile a continuar con la danza y el bureo hasta
horas avanzadas de la noche.
Al día siguiente se presentan nuevamente los invitados del día
anterior, ansiosos de comentar los incidentes que hubiesen sucedido
en la noche y de repetir el jolgorio a pretexto de _curar el cuerpo_.
Esta frase inventada y religiosamente practicada por los alcohólicos
se ha convertido en la memoria popular en artículo de fe, que sirve de
disculpa a los que se embriagan días consecutivos. «_La mordedura del
perro se cura con la lana del mismo animal_», dicen estos y continúan
desgastando sus fuerzas y sus organismos con tantas libaciones y
placeres.
La noche del segundo o tercer día, acompañan a su casa a la nueva
preste, llevando siempre al Niño Jesús, que es el encargado de
presidir, en todos estos correteos báquicos, donde se reproduce el
consumo de licores. De esta manera, en una y otra parte, siguen las
gentes del pueblo derrochando su salud y dinero, hasta enfermarse de
veras, y sólo entonces se pone punto final al pasado regocijo.
De prestes pasan también los indios, con la diferencia de que los
gastos son menores a los realizados por el cholo, o a los que realizan
en los alferazgos. La principal fiesta que demanda enormes gastos,
es la de la Virgen de Copacabana, y, a quien desempeña la función de
preste en aquella, se le tiene en mucha cuenta.
El interés de ser recompensado en alguna forma por la imagen religiosa
festejada y la de darse importancia, influyen grandemente en los
cholos, más que la devoción o algún ideal místico, el que ocupa lugar
muy secundario en su ánimo y miras, para que no se arredren en aceptar
y desempeñar tan honrosos cargos, así como impulsan al indio para ello,
el deseo de divertirse, embriagarse a sus anchas, y el de satisfacer
su pedantesca vanidad. _Soy gente_, pregona y repite en toda ocasión,
el indio que fué alferez o preste, y desde que pasa su fiesta, anda
orgulloso y orondo.