IV

El amor sexual es, entre los indios, libre, instintivo y desligado de

trabas que lo coarten y de educación que lo dignifique.

El hombre posee a la joven soltera, casi siempre por la violencia; la

fuerza y no la voluntad es la que prima en esos actos, sin motivar

escándalo, ni atraer la cólera de los padres de la ofendida. Ninguna

importancia dan a la virginidad de la mujer; por el contrario, la

virginidad conservada por mucho tiempo, la consideran deprimente, como

signo de haber sido despreciada por los hombres. _Morirás doncella_,

dice la casada a la joven a quién trata de injuriar. La idea de llegar

a la vejez y morir virgen, horroriza a la india: cree ésta que si tal

cosa sucediera, su existencia resultaría, sin objeto e inútil. _El

amor, repiten, dignifica a la hembra, porque la hace cumplir su misión

en la tierra, que es la de tener hijos y perpetuar la especie..._

Semejante criterio proviene de la condición excepcional en la que está

colocada la mujer en la economía doméstica, que le hace ver claro

su destino. Desde muy niñas se crían en agreste libertad, dedicadas

al pastoreo del ganado en campos apartados o desiertos, junto a

varones que se ocupan de las mismas tareas, con quienes se establecen

relaciones estrechas de compañerismo, que dan lugar a que, presenciando

juntos el frecuente ayuntamiento de los ganados, sientan despertarse

precozmente en su naturaleza los instintos sexuales, y excitados

por la ociosidad y el trato familiar y libre, se vean impulsadas a

satisfacerlos, estando aún en la adolescencia.

Además, nunca han considerado las mujeres, desde los tiempos

precolombianos, que fuera reprensible el dedicarse a carnales

entretenimientos, cuando están solteras y no tienen amantes que las

cohiban hacerlo. «También sorprende, dice Lorente, su manera de

pensar [la del indio] sobre la castidad de las mujeres. Tenían en

poco la de las solteras y solía ser estimada en más la que había

sido más licenciosa. Tal vez procedían así porque en las mujeres

de trato libre, y estimadas por eso de la muchedumbre, creían ver

mujeres hacendosas que les ayudarían en sus faenas. Lo cierto es que

concediendo tanta libertad a las solteras, condenaban a muerte a la

casada que era convencida de adulterio».[28] «Andan vestidos de ropa de

lana ellos y sus mujeres--dice por su parte Cieza de León--las cuales

dicen que, puesto que antes que se casen pueden andar sueltamente,

si después de entregada al marido, le hace traición, usando de su

cuerpo con otro varón, la mataban»[29]. Igual opinión tiene Garcilaso

de la Vega, que dice: «Demás de esta burlería, consentían en muchas

provincias del Collao, una gran infamia; y era, que las mujeres antes

de casarse podían ser cuan malas quisiesen de sus personas, y las más

disolutas se casaban más aina, como que fuese mayor calidad haber sido

malísimas.»[30]

[28] _Historia antigua del Perú_, por Sebastián Lorente. Lima,

1860, pag. 77

[29] _Historiadores primitivos de Indias._--Colección dirigida

e ilustrada por don Enrique de Vedia.--Tomo II.--Madrid 1900,

pag. 443.

[30] _Los Comentarios reales de los Incas._--Libro II. Cap.

XIX.

Debido a esa manera de pensar tradicional, la india casada o

_aynoni_, es muy fiel a su esposo o _ayno_; en tanto que la soltera o

_huarmikkala_ es liviana, sin que ello sea un obstáculo para que se

case. Con la chola ocurre lo mismo; se matrimonia después de haber

tenido contacto con varios hombres. La diferencia está, en que la

chola, si bien no tiene el concepto de la india sobre la virginidad,

la cual, su pérdida la trasluce y la tiene a honra, cuando aún

no es concubina o _sipasi_ de alguien, tampoco es en aquella un

inconveniente, para que no pueda contraer matrimonio[31].

[31] A semejanza de los mestizos que llaman a la esposa

_mi mujer_, los indios casi no usan las palabras _ayno_ y

_aynoni_ sino que las han reemplazado con el de _chachaja_,

que quiere decir literalmente _mi hombre_, refiriéndose al

esposo y _huarmija_, _mi mujer_, tratándose de la esposa. A

la concubina se dice _tahuakoja_, mi moza, o _uñtathaja_, mi

conocida, y al amante _huaynaja_, mi joven. La dulce palabra

_sipasi_ está en desuso, y tanto ésta como las de _ayno_ o

_aynoni_ las emplean sólo en sus cantares, o en comarcas

apartadas que mantienen escaso trato social con pueblos de

otra índole.

Dividían las jóvenes o _tahuakos_, en cuatro categorías. A las hermosas

llamaban _paco-hakhllas_; a las de mayor belleza, _hanko-hakhllas_; a

las medianas _huayrurus_ y al común de mozas, _hahua-tahuakos_.

El indio joven o _huayna_, que se ha enamorado de una joven y es

correspondido por ésta a cuyo estado psicológico llaman _huayllusiña_,

es decir, amarse tiernamente, para diferenciar del _munasiña_ que

significa quererse, pero en un sentido general, busca la ocasión

para tener precisamente comercio ilícito con ella antes de casarse.

Entre los indios el concubinato precede siempre al matrimonio. Y el

concubinato lo inicia el varón obligando a la mujer a seguirle, con

objeto de recobrar alguna prenda de vestir que le ha arrebatado al

final de una entrevista. Es de uso entre ellos que la mujer vaya en

pos de su enamorado sólo en este caso, siendo imposible que lo haga,

sino ha ocurrido tal cosa, aunque esté ardiendo en deseos de hacerlo y

nadie la coharte en su libertad. Conocedor el indio de esta costumbre,

apenas nota que su enamorada cede a sus insinuaciones, le quita

violentamente el sombrero o el manto y se aparta apresurado. La joven

entre risueña y aparentando enfado va siguiéndole hasta donde aquél

cree conveniente pararse y esperarla, que es en un sitio regularmente

solitario y cubierto a las miradas indiscretas.

Cuando se disgustan, la mujer le echa en cara ese acto, diciéndole: _yo

no te quise, tu abusaste de mi persona por la fuerza, y me hiciste tuya

contra mi voluntad..._

Los padres del indio que trata de contraer matrimonio se dirigen a la

casa de la novia, llevando consigo aguardiente y un atadito de coca.

Después de manifestar a los padres de ésta sus pretensiones, les

invitan el aguardiente que han traído, quienes si aceptan la invitación

y beben el aguardiente, lo que efectúan tras de muchos ruegos, se

suponen que asienten a la petición; si por el contrario, se niegan a

beber, es señal de que la rechazan, retirándose en seguida en este

caso. A continuación de las copas de aguardiente viene el atadito de

coca que los peticionarios alcanzan a los dueños de casa; si lo reciben

y abren, está resuelta favorablemente la petición; entonces, el padre

de la novia toma algunas hojas de la sagrada planta y les alcanza a los

padres del novio, expresándoles que sea en buena hora el matrimonio,

que haya armonía entre los futuros contrayentes, y que lleguen a

tener bienes y sea el hombre el que domine su comarca. Reparte a los

asistentes algunas hojas más y después el resto se lo guarda para

devolver la manta o _tari_, al día siguiente vacía y atada de un modo

especial. En el inesperado caso de retractación, el envoltorio es

devuelto tal como fué recibido.

La ceremonia de la petición, conocida con la palabra _sartasiña_, es

común entre los indios y mestizos, con la diferencia de que estos

últimos no hacen uso de la coca. Generalmente suele degenerar el acto,

cuando avienen las partes, en una orgía desenfrenada, en la que los

concurrentes no se percatan de embriagarse por completo ni de cometer

acciones las más licenciosas.

En el nombramiento de padrinos cuidan mucho de que estos sean de

moralidad reconocida, trabajadores y buenos esposos, porque suponen que

sus ahijados seguirán sus pasos. Los padrinos, dicen, son como la luz

que alumbra y guía a aquellos en el sendero de la vida y si esa luz es

mala, forzosamente andarán mal. Aseguran que entre padrinos y ahijados

hay una correlación mental, que no debe olvidarse. Los últimos imitan

siempre a los primeros, o disculpan sus faltas con los de estos.

Hasta hace poco tiempo, acostumbraban los indios mandar a la casa del

cura a las indiecitas que debían contraer matrimonio próximamente,

con objeto de que se las instruyera en el rezo con algunas

prácticas religiosas, las cuales, conocidas con la denominación

de _depositadas_, lejos de aprender nociones de moralidad, eran

corrompidas por el cura, que abusando de la candidez y sencillo

espíritu de estas, las hacían víctimas de sus lúbricos instintos,

cuando no las abrumaban con fuertes trabajos, por lo que, en buena

hora, llegó a suprimirse tal práctica.

Verificado el matrimonio, se distribuyen entre los padres de los

novios, éstos y los padrinos los días en que cada cual hará su estival.

Regularmente comienzan los novios, siendo este día el celebrado con

mayor solemnidad. A mediodía vienen todos los parientes de aquellos,

entre quienes, los tíos y cuñados con el nombre común de _laris_, y los

parientes de la mujer de _tollkas_[32], son los que se distinguen en

traer consigo para obsequiar a los recién desposados, una o dos cargas

de algún producto del país, o un cordero y aun un torito; obsequios

que en su caso están obligados a devolver a sus favorecedores. Después

concurren los _aynis_, comprendiéndose en esta palabra a los obligados

a corresponder a los contrayentes con algún objeto o dinero, lo que

en otra ocasión lo recibieron uno de ellos o de ambos. Conducen

los _aynis_, dinero con el nombre de _arcos_, que varía entre diez,

quince, veinticinco y treinta pesos fuertes, acondicionados en alguna

fruta o charola bien adornada. Fuera de estos hay otros, que sin estar

obligados traen sus _arcos_, con objeto de que les devuelvan los novios

en su oportunidad, cuando tengan alguna fiesta, quienes se convierten,

respecto a estos, en _aynis_. La deuda contraída en esta forma la

consideran sagrada y es imposible que dejen de satisfacerla.

[32] Con la denominación de _tollkas_, se comprende también

a las personas que se distinguen por sus obsequios y

familiaridad con los novios o _alfereces_. _Laris y tollkas_,

son las categorías de importancia que actúan en todas las

fiestas indígenas.

La finalidad perseguida con este sistema de entrega de especies y

valores, sujetos a una devolución tardía, es dar a los recién casados,

un corto capital, para que puedan subvenir a las múltiples necesidades

del hogar que establecen. Los conductores traen sus especies al son de

un tambor y _pitu_, o flauta indígena, cuyos agudos y alegres aires

tienen por objeto principal llamar la atención del público.

Los novios permanecen en el día sin apartarse el uno del otro, ya sea

que se encuentren sentados, hagan atenciones o se levanten a recibir

los obsequios. Cuando uno de ellos siente alguna necesidad corporal,

participa a su consorte; ambos acompañados de los padrinos salen fuera

y después de llenar su objeto, regresan siempre juntos. La preocupación

es que no deben separarse ni un solo instante para que así vivan en

su nuevo estado y que la infidelidad no turbe con sus ásperos y

disolventes sinsabores la paz y armonía del hogar que se forma bajo tan

felices auspicios.

La fiesta que se desarrolla durante el día es bulliciosa y de excesiva

embriaguez. Los más cuando llega la noche se encuentran en estado de

no poderse tener ya en pie. El momento en que deben recogerse a dormir

los novios, la madre del esposo conduce a su nuera o _yojjccha_, hasta

el dintel de la puerta del dormitorio, desde donde se hace cargo la

madrina. Al novio lo acompañan hasta el mismo linde, el suegro, y lo

entrega al padrino, todos juntos, con un par de velas encendidas en la

mano, penetran a la habitación, dan una vuelta el lecho nupcial, apagan

las luces y mientras dura la oscuridad, dice el padrino, dirigiéndose

a sus ahijados: _Hijos míos, así como se han apagado estas velas,

ha terminado vuestra vida libre de solteros, ahora otra luz, la luz

sagrada del himeneo alumbrará vuestra existencia futura, si vosotros

la alimentáis siempre con vuestro recíproco cariño, con el trabajo y

la mutua protección que os prestéis, ella nunca se oscurecerá y seréis

felices, sino Dios os compadezca._

En seguida prenden nuevamente las velas, se despiden los padres y demás

acompañantes, quedando los padrinos solos con sus ahijados. El padrino

desviste al novio y lo acuesta; la madrina hace lo mismo con la novia,

después, recomendándoles que sean esposos ejemplares y tengan numerosa

prole, se retiran cerrando la puerta por fuera. Junto a ella, los

concurrentes a la boda hacen reventar cohetes y comienzan los hombres a

gritar que el nuevo vástago que nazca sea varón, y las mujeres que sea

del sexo femenino.

La fiesta se realiza al día siguiente en la casa de los padres y el

tercer día en la de los padrinos. Prácticas son estas de las que no

pueden prescindir, sin causar murmuraciones en la comarca.

Correspondiendo a los padrinos de sus afanes y gastos, los recién

casados, cuando aquellos invisten alguna función pública, están

obligados a visitarlos a medio año, al son de tambor y flauta,

llevándoles algunos obsequios y haciéndoles beber ese día. Llaman este

cumplido _chicancha_.

Las vinculaciones que se forman con motivo de los padrinazgos y

compadrazgos, son fuertes en las clases populares, estando comúnmente

obligados los ahijados a seguir las opiniones políticas de sus padrinos

o compadres, o siquiera ayudarlos y servirlos cuantas veces estos se

les exijan.

En las discordias matrimoniales, son los padrinos, los que intervienen

para zanjar las diferencias que se suscitan y devolver la tranquilidad

y armonía en el hogar de los ahijados, con sus amonestaciones

autorizadas; si a pesar de los consejos se desquicia el matrimonio,

los padrinos se enojan con el culpable y no vuelven a dirigirle la

palabra y se constituyen en protectores de la inocente.

V

Desde el momento que la mujer del pueblo o india se compromete a ser

concubina o se matrimonia con un hombre, cree que éste no sólo dispone

de su persona sino también de su existencia. La chola y la india son

por lo regular sobrias, laboriosas y económicas; se absorven en los

quehaceres de la casa y cuando el hombre descuida el sostenimiento de

la familia, ellas se arbitran recursos y con su diligencia, evitan

que sus hijos perezcan de hambre; no se abaten en los trances más

difíciles; miden las dificultades y las vencen mediante los esfuerzos

de su poderosa voluntad. Sabia y previsora se muestra la Providencia

al haber dado por compañera a un ser tan defectuoso como el cholo, una

criatura abnegada y hacendosa como la chola, sin cuya cooperación sería

imposible la subsistencia de la familia en esta clase.

Admirable es la resignación de la mujer plebeya para soportar las

privaciones, causadas por la conducta disipada de su hombre, y las

violencias y malos tratos que la prodiga, y cuanto más vicioso y

violento es, mayor apego manifiesta por él. La chola prefiere siempre

al peor entre los que se presentan a ser sus concubinarios; está en su

naturaleza decidirse por quien no merece la pena de sacrificarse. Ella

se compromete gustosa, con el mal entretenido, con el petardista, con

el matón, y el soldado, por lo menos si produce en su ánimo la ilusión

de la fuerza, del abuso y del mayor encanto masculino, antes que con

el hombre de bien; prefiere una vida desordenada a las ventajas de un

hogar normal. Es partidaria convencida de la unión libre, y cuando

alguien le pregunta, por que no se casa, responde risueña: _porque es

mejor estar unida al hombre que se quiere por su propia voluntad y no

por haberlo dispuesto el cura..._ De cien cholas, son casadas cuando

más cuarenta, y de estas viven separadas de sus esposos la mitad. No

dan gran importancia al matrimonio ni las atrae. El concubinato tiene

entre las cholas mayor fuerza de vinculación, porque les representa

la poesía de la vida, el triunfo del amor, causándoles por lo mismo,

más respeto que el contrato establecido con arreglo a los ritos

eclesiásticos o leyes civiles. Los casados se separan fácilmente,

porque pronto se hastían con la rigidez moral, con el monótono

cumplimiento de sus deberes y el prosaísmo de este estado, pero los

amancebados con mucha dificultad. Están convencidas de que sus hombres

tienen derecho de pegarlas, de darles malos tratos y de que las puñadas

y puntapies, hacen parte de las caricias del amor. Después de una

pelea, exclaman conformes: _soy su chola: tiene mi amante derecho de

pegarme, porque me quiere me pega_, y condensan esa conducta brutal, en

el conocido adagio: _donde no hay makacu_, _no hay munacu_, es decir:

_donde no hay palos, no hay amor._ Lo raro en la chola y en la india

es que las palizas producen el efecto de infundir en ellas un profundo

cariño al esposo o al amante que las prodiga y hacerlas preferir

cualquier sufrimiento antes que la separación.

Nacida la chola de la promiscuidad del blanco con la india, en esos

momentos libres en que la fuerza de transformación étnica de la

especie, hace olvidar toda distinción y miramientos impuestos por la

cultura y triunfar los instintos animales, se distingue en sus ideas

por la ausencia de concepciones morales, en sus sentimientos por el

apasionamiento, en sus juicios por la parcialidad y en sus caprichos

por el ardimiento con que los hacen triunfar a todo trance.

Ha heredado de la india su fortaleza y del blanco su audacia. Desempeña

en la casa y fuera de ella, cuantas ocupaciones se le ofrezcan, sin

arredrarse ante ninguna labor ardua, con tal de aliviar sus necesidades

o las de su prole y ganar dinero. Ella es vivandera, mercachifle,

tejedora, cocinera, lavandera, etc., etc., parece llevar sobre sus

espaldas la carga de todo un pueblo, como dice un escritor chileno. Es

por lo común de facciones toscas, aunque no faltan bonitas. Estos tipos

agraciados suelen resultar de un feliz cruzamiento.

«Visten ordinariamente una falda roja, azul, verde o café, superpuesta

sobre otras muchas que le hacen verse como si llevara bajo su ropa una

crinolina. Estas faldas son cortas, llegan poco más abajo de la rodilla

y dejan ver las piernas bien torneadas cubiertas por botas de caña muy

larga y pretenciosa. El pie es breve, gordo, de empeine eminente. Sobre

la cabeza llevan un minúsculo sombrero de pita, muy blanco y revestido

de cierta materia que lo hace brillante. Dos trenzas descienden bajo

de él, hasta las espaldas. Toda chola luce hermosos pendientes, joyas

antiguas y rudas, en las cuales, viejas perlas albean con raros

orientes. Sobre sus hombros ostentan chales multicolores, los unos

rojos, o azules, los otros verdes o amarillos, los más de simple dibujo

escocés, semejantes a los rebozos de nuestras mujeres del pueblo...

«En los días de fiesta su tocado es muy primoroso. Para entonces los

chales de seda bordados de color celeste, lila o azul, las joyas

macizas, las botas de seda rosa, las enaguas con encajes prolijos

y costosos, y el jubón de felpa... Ella cree que el summum de la

elegancia es vestir faldas abultadas, de colores fuertes y tan cortas

que dejan ver la caña entera de las botas caladas y aún un poco de la

media rosada o celeste».[33]

[33] Párrafos tomados del artículo «La Chola» por Carlos

Varas.--[Mont Calm].

En su traje, que es una transición entre el vestido de la blanca y el

de la india, descubre la chola su gracia decorativa, su amor a atavíos

polícromos, que hagan más atrayentes las exuberancias de sus carnes

sensuales y llenas de vida. Es coqueta por inclinación natural y frágil

por temperamento; gusta agradar y ser cortejada, y cuando alguna vez

ama de veras es de pasiones ardientes. Nada le importa atropellar con

tal de poseer y vivir con el bien amado de su corazón. A sus hijos

consagra los cariños más vehementes, y ninguna fatiga ahorra para

criarlos y darles educación, por que después no se avergüencen de su

origen.

Las cholas sobresalen, además, por su decir sin trabas ni pelos en

la lengua. En las riñas tienen particular gracia para insultar a su

contrincante en lenguaje pintoresco, recargado de figuras retóricas e

ingeniosas que mueven más a risa que a disgusto cuando se las escucha.

La mujer en la familia india, sin embargo de que trabaja a la par

de su marido, ocupa un lugar secundario, sin derecho para observar

los contratos, o lo que hace éste. Supone que la intervención de la

mujer hace que cualquier negocio salga mal. En una hacienda, cuando

muere el propietario y queda el fundo a cargo de su viuda, los colonos

comienzan a desalentarse y todos piensan, que se harán bajo ese dominio

afeminados y cobardes. A la mujer no le conceden capacidad para dar

un buen consejo, ni realizar con acierto ninguna cosa, y cuando notan

que merced a ella han salido bien en un asunto, se desentienden y es

imposible que el indio reconozca esa verdad. Más que compañera, sirve a

su marido, como esclava; cultiva sus campos, mientras él pasa la vida

entregado a indolente ociosidad o se alquila como jornalero; le prepara

la comida y cría a los hijos. Cuando viaja, ella es quien va a pie,

tras de su marido, caballero en el asno. Al incesante trabajo con que

abruma a su mujer, se agrega el trato brutal que le da pegándola cada

vez y con mayor rigor cuando está borracho, en cuyo estado la empeña

de los cabellos, la golpea de la cara y cuerpo con mucha rudeza. Esta

falta de benevolencia, lejos de entibiar el afecto de la mujer hacia

su hombre, la hace encariñarse más de él, como se ha dicho, porque

supone que los maltratos son manifestaciones del profundo amor que le

profesa. El que no es celoso y no pega no tiene cariño, por su mujer,

dicen, y temen más la indiferencia, que la consideran precursora del

desapego y olvido que las zurras cuando alguien la favorece el momento

que la está pegando su marido o concubinario, se molesta contra éste y

generalmente le reprocha por su intervención.

El indio es implacable en sus celos y castiga duramente a su mujer

cuando sospecha de ella. «Tienen sobre este punto, supersticiones

singulares», dice Haenke. «Cuando van de viaje, curiosos de saber

las ofensas que su mujer les hace, dejan en un paraje extraviado un

montoncito de piedras, las que a la vuelta buscan con cuidado en el

sitio que marcaron, cuentan las piedras y, si les faltan algunas, eso

les indica otras tantas culpas en la consorte. Otros ponen, en algún

agujero de pared o piedra un poco de coca mascada o trapo liado con

ella, y si cuando vuelven hallan el trapillo fuera de su agujero y

desatado es señal que les ha ofendido su mujer, y llueven palos y

golpes sobre la desdichada».[34]

[34] _Descripción del Perú_, pag. 101.--Esta obra se atribuye

a Tadeo Haenke y bajo este concepto se la ha publicado en

Lima. Groussac demuestra que no pertenece a Haenke, sino a

Felipe Bauzá, uno de los oficiales que con Malaspina, realizó

el viaje alrededor del mundo.

El indio es comúnmente monógamo, cuando tiene una mujer distinta de la

propia, abandona a ésta o la mata, y vive con aquella. Los archivos

judiciales registran frecuentes casos en este orden. Nunca cohabita con

dos mujeres a la vez, ni sus facultades económicas le alcanzan para

ello. Además, el indio que tal hace, es malmirado y aún repudiado por

los de su clase.

El padre o jefe de la casa ejerce la patria potestad en una forma

absoluta sobre los hijos, sin que la mujer tenga derecho para

contrariar sus determinaciones. Los indios son tan apegados a su prole,

que sólo se desprenden de ella, cuando no tienen con qué alimentarla,

y mientras pasen los momentos de crisis, para después recogerla de

cualquier modo. El hijo representa en la familia indígena un factor

económico, ayudando a sus padres, desde tierna edad, en las faenas

agrícolas y en apacentar el ganado, como en otra parte se dijo. Las

viudas y solteras con hijos, se casan más pronto que las que no los

tienen. Las mujeres que no conciben, son profundamente despreciadas por

los hombres. La esterilidad constituye una verdadera desgracia en la

india.

Entre las preocupaciones dominantes en los matrimonios indígenas,

llama la atención la que tienen los recién casados, de no querer

prestar dinero a intereses por más que lo tengan, bajo el pretexto de

que siendo reciente su unión, apenas cuentan lo necesario para vivir.

Mantienen la idea de que, dando ese capital a otros, lo que debían

ganar los prestamistas en su nuevo estado, se los lleva un extraño. Al

principio debe trabajarse, dicen, y sólo lo que se ha ganado debe darse

a crédito.

Desgraciado del que quebranta este precepto: el marido se hará flojo y

la fortuna se disipará sin saberse cómo.

A un hombre le duele la muela sin estar picada, cuando su esposa o

concubina le es infiel.

El líquido proveniente de haberse hecho hervir un casco de mula, o que

contiene raspaduras de este objeto, esteriliza a la mujer que lo bebe.

La mujer que acostumbra sentarse en las puertas hace mucho hablar mal

de su persona.

No se debe prestar dinero, cobrar ni pagar deudas de noche, porque la

fortuna huye del que lo hace.

Al hombre soltero que mantiene relaciones ilícitas con mujer casada

o viceversa, les sale mal todo, porque se vuelven aciagos, o sea

_kchenchas_.

La mujer que se amanceba con un sacerdote se convierte, en la otra

vida, en mula, y en esta, cuando su alma se desprende del cuerpo, toma

siempre la forma de mula, y la de sus hijos de candeleros, de los

cuales el diablo se sirve para darse luz en sus fechorías.

El que causa un grave daño, es empujado por los espíritus vengadores,

al encuentro del castigo en un momento denominado _hora de burro_, en

que su entendimiento se ciega y obra en forma inexplicable para sí y

para los que se interiorizan del hecho. La _hora de burro_ persigue a

los malafes.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 44 / 69 题