—Pues por el perdón, toma —le dijo otra vez el _Parricida_, pegándole,
aunque menos fuerte.
—Y por el desprecio, toma.
Y todos, menos uno, cayeron sobre él, y le golpearon, entre risas
burlescas, en la cara, en el cráneo, en el pecho y hombros. Más que
crueldad y saña, revelaba aquella acometida en conjunto una burla
pesada y brutal, de gente zafia, porque los golpes no eran fuertes,
aunque sí lo bastante para poblar de cardenales el cuerpo del infeliz
sacerdote. Este, luchando en su interior con más bravura que la primera
vez, invocando a Dios fervorosamente, llamando a sí todo el vigor de
sus ideas, y atizando el fuego de piedad que ardía en su alma, se dejó
pegar, y no articuló protesta ni lamento. Cansáronse los otros de su
infame juego, y le dejaron tendido, exánime sobre las losas. Nazarín no
profería palabra alguna: oíase tan solo su fatigosa respiración. Los
criminales callaban también, como si en sus almas se determinara una
reacción de seriedad contra las bárbaras y descomedidas burlas. Esa
mezcla siniestra de risa y cólera que caracteriza las chanzas brutales,
a veces sangrientas, de los criminales empedernidos, suelen tener un
rechazo de melancolía negra. En la pausa que se produjo, no se oía más
que el ardiente respirar de Nazarín, y los formidables ronquidos del
mendigo anciano, que dormía con angélico y profundísimo sueño, ajeno
a todas aquellas trifulcas. Soñaba quizás que ponían en sus manos los
treinta y seis millones de su hermano de América.
El primero que rompió con palabras la pausa silenciosa fue Nazarín, que
se incorporó con todos los huesos doloridos, y les dijo:
—Ahora, sí. Ahora..., con vuestros nuevos ultrajes, ha querido el Señor
que yo recobre mi ser, y aquí me tenéis en toda la plenitud de mi
mansedumbre cristiana, sin cólera, sin instintos de odio y venganza.
Conmigo habéis sido cobardes; pero en otras ocasiones habréis sido
valientes, y hasta héroes, que también hay héroes en el crimen. Ser
león no es cosa fácil; pero es más difícil ser cordero, y yo lo soy.
Sabed que os perdono de todo corazón, porque así me lo manda Nuestro
Padre que está en los cielos; sabed también que ya no os desprecio,
porque Nuestro Padre me manda que no os desprecie, sino que os ame.
Por hermanos queridos os tengo, y el dolor que siento por vuestras
maldades, por el peligro en que os veo de perderos eternamente, es
un dolor tan vivo, y de tal modo dolor y amor me encienden el alma,
que si yo pudiera, a costa de mi vida, conseguir ahora vuestro
arrepentimiento, sufriría gozoso los más horribles martirios, el
oprobio y la muerte.
Nuevo silencio, más lúgubre que el anterior, porque los ronquidos del
anciano ya no se oían. Pasado un breve rato de aquella expectación
solemne, que era como el fermentar de las conciencias removidas,
agitándose y revolviéndose sobre sí mismas, salió una voz. Era la del
criminal que llamamos el _Sacrílego_, el único que en los insultos y
acometidas al pobre clérigo andante había permanecido mudo y quieto.
Habló así, sin moverse del rincón en que yacía tumbado:
—Pues yo digo que esto de afrentar y dar de morradas a un hombre
indefenso, no es de caballeros, ¡vaya!, y digo más, digo que no es
de personas decentes, y si me pinchan, os declaro que es propio de
canallas y granujas. Ea, si a alguno le pica, que se rasque, pues a
poner los ajos en su lugar nadie me gana. Lo justo, justo es, y lo que
se ve con las razones naturales debe decirse. Conque... ya lo saben, y
saben también que mantengo lo que digo, aquí o en donde quiera.
—Cállate, poca lacha —dijo uno del grupo levantisco—, que ya te
conocemos. ¡Vaya con la defensa que le sale al Papamoscas!
—Sale porque le da la gana, y a mucha honra —manifestó el otro con
sombría calma, levantándose—. Porque aunque malo, siempre defendí al
pobre, y nunca le pegué al caído, y cuando he visto a uno con hambre,
me he quitado el pan de la boca. La necesidad lleva a un hombre a
ser lo que somos; pero el quitar algo de lo ajeno no estorba para la
compasión.
—Cállate, fulastre, que no tienes alma más que para ofender a tus
amigos —le dijo el _Parricida_—, y siempre tiras a lo santurrón. Por
algo no haces tú más que raterías de iglesia, en lo que no se expone
la pelleja, porque las imágenes no dicen nada cuando ven que les quitan
la plata, y el Santísimo Copón y la Custodia se dejan coger sin decir
«Jesús». Mala pata, desagradecido, ¿qué sería de ti sin nosotros? ¡Y
vienes aquí a pintarla de guapo y temerón!... ¡Cállate pronto, si no
quieres que...!
—Echa, echa bravatas, ahora que no tenemos armas. Así eres tú siempre.
Pero yo quiero verte fuera, en terreno libre, y con manos y cuerpos
libres, para decirte que ofender y castigar a un pobre sin defensa,
que es bueno y pacífico de su natural y con nadie se mete, no lo hacen
más que los cobardes como tú, ¡mal hijo, mal hermano, animal, que no
naciste de hombre y mujer!
Fuéronse uno sobre otro con igual furia, y los demás corrieron a
separarlos.
—Déjenmele —gritaba el _Parricida_—, y le arranco de un bocado el
corazón.
Y el otro:
—Chillas porque sabes que no te dejan... Siempre que quieras, te saco a
paseo todas las entrañas, que ni los cuervos las quieren.
Y plantándose en medio del calabozo con aire arrogante y provocativo,
prosiguió así:
—Ea, caballeros, a callar, y oigan lo que les digo. Sepan y entiendan
todos que a este buen hombre que está aquí yo le defiendo lo mismo
que si fuera mi padre; sepan que entre tantos pillos, desalmados
y ladrones, hay un ladrón decente que, como tiene alma de hombre
cristiano, se pone de parte de este que calla cuando le insultáis, que
aguanta cuando le maltratáis, y que en vez de ofenderos os perdona.
Y para que se enteren y rabien, les digo también que este hombre es
bueno, y yo por santo le declaro, y aquí estoy yo para responder a todo
el que lo ponga en duda. A ver, pillería, ¿hay alguien que me niegue lo
que digo? Que salga el que lo niegue, y si salen todos a la vez, aquí
estoy.
Con tan enfática entereza hablaba el _Sacrílego_ que los otros no
chistaron, y espantados miraban su rostro, que a la claridad de la
luna confusamente se distinguía. Algunos, los menos fieros, empezaron
a evadir la cuestión con chirigotas. El _Parricida_, mordiéndose los
labios, masticaba palabras soeces y amenazadoras. Echándose en el suelo
como un perro indolente, tan solo dijo:
—Alborota, niño, alborota, para que entren los guardias y me echen a mí
la culpa, como siempre, y paguemos justos por pecadores.
—Tú eres el que alborota, mala sangre —dijo el _Sacrílego_ paseándose
a lo largo, dueño ya del terreno—. Escandalizas porque sabes que los
guardias siempre me echan la culpa a mí de todas las camorras... Lo
dicho, dicho: este buen hombre es un santo de Dios, y yo lo sostengo
delante de toda la canalla del mundo; un santo de Dios, abran las
orejas y oigan, un santo de Dios, y el que le toque al pelo de la ropa
se verá conmigo aquí y en donde quiera.
Oyeron al fin los civiles el escándalo, y desde la estancia próxima
abrieron para imponer silencio.
—Es una broma, guardias —dijo el _Parricida_—. De ello tiene la culpa
el clérigo maldito, que se mete a predicarnos y no nos deja dormir.
—No es verdad —afirmó con resolución el _Sacrílego_—. El clérigo no es
culpado, ni ha hecho lo que este dice. El que predicaba soy yo.
Con cuatro ternos, y la amenaza de predicar con las culatas de los
fusiles, calló toda la pillería, y un silencio disciplinario reinó en
la prisión. Mucho después de esto, cuando ya el _Parricida_ y consortes
dormían con estúpido sueño, pesada sedación de su barbarie, Nazarín se
echó donde antes había estado el _Sacrílego_. Este se le puso al lado,
sin hablar con él, como si un respeto supersticioso le atara la lengua.
Adivinó esta confusión el sacerdote, y le dijo:
—Dios sabe cuánto te agradezco tu defensa. Pero no quiero que te
comprometas por mí.
—Señor, lo hice porque me salió de dentro —replicó el ladrón de
iglesias—. No me lo agradezca, que esto nada vale.
—Has sentido compasión de mí, te has indignado por la crueldad con que
me trataban. Esto significa que tu alma no está toda viciada, y si
quieres aún puedes salvarte.
—Señor —afirmó el otro con aflicción sincera—, yo soy muy malo, y no
merezco ni tan siquiera que usted hable conmigo.
—¿Tan malo, tan malo eres?
—Mucho, muchísimo.
—A ver, a ver: ¿cuántos robos has hecho? ¿Habrán sido... cuatrocientos
mil?
—No tantos... En sagrado nada más que tres, y uno de ellos de cosa
poca, nada..., una vara de san José.
—¿Y muertes? ¿Habrán sido ochenta mil muertes?
—Dos nada más, una por venganza, pues me ofendieron; otra porque me
acosaba el hambre. Éramos tres los que...
—Las malas compañías no han traído nunca cosa buena. Y qué, ¿al mirar
para atrás y representarte tus delitos, sientes satisfacción de
haberlos cometido?
—No, señor.
—¿Los miras con indiferencia?
—Tampoco.
—¿Sientes pena?
—Sí, señor... A veces, un poquito de pena nada más... Vienen los otros,
y pensando todos en cosas malas, la penita se me borra... Pero otras
veces la pena es grande..., y esta noche, grandísima.
—Bien. ¿Tienes madre?
—Como si no la tuviera. Mi madre es muy mala. Por robo y muerte de una
criatura, hace diez años que está en el presidio de Alcalá.
—¡Anda con Dios! ¿Qué familia tienes?
—Ninguna.
—¿Y te gustaría variar de vida..., no ser criminal, no tener ningún
peso sobre tu conciencia?
—Me gustaría..., pero uno no puede... Lo arrastran... Luego, la
necesidad...
—No pienses en la necesidad ni hagas caso de ella. Si quieres ser
bueno, basta con que digas: quiero serlo. Si abominas de tus pecados,
por tremendos que estos sean, Dios te los perdonará.
—¿Está seguro de eso, señor?...
—Segurísimo.
—¿Es de verdad? ¿Y qué tengo que hacer?
—Nada.
—¿Y con nada se salva uno?
—Nada más que con arrepentirse y no volver a pecar.
—No puede ser tan fácil, no puede ser. Y penitencia..., tendré que
hacer mucha.
—Nada más que soportar la desgracia, y si la justicia humana te
condena, resignarte, y sufrir tu castigo.
—Pero me mandarán a presidio, y en presidio aprende uno cosas peores
que las que sabe. Que me dejen libre, y seré bueno.
—En la libertad, lo mismo que en la condena, podrás ser lo que quieras.
Ya ves: en la libertad has sido malísimo. ¿Por qué temes serlo en la
prisión? Padeciendo se regenera el hombre. Aprende a padecer, y todo te
será fácil.
—¿Me enseñará usted?
—Yo no sé qué harán de mí. Si estuvieras conmigo te enseñaría.
—Yo quiero estar con usted, señor.
—Es muy fácil. Piensa en lo que te digo, y estarás conmigo.
—¿Nada más que con pensarlo?
—Nada más. Ya ves qué fácil.
—Pues pensaré.
Cuando esto decían, penetraba por las altas rejas la luz del alba.