I
A un periodista de los de nuevo cuño, de estos que designamos con
el exótico nombre de _reporter_, de estos que corren tras de la
información, como el galgo a los alcances de la liebre, y persiguen
el incendio, la bronca, el suicidio, el crimen cómico o trágico, el
hundimiento de un edificio, y cuantos sucesos afectan al orden público
y a la justicia en tiempos comunes, o a la higiene en días de epidemia,
debo el descubrimiento de la casa de huéspedes de la _tía Chanfaina_
(en la fe de bautismo _Estefanía_), situada en una calle cuya
mezquindad y pobreza contrastan del modo más irónico con su altísono
y coruscante nombre: _calle de las Amazonas_. Los que no estén hechos
a la eterna _guasa_ de Madrid, la ciudad (o villa) del sarcasmo y de
las mentiras maleantes, no pararán mientes en la tremenda fatuidad
que supone rótulo tan sonoro en calle tan inmunda, ni se detendrán a
investigar qué amazonas fueron esas que la bautizaron, ni de dónde
vinieron, ni qué demonios se les había perdido en los Madroñales
del Oso. He aquí un _vacío_ que mi erudición se apresura a llenar,
manifestando, con orgullo de sagaz cronista, que en aquellos lugares
hubo en tiempos de Mari-Castaña un corral de la Villa, y que de él
salieron a caballo, aderezadas a estilo de las heroínas mitológicas,
unas comparsas de mujeronas que concurrieron a los festejos con que
celebró Madrid la entrada de la reina doña Isabel de Valois. Y dice el
ingenuo _avisador_ coetáneo, a quien debo estas profundas sabidurías:
«Aquellas hembras buscadas _ad hoc_, hicieron prodigios de valor en
las plazas y calles de la Villa, por lo arriesgado de sus juegos,
equilibrios y volteretas, figurando los guerreros cogerlas del cabello
y arrancarlas del arzón para precipitarlas en el suelo». Memorable
debió de ser este divertimiento, porque el corral se llamó desde
entonces _de las Amazonas_, y aquí tenéis el glorioso abolengo de la
calle, ilustrada en nuestros días por el establecimiento hospitalario y
benéfico de la _tía Chanfaina_.
Tengo yo para mí que las amazonas de que habla el cronista de Felipe
II, muy señor mío, eran unas desvergonzadas chulapas del siglo XVI;
mas no sé con qué vocablo las designaba entonces el vulgo. Lo que sí
puedo asegurar es que desciende de ellas por línea de bastardía, o
sea por sucesión directa de hembras marimachos sin padre conocido, la
terrible _Estefanía la del Peñón, Chanfaina_, o como demonios se llame.
Porque digo con toda verdad que se me despega de la pluma, cuando
quiero aplicárselo, el apacible nombre de mujer, y que me bastará dar
conocimiento a mis lectores de su facha, andares, vocerrón, lenguaje y
modos para que reconozcan en ella la más formidable tarasca que vieron
los antiguos Madriles y esperan ver los venideros.
No obstante, me pueden creer que doy gracias a Dios, y al _reporter_ mi
amigo, por haberme encarado con aquella fiera, pues debo a su barbarie
el germen de la presente historia, y el hallazgo del singularísimo
personaje que le da nombre. No tome nadie al pie de la letra lo de
_casa de huéspedes_ que al principio se ha dicho, pues entre las varias
industrias de alojamiento que la _tía Chanfaina_ ejercía en aquel
rincón, y las del centro de Madrid que todos hemos conocido en la edad
estudiantil, y aun después de ella, no hay otra semejanza que la del
nombre. El portal del edificio era como de mesón, ancho, con todo el
revoco desconchado en mil fantásticos dibujos, dejando ver aquí y allí
el hueso de la pared desnudo, y con una faja de suciedad a un lado y
otro, señal del roce continuo de personas más que de caballerías. Un
puesto de bebidas —botellas y garrafas, caja de polvoriento vidrio
llena de azucarillos y asediada de moscas, todo sobre una mesa
cojitranca y sucia— reducía la entrada a proporciones regulares. El
patio, mal empedrado y peor barrido, como el portal, y con hoyos
profundos, a trechos hierba raquítica, charcos, barrizales o cascotes
de pucheros y botijos, era de una irregularidad más que pintoresca,
fantástica. El lienzo del sur debió de pertenecer a los antiguos
edificios del corral famoso: lo demás, de diferentes épocas, pudiera
pasar por una broma arquitectónica: ventanas que querían bajar, puertas
que se estiraban para subir, barandillas convertidas en tabiques,
paredes rezumadas por la humedad, canalones oxidados y torcidos,
tejas en los alféizares, planchas de zinc claveteadas sobre podridas
maderas para cerrar un hueco, ángulos chafados, paramentos con cruces
y garabatos de cal fresca, caballetes erizados de vidrios y cascos
de botella para amedrentar a la ratería; por un lado, pies derechos
carcomidos sustentando una galería que se inclina como un barco varado;
por otro, puertas de cuarterones con gateras tan grandes que por ellas
cabrían tigres si allí los hubiese; rejas de color de canela; trozos de
ladrillo amoratado, como coágulos de sangre: y por fin los escarceos
de la luz y la sombra en todos aquellos ángulos cortantes y oquedades
siniestras.
Un martes de Carnaval, bien lo recuerdo, tuvo el buen _reporter_
la humorada de dar conmigo en aquellos sitios. En el aguaducho del
portal, vi una tuerta andrajosa que despachaba, y lo primero que nos
echamos a la cara, al penetrar en el patio, fue una ruidosa patulea de
gitanos, que allí tenían aquel día su alojamiento, ellos espatarrados
componiendo albardas, ellas despulgándose y aliñándose las greñas, los
churumbeles medio desnudos, de negros ojos y rizosos cabellos, jugando
con vidrios y cascotes. Volviéronse hacia nosotros las expresivas caras
de barro cocido, y oímos el lenguaje dengoso y las ofertas de echarnos
la buenaventura. Dos burros y un gitano viejo con patillas, semejantes
al pelo sedoso y apelmazado de aquellos pacientes animales, completaban
el cuadro, en el cual no faltaban ruido y músicas para caracterizarlo
mejor, los canticios de una gitana, y los tijeretazos del viejo
pelando el anca de un pollino.
Aparecieron luego por una cavidad, que no sé si era puerta, aposento
o boca de una cueva, dos mieleros enjutos, con las piernas embutidas
en paño pardo y medias negras, abarcas con correas, chaleco ajustado,
pañuelo a la cabeza, tipos de raza castellana, como cecina forrada en
yesca. Alguna despreciativa chanza hubieron de soltar a los gitanos,
y salieron con sus pesas y pucheretes para vender por Madrid la miel
sabrosa. Vimos luego dos ciegos, palpando paredes, el uno gordinflón
y rollizo, con parda montera de piel, capa con flecos, y guitarra
terciada a la espalda, el otro con un violín, que no tenía más que dos
cuerdas, bufanda y gorra teresiana sin galones. Unióseles una niña
descalza, que abrazaba una pandereta, y salieron deteniéndose en el
portal a beber la indispensable copa.
Allí se enzarzaron en coloquio muy vivo con otros que llegaron también
a la cata del aguardiente. Eran dos máscaras, la una toda vestida de
esteras asquerosas, si se puede llamar vestirse el llevarlas colgadas
de los hombros, la cara tiznada de hollín, sin careta, con una caña
de pescar y un pañuelo cogido por las cuatro puntas, lleno de higos
que más bien boñigas parecían. La otra llevaba la careta en la
mano, horrible figurón que representaba al presidente del Consejo,
y su cuerpo desaparecía bajo una colcha remendada, de colorines y
trapos diferentes. Bebieron y se desbocaron en soeces dicharachos,
y corriéndose al patio, subieron por una escalera mitad de gastado
ladrillo, mitad de madera podrida. Arriba sonó entonces gran escándalo
de risas, y toque de castañuelas; luego bajaron hasta una docena de
máscaras, entre ellas dos que por sus abultadas formas y corta estatura
revelaban ser mujeres vestidas de hombre, otras con trajes feísimos de
comparsas de teatro, y alguno sin careta, pintorreado de almazarrón el
rostro. Al propio tiempo, dos hombres sacaron en brazos a una vieja
paralitica, que llevaba colgado del pecho un cartel donde constaba
su edad, de más de cien años, buen reclamo para implorar la caridad
pública, y se la llevaron a la calle para ponerla en la esquina de
la Arganzuela. Era el rostro de la anciana ampliación de una castaña
pilonga, y se la habría tomado por momia efectiva, si sus ojuelos
claros no revelaran un resto de vida en aquel lío de huesos y piel,
olvidado por la muerte.
Vimos que sacaban luego un cadáver de niño como de dos años, en ataúd
forrado de percal color de rosa, y adornado con flores de trapo. Salió
sin aparato de lágrimas ni despedida maternal, como si nadie existiera
en el mundo que con pena le viera salir. El hombre que le llevaba echó
también su trinquis en la puerta, y solo las gitanas tuvieron una
palabra de lástima para aquel ser que tan de prisa pasaba por nuestro
mundo. Chicos vestidos de máscara, sin más que un ropón de percalina,
o un sombrero de cartón adornado con tiras de papel, niñas con mantón
de talle y flor a la cabeza, a estilo chulesco, atravesaban el patio,
deteniéndose a oír las burlas de los gitanos, o a enredar con los
pollinos, en los cuales se habrían montado de buena gana si los dueños
de ellos lo permitieran.
Antes de internarnos, diome el _reporter_ noticias preciosas, que en
vez de satisfacer mi curiosidad, excitáronla más. La señora _Chanfaina_
aposentaba en otros tiempos gentes de mejor pelo, estudiantes de
Veterinaria, trajineros tan brutos como buenos pagadores; pero como
el _movimiento_ se iba de aquel barrio en derechura de la Plaza de la
Cebada, la calidad de sus inquilinos desmerecía visiblemente. A unos
les tenía por el pago exclusivo de la llamada habitación, comiendo
por cuenta de ellos, a otros les alojaba y mantenía. En la cocina del
piso alto, cada cual se arreglaba con sus pucheros, a excepción de
los gitanos, que hacían sus guisotes en el patio, sobre trébedes de
piedras o ladrillos. Subimos al fin, deseando ver todos los escondrijos
de la extraña mansión, guarida de una tan fecunda y lastimosa parte de
la humanidad, y en un cuartucho, cuyo piso de rotos baldosines imitaba
en las subidas y bajadas a las olas de un proceloso mar, vimos a
Estefanía, en chancletas, lavándose las manazas, que después se enjugó
en su delantal de arpillera; la panza voluminosa, los brazos hercúleos,
el seno emulando en proporciones a la barriga y cargando sobre ella,
por no avenirse con apreturas de corsé, el cuello ancho, carnoso y con
un morrillo como el de un toro, la cara encendida, y con restos bien
marcados de una belleza de brocha gorda, abultada, barroca, llamativa,
como la de una ninfa de pintura de techos, dibujada para ser vista de
lejos, y que se ve de cerca.