DESASTRE DE LOS GELVES
(1560)
La isla de los Gelves ó Gerves de nuestras crónicas, designada por los
naturales con el nombre de Jerbah y por los italianos con el de Gerbí y
Zerví, se halla al SO. de la de Malta, en el golfo de Caps ó Khabes por
latitud media de 33° 45' Norte, tan próxima á la costa de Trípoli y boca
del río Tritón, antiguo Lotofagite, que se comunicaba con la tierra
firme por un puente de madera, y aun á marea baja podía vadearse el
canalizo de separación.
En extensión superficial mide la isla unos 40 kilómetros de largo por 26
de anchura; abunda en olivos y palmares, cuyos frutos mantenían á la
población, repartida en aldehuelas y alquerías, supliendo con pozos la
carencia de ríos y fuentes de agua potable.
Rodean á los Gelves por todos lados bajos y canalizos de difícil acceso,
que obligan á las embarcaciones de algún calado á fondear á tres ó más
millas de distancia.
Siempre fué este rincón nido de piratas y peligroso padrastro de Malta,
Sicilia y Cerdeña. El Almirante de Aragón Roger de Lauria castigó los
latrocinios de aquellos naturales desembarcando en 1284. Pensó el Rey
Don Fernando el Católico reprimirlos de nuevo, y lo hiciera de su orden
en 1501 el Gran Capitán, á no estorbárselo las complicaciones de la
guerra de Italia. En fin, se organizó al efecto la expedición del Conde
Pedro Navarro en 1510: quedó en breve sometido Trípoli, saliendo de
Málaga segunda armada á las órdenes de Don García de Toledo, sobrino del
Rey Católico, padre del gran Duque de Alba, para dar fin á la jornada,
ocupando la isla de los Gerbes, yendo no menos de 16.000 infantes, sin
contar la gente marinera de las naves; dato que sirve á la medida de la
importancia de la empresa.
Verificado sin oposición el desembarco el 30 de agosto del mismo 1510,
emprendieron los escuadrones la marcha hacia el interior, llevando
D. García la vanguardia. El ardor del sol, el peso de las armas, la falta
de agua sobre todo, fatigaron tanto á los soldados, que al llegar á la
arboleda y sitio de los pozos no hubo razón ni palabra que los
contuviera, precipitándose en el mayor desorden á satisfacer la
exigencia de la sed con porfía y aun lucha de unos con otros.
Unos cuantos moros á caballo que salieron en la oportunidad, de la
emboscada en que estaban tras las palmeras, sembraron el pánico cargando
al tropel desmoralizado. En vano quiso alentarlos con la palabra
D. García de Toledo, y con el ejemplo los estimuló echando pie á tierra y
tomando una pica, con la que avanzó y contuvo al enemigo por de pronto,
seguido de muy pocos; su heróica muerte sirvió tan sólo para poner alas
al miedo y para que los fugitivos desordenaran á los escuadrones de
atrás[1]. Aquellos soldados mismos de Bugía y de Trípoli, asombro de
Europa pocos días antes, tirando las armas se arrojaban al mar ó se
dejaban degollar como carneros[2], sin que la autoridad y locución del
Conde Navarro fueran atendidas. Hubo, por otra parte, cristiano que por
entre las lanzas de los moros asía una vasija de agua y bebía
traspasado[3].
[Nota 1: Fernando de Herrera, _Anotaciones á las obras de
Garcilaso_.]
[Nota 2: Pedro Mártir de Anglería, _Opus epistolarum_.]
[Nota 3: Herrera, _loc. cit._]
La rota fué espantosa: con D. García de Toledo sucumbieron 60 capitanes
ó caballeros principales[4], calculándose, con más ó menos, en 4.000
hombres los muertos y cautivos; y como de ordinario la desmoralización
tenga consecuencias, perdiéronse luego cuatro naos con toda la gente
embarcada, y otra vez en la isla inmediata de los Querquenes, la gente,
sorprendida y acobardada, se dejó acuchillar por número muy inferior de
moros mal prevenidos.
[Nota 4: Garcilaso, _Egloga segunda_.]
Diez años después llevó á los Gelves Don Hugo de Moncada, Virrey de
Sicilia, otra armada de cien velas conductora de 13.500 infantes y 1.000
caballos; los puso en tierra por el mes de abril (1520), y no llanamente
se abrió paso; que si el escuadrón que personalmente guiaba arrolló á
los moros, otro de los suyos cejó viéndose en aprieto. Con todo, pidió
paz el jeque de la isla, reconociéndose sometido y librando al Virrey de
ansiedades[5].
[Nota 5: Gaspar de Baeza, _Vida de D. Hugo de Moncada: Colección de
documentos inéditos para la Historia de España_, tomo XXIV.]
Díjose entonces en España por proverbio «Los Gelves, madre, malos son de
ganar[6],» aunque no pudiera presentirse que habían de ser teatro de
desastre harto más serio, por uno de los mayores de la historia militar
española, así en pérdidas de personal y material, como en la más
sensible de la reputación y de la confianza ganada con tantas victorias
anteriores.
[Nota 6: Fr. Prudencio de Sandoval, _Vida de Carlos V_. Para el
conocimiento de la desgraciada empresa de los Gelves en 1510, son de
consultar, á más de los autores citados en las notas anteriores, Luis
del Mármol, _Descripción del África. Reino de Túnez_.--Bernáldez,
_Crónica de los Reyes Católicos_.--Zurita, _Anales de Aragón_ y
_Vida de D. Fernando_.--Álvaro Gómez, _De rebus gestis_.--Oviedo,
_Quincuagenas_, Q. I, Est. XXX.--D. Martín de los Heros, _Historia
del Conde Pedro Navarro_.--_Colección de documentos inéditos para la
Historia de España_, tomo XXV.]
Del suceso quedan relaciones suficientemente circunstanciadas para
juzgarlo con apartamiento de la pasión de los contemporáneos. Antón
Francesco Cirni Corso escribió una muy de atender, por la circunstancia
de hallarse en contacto con el Capitán general y conocer las
providencias del Consejo de guerra[7]. Más concisa, pero mereciendo
también la fe de testimonio presencial, es de citar la de M. T. de
Carrelières, Capitán de una compañía de franceses, relacionado con el
gran Maestre de San Juan[8]; de las varias que circulaban formó la suya
Alonso de Ulloa[9], trasladándola después al italiano con agregación de
otras campañas[10], y acaso también sirvieran al genovés Foglietta[11],
teniéndose en cuenta al redactar historias generales del reinado, tales
como las de Antonio de Herrera[12] y Luis Cabrera de Córdova[13], pues
que lo esencial de la jornada se encuentra en ellas.
[Nota 7: _Successi dell' Armata della Maesta Catholica destinata
all' impresa di Tripoli di Barbaria, della presa de le Gerve, etc.,
progressi dell' Armata Turchesca, scritti per Anton Francesco Cirni
Corso. In Venetia, appresso Francesco Lorencini da Turino_, M.DLX.
8.º]
[Nota 8: _Histoire de l'entrepise de Tripoli et prinse des Gerves:
Faite par les Chrestiens en l'an 1559. Et l'issue de l'armée
Chrestienne. Par M. T. de Carrelières, Capitain François estant en la
diste armée, dedié a l'illustrissime Grand maistre de Malthe. A Lyon,
Par Gabriel Cotier_, 1561. 16.º, 72 páginas.]
[Nota 9: _Sucesso de la iornada que se començó para Trípol, año de
1559, y se acabó en los Gelues el de 1560. Al Ilmo. y Excmo. Príncipe
Don Gonzalo Hernandez de Córdova, Duque de Sessa. Nuevamente publicado
por Alonso de Ulloa. Impreso en Venetia en casa de Juan Grisso. Año
MDLXII._ 8.º--En el prólogo dice fué á sus manos el presente tratado
que S. M. mandó hacer, y lo hizo imprimir, pareciéndole digno de ser
leído.]
[Nota 10: _La Historia dell' impresa di Tripoli di Barbaria, della
presa del pegnon di Velez della Gomera in Africa, et del suceso
della potentissima armata Turchesca Venuta sopra l' isola di Malta
l' anno 1565. La descritione dell' Isola di Malta. Il disegno
dell' Isola delle Zerbe et del forte fattovi da christiani, et la sua
descrittione._ Sin año ni lugar. 4.º
_La Historia dell' impresa di Tripoli di Barbaria fatta per ordine
del sereniss. re catolico l' anno MDLX, con le cose avenute a
Christianni nell' Isole delle Zerbe. Nuovamente mandata in luce. In
Venezia, appresso Francesco Rampacetto, MDLXVI._ 4.º]
[Nota 11: _Istoria di Mons. Vberto Foglietta, nobile Genovese della
Sacra Lega contra Selim, e d' alcune altre imprese di suoi tempi,
cioé dell' impresa del Gerbi, soccorso d' Oran, impresa del Pignon,
di Tunigi, et assedio di Malta_, fatta volgare Givlio Gvastavini.
Génova, 1598. 4.º, 671-6 páginas.]
[Nota 12: Antonio de Herrera, _Historia general del mundo_. Primera
parte: Madrid, 1601. En folio.]
[Nota 13: Cabrera de Córdova, _Felipe II_: Madrid, 1876, tomo I.]
Pero aún quedaron manuscritas, circulando privadamente, algunas que en
más ó en menos se apartaban de las que alcanzaron sanción oficial. Al
cabo de los años transcurridos han venido á dar á luz los Sres. Marqués
de la Fuensanta del Valle y Sancho Rayón, en su _Colección de libros
raros ó curiosos_, una desconocida, escrita por Diego del Castillo, en
defensa de D. Álvaro de Sande[14], y no sola, toda vez que Nicolás
Antonio vió y cita en la _Bibliotheca hispana nova_, tomo I, pág. 273,
del mismo autor, otra cuyo paradero se ignora, intitulada _Historia de
la liberación de D. Álvaro de Sande y de la toma del Peñón de Vélez de
la Gomera y el suceso de la armada enviada por el gran Turco sobre la
isla de Malta_.
[Nota 14: _Historia de la presa de los Gelves en África, y
valerosísima defensa que hizo de la fortaleza D. Álvaro de Sande
hasta su pérdida, dedicada al Sermo. Sr. Emmanuel Filiberto, Duque
de Saboya, por Diego del Castillo._--_Colección de libros españoles
raros ó curiosos._ Tomo IX, rotulado _Tres relaciones históricas:
Gibraltar, Los Xerves, Alcazarquivir_: Madrid, imprenta de M.
Ginesta, 1889. 8.º]
Diego del Castillo no asistió á la jornada de los Gelves que relata:
habla por referencia, pero con buenos informes, que no es aventurado
presumir procedieran del mismo D. Álvaro de Sande, á quien ampara contra
opiniones contrarias, pues refiere dichos y hechos que no constan en las
otras relaciones ni era fácil supiera de otra lengua; y la oportunidad
de sus escritos se acredita por los que van apareciendo, en prueba del
gran número de los que sin duda produjo el desastre que á tantas
familias dejaba lastimadas.
Uno se halla inédito en la Biblioteca del Escorial, por traducción del
italiano[15]; otro, que aquí aparecerá por vez primera, se guarda en la
Academia de la Historia[16], mereciendo principal consideración, así por
obra de quien presenció cuanto refiere, como por la apreciación distinta
con que juzga los sucesos: con harta severidad, tal vez; con
competencia, seguramente. D. Álvaro de Sande no sale tan bien librado
como en las relaciones impresas, en ésta, que deja suspenso y conmovido
el ánimo del lector.
[Nota 15: Titúlase _Relación breve y verdadera de la jornada de los
Gelves, desde el día que arribó el armada turquesca, hasta que el
fuerte fué tomado por los turcos. Sacada del italiano en español._
Copia en la Biblioteca de Marina, Colección MS. de Navarrete, _T-4_,
documento núm. 13.]
[Nota 16: Colección Salazar, _G-64_.]
Forma un códice en 4.º de 61 fojas, escritas por tres manos distintas,
por cuadernillos, por la urgencia con que se tendría que sacar la copia.
La hoja primera de guarda dice:
_La jornada de Berbería de 1560 y 1561. Escrita en la Torre del gran
Turco sigun diré por... Corrales, natural de Ocaña. Dióseme en Micyna á
31 de mayo de 1561._
Por bajo, de letra diferente, se lee:
«Está llena de mentiras.»
Corrales se nombra en dos pasajes de la relación, y, aunque no lo diga,
parece ser autor de una carta anónima que inserta, como dirigida á D.
Álvaro de Sande, y no tiene mayor categoría que la de soldado
particular.
Si no fué su escrito, otro parecido movió á D. Álvaro á dirigirse al Rey
en memorial de agravio, narrando por sí los sucesos y suplicando se
abriera información de ellos. El Duque de Medinaceli tampoco estaba
satisfecho de las versiones que corrían, ni ésta de D. Álvaro acababa de
llenar los deseos de poner á cubierto su honra, en que mordían no pocos:
se propuso, por tanto, hacer por sí también narración de los hechos; y
mientras con calma ordenaba los apuntes y disponía otros materiales,
comentó por de pronto el mencionado memorial de D. Álvaro de Sande,
remitiéndolo en tal forma al Dr. Páez, cronista del Rey D. Felipe, á fin
de que en sus oficios, donde se guardó original[17], surtiera efectos
más fáciles de lograr que con réplicas y discusiones.
[Nota 17: Y se conserva en la Academia de la Historia, Colección
Velázquez, _T-36_, est. 22, gr. 4, núm. 75.]
Por dicha se ha conservado este importante documento, que también ahora
se estampa, ofreciendo, con el sello personal del estilo de los dos
jefes principales del ejército en la jornada, datos con que mejor
conocerlos y juzgarlos.
Antes de hacerlo, conviene, sin embargo, recordar que, hallándose los
caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén dispersos y sin
domicilio propio después de la toma de la isla de Rodas por Solimán,
como el gran Maestre y principales dignatarios se acogieran á la ciudad
de Zaragoza de Sicilia, dióles el Emperador Carlos V para habitación y
defensa la isla de Malta y la ciudad de Trípoli, con las conquistas del
Conde Pedro Navarro y D. Hugo de Moncada.
El año de 1558, por alianza del gran Turco con el Rey de Francia é
instancias de éste, entró en el Mediterráneo armada de cien galeras al
mando de Piali-Bajá, con propósito de ganar el Condado de Niza. Las
costas de Calabria y Nápoles sufrieron mucho de esta escuadra, que se
llegó también á las islas Baleares, expugnando á Ciudadela en Menorca.
Iba allí el tristemente célebre Dragut, atenido á su antigua ocupación
de corsario desde que la conquista de la ciudad de África que gobernaba,
por el Virrey de Sicilia, Juan de Vega, le enajenó la gracia del gran
Señor, y no poco fueron debidos á su pericia marinera y práctica de las
costas los resultados de la expedición de Piali. Influyendo por lo mismo
su consejo, antes de la retirada al Bósforo, se dirigió la armada turca
á Trípoli, poniendo sitio á la ciudad por mar y tierra con asistencia
de los secuaces conservados por Dragut entre los berberiscos[18].
[Nota 18: De estas empresas ha tratado el almirante Jurien de la
Gravière en su libro titulado _Les Corsaires barbaresques et la
marine de Soliman le Grand_: París, 1887. 8.º]
Mal prevenido el gran Maestre de San Juan, Gaspar de Valette, no pudo
resistir el furioso embate y repetidos asaltos de los genízaros;
faltáronle municiones, vituallas y gente, obligándole la necesidad á
capitular con seguro de las vidas. Dragut se hizo recompensar el
servicio encareciendo á Solimán la importancia de la conquista como base
de las sucesivas de Malta, Sicilia, Cerdeña y Córcega y aun de Italia,
que brindaba al Sultán por empresas dignas de su pujanza y á las que
contribuiría de buen grado. Octuvo el gobierno de Trípoli, que volvió en
sus manos á ser depósito del botín, nido de piratas, origen de
expediciones y recelo perpetuo de los habitantes de las costas de
Italia. Independientemente se entró Dragut por las tierras del Rey de
Caraván, en el interior, despojándole de una buena parte; y como la isla
de los Gelves conviniera grandemente á sus empresas, so capa amistosa
mató al jeque, ganó á los principales y se hizo señor y tirano.
Al Maestre de San Juan, Valette, antes nombrado, había sucedido
F. Parisiote, residiendo en Malta con la idea fija de recuperar á
Trípoli. La coyuntura de la paz entre España y Francia, acordada en abril
de 1559, le pareció excelente, pues que consentiría utilizar las grandes
fuerzas de mar y tierra de que disponía el Rey Católico antes de
deshacerlas. Pidió, pues, con instancia á D. Felipe la asistencia contra
los infieles, enviando por embajador á la corte al Comendador Guimarán.
Aseguraban al Monarca que era la empresa cierta ejecutándola con
celeridad y secreto, porque entretenido Dragut en cabalgadas y presas
hacia el interior de Berbería, no contando Trípoli con más de 500 turcos
de guarnición, sin repuesto de mantenimientos; asegurado el concurso del
Rey de Caraván y el de la mayoría de los berberiscos, vejados y
oprimidos de los turcos, por naturaleza soberbios, injustos y avaros; y
siendo difícil que á tiempo tuviera socorro Solimán de tan larga
distancia, concurrirían las circunstancias contra el astuto corsario y
debían de aprovecharse antes que su creciente poderío llegara á amagar
otros puntos.
Gobernaba por entonces en Sicilia por Virrey D. Juan de la Cerda, Duque
de Medinaceli, gran Señor en España, que secundó en la corte los
propósitos del gran Maestre con sus informes favorables, deseando
ocasión de honra personal en la jornada, como su antecesor en el
virreinato lo alcanzó con la conquista de la ciudad de África.
El Rey acogió con favor el pensamiento, ordenando sin dilaciones así al
Príncipe Andrea Doria, general de la mar, como á los Virreyes y
Gobernadores de Italia, facilitaran al Duque de Medinaceli, nombrado
Capitán general de la empresa, los elementos que reclamara, sin esperar
otro mandato. Sin embargo, como la armada turca se dejara ver en el
Adriático amenazando con ataques como los pasados, ninguna de las
autoridades principales quiso desprenderse de fuerzas de que podía haber
necesidad; lo que hicieron por de pronto fué cuidar la reunión en Mesina
de las escuadras de galeras, formando armada respetable á que concurrió
D. Juan de Mendoza, general de las galeras de España, y fué bastante la
prevención para que Piali regresara á Constantinopla sin intentar nada.
Pasó con las demoras la oportunidad de la jornada, que, según el consejo
del Príncipe Doria, era en los meses de septiembre y octubre, por haber
de ir la armada á costa peligrosa tan escasa de puertos como abundante
en bajíos. El Duque de Medinaceli activaba ciertamente los alistamientos
de gente, junta de navíos, acopio de municiones y raciones, haciendo
asientos ó contratas á la vez en Sicilia, Nápoles, Génova, Cerdeña;
encontraba, sin embargo, dificultades tan insuperables en las distancias
y en las comunicaciones, como en las voluntades, que no se aunan
llanamente.
En Milan, por ejemplo, estaba encargado D. Álvaro de Sande de alistar
2.000 alemanes y 2.000 italianos de los que iba á despedir el Duque de
Sessa y de conducirlos á Mesina juntamente con los 2.000 españoles que
por orden del Rey facilitaba aquel estado. Por interrupción en los
despachos se fueron los más de los alemanes á su tierra, sin que se
pudieran juntar más de tres compañías. Á esta sazón llegó nueva de la
muerte del Rey de Francia, y el Duque de Sessa retuvo los españoles,
receloso de trastornos.
Caminaron al fin los soldados á Génova; mas al llegar se encontraron con
que el embajador Figueroa había despedido las naves que estaban fletadas
y proveídas, en la creencia de no ser ya necesarias. Encontrar otras
costó quince días y alojar á los soldados en tierra. Al embarcar pasando
muestra, no recibiendo todas las pagas debidas, se amotinaron los
españoles, hiriendo al capitán Antonio de Mercado que procuraba
acordarlos, y tomaron el camino para volverse á Lombardía. D. Álvaro de
Sande y el embajador los alcanzaron á diez millas de distancia, que sólo
desandaron con promesa de recibir cuatro pagas. Una de las naves en que
habían embarcado 1.500 italianos dió al través antes de salir del
puerto, ahogándose algunos, perdiendo otros armas y ropas. Hubo que
desembarcar la gente y aderezar la nao, causa de nueva dilación.
En Nápoles surgieron entorpecimientos parecidos, mientras el Virrey
Duque de Alcalá no estuvo seguro de que podían salir del reino sin
inconveniente los soldados.
No dejaron de presentarse algunos en la armada, en razón á no ir en la
Real el Príncipe Andrea Doria, general de la mar, agobiado de los años.
De orden suya había arbolado el estandarte real su sobrino y
lugarteniente Juan Andrea Doria, «mozo brioso y mañoso, inclinado á las
cosas de mar, en cuyo manejo se había criado[19],» pero muy distante en
autoridad de la del Príncipe. D. Juan de Mendoza, general de las galeras
de España, alegó orden de S. M. para regresar á sus costas, por no estar
subordinado á Juan Andrea; otros generales lo estuvieron á más no poder.
[Nota 19: Cabrera de Córdova, tomo I, pág. 282.]
Á principios de octubre se pasó muestra en Mesina á 12.000 hombres bien
armados, puestos bajo el guión del Duque de Medinaceli. Por
lugarteniente iba D. Álvaro de Sande; maestre de campo general D. Luis
Osorio; general de la artillería Bernardo de Aldana; administrador del
hospital el obispo de Mallorca. Embarcábanse sin cesar artillería,
municiones, vituallas y máquinas, pero iban muy retrasados los aprestos.
Se había desatendido por una ú otra razón la primera de las condiciones
que requería el éxito de la empresa: la celeridad. La segunda, la
reserva, se perdió por la tardanza misma, y por haber caído en manos de
los turcos una de las fragatas despachadas por el gran Maestre de Malta
para espiar la costa berberisca. Dragut, harto embarazado con la
hostilidad insistente de los berberiscos, tan luego supo el nublado que
de la otra parte se preparaba, despachó persona de su confianza con
cartas y regalos capaces de dar á entender la urgencia de socorro si
había de guardarse Trípoli; y tan bien la explicó el enviado, que
mientras con parsimonia seguían en Sicilia los embarcos, llegaba desde
Constantinopla un refuerzo de 2.000 turcos á la guarnición de la ciudad
amenazada, cuyas fortificaciones se aumentaron lo mismo que las
provisiones de boca y guerra.
El Duque de Medinaceli trasladó las fuerzas expedicionarias desde Mesina
á Zaragoza de Sicilia, como puerto más adecuado á las últimas
diligencias. Empleó no obstante en ellas cerca de dos meses, teniendo
las tropas embarcadas en prevención de las deserciones, riñas y motines
con que se manifestaba la mala disposición de aquel ejército, en gran
parte colecticio, á costa del consumo de las raciones acopiadas, cuya
mala calidad afectó la salud del soldado, enfermando y muriendo por
centenas en los hospitales.
En todo tiempo ha sido el logro norte de los contratistas; en ningún
acaso se echa de ver tanto como en la época de continuas guerras
marítimas de que se va tratando, en que sin previsión, sin
fiscalización, antes con la premura que no admite examen ni advertencia
se demandaban los artículos en enormes proporciones. Bien puede decirse
que más vidas ha perdido España por asentistas que por enemigos.
Hábiles y entendidos como nadie en estos negocios los genoveses, habían
tomado á cargo el suministro de raciones de la expedición, calculadas en
3.600.000, ó sean las suficientes para 30.000 hombres en cuatro meses, y
antes de salir del puerto se advirtió que estaban en putrefacción,
siendo indispensable reemplazar una parte al menos, que familiarizara á
los estómagos soldadescos con la menos adulterada ó mala.
Pasada nueva revista, resultó por enfermedades y deserciones baja de más
de 3.000 hombres, componiéndose el ejército de 37 banderas ó compañías
de españoles, 4 de alemanes, 35 de italianos, 2 de franceses y 100
caballos, griegos y sicilianos. La armada, entre naves de combate y
transporte, alcanzaba la cifra de más de 100 velas, descomponiéndose de
esta suerte:
Capitán general, Juan Andrea Doria, en la Real.--16 galeras más de su
escuadra.
General de la escuadra de Nápoles, D. Sancho de Leyva.--7 galeras, 2 de
ellas de Stefano di Mare ó Mari.
General de la escuadra de Sicilia, D. Berenguer de Requesens.--10
galeras, 2 de ellas del Marqués de Terranova, 2 de Mónaco, 2 de Visconte
Cicala.
General de la escuadra pontificia, Flaminio de Languillara[20].--4
galeras.
[Nota 20: Herrera le nombra Flaminio Orsino.]
General de la escuadra del Duque de Florencia, Nicolo Gentile.--4
galeras.
General de la escuadra de Malta, el Comendador Carlo de Tixeres.--4
galeras, una galeota, un galeón.
Galeras sueltas de particulares.--5 galeras de Antonio Doria, mandadas
por su hijo Scipión Doria, 2 galeras de Bendinello Sauli, 2 galeotas de
D. Luis Osorio, una galeota de Federico Stait.
General de las naos, Andrea Gonzaga.--Un galeón de Fernando Cicala, 28
naves gruesas, 12 escorchapines, 7 bergantines, 16 fragatas[21].
[Nota 21: En la composición de las escuadras hay variedad en las
relaciones: en el total de vasos están conformes las más.]
Salieron del puerto de Zaragoza todas las naves en los días 17 al 20 de
noviembre de 1559 con desdichada estrella; un cambio brusco del tiempo
las obligó á arribar desde Cabo Passaro con dolencia de las tropas y
graves síntomas de descontento. La compañía de Don Lope de Figueroa,
formada con bandidos de Sicilia[22], que iba en el galeón de Cicala, se
sublevó; dió muerte al sargento, saqueó la carga, y poniendo fuego al
resto escapó á tierra, sin que pudieran aprehender más de 25 ó 30
individuos los que acudieran á remediar el desorden. Otro tanto quiso
hacer la compañía de Vicente Castañola, asimismo de sicilianos; y aunque
el general, por justicia y escarmiento, mandó ahorcar á tres de los
culpables, perdieron otros las orejas y fueron sentenciados á galeras
los demás, la impresión pesimista á que contribuía el naufragio de una
de las galeras de Juan Andrea Doria se dejó sentir en los ánimos,
desconfiados de la estrella y aun de la autoridad del caudillo que los
regía.
[Nota 22: Foragidos, dice Ulloa.]
Los menos asustadizos, aquellos capitanes y soldados viejos que servían
de núcleo al ejército, pensaban que la empresa no era ya de provecho,
habiendo pasado tanto tiempo y entrado el invierno, y dábales razón la
mortandad de la gente que continuaba adoleciendo, y echándola en tierra
los patrones, perecían de hambre y mal pasar en las playas sin que se
hallase fácilmente quien les diese sepultura[23]. Apenas quedaban ya en
la armada 8.000 hombres, y no sanos; mas no por ello quiso el Duque
apartarse de su propósito y suspender el viaje.
[Nota 23: Herrera, lib. I, cap. IX.--Cabrera de Córdova, tomo I,
página 284.]
Parcial ó totalmente se volvió á intentar en los días de diciembre, sin
que las naves lograran montar el Cabo Passaro por la constancia de los
vientos contrarios, ni aun á remolque de las galeras. Todo el mes fué
preciso para que en dispersión llegaran á Marza Mussetto, en Malta,
punto de reunión que se les había señalado, y que las últimas alcanzaron
el 10 de enero de 1560.
Desembarcó la gente á refrescarse, y se organizó el hospital por pasar
de 3.000 los enfermos; y así, mientras el gran Maestre y Caballeros de
San Juan celebraban con salvas de artillería y arcos triunfales la
llegada de los expedicionarios, nada menos que alegría se dibujaba en el
semblante de éstos.
Mandó el Duque Coroneles para reclutar en Italia 2.000 hombres más;
pidió al Virrey de Nápoles, Duque de Alcalá, auxilio, á que acudió
enviándole tres naves con siete compañías de españoles, que sumaban
1.000 hombres; despachó al Proveedor general de la armada, D. Pedro
Velázquez, en comisión de procurar víveres en Cerdeña y otros lugares;
en una palabra, procuró rehacer aquel armamento tan castigado.
Hasta el 10 de febrero no se concluyeron los aprestos, cuya duración,
llevados al principio, era en esta fecha de seis meses. Unido á la
armada el contingente preparado por la religión de San Juan, que
consistía en las cuatro galeras y una galeota dichas, un galeón bien
artillado, con nueve piezas gruesas, sin las menores, 40 caballeros y
700 arcabuceros escogidos, dió la vela, con viento próspero de Levante,
hacia Seco del Palo, fondeadero situado entre Trípoli y la isla de los
Gelves, que había de servir de punto de reunión. En este momento
empezaba en realidad la jornada.
Las galeras hicieron su derrota por las escalas de las islas Gozzo,
Lampadosa y Querquenes, bajando de ésta á tomar el canal de Alcántara y
costear la isla de los Gelbes, entre ella y la tierra firme hacia
Oriente, con objeto de entrar en la Roqueta de los Gelves, donde se hace
aguada.
Acercándose las escuadras hacia la torre que construyeron los catalanes
en 1284, donde suele residir el jeque con alguna población, descubrieron
dos naos: la una surta en el canal que llaman de la Cántara; la otra
entre la Cántara y la Roqueta, y una milla más adentro, cerca de la
puente que comunica á la isla con la tierra firme, dos galeotas. El
Duque ordenó que aquellas embarcaciones se apresaran ó destruyeran, y
las galeras fueron en tropel, á boga arrancada, por llegar primero al
saco, sin tener en cuenta la dificultad de los canalizos. D. Sancho de
Leyva, que tenía á bordo un excelente práctico moro, abordó la primera
de las naos; á la otra llegaron Scipión Doria y Gil de Andrada con sus
respectivas galeras, hallando que dichas naos, que eran de Alejandría,
cargadas de mercancías, estaban abandonadas. De las dos galeotas
enemigas nadie se ocupó por la codicia del saco en que todos querían
poner mano, y fué falta militar de graves consecuencias. Dragut no
poseía más que aquellas dos embarcaciones, con las que luego pudo dar
aviso á Constantinopla y recibir socorro, como más adelante se supo; y
por mayor mortificación de descuidados, vino á ser conocida la certeza
de tener á bordo su tesoro por desconfianza de los moros de tierra.
¡Cuántas veces por causas pequeñísimas se han malogrado los mejores
cálculos! ¡Cuántas ha conducido al desastre la excesiva confianza!
En ese mismo canal de la Cántara, mejor dicho de Alcántara, callejón sin
salida, sorprendió el viejo Andrea Doria á la escuadrilla de Dragut
después de la toma de África. Seguro de apresarla en totalidad, ya
porque quisiera hacerlo con menos efusión de sangre, ya porque pensara
estrecharle poco á poco, se contentó con asegurar la boca del canal,
dejando descansar á sus tripulaciones; y en tanto, el inteligente
corsario con las suyas y el refuerzo de 2.000 trabajadores,
generosamente pagados, abrió canal por donde no lo había. Durante la
noche arrastró por él una á una sus embarcaciones, y al amanecer, con
asombro del Capitán general de la mar, el puerto estaba vacío: sólo
quedaba en él una señal infame con que Dragut mofaba á su enemigo, y
una vez más daba á entender el valor que tiene el tiempo en acciones de
guerra.
Habiendo comprendido el Duque de Medinaceli la conveniencia de destruir
ó tomar las dos galeotas que ahora estaban cerca del puente, en el fondo
del caño, mal podían dejar de sentirla los generales de mar, sabedores
de lo que fuera capaz de hacer con ellas Dragut; y no obstante, ni Juan
Andrea Doria, bien que se hallara enfermo por entonces, ni Gasparín
Doria, su Capitán de bandera, ni D. Sancho de Leyva, atendieron las
reiteradas instancias del Capitán general de la empresa, desdeñando la
operación de acometer con tan gran armada á dos embarcaciones, con
menosprecio de la autoridad del jefe, y con carga de la responsabilidad
que sobre ellos vino á caer por entero.
Fueron todas las galeras á dar fondo en la Roqueta, con prevención de
Juan Andrea Doria de prepararse al aguada al amanecer el día 15 de
febrero, y de desembarcar la tropa que había de proteger la operación.
D. Álvaro de Sande la dirigió en persona, formando cuatro escuadrones de
picas con mangas de arcabuceros; y aunque trataron de defender el
desembarco unos 400 turcos escopeteros á caballo, apoyados por 300 moros
á pie, y de cargar á los que llenaban los barriles, no lo consiguieron.
Tampoco á los nuestros fué posible tomar hombre vivo á los enemigos por
la ventaja de la caballería con que se reparaban, aunque dieron con tal
propósito algunas cargas á la carrera los arcabuceros, por lo que
importaba tomar lengua. De haber sabido que Dragut se hallaba en aquel
momento en la isla con poca gente, en hostilidad con la de los naturales
y lo de las dos galeras, tomara otro sesgo la jornada.
Duraron las escaramuzas hasta el obscurecer. Concluída la operación del
agua, que vino á costar algunos heridos, entre ellos Don Álvaro de Sande
de arcabuzazo en la ijada y el Capitán Pedro de Aguayo en un brazo.
Aquella noche, después del reembarco, marchó Uluch-Alí con las dos
galeras á pedir socorro al gran Señor, y Dragut pasó por el puente á
tierra firme, temeroso de que se lo cortaran.
No parece que ocurriera á nadie hacerlo: las galeras zarparon al
amanecer del día 16, pasando á Seco del Palo en espera de las naves y
aun de las galeras rezagadas, en número de ocho, á saber: las cuatro de
Malta, dos de Mónaco y las patronas de Doria y de Sicilia. Cuando
llegaron estas ocho á la Roqueta, echando gente á tierra para la aguada
sin el orden debido, por competencia sobre quién había de hacer cabeza,
los turcos, que vieron el desorden y las proas de las galeras á la mar,
descuido inconcebible, por vengar los muertos de la escaramuza anterior,
cargaron con furia, matando 150 españoles, comprendidos los Capitanes
Alonso de Guzmán, Antonio Mercado, Adrián García, Pedro Venegas y Pedro
Bermúdez[24].
[Nota 24: Hay diferencias de apreciación de bajas en las dos aguadas
en las narraciones de Cabrera de Córdova y Herrera: el primero dice
que en la dirigida por D. Álvaro de Sande hubo 157 muertos y 30
heridos, y en la de las galeras de Malta 80 muertos y cautivos,
comprendidos los cinco Capitanes. Ulloa no consigna este suceso.]
Próximos al Seco de Palo estaban acampadas las tribus Mahamidas,
enemigas de los turcos, y al llegar las galeras se pusieron en
comunicación, informando al Duque de cuanto va aquí indicado, del paso
de Dragut hacia Trípoli con 800 caballos y de la partida de Uluch-Alí
con las galeras. Ofrecían su cooperación y la del Rey de Caraván, que
por entonces estaba en el interior, pretendiendo fuera la armada
cristiana á los Gelves y pusieran en posesión de ella á Mazaud, jeque
elegido, expeliendo á los turcos, y que hecho esto podía pasarse á
Trípoli, para cuya conquista todos ayudarían. Llevaban la voz en la
proposición los principales de la isla.
En parlamentos, consejos y discusiones, pasaron quince días sin llegar
á ningún acuerdo. Quién opinaba por la vuelta á Sicilia, visto que
Trípoli se hallaba en defensa; quién proponía la ocupación de los
Gelves, como empleo de la expedición y base para continuar lo de Trípoli
en el otoño próximo, y quién sostenía se cumpliera el objeto del
armamento, que había sido el ataque de Trípoli.
Durante las conferencias, á los efectos de la mala calidad de los
víveres, se unían los del agua salobre de aquellos lugares y las
emanaciones de los pantanos de Zuara, creciendo el número de los
enfermos. Lo estaba Juan Andrea Doria y el Comisario de Florencia Pedro
Machiaveli; habían fallecido Quirco Espínola, cuatro Caballeros de San
Juan y más de 2.000 hombres; escaseaban las raciones por haberse perdido
en los Querquenes en aquellos mismos días dos naves de provisiones, y en
la propia costa de Trípoli la nao capitana nombrada _La Imperial_, por
andar en malos tiempos en sitio de tantos bajíos.
El Duque encomendó separadamente á los jefes discurriesen lo que más
convenía, citándolos á Consejo definitivo, que había de celebrarse en la
galera Real. Al reunirse reconocieron unánimes la necesidad de la
empresa de Trípoli, pues que para ella los había enviado S. M. Católica,
juntando la armada; pero juzgáronla por de pronto irrealizable,
conviniendo al fin en ir á los Gelves en espera de la gente y naos con
que se había de reforzar la expedición. Quedaron por amigos los
Mahamidas, recibiendo regalos, con oferta de guardar el paso de la
puente á los turcos, y aun de formar un cuerpo de 400 caballos, pagados
por los cristianos.
El 2 de marzo se trasladó la armada á las cercanías del cabo Valguarnera
con mal tiempo, que estorbó el desembarco. Había de hacerse al Oeste del
castillo unas seis millas, por ser el terreno á propósito y cercano á
once pozos de agua dulce, aunque no muy buena, según las noticias de los
confidentes, confirmadas en el reconocimiento que hicieron el Cómitre
Real y el Maese de campo Miguel de Barahona.
Se puso toda la gente en tierra el 7 de marzo sin oposición alguna;
antes vinieron dos moros á hablar al Duque de parte del jeque Mazaud,
haciendo saber que había sido recibido de toda la gente de la isla por
Señor, y en este concepto se reconocía buen vasallo de S. M. Católica:
por tanto, podía volver á embarcar la tropa; y si quería comprar algunos
refrescos, que se trasladara á la Roqueta, donde el jeque iría á verse
con él para tratar del ataque de Trípoli.
Conocida la malicia de semejante embajada, aunque se contestó
blandamente y con razones que requerían el alojamiento de la gente, se
previnieron las guardias, sabiendo por un cautivo cristiano escapado
cómo toda la gente de la isla estaba unida con pensamiento de dar la
batalla juntamente con los turcos que había en el castillo.
Á 8 de marzo, formado el ejército en tres cuerpos, llevando la
vanguardia el Comendador de Malta con sus caballeros y las compañías
alemanas y francesas; el centro Andrea Gonzaga con las italianas, y la
retaguardia D. Luis Osorio con las españolas, emprendió la marcha hacia
los pozos, distantes ocho ó nueve millas de camino llano y espacioso. El
Duque desplegó el guión de Capitán general, donde tenía pintada la torre
de Babel en ruínas con esta letra: NISI DOMINUS ÆDIFICAVERIT DOMUM IN
VANUM LABORAVERUNT QUI ÆDIFICANT EAM.
Los berberiscos se prometían repetir la acción que tuvieron con
D. García de Toledo, dejando que la tropa marchara sin otra molestia que
la sed para atacarla en los pozos, que habían cegado con piedra y arena,
á excepción de uno. Confiaban en la dolencia que traía postrados á los
más de los expedicionarios, y más les animó el accidente de haberse
atascado la artillería en un pantano: mas no les salió la cuenta.
Cuando los escuadrones se acercaban al bosque, mientras lo flanqueaban
las mangas de mosqueteros, salió á limpiar los pozos una sección de
gastadores, y los berberiscos emboscados tuvieron que avanzar antes de
lo que querían, cargando la caballería con alaridos espantosos tres
veces, á pesar del destrozo que hizo en ellos la arcabucería. La
escaramuza se prolongó luego hasta el anochecer, sin que hubiera de
nuestra parte más de 30 muertos y 50 heridos, muy graves los Capitanes
Gregorio Ruiz, Bartolomé González y Frías, mientras los enemigos
tuvieron 300 muertos y 500 heridos, sin contar el desengaño.
Vieron que les convenía más el sistema de contemporización, por el cual
el jeque Mazuad hizo sumisión en forma, obligándose á pagar el tributo
mismo que la isla satisfacía al Sultán Solimán y á Dragut. Entregó en
consecuencia el castillo, y el Rey de Caraván, el jeque de Túnez y los
de las tribus Mahamidas visitaron al Duque ofreciendo servicios y
tomando á cargo la custodia del puente de la isla contra los turcos.
El ejército se alojó en campo atrincherado, al que acudían los moros con
provisiones, mientras se adoptaba en Consejo de generales el plan
sucesivo, que no dejó de tener vacilaciones, siendo por último el de
fortificar aquel castillo de fábrica romana para dejar guarnición que
tuviera segura la isla é impidiera el armamento de corsarios, á favor de
otro fuerte más pequeño en la Cántara, como llave del puerto y de la
puente.
Hizo el trazado de las obras el ingeniero Antonio Conde de concierto con
el general de artillería Bernardo de Aldana y del de marina Sancho de
Leyva, y consistía en cuatro grandes caballeros ó baluartes, que con
bastiones y cortinas encerraban la fábrica antigua; el ejército vino á
alojarse á la inmediación el 17 de marzo, distribuyéndose los trabajos
ordenadamente. Á los alemanes se encargó la excavación del foso; uno de
los baluartes á los caballeros de Malta; otro á los italianos; otro á
los españoles; el cuarto á la gente de mar, independientemente de las
secciones que acopiaban material de palmas, olivos, greda y fagina,
transportándola con camellos de la isla.
La emulación de las naciones fué muy provechosa á la rapidez de la
construcción, aunque mucha gente adolecía de fiebres malignas. En el
castillo antiguo se derribaron las almenas morunas, sustituyéndolas con
plataformas artilladas; se aderezaron las cisternas abiertas en peña
viva, ordenando á la gente de las galeras echara cada día 50 barriles de
agua y fuera trasladando á los almacenes las vituallas embarcadas. En
todo se adelantó de modo que el 23 de abril estaba el fuerte en estado
de defensa, faltando obras ligeras que podían hacer los de la
guarnición.
Constaba la designada de 2.000 infantes, españoles, italianos y
alemanes, y la compañía de caballos, teniendo por gobernador al Maestre
de campo Barahona y lugarteniente el capitán Olivera. Bendecido por el
Obispo de Mallorca, se arboló el estandarte real, saludado por la
artillería y arcabucería, y se trató de embarcar la gente que no hacía
falta.
En todo este tiempo habían ido llevando las naves desde Sicilia y
Cerdeña mantenimientos, dinero y más soldados, y se había hecho la
ceremonia de la sumisión y juramento del jeque y principales de la isla,
que lo verificaron sobre el Corán, capitulando el tributo de 6.000
escudos, cuatro avestruces, cuatro gacelas, cuatro neblíes y un camello.
Habían ocurrido por otro lado riñas y muertes entre moros y soldados, y
llegaban nuevas de armamentos en Constantinopla. Con su vista había
reclamado el gran Maestre de Malta el regreso de las galeras y gente que
necesitaba para la defensa de la isla: marcharon el 8 de abril. El
Virrey de Nápoles reclamaba también la infantería con urgencia,
influyendo todo en la terminación de la campaña.
Dióse pregón y orden de embarco el 6 de mayo, haciéndolo la infantería
italiana y parte de la española, con mucha calma: durante la operación,
dos horas antes de anochecer el día 10, llegó una fragata despachada por
el gran Maestre haciendo saber que la armada turca había tocado en la
isla de Gozzo cuatro ó cinco días antes, en número de 80 velas, que
había hecho aguada y continuaba su derrota á Trípoli al parecer, aunque
por una presa sabía el número de naves y galeras que estaban en los
Gelves.
En efecto, ocho días habían sido suficientes á Piali-Bajá para armar 74
galeras reforzadas, embarcar en cada una 100 genízaros y salir á la mar
con fuerza de vela.
Esparcida la nueva por el campamento, empaquetaron por encanto los
soldados sus efectos, corriendo á la playa en tropel y metiéndose en el
agua por asaltar los esquifes. El desorden, la gritería, la obscuridad
que comenzaba, daban á la escena un aspecto que no es fácil describir:
nadie pensaba más que en su interés, en tanto llegaba el momento de
pensar sólo en la persona. D. Álvaro de Sande dió acicate á los de la
guarnición del fuerte para entrar más municiones y víveres por un lado,
y para embarcar enfermos por el otro. El aplomo con que ordenaba y se
hacía obedecer en medio del desbarajuste, de la confusión parecida á la
de la ruína que en el guión tenía pintada el general, daba esfuerzo á
los buenos[25].
[Nota 25: D. Álvaro de Sande disponía las cosas á su gusto. (Cabrera
de Córdova, lib. I, pág. 295.)]
No estaban más serenos los ánimos en la escuadra. Reunido el Consejo á
bordo de la Real, sin pedirlo, manifestó Juan Andrea Doria que sólo iba
á tratarse de la manera de salir cuanto antes de los bajos, y de dar la
vela aprovechando el buen viento del Sur que felizmente estaba
entablado. Las opiniones, como de ordinario sucede, no se concertaban;
había, sin embargo, mayoría en la estimación de contar con unas doce
horas antes de amanecer, en cuyo espacio se podía embarcar la tropa y
salir con buen orden. D. Sancho de Leyva insistió en que enviados
esquifes y barcas á tierra, y trayendo una barcada de gente, salieran á
la mar las galeras: si no se descubría al amanecer la armada turca,
volverían por el resto de los soldados; en caso de avistarla,
procederían á lo que se decidiera. Debían quedar en el puerto dos
galeras destinadas al General Duque de Medinaceli y su casa.
En punto á combate, el mismo Leyva, sostenido de Scipión Doria y pocos
más votos, juzgaba que, bien combinadas las galeras con las naves,
formaban fuerza no inferior á la de los turcos, ya fondearan en línea,
interpolados, ya navegaran en grupos, pues sólo las naos, que eran 30, y
los tres galeones habían de hacer con la artillería mucho daño. No
prevaleció la opinión, sosteniendo, con Orsini, Juan Andrea Doria la
suya, de que no teniendo el Rey Católico otra escuadra, era necesario
ante todo conservarla para que junta con las galeras de España tuviera
en respeto al gran turco. Contra todos los medios indicados halló
razones, ya en la poca agua que tenían á bordo las galeras, ya en el
peligro de los bajos para las naos, ya en la imposibilidad real de que
unas y otras navegasen ó combatiesen juntas y de concierto. Decía que
los turcos llegaban descansados y fuertes, mientras en la armada
cristiana estaban fatigados y enfermos de los trabajos pasados. Tenía
por seguro que ningún hombre prudente se obstinaría en poner en aventura
las fuerzas del Rey, y, por consiguiente, protestando de cualquiera otra
opinión decidía valer más _una buena escapada que un combate en que
evidentemente se perdieran_[26]. Determinó en consecuencia que las
naves se pusieran en franquía desde luego y se preparasen para hacerlo
las galeras.
[Nota 26: _Un bel fuggire che un bravo combattere e perdersi á
fatto._ (Antón Cirni Corso.)]
Llegó en esto el Duque á bordo de la Real, con lo que se prolongó el
Consejo: Juan Andrea se felicitaba de la circunstancia que consentía
practicar su plan, pues nada impedía ya que las galeras marcharan desde
el momento; el Duque observó que lo impedían los soldados, pues no los
quería abandonar, y á pesar de la insistencia de Doria y de las
protestas de seguridad de la armada, se volvió á la playa, dejando
acordado un viaje de los esquifes y la permanencia en el puerto de dos
galeras ligeras para que el General embarcara con los últimos al
amanecer.
Arrepentido de la condescendencia, Doria hizo en la Real señales de
levar pasada la media noche: había ocurrido una mudanza en el viento que
trastornaba todos los supuestos. De Sur que empujaba el viaje hacia
Malta, había saltado al NE., justamente por la proa.
En tierra habló el Duque con D. Álvaro de Sande, imponiéndole de lo
ocurrido y de su propósito de embarcar por la madrugada. Al Gobernador
del fuerte dejó instrucción de cómo se había de manejar con el jeque; á
los Oficiales dijo que si pensase que la armada turca viniera contra el
castillo, se quedara con ellos; pero que siendo la armada la que estaba
en peligro, se iba á correrlo en ella. Con esto y haber conferenciado
con el Rey de Caraván y con Mazaud, asegurado de sus buenas
disposiciones, se embarcó con D. Álvaro en una fragata que les llevara á
la galera.
Empezaba á clarear el día, y á este tiempo, á fuerza de remo contra
viento y mar, se había desatracado de la costa Andrea Doria cosa de
siete millas. Unas tres á sotavento se descubrió la armada turca bien
unida y haciendo camino por la cristiana. Piali, desde la isla de Gozzo
á la Lampadosa y de ésta hacia la costa, había sufrido vientos
contrarios que le obligaron á tomar el fondeadero de Seco de Palo. Tuvo
allí noticias de las fuerzas de mar y tierra con que contaba el Duque,
acaso un tanto exageradas, y receloso del encuentro quería esquivarlo,
limitándose á poner en tierra el socorro de soldados para Trípoli; pero
tanto le instó Uluch-Alí á verificar un reconocimiento á que
personalmente se ofrecía, como tan práctico de los Gelves, que consintió
en que se hiciera con una galeota ligera, en que fué también Cara
Mustafá, Virrey de Mitilene. La suerte les deparó la presa de una
embarcación pequeña, por cuya gente supieron cuanto podían desear,
siendo ya fácil á Uluch-Alí decidir á su jefe al ataque de un enemigo
descuidado y en desorden. En la tarde anterior había fondeado por fuera
de los Gelves, á 17 millas de distancia, pensando emprender el ataque,
como lo hizo, al amanecer.
En la vanguardia cristiana iba Scipión Doria con tres galeras; y como
fué el primero en descubrir las turcas y no tenía instrucciones, arribó
hacia la Real, señalando la presencia del enemigo con el disparo de una
pieza. Ninguna disposición ordenó Andrea Doria: arribó también con la
Real en dirección del fondeadero de que había salido, con precipitación
y aturdimiento, que aumentaba la poca claridad del alba. Calaba mucho la
galera, que era hermoso buque; se tomaron mal las enfilaciones del
canal, y quedó varada en un cantil. Entonces, plegando el estandarte, se
fué á tierra Doria con el esquife, abandonando el bajel á los forzados,
que no tardaron en ponerlo á flote y unirse á las fuerzas de Piali.
Fácil es calcular la influencia que el ejemplo del General tendría en
las escuadras. Indecisos los jefes un momento, no existiendo acuerdo ni
prevención para el caso, tiró cada cual por su lado, con dispersión y
desorden tan grande, que ni aun á huir acertaban. Cinco de las galeras
de Juan Andrea arribaron como él hacia tierra, y lograron ponerse bajo
la artillería del fuerte; otras encallaron en los bajíos en número de
ocho ó diez. De las que tomaron la mar, cargadas de vela algunas, sin
medir la gran fuerza del viento, partieron los palos ó las entenas,
después de separarse de las que formaban grupo.
Los turcos dividieron su armada en dos secciones, dirigidas
respectivamente hacia los que escapaban por mar ó tierra. En éstas, que
habían varado en los bajos, hubo escenas vergonzosas: la gente se tiraba
al agua sin pensar en la resistencia, habiendo galera que fué tomada por
un bergantín ó un esquife con ocho ó diez turcos. De las que tomaron el
largo, las de Scipión Doria, de Antonio Maldonado y tres de Florencia,
escaparon por pies, defendiéndose; Flaminio de Anguillara, General
de las del Papa, resistió peleando bizarramente con tres enemigas;
D. Sancho de Leyva reunió cuatro de su escuadra, con las que hizo inútil,
pero honrosa resistencia. Cuatro veces rechazó el abordaje de las
enemigas, castigándolas[27], y hubo al fin de sucumbir al número.
[Nota 27: Carrelières, _Histoire de l'enterprise_.]
Aparte esta defensa y el voto marinero de combatir á la armada turca
bien al ancla, bien á la vela, combinadas las galeras con las naves,
decisión que hubiera producido muy distinto resultado, las más de las
relaciones atribuyen á D. Sancho de Leyva mucha parte del fracaso.
Píntanlo de carácter díscolo, opuesto por sistema á lo que otros,
principalmente superiores, proponían. Por él escaparon las dos galeotas
de Uluch-Alí; por él se retardaron los trabajos del fuerte, en que no
quiso tomar parte, ya que lo hiciera para entorpecerlos; por él se
retrasó el embarco de soldados, teniendo ocupados los esquifes en llenar
sus galeras de aceite, lanas, frutas, ganados, con que se prometía
comerciar y lucrarse, y con lo que las abarrotó y embarazó,
imposibilitando la defensa en el combate, con mengua de su reputación,
de su nombre y de lo que debía á su autoridad de General de las galeras
de Nápoles.
Á las naves bien artilladas no osaron los turcos, contentándose con las
que en aquel desorden les eran abandonadas, acreditando la experiencia
la razón con que algunos jefes habían sostenido en el Consejo que en la
unión de las fuerzas cristianas consistía su salvación. Si al menos
hubieran hecho todos lo que Anguillara; si las galeras se mantuvieran
juntas, no tuviera la derrota tan grandes proporciones: hacía falta para
ello que el General estuviera en su puesto, y antes de combatir, celara
las disposiciones del combate, lejos de lo cual apareció que las
galeras de particulares, por no desperdiciar tan bella ocasión, estaban
también cargadas, hasta no poder más, de los frutos cogidos en los
Gelves.
Fueron apresadas[28]: de Juan Andrea Doria, _La Real Signora_,
_Condesa_, _Pellegrina_, _Presa_, _Divitia_: total, 6.
[Nota 28: Según Cirni Corso, único que recogió pormenores.]
Del Papa, _La Capitana_, _San Pedro_, _Toscana_: 3.
Del Duque de Florencia, _La Elbigiana_: 1.
De Nápoles, _Capitana_, _Patrona_, _San Jacobo_, _Leyva_, _Mendoza_: 5.
De Sicilia[29], _Capitana_, _Patrona_, _Galifa_, _Águila_, _Capitana_,
del Marqués de Terranova; _Patrona_, de id.; _Capitana_ y _Patrona_, de
Mónaco: 8.
[Nota 29: La escuadra de Sicilia siguió el ejemplo de la Real,
embarrancando en los Gelves y rindiéndose sin resistencia.]
De Antonio Doria, _La Fede_, 1; de Bandinelo Sauli, 1; de Starti, 1; de
Marí, la _Patrona_, 1: total, 4.
De modo que, sin sangre, se hicieron dueños por entonces los turcos de
27 galeras y 14 naves, salvándose 17 de las primeras, que llegaron á
Trápana, y 16 de las otras en varios puertos[30].
[Nota 30: Herrera, lib. II, cap. II, sube á 25 las naves apresadas.
Otros anotan 28 galeras, una galeota y 27 naves apresadas. Castillo
refiere que se perdieron en el combate 19 galeras, á saber: 4 de
Juan Andrea Doria, 5 de Nápoles, 2 de Sicilia, una de Mónaco, 2 del
Papa, una del Marqués de Terranova, 2 de Florencia, una de Antonio
Doria y una de Mario. No incluye en el número otras siete galeras
que, acertando con el canal, se refugiaron por el pronto bajo los
cañones del fuerte; mas al fin se perdieron con éste.]
D. Álvaro de Sande acudió con arcabuceros á la playa con el fin de
proteger á los muchos que, desnudos, llegaban nadando, mientras el
Duque, Juan Andrea y el Comendador de Guimarán conferenciaban acerca de
lo que se hubiera de hacer, sin ocurrir á los dos últimos otra cosa que
salir como se pudiera de la isla.
La iniciativa era de Doria, razonando que para lo pasado no había
remedio; que los sucesos de la guerra están sujetos á la fortuna, y que
habiendo de acudir al remedio de mayores males, era bueno que el Duque
marchara inmediatamente á Sicilia para asegurar las plazas, juntando
dineros y gente. En cuanto á su persona, decidido estaba á marchar de
noche en una fragata, reunir las galeras que se hubieran salvado y dar
orden en el armamento de otras tres que en Sicilia y Malta se hallaban.
El Duque, remiso en embarcar en la armada sin los soldados, bien que
entendiera que nada tenía que hacer en los Gelves, no quiso tampoco
determinar por sí ni aceptar el consejo de Juan Andrea Doria, sin que
otros jefes deliberaran sobre lo que ante todo convendría á la honra; y
como todos juzgaran que debía acudir á su obligación en Sicilia, venció
la repugnancia.
Quiso llevar consigo á D. Álvaro de Sande, que tampoco tenía obligación
que cumplir en los Gelves: con todo, díjole éste que, considerando si le
era mejor hacer compañía á Su Excelencia ó quedar donde se hallaba,
entendía convenir lo último al servicio de Dios y del Rey y á su propio
respeto, porque habiéndose salvado mucha gente de las galeras y siendo
de diferentes naciones y calidades la acogida al fuerte, era menester
persona de mayor cargo que el Maestre de campo Barahona para tenerla á
raya y cuidar de la economía del agua y bastimentos. Ofrecía, pues, la
suya con la certeza de sucumbir en el fuerte, porque no podía hacerse
ilusiones en cuanto al socorro que hubiera de darle la armada de S. M.,
deshecha y desmoralizada; pero contaba entretener á la del Turco en el
asedio todo el verano, y librar, por consiguiente, á Sicilia y Nápoles
del gravísimo peligro de tener sobre sus costas á los mahometanos
victoriosos.
Oídas estas razones, autorizó el Duque la generosa resolución de optar
por las miserias que amagaban á los infelices de los Gelves; y llegada
la noche, los generales de tierra y mar, acompañados de algunos
íntimos, aprovecharon la distracción de los turcos, ocupados en marinar
y saquear las presas para escapar en varias fragatas. Llegaron en salvo
á Malta en _bel fuggire_, consiguiendo libertad; pero el iniciador Juan
Andrea á costa de la honra, que dejaba en lengua de marineros y
soldados.
Para el Duque fué más benévolo el juicio de los contemporáneos: las
condiciones de caballerosidad de su persona y la deferencia y agrado con
que trató á los capitanes y jefes extranjeros de la expedición,
suavizaron la consideración de las condiciones de caudillo que le hacían
falta. Dijeron, sí, que era más apto para lucir en los salones de la
corte el fausto de su arrogancia, que para dirigir en campaña una
hueste. Más severos los que se encontraban lejos del peligro, los que
para nada tenían en cuenta la situación del General derrotado, ni del
padre que sacrificaba á su propio hijo, dieron fácil sentencia, si hemos
de admitir la que condensó en estas frases el palatino cronista Cabrera
de Córdova[31]:
[Nota 31: _Felipe II_, tomo I, pág. 296.]
«Increíble parece que una armada poderosa de gente y vasos en un
instante se arruinase de su temor más que de la fuerza vencida, con
pérdida de tanta gente, municiones, máquinas, bajeles, aumentando á los
enemigos el triunfo y la victoria tan sin sangre alcanzada, con infamia
de los cristianos; porque si las naves y galeras esperaran en batalla, ó
detuvieran el furor del enemigo, ó les costara la victoria tanto que no
se atrevieran á sitiar el fuerte, y se salvara la guarnición. Pero ¿qué
no envilece el miedo? ¿y qué no pone en confusión? ¿y qué no mete en
peligro la ambición, la satisfacción, la poca práctica, como la del
Duque, de lamentable memoria para España?»
Justicia ante todo: la ambición, la satisfacción, la ineptitud militar
del Duque, si se quiere, fueron poderosas causas del desastre; pero si
el temor, como parece cierto, lo produjo multiplicando las proporciones,
no influyó en el ánimo del General del ejército; turbó la mente y
empequeñeció el corazón del General de mar, en cuyas manos puso el
destino aquel día y los siguientes la suerte de la jornada. Juan Andrea
Doria, temeroso también en Lepanto, cuyo triunfo estuvo á punto de
comprometer, responde ante la historia del tremendo fracaso de los
Gelves, si bien Monsieur Jurien de la Gravière, siempre juicioso y
benévolo, como quien ha sentido sobre los hombros el peso enorme de la
responsabilidad, lo tiene dicho: «Vencer á los turcos en la mar en el
siglo XVI, era tan difícil como derrotar á los ingleses en los días de
Abukir y Trafalgar.»
El turco Piali desembarcó su gente; ordenó á Dragut le acudiera con la
de Trípoli y con artillería de batir, y antes de abrir trincheras
ofreció por el fuerte buenos partidos á D. Álvaro de Sande, que contestó
no pensara haberlo á tan poca costa como la armada[32]. Entonces
comenzaron las operaciones de uno de los sitios más dignos de memoria
por las circunstancias que más que de los enemigos afligían á tanta
gente inútil acogida en el fuerte, á consecuencia de los sucesos de la
armada, por falta de agua que darles, y por el plan certero de Piali de
cerrar todo acceso y dejar al tiempo el resultado, sin asaltos ni
aproches.
[Nota 32: Herrera, lib. II, cap. II.]
Es de observar cómo en las expediciones y armadas del siglo XVI, lo
mismo en África que en América ú Oceanía, cualquiera que fueran el
objeto, el término y las dificultades, iban mujeres españolas decididas
á compartir los trabajos del soldado, sin aspiración á la gloria que
pudiera caberle. D. Álvaro de Sande se encontró en el fuerte con muchas
de estas mujeres, que hacían subir el número de bocas á más de 5.000,
cuando las raciones estaban calculadas para 2.500 en mes y medio. Para
la provisión de agua discurrió uno de los soldados evaporar la del mar,
y recogiendo las vasijas de cobre construyeron 18 alambiques que al
principio daban 30 barriles diarios, disminuídos luego por escasez de
leña[33]. Mezclándola con la salobre de los pozos del castillo y
distribuyéndola en cortísimas raciones, se fué prolongando la
distribución con malestar indecible. Mucho tenía que ser el del hambre,
cuando hubo en la guarnición quien la mitigara acudiendo al remedio en
los cadáveres de turcos; mas de todo punto se hacía irresistible el
tormento de la sed en aquella abrasada tierra, en el rigor de la
canícula, trabajando durante la noche con picos y azadones, peleando
durante el día sin reposo de un momento. Muchos perecieron en tan
atroces suplicios; muchos, no resistiéndolos, se arrojaban de la
muralla, buscando en el campo enemigo la esclavitud á trueque de un
sorbo de agua; solo al fin, D. Álvaro de Sande pretendía que la
humanidad no fuera flaca, presenciando horrores con tal de ver por un
sol más flotando al aire en el fuerte el estandarte de Castilla.
[Nota 33: Corrales dice que un siciliano, que se llamaba el capitán
Sebastián, ofreció destilar agua del mar, por lo que le prometió Don
Álvaro 500 ducados en dinero y 200 de renta. Diego del Castillo
amplía que el inventor siciliano se nombraba Sebastián Poller, y
conforma con la utilidad que reportaron los alambiques, produciendo
25 barriles diarios de agua, mientras hubo combustible.]
Llevada la resistencia hasta fines de junio ó sea á los ochenta y un
días de la llegada de los turcos; cuando quedaba, según se creyó, para
dos la insuficiente ración de agua, no teniendo los baluartes ningún
cañón en uso; después de caer sobre ellos 12.000 balas y 40.000 flechas;
reducida la gente á 800 hombres de armas tomar, les animó el General á
una salida desesperada que había de verificarse en dos columnas.
Llevando la cabeza de una pasó dos trincheras, arrolló las guardias
enemigas... mas no á todos inflamaba su ánimo: vió con dolor que
capitanes y soldados arrojaban las armas; vióse abandonado, teniendo que
correr hacia las galeras amparadas bajo el castillo con ánimo de
resistir todavía, y para lamentarse de la suerte, que le puso al cabo en
manos de Piali. ¡Con qué dolor refirió al Rey en el Memorial la
extremidad, en que no le acompañó la entereza ni la consideración de
todos sus capitanes!
Hubo, no obstante, quien pensó malignamente que la salida no era más que
un pretexto estudiado por D. Álvaro para dejar honrosamente el fuerte y
escapar en una fragata que había mandado alistar de antemano. Corrales
lo insinúa en su relato; otros debieron decirlo con más claridad, pues
Diego del Castillo se creyó en la necesidad de desmentirlo
escribiendo[34]:
[Nota 34: Pág. 274, en el citado tomo de la _Colección de libros
españoles raros ó curiosos_.]
«Después de la última salida, cuando Don Álvaro, por no poder entrar en
el castillo, se tuvo que meter en las galeras, creyendo que se queria
ir, fué una persona principal á decirle:--«Señor, yo vengo á suplicaros
que me llevéis con vos.»--Le respondió con rostro severo y
airado:--«¿Soy yo, por ventura, hombre que había de huir y dejar á mis
amigos y compañeros? Yo os prometo de no desampararlos hasta que todos
hayamos un mismo fin, y estoy muy maravillado que personas como vosotros
hayáis pensado una cosa tan indigna de mí y tan fuera de toda razón y
posibilidad; porque aunque yo quisiera irme, ¿cómo lo podría hacer, pues
agora ya debe de saber el Bajá cómo yo estoy aquí, y debe de haber
mandado tomar los pasos, de modo que sería imposible salir de aquí bajel
ninguno? Yo iré al fuerte y castigaré los que esta noche han hecho tan
gran falta al servicio de Dios y de su Rey y de sus propias honras
desamparándome vilmente en tal trance, sin estorbarles el enemigo el
seguirme, y probaré otra vez nuestra ventura de día, que quizá viéndonos
los unos á los otros, la vergüenza hará hacer á algunos lo que esta
noche pasada no han hecho. Y ya que la fortuna nos niega la victoria, no
nos quitará á lo menos el morir peleando como soldados, que vale harto
más que vivir siendo esclavos destos crueles é inhumanos bárbaros, y
seremos ejemplo á nuestros sucesores á estimar más las honras que las
vidas.»
Rendido el fuerte, rendidas las galeras, los enfermos y heridos pasaron
por la espada turca ó fueron vendidos en almoneda á las gentes de
Trípoli; los baluartes que abrigaron á los defensores, arrasados con la
tierra; quedó con ello pujante en la mar la armada turca; las costas de
Nápoles y Sicilia sufrieron las consecuencias, tanto en la retirada de
Piali como después en las acometidas de Dragut, habiendo formado
escuadra de 40 velas, sin que Juan Andrea Doria, con 17 galeras y 7
galeotas, á que fueron á juntarse las de la escuadra de España mandadas
por D. Juan de Mendoza, se atreviera á hacerle frente, antes cayeron en
manos del corsario ocho de las de la escuadra de Sicilia, tres de ellas
del Rey y cinco de particulares, en sorpresas y combates parciales.
Piali Bajá celebró el triunfo entrando en Constantinopla el 27 de
septiembre de 1560, en cabeza de su armada. Seguían á la Capitana las
galeras de fanal, en fila; iban en pos las presas, con las banderas y
estandartes por el agua, lo de abajo arriba, cerrando la marcha las
galeras sencillas turcas, empavesadas y embanderadas, haciendo disparos
de artillería.
El día 1.º de octubre llevaron en procesión á los cautivos al palacio
del Sultán: D. Álvaro de Sande, D. Berenguer de Requesens y Don Sancho
de Leyva iban á caballo; detrás marchaban los Capitanes de tres en tres,
y seguían los soldados mirando tristes cómo les precedían, arrastrando
por el suelo, sus estandartes y banderas, cuyas santas imágenes servían
de escarnio á los mahometanos. Acabada la fiesta y ceremonia, separaron
á los cristianos por categorías, llevando á D. Álvaro de Sande á un
castillo con juramento del Sultán de que no haría más la guerra, porque
en la prisión había de morir sin que hubiera para él rescate por ningún
dinero. Los demás fueron destinados al remo en las galeras; y como al
oirlo se dejara vencer de la pena un Capitán, díjole D. Alvaro: «Llore
quien se ha perdido mal, que yo como hombre me perdí[35].»
[Nota 35: Diego del Castillo emplea la misma frase, pero en distinto
lugar. Dice que en la retirada de la armada turca tocó en un punto
de Sicilia llamado la Brúxula, entre Cabo Passaro y Augusta, por
hacer aguada, y el Capitán español Sayavedra, que allí se hallaba,
fué con salvoconducto á la galera Real del Bajá, con propósito de
hacer algún rescate. Vió allí á D. Sancho de Leyva, D. Berenguer de
Requesens y D. Juan de Cardona, que le recibieron con lágrimas
en los ojos, y mirando á D. Álvaro de Sande, vió que con alegre
semblante reía. Preguntándole el Capitán Sayavedra cómo, estando en
aquella prisión, estaba con tan buen ánimo, le respondió: «Señor
Capitán, llore quien se ha perdido mal, que yo, si he perdido la
libertad, he conservado la honra, habiendo hecho en esta jornada lo
que era obligado á Dios y á mi Rey, y como hombre he de pasar las
adversidades y trances de fortuna.»
Otra especie consigna Diego del Castillo: que los Bajás que asisten
en el Diván prometieron á D. Álvaro honores y riquezas si se quería
volver turco, y de no ser así, que sirviese al gran Señor contra el
Sofí, sin dejar la ley que tenía; y viendo la poca estima que de
ellos y sus promesas hacía, condenáronle á cortar la cabeza, y le
sacaron luego á caballo muy acompañado de ejecutores; pero el Sultán
dió contraorden, mandando llevarle á la torre del Mar Negro, donde
estuvo con un criado y un capellán hasta que Dios fué servido darle
libertad.
Corrales asegura que en una historia de la jornada que D. Álvaro
escribía en la torre, auxiliado de este capellán, llamado Carnero,
tenía puesto que le ofrecieron el gobierno de Egipto con 50.000
ducados de salario, si renegaba de la fe cristiana. _Créaselo quien
quisiere_, añadía. Lo cierto es que en el memorial dirigido al Rey
nada escribe D. Álvaro de esto.]
Muchos de los prisioneros de los Gelves murieron en el cautiverio ó lo
soportaron largos años: algunos de los significados debieron la libertad
á la favorable ocasión de las treguas ajustadas por el Emperador
Fernando con Solimán el año 1562, pues gracias á la gestión del Rey
Felipe II se asentó entre las cláusulas del tratado el canje ó entrega
de los principales, sin que alcanzara, sin embargo, el beneficio á Sande
por el juramento que decían el gran Señor tenía hecho al Profeta, y
cosa es digna de referir cómo unos pocos consiguieron librarse por sí
mismos.
El año 1564 andaba en Constantinopla una galera llevando materiales para
la fábrica del palacio del harem: movían los remos 200 esclavos
cristianos, entre ellos 16 Capitanes del Rey Católico, prisioneros de
los Gelves, á saber: ocho españoles, cinco italianos y tres alemanes; y
buscando oportunidad, armados de piedras, mataron á los turcos de
guardia y se alzaron con el bajel, llegando con felicidad á Sicilia.
Hicieron cabeza Juan Bautista Doria, genovés, y Antonio de Olivera,
castellano, Gobernador que fué del castillo de la isla después de la
muerte del Maestre de campo Barahona.
Por último, muerto Solimán, instó el Rey D. Felipe á Carlos IX de
Francia para que empleara su influencia en favor de la soltura de Sande.
Hízolo, comisionando especialmente á Francisco Salviati, Caballero de
Malta, por embajador; y aunque en un principio se negó Selim á tratar
del asunto, por ser la primera cosa que pedía su aliado al ascender al
trono, la otorgó, y D. Álvaro fué á Francia en compañía de Salviati, y
se restituyó á su casa.
Bien mereciera este soldado estudio especial de sus compatriotas más
extenso, aunque no fuera tan entusiasta como el que le dedicó el
extranjero Brantome, contemporáneo y admirador de sus condiciones, ó el
del P. Haedo en la mención que hizo en su _Historia de Argel_, reseñando
las campañas de Italia y Francia en que tomó señalada parte, reinando el
Emperador; la batalla de Muhlberg, en que fué principal instrumento de
victoria; el socorro de Malta, donde pagó á los turcos la deuda que con
ellos tenía, y el gobierno de la plaza de Orán, fin de su carrera.
D. Luis Zapata le dedicó un capítulo de la _Miscelánea_, en que algo
difiere respecto al rescate, diciendo[36]:
[Nota 36: _Memorial histórico español_, publicado por la Real
Academia de la Historia, tomo XI: Madrid, 1859, fol. 43.]
«D. Álvaro de Sande, claro por mil hechos y mil jornadas, que siendo
tesorero de Plasencia, como Aquiles dejó las faldas largas y empuñó la
espada y lanza, y saltó en ser soldado, siendo cercado en los Gelves de
una poderosísima turquesca armada, defendió el hechizo fuerte tres ó
cuatro meses, sin se le poder entrar con muchos y muy terribles asaltos,
en los que mató infinitos turcos que quedaron por ahí tendidos en el
campo. Mas no siendo socorrido y siendo espantable y rabiosa la sed y la
hambre, que comieron las cosas viles que comen otros cercados hasta
acabarlas, y bebían el agua salada de la mar, sacada aún en poca
cantidad por alquitaras, de lo que ya toda la gente enfermara; de las
cuales tres cosas, teniendo la muerte cierta, hambre, sed y enfermedad,
rendir la plaza era vileza, defenderla era imposible, tomó un
valentísimo medio, que fué salir y morir peleando como un caballero tan
señalado. Habla y anima á su gente; confiesan y comulgan todos; dan
fuego á sus alhajuelas, que no les quedó otra cosa sino las armas, y
salen á los enemigos con ellas en la mano; hieren y matan cuantos
pueden, y al fin quedó preso D. Álvaro con mucha sangre de ambas partes,
y el fuerte de los enemigos, no fuerte, antes flaco hecho, en los
secanos y sirtes de Berbería. No se perdió reputación ninguna; otra cosa
se perdió, si no la hechura, por no ser de ningún peso ni importancia,
como parece por este soneto hecho por un valiente soldado, del que pongo
los cuatro versos primeros por no hacer más á nuestro caso:
¿Quién eres tú que espantas sólo en verte?
Soy muchedumbre de árboles cortados,
Que sobre flaca arena fabricados
Contra toda razón me llaman fuerte.
»De allí D. Álvaro de Sande y D. Sancho de Leyva fueron llevados tras
Constantinopla, á la torre del Mar Negro, en donde el que entra jamás
sale; mas ellos salieron por gran milagro: D. Sancho, trocado por otro
turco principal que había cautivo acá, y D. Álvaro, averiguando ser
criado del Emperador D. Fernando, casado con dama suya, con el cual
Emperador el gran Turco tenía treguas por ciertos años.»
Si se compara el desastre de los Gelves con el de la _Armada
invencible_, ocurrido en 1588, parecerá algo menor la pérdida de
material en el primero, sin otra consideración que el valor comparativo
de construcción de galeras y naos, y el mayor número de piezas de
artillería que las últimas llevaban; la diferencia no es, sin embargo,
de mucha importancia, y se nivelaría á tomar en cuenta el valor
intrínseco de los esclavos y cautivos perdidos que andaban al remo. En
la moral fué por de pronto más grave la derrota de los Gelves, por dejar
en absoluto dueños y señores de la mar á los turcos, y entregadas á su
estrago no sólo las costas de Italia, sino también las de España,
mientras que el fracaso de Inglaterra poco afectaba á estas costas ni á
su navegación ultramarina, como se vió en las desastrosas expediciones
de los ingleses á la Coruña, Lisboa y Azores. La más sensible pérdida de
personas excedió con mucho en la jornada de Trípoli á la de Inglaterra.
Varían bastante las cifras recogidas por los historiadores; mas tiene
fundamentos la de Cirni Corso, que fija en 18.000 los hombres consumidos
en la fatal empresa de Berbería, mientras no pasaron de 10.000 en la
otra.
Coincidencia singular: los Duques de Medinaceli y de Medinasidonia
dieron amparo á Cristóbal Colón; y rivalizando en cierto modo con la
Corona, pretendían alistar por su cuenta naves con que se resolviera el
problema del camino del Catay, y se asentara el cimiento de la
preponderancia marítima de España. Nietos de aquellos Duques, y Duques
también de Medinaceli y de Medinasidonia, D. Juan de la Cerda y
D. Alonso Pérez de Guzmán _el Bueno_, presidieron con paralela falta de
aptitud é igual desgracia á las dos más grandes desdichas que registra
la historia naval, como que con ellas acabó aquella preponderancia.
Antón Francesco Cirni Corso formó lista de las personas principales que
sucumbieron en la triste jornada de los Gelves. No es completa esta
lista, pues por Ulloa y otros escritores se citan nombres no
comprendidos en ella: acaso hay también equivocaciones en la ortografía
italiana de que se valía el autor; pero á falta de otra, bien merece que
por testimonio de estimación se reproduzca adicionada.