¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de divina alegría,
de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al que
supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las
tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles
insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades,
tan inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las
segundas, ni puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del
sujeto que las percibía en mi propia representación, para mí mismo la
verdad suprema.
Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico, habiendo recibido
cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin ton ni son
ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas las cosas; y
entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a butacas del Real
para ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada
de antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad
de este derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el
paraíso, entre niñas cursis y guapas y aficionados competentes en el
_divino arte_. Pero él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a
jalear el estreno de cierto frac, se hizo el sordo y nos arrastró a
Portal y a mí hacia el coliseo: el zamorano, ni hecho pedazos consintió
en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos frac; sólo que nos dejamos
de chiquitas y nos encajamos la levita --el fondo del baúl-- esperando
que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían para
el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo
traje de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino,
y la estrecha solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la
pechera blanquísima. El hombre, a fin de no perdonar detalle, se había
gastado su pesetita en una olorosa gardenia, que lucía en el ojal con
irreprochable corrección. Clac no se lo compró por falta de tiempo;
pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el capote, a fin de no
estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros ocupamos
nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase
ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la
orquesta, sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose
la mano, desnuda de guantes, por el cabello bien atusado, parecía
un gomoso de los más cargantes. Aunque el sentido de la vista, en
el cubano, andaba tan expedito como el del oído, se había alquilado
los grandes gemelos, y los clavaba alternativamente en los palcos,
entresuelos y plateas y en las filas de butacas, pasando revista a las
beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal, muy encogido y
acurracado, se divertía en decirle _sotto voce_ que doña Cristina le
flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta Isabel hacía
señas a la infanta Eulalia para que se fijase en aquel nuevo dandy tan
desconocido como fascinador.
Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a Trinito un acceso de
epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la cual, por espacio
de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y de Donizetti a
Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo y español. Trinito,
en su exaltación o con la implacabilidad de su retentiva música, no nos
dejaba vivir.
--¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el hombre el _largo
assai_ de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda, anda, pues si se ha calzado
enterito el _allegretto_ de la introducción del _Don Juan_! Toma... eso
es de la _Flauta encantada_: quince compases lo menos hay igualitos,
calcados al pie de la letra... ¡Este _maestoso_ está en _El barco
fantasma_ o en _Parsifal_!...
--O en las _Habas verdes_ --añadía Portal con sorna.
--No, pues no reirse, que hay algo de _Habas verdes_, o cosa parecida:
porque esa especie de tango yo lo he oído en zarzuela... Ahora saltamos
a la _sinfonía en ut menor_ del _sordo sublime_... Camaraditas, estoy
indignado. Voy a protestar. De esto a salir a los caminos con trabuco...
Al segundo acto la indignación de Trinito fué en un _crescendo_
no menos estrepitoso que el del concertante final; al tercero
nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias y
plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los
espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla
de Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su
indignación adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió
oir el final de la obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a
ese monedero falso. Yo silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar
escándalo aquí. Vámonos, pues: prudencia. Estoy tan atufado, que no
sé lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la calle». Admirados de aquel
arrechucho, no menos sorprendente en el dulce y manso cubano que en
un canario o un cordero, nos resignamos a salir antes que nadie, y
echamos, por el salón de descanso, hacia la puerta.
Sin transición, desde la atmósfera recaliente, vibrante, zumbadora de
la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por estar desierto,
pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una corriente
de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta para
reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un pinchazo.
--Taparse la boca, señores --advirtió el práctico Luis--. Vamos a
pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio, no seas
aturdido.
Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay! sentía ya ese
aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que
traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro
descuido, a manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la
oportunidad de registrar el arca.
--Creo que ya la he pescado --murmuré con alguna inquietud.
--No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un ponche. Anda, verás
qué calentito y qué bueno --dijeron mis compañeros, a tiempo que
salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos
el ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de
nuevo una monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos
tarareó su indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez
se resolvía a escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba
a triturar al compositor, o mejor dicho, al _rata_ cogido infraganti
visitándole a Wagner la faltriquera.
Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté con inexplicable
fatiga y desaliento, con esa especie de marasmo que precede a los
graves desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy mala cara
y me rogó que me acostase, regañándome suavemente por las horas
imposibles a que me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía
tan rendido, que como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo
me quería bien. Al retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono:
--¿Irás a verme?
--¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una taza de flor de
malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un resfriado.
Locuras que habrás hecho.
Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente la calentura, y la
fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé a divagar,
a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí una
especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las
regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de
mis facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la
angustia de la disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje
verde obscuro, que se recortaba sobre el azul divino del cielo y sobre
el luminoso y pálido verdor de la ría; oí cánticos de labradoras,
gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes de piano, y hubo
instantes en que juraría que un negro murciélago entraba revoloteando
por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi vista...
Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía
de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que
de buena gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el
trastorno de la fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar
fórmulas y plantear problemas de ciencia matemática. Lo que sé es que
por cima del delirio, de la calentura, de la horrible opresión, de la
constricción de mis bronquios y pulmones, revoloteaba una sensación
encantadora. Tití no salía de mi cuarto; tití me aplicaba los remedios,
me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en todo; y cuando en un
movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió echarle los
brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer fuerte,
inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de
mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me
miraban con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban
como se halaga y acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases
de miel, cuyo sonido era música del corazón... Y dejándome llevar
de mi fantasía, pensé al adormecerme bajo la acción de un enérgico
medicamento:
--Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me muero voy a ser
muy dichoso!
Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en palabras el
sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría:
--Aunque me muera.