_Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al señor
Pococurante, noble veneciano._
Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fuéron por el Brenta al
palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el
dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. Recibió á los dos
curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
cosa que intimidó á Candido, y no le pareció mal á Martin.
Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el
chocolate: Candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su
hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo,
de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que
tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
empiezan á fastidiarme estas muchachas.
Despues de almorzar, se fuéron á pasear á una espaciosa galería, y
pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué
maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa
mas hermosa que tiene Italia, pero á mi no me gustan: los colores son
muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo
bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de
vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver
aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á
un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera.
Pococurante, ántes de comer, mandó que le dieran un concierto: la
música le pareció deliciosa á Candido. Bien puede este estruendo,
dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á
todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. La
música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo.
Mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de
convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere á ver
malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer
al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de
César ó Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto
se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
fué en todo del dictámen del senador.
Sentáronse á la mesa, y después de una opípara comida entráron en la
biblioteca. Candido que vió un Homero magníficamente enquadernado,
alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima. Este es el libro, dixo,
que era las delicias de Panglós, el mejor filósofo de Alemania. Pues
no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
Helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema;
aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
fastidio mortal. Algunas veces he preguntado á varios hombres doctos
si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban
sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos,
pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya
materia de comercio.
No piensa así Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
Eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío Eneas, al fuerte
Cloanto, al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, á
la zafia Amata, y á la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
arrullar criaturas del Ariosto.
¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
tiene muy grande en la lectura de Horacio? Máxîmas hay en él, dixo
Pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que
reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
pero no me curo ni de su viage á Brindis, ni de su descripcion de una
mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
sé qué Rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
las de su contrincante _llenas de vinagre_. Sus groseros versos
contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué
mérito tiene decir á su amigo Mecenas, que si le pone en el catálogo
de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. A los
tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo
quanto oía; y á Martin le parecía el modo de pensar de Pococurante muy
conforme á razón.
¡Ha! aquí hay un Cicerón, dixo Candido: sin duda no se cansa
Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondió el Veneciano. ¿Qué
tengo yo con que haya defendido á Rabirio ó á Cluencio? Sobrados
pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba.
¡Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podrá
haber en ellos, exclamó Martin. Sí que lo habría, dixo Pococurante, si
uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte
de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
sistemas vanos, y ninguna cosa útil.
¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador;
de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página
de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que
no los abro nunca, ni yo ni nadie.
Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es
escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á
concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la
libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella
tiene.
Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre
sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que
en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un
inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á
perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer,
unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente
la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á
los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á
vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo
mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no
le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo
que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas
tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan
superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este
Pococurante! ninguna cosa le agrada.
Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido
alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es
que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.
Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á
su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante
es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo
quanto tiene.
¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto
tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto,
respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que
decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda.
Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.
Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.