_De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y á
Martin._
No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesario
para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla
de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofo
Martin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que
dexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto
del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era
encarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por A
mas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero
encarnado, y que se muriese de la moniña.
Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:
Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver
esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de
Venecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en la
mas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometió
una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia
mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos
devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy
presto.
Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, se
agravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estaba
convaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
con él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
venian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.
Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era
de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para
todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les
cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
placeres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á la
comedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, y
Candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no
le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
perfeccion. Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo
en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la
tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha
puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletos
contra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. en
Francia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil.
Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis,
replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.
Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la
reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin,
porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en
Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia
para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan
quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al
muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como
dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama
_sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó
sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué
quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas
las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris
se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen
dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
riéndose se cometen las mas detestables acciones.
¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
gusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los
libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como
aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,
que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista?
dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, ó
un Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en la
escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la
comedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixo
Candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha
parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
trato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra de
llevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá á
París allí como si hubiera vivido en el muchos años.
Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de
la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y
doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñido
estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada
junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años,
era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre
las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
rigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, y
nadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni los
miró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortés
era la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.
Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
medio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, y
á
Martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó
luego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió en
dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
estaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es que
sea un mylord inglés.
La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho
silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes
luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras
nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó
porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y
que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una
tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que
no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas
que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los
oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á
veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al
consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,
muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el
teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias
hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó
amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo
bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no
sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes
hinchados.
Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por él
altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion
de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido
quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el
abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo
exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Qué
varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose hácia
él le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todo
está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada
podia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto;
nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, y
que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se
consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de
palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
guerra perdurable.
Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son
dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
ahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos? replicó
Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.
Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentó
en un canapé. ¿Con que está vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
baronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido.
Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
mozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, que
he querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo no
quererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. La
pasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yo
quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
levantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y
Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á mis
amantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero
á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
cortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que había
reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los de
la marquesa.
Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunos
remordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y el
señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
muy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
Candido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candido
le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
infidelidad que acababa de cometer.
Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo
quanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Con
que está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí,
señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar á
Cunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,
como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la
granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe
que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que
le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,
que aguardo con su respuesta.
Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y se
despidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otro
dia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquela
siguiente: "Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace que
estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
ella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera
menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El
gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
llevaba; pero el corazón de vm. me queda. Venga vm. á verme; su
presencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."
Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en una
imponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra á
puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á la
posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr la
cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? No
puede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de la
cama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, y
que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
taburete.
En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate
y de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
sospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á la
cárcel. No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixo
Candido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor,
¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió el
alguacil.
Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que la
señora que se decia Cnnegunda era una buscona, el señor abate un
tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
tuno de quien no era difícil desprenderse. Por no exponerse á tener
que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á la
verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreció al
alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, señor, le
dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
¡Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
vm., para lue le lleve á un calabozo. Todos los extrangeros son
arrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
Diepe en la Normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunos
diamantes que darle, le tratará como yo propio. ¿Y porqué arrestan á
todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entónces el
hilo, respondió: Porque un miserable andrajoso del país de Atrebácia
[Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirió á Luis XV, era natural de
Arras, capital del Artois.], que había oido decir disparates, ha
cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
Francisco Kavaillac mató á Henrique IV de una puñalada en Mayo de
1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
Clialel, en Diciembre de 1594, hirió á Henrique quarto; pero la herida
no fué de peligro.] y como otros muchos cometidos otros años y otros
meses por andrajosos que habian oido decir disparates.
Entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¡Qué
monstruos! exclamó Candido. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades en
un pueblo que canta y bayla? ¿Quando saldré yo de este pais donde
azuzan ximios á tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
visto hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme vm. á
Venecia, donde aguardo á mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar á vm., es
á la Normandía baxa, dixo el cabo de ronda. Hízole luego quitar los
grillos, dixo que se habia equivocado, despidió á sus corchetes, y se
llevó á Candido y Martin á Diepe, entregándolos á su hermano. Había un
buque holandés pequeño al ancla; y el Normando, que con el cebo de
otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó á
Candido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela para
Portsmúa en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyó
que salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse á Venecia luego
que se le presentase ocasion.