_De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion._
Embarcóse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre
era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
el navío hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena
Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
discurrir acerca del mal físico y el mal moral. Verdad es que Candido
le sacaba muchas ventajas á Martin, porque llevaba la esperanza de
ver á su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés,
todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
de Cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba al
sistema de Panglós. Y vm., señor Martín, le dixo al docto, ¿qué piensa
de todo esto? ¿qué opinion lleva cerca del mal físico y el mal moral?
Señor, respondió Martin, los clérigos me han acusado de ser sociniano;
pero la verdad es que soy maniquéo. Ese es cuento, replicó Candido,
que ya no hay maniquéos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo
Martin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. Menester
es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea
en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que esté en mi
cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista
por este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado Dios á
disposicion de un ser maléfico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto
un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos
exêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes los
tratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millon de
asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y
matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son mas crueles
los pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, he
visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo. Cosas buenas hay,
no obstante, replicó Candido. Podrá ser, decía Martin, mas no han
llegado á mi noticia.
En esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. De
uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de un
anteojo. Veíanse como á distancia de tres millas dos navios que
combatían, y los traxo el viento tan cerca del navío francés á uno y á
otro, que tuviéron el gusto de mirar el combate muy á su sabor. Al
cabo uno de los navios descargó una andanada con tanto tino y acierto,
y tan á flor de agua, que echó á pique á su contrario. Martin y
Candido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave que
zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
espantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar.
Vea vm., dixo Martin, pues así se tratan los hombres unos á otros.
Verdad es, dixo Candido, que anda aquí la mano del diablo. Diciendo
esto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
junto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de sus
carneros. Mas se alegró Candido con haber recobrado este carnero, que
lo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantes
gruesos del Dorado.
En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navío
sumergidor era Español, y el del navío sumergido un pirata holandés,
el mismo que habia robado á Candido. Con el pirata se hundiéron en el
mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
se libertó un carnero. Ya ve vm., dixo Candido á Maitin, que á veces
llevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés ha
sufrido la pena digna de sus maldades. Está bien, dixo Martin, pero
¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? Dios ha
castigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos.
Seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y Candido
en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputáron, y
tan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, se
comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el
lomo á su carnero le decía: Una vez que te he hallado á tí, tambien
podié hallar á Cunegunda.