_De la triste situacion en que, se viéron Candido, Cunegunda y la
vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América._
¿Quién me habrá robado mis doblones y mis diamantes? decia llorando
Cunegunda; ¿cómo hemos de vivir? ¿qué hemos de hacer? ¿donde he de
hallar
inquisidores y Judíos que me den otros? ¡Ay! dixo la vieja, mucho me
sospecho de un reverendo padre Franciscano que ayer durmió en Badajoz
en nuestra posada. Líbreme Dios de hacer juicios temerarios; pero él
dos veces entró en nuestro quarto, y se fué mucho ántes que nosotros.
Ha, dixo Candido, muchas veces me ha probado el buen Panglós que los
bienes de la tierra son comunes de todos, y cada uno tiene igual
derecho á su posesion. Conforme á estos principios, nos habia de haber
dexado el padre para acabar nuestro camino. ¿Con que no te queda nada,
hermosa Cunegunda? Ni un maravedí, respondió esta. ¿Y qué nos harémos?
exclamó Candido. Vendamos uno de los caballos, dixo la vieja; yo
montaré á las ancas de el de la señorita, puesto que no me puedo
sentar mas que sobre una nalga, y así llegarémos á Cadiz.
En el mismo meson habia un prior de Benitos, que compró barato el
caballo. Candido, Cunegunda y la vieja atravesáron á Lucena, á Cilla,
y á Lebrixa, y llegaron en fin á Cadiz, donde estaban armando una
esquadra para poner en razon á los reverendos padres jesuitas del
Paraguay, que habian excitado á uno de sus aduares de Indios contra
los reyes de España y Portugal, cerca de la colonia del Sacramento.
Candido, que habia servido en la tropa bulgara, hizo á presencia del
general de aquel pequeño exército el exercicio á la bulgara con tanto
donayre, ligereza, maña, agilidad y desembarazo, que le dió este el
mando de una compañía de infantería. Hétele pues capitan; con esta
graduacion se embarcó en compañía de su Cunegunda, de la vieja, de dos
criados, y de los dos caballos andaluces que habian sido del señor
inquisidor general de Portugal.
En la travesía discurriéron largamente cerca de la filosofía del pobre
Panglós. Vamos á otro mundo, decia Candido, y sin duda que en el es
donde todo está bien; porque en este nuestro hemos de confesar que hay
sus defectillos en lo físico y en lo moral. Yo te quiero con toda mi
alma, decia Cunegunda; pero todavía llevo el corazon traspasado con lo
que he visto, y lo que he padecido. Todo irá bien, replicó Candido; ya
el mar de este nuevo mundo vale mas que nuestros mares de Europa, que
es mas bonancible, y los vientos son mas constantes: no cabe duda de
que el nuevo mundo es el mejor de los mundos posibles. Plega á Dios,
dixo Cunegunda; pero tan horrorosas desgracias han pasado por mi en el
mio, que apénas si queda en mi corazon resquicio de esperanza. Vms. se
quejan, les dixo la vieja; pues sepan que no han experimentado
desventuras como las mias. Sonrióse Cunegunda del disparate de la
buena muger que se alababa de ser mas desdichada que ella. ¡Ay! le
dixo, madre, á ménos que haya vm. sido violada por dos Bulgaros, que
le hayan dado dos cuchilladas en la barriga, que hayan demolido dos de
sus granjas, que hayan degollado en su presencia dos padres y dos
madres de vm., y que haya visto á dos de sus amantes azotados en un
auto de fe, no se como pueda haber corrido mayores borrascas: sin
contar que he nacido baronesa con setenta y dos quarteles en mi escudo
de armas, y he sido cocinera. Señorita, replicó la vieja, vm. no sabe
qual ha sido mi cuna; y si le enseñara mi trasero, no hablaria del
modo que habla, y suspenderia el juicio. Excitó esta réplica fuerte
curiosidad en los ánimos de Candido y Cunegunda, y la vieja la
satisfizo en las siguientes razones.