_De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el doctor
Panglós, y de lo que le aconteció._
Mas que á horror movido á compasion Candido le dió á este horroroso
pordiosero los dos florines que de su honrado anabautista Santiago
habia recibido. Miróle de hito en hito la fantasma, y vertiendo
lágrimas se le colgó al cuello. Zafóse Candido asustado, y el
miserable dixo al otro miserable: ¡Ay! ¿con que no conoces á tu amado
maestro Panglós? ¿Qué oygo? ¡vm., mi amado maestro! ¡vm. en tan
horrible estado! ¿Pues qué desdicha le ha sucedido? ¿porqué no está en
la mas hermosa de las granjas? ¿qué se ha hecho la señorita Cunegunda,
la perla de las doncellas, la obra maestra de la naturaleza? No puedo
alentar, dixo Panglós. Llevóle sin tardanza Candido al pajar del
anabautista, le dió un mendrugo de pan; y quando hubo cobrado aliento
Panglós, le preguntó: ¿Qué es de Cunegunda? Es muerta, respondió el
otro. Desmayóse Candido al oirlo, y su amigo le volvió á la vida con
un poco de vinagre malo que encontró acaso en el pajar. Abrió Candido
los ojos, y exclamó: ¡Cunegunda muerta! Ha perfectísimo entre los
mundos, ¿adonde estás? ¿y de qué enfermedad ha muerto? ¿ha sido por
ventura de la pesadumbre de verme echar á patadas de la soberbia
quinta de su padre? No por cierto, dixo Panglós, sino de que unos
soldados bulgaros le sacáron las tripas, despues que la hubiéron
violado hasta mas no poder, habiendo roto la mollera al señor baron
que la quiso defender. La señora baronesa fué hecha pedazos, mi pobre
alumno tratado lo mismo que su hermana, y en la granja no ha quedado
piedra sobre piedra, ni troxes, ni siquiera un carnero, ni una
gallina, ni un árbol; pero bien nos han vengado, porque lo mismo han
hecho los Abaros en una baronía inmediata que era de un señor bulgaro.
Desmayóse otra vez Candido al oir este lamentable cuento; pero vuelto
en sí, y habiendo dicho quanto tenia que decir, se informó de la causa
y efecto, y de la razon suficiente que en tan lastimosa situacion á
Panglós habia puesto. ¡Ay! dixo el otro, el amor ha sido; el amor, el
consolador del humano linage, el conservador del universo, el alma de
todos los seres sensibles, el blando amor. Ha, dixo Candido, yo
tambien he conocido á ese amor, á ese árbitro de los corazones, á esa
alma de nuestra alma, que nunca me ha valido mas que un beso y veinte
patadas en el trasero. ¿Cómo tan bella causa ha podido producir en vm.
tan abominables efectos? Respondióle Panglós en los términos
siguientes: Ya conociste, amado Candido, á Paquita, aquella linda
doncella de nuestra ilustre baronesa; pues en sus brazos gocé los
contentos celestiales, que han producido los infernales tormentos que
ves que me consumen: estaba podrida, y acaso ha muerto. Paquita debió
este don á un Franciscano instruidísimo, que había averiguado el
orígen de su achaque, porque se le habia dado una condesa vieja, la
qual le habia recibido de un capitan de caballería, que le hubo de una
marquesa, á quien se le dió un page, que le cogió de un jesuita, el
qual, siendo novicio, le habia recibido en línea recta de uno de los
compañeros de Cristobal Colon. Yo por mi no se le daré á nadie, porque
me voy á morir luego.
¡O Panglós, exclamó Candido, qué raro árbol de genealogía es ese! ¿fué
acaso el diablo su primer tronco? No por cierto, replicó aquel varon
eminente, que era indispensable cosa y necesario ingrediente del mas
excelente de los mundos; porque si no hubieran pegado á Colon en una
isla de América este mal que envenena el manantial de la generacion, y
que á veces estorba la misma generacion, y manifiestamente se opone al
principal blanco de naturaleza, no tuviéramos ni chocolate ni
cochinilla; y se ha de notar que hasta el dia de hoy es peculiar de
nosotros esta dolencia en este continente, no ménos que la teología
escolástica. Todavía no se ha introducido en la Turquía, en la India,
en la Persia, en la China, en Sian, ni en el Japon; pero razon hay
suficiente para que la padezcan dentro de algunos siglos. Miéntras
tanto es bendicion de Dios lo que entre nosotros prospera, con
particularidad en los exércitos numerosos, que constan de honrados
ganapanes muy bien educados, los quales deciden la suerte de los
estados, y donde se puede afirmar con certeza, que quando pelean
treinta mil hombres en campal batalla contra un exército igualmente
numeroso, hay cerca de veinte mil galicosos por una y otra parte.
Portentosa cosa es esa, dixo Candido, pero es preciso tratar de
curaros. ¿Y cómo me he de curar, amiguito, dixo Panglós, si no tengo
un ochavo; y en todo este vasto globo á nadie sangran, ni le
administran una lavativa, sin que pague ó que alguien pague por él?
Estas últimas razones determináron á Candido á irse á echar á los
piés de su caritativo anabautista Santiago, á quien pintó tan
tiernamente la situacion á que se vía reducido su amigo, que no
dificultó el buen hombre en hospedar al doctor Panglós, y curarle á su
costa. Esta cura no costó á Panglós mas que un ojo y una oreja. Como
sabia escribir y contar con perfeccion, le hizo el anabautista su
tenedor de libros. Viéndose precisado á cabo de dos meses á ir á
Lisboa para asuntos de su comercio, se embarcó con sus dos filósofos.
Panglós le explicaba de qué modo todas las cosas estaban
peifectísimamente, y Santiago no era de su parecer. Fuerza es, decia,
que hayan los hombres estragado algo la naturaleza, porque no
naciéron lobos, y se han convertido en lobos. Dios no les dió ni
cañones de veinte y quatro, ni bayonetas, y ellos para destruirse han
fraguado bayonetas y cañones. Tambien pudiera mentar las quiebras, y
la justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar á los
acreedores. Todo eso era indispensable, replicó el doctor tuerto, y de
los males individuales se compone el bien general; de suerte que
quanto mas males particulares hay, mejor está el todo. Miéntras estaba
argumentando, se obscureció el cielo, sopláron furiosos los vientos de
los quatro ángulos del mundo, y á vista del puerto de Lisboa fué
embutido el navío de la tormenta mas hermosa.