--Sin embargo--dijo Julia, cuando el médico se hubo ido--por más que el
doctor encuentre el pulso excelente, yo veo el ánimo de Vd. decaido...
¿Qué siente Vd.?
--¡Qué siento! Deploro ver llegar la salud, que vá á robarme la
presencia de Vd. y volverme otra vez para Vd. un extraño.
--¡Ah!--respondió Julia, en tanto que el rubor encendía sus
mejillas--yo creía que el dolor había hecho nacer en nosotros un
sentimiento de fraternidad por ambos comprendido y tácitamente aceptado.
--¡Fraternidad! ¡oh! no se llama así el sentimiento profundo, inmenso,
que llena mi alma. ¿A ese lo acepta V.?--
Julia, bajos los ojos, callaba.
--¡Ah! ¡deje V. que interprete en mi favor ese silencio; indíquemelo
una palabra sola, una mirada!--
Las miradas de los dos jóvenes se encontraron.
Y la mano blanca, fina, satinada, de uñas trasparentes y rosadas, se
posó en las manos de Mauricio, que la llevó á sus lábios.
--¿Para siempre?--demandó el uno.
--¡Para siempre!--respondió el otro.
Y quedaron así, juntas las manos, silenciosos, la mente llena de
radiosas visiones.
--Esposa mia,--dijo Mauricio, saboreando con delicia esta
palabra,--permíteme sellar nuestra eterna union, colocando en tu mano
esta prenda misteriosa que llevé siempre conmigo desde niño, sin saber
quien me la diera ni de donde me venía: persuadido solamente de que
perteneció á mi madre porque lleva sus iniciales y la fecha de su
matrimonio.--
Hablando así, Mauricio quitó del dedo meñique de su mano un anillo de
oro y lo pasó al anular de la de Julia.
La jóven besó aquella reliquia con religiosa uncion.
Su bello semblante habíase tornado grave; su voz suavísima tomó un
acento solemne.
--Si yo dudase--dijo--si yo dudase de la intervencion sobrenatural en
nuestro terrestre destino, desde esta hora habría comenzado á creer en
ella.--
Y abriendo el secreto de un medallon de esmalte negro que llevaba al
cuello, tomó otro anillo de oro que presentó á Mauricio.
--He aquí--le dijo--la alianza nupcial de mi padre, que yo recogí de su
mano, helada ya por la muerte.
Los que moran en el cielo, envían á sus hijos en estos signos visibles,
su bendicion.--
En ese momento las paseantes del jardin invadieron el cuarto, llenos
pañuelos y sobrefaldas de hermosas rosas primaverales, que esparcieron
sobre la cama de Mauricio; en los muebles y hasta en el pavimento.
--Así se quitan los engreimientos--decía riendo, la señora
Sanabria.--Seguid, señoritas, echadle flores; _date lilia_, como dice
Ovidio.
--¡Ah, señoras mias--dijo Mauricio, profundamente conmovido--¡cuánta
bondad! ¿Cómo podré yo, jamás, hacerme digno de ella? ¡Razon tenía el
doctor, que me llamaba feliz!
--¡Ah pícaro! ¡hacía el muerto y nos escuchaba! ¡Niñas, esto merece
juicio y castigo! ¿á qué pena le condenarán Vds.? Eso sí, ¡por Dios! no
ser tan rigorosas como la otra vez.--
Tras breve cuchicheo, alzóse una voz que exclamó:
--Condenado á la concesion antes negada: á ser nuestro comensal.
--¡Bravo!
--¡Bravísimo!
--Honorable tribunal: No sé donde existe la costumbre de que el reo,
despues de oir su sentencia, bese la mano á sus jueces. Yo pido esa
pena más, en mi cruel condenacion.--
Las jóvenes tendieron al sentenciado sus blancas manecitas.
Las viejas, todas muy discretas, lo eximieron de esa verdadera
penitencia.