El desterrado vagaba entre esas grandezas, solo, pobre, desconocido,
como un alma en pena; pero el orgullo nacional sobreponíase á estas
mezquindades, y llenaba de gozo su alma.
Antes de entrar en la morada de los vivos, Mauricio quiso hacer una
visita á los muertos y dirijió sus pasos al cementerio.
En los alrededores de éste, habíanse tambien efectuado suntuosas
trasformaciones. Grutas, lagos, jardines, estátuas, habríanle hecho
creer que se había extraviado, si más allá no se alzara ante él, la
lúgubre fachada.
Mauricio penetró en el triste recinto.
Un sepulturero lo llevó al mausoleo de su familia.
Mauricio despidió al cicerone y quedóse solo.
Delante de él, colocado en un lecho de hierro, estaba el ataud que
guardaba los restos de su padre; y ¡oh! ¡amarga ironía de la casualidad
ó de la providencia! el despojo de aquella que lo dominara en vida,
encerrado ahora en una caja de ébano, pesaba, todavía, como una
obsesion sobre sus heladas cenizas.
En el extremo opuesto, Mauricio divisó aislado y solitario, el sepulcro
de su madre--muerta á la edad de veinte años--decía el epitafio.
A ella dirijió su plegaria y la efusion filial de su alma.....
Dió una severa mirada á las otras dos tumbas, y se alejó murmurando un
_requiescant in pace_ de perdon.
X
El dia siguiente á su llegada, Mauricio dejó el hotel, caro para la
exigüidad de sus recursos, y tomó alojamiento en una casa de huéspedes,
indicada por el que fué su tutor.
Una vez instalado, buscó trabajo en uno de los diarios más acreditados
de Buenos Aires.
Su director, que es un distinguido literato y, además, un hombre
de corazon, hizo al jóven una acojida tan amable como alentadora.
Ofrecióle su amistad, y desde ese dia, dióle trabajos importantes en la
seccion editorial del diario....
No había pasado una semana de la instalacion de Mauricio en la casa de
huéspedes, cuando por una de esas evoluciones de barrio, tan frecuentes
en esta época de transformacion material, aquel edificio fué expropiado
é intimada órden de desalojo.
Los huéspedes se dispersaron; y Mauricio, habiendo de buscar nuevo
domicilio, recordó que en la guia había visto la existencia de un
pensionado que una señora francesa, madame Bazan, tenía en la calle mas
cercana á las oficinas de su diario.
Contento de esta circunstancia y anhelando volver á vivir en un
interior francés, fué á pedir hospedaje en aquella casa.
Madame Bazan, una amable vieja, entre cincuenta y sesenta, recibió con
agrado á Mauricio.
--Con gran pesar mio--le dijo--me es imposible recibir á usted. Mi
pensionado es rigurosamente femenino y de familias en las que no hay
varones.
Capricho ó razon, por acuerdo general, los hombres están excluidos de
este gineceo, verdadera sucursal del antiguo Port Royal de célebre
memoria.
--¡Ah! lo deploro... Pero--insistió Mauricio--mi querida madame,
paréceme que siendo yo por mi contínua ausencia de la casa, un huésped
invisible, bien pudiera relajarse en mi favor, algo de ese terrible
rigorismo.
--Es verdad. Yo lo desearía, por lo menos. Pero ¿qué hacer? Así lo
quieren estas señoras. Son veinte, entre ancianas y jóvenes; ocupan
toda la casa: tienen, por lo tanto, derecho á vivir segun su gusto.
No obstante.... quizá pueda yo arreglarlo de algun modo.
Desde luego, y con sentimiento le digo que no puede ser V. mi
pensionista.
--Me contentaré con que usted me admita como inquilino invisible.
--Contando, desde ahora, con fuertes resistencias, voy sin embargo,
á proponerlo á mis huéspedas; por supuesto, alegando en gracia del
solicitante, las razones por él expuestas.