Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la
grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la
curiosa conversación que tuvieron.
Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba
dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes
allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los
rodea.
Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo,
como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien
había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital.
Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el
duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos
dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un
caballero. «¿Si me engañaré?--me decía a mí mismo--. ¿Será aquél el
hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le
parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me
acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de
la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del
gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado
Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía
sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus
asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida
precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo--le
respondí--, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar
aventuras.» «Tienes razón--me dijo--; mejor estaremos en mi casa. Vente
conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en
buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues
que creo serlo.»
Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar
a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos
un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a
unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como
estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la
cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho
cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala
a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última
de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles
de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la
colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas
sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda
de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un
cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja
de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario
de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho
tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos
libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas
sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo
demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios.
Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación,
me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te
ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!--le respondí sonriéndome--.
Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto.
Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!--me
replicó--. El partido que he tomado es superior a todos los empleos.
Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala,
de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí
nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más
claridad--le dije--, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.»
«Pues bien--me dijo--, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me
he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma
y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!--exclamé riéndome--. Eso es lo que
jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra
cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de
poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la
vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!--replicó--.
Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el
desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no
se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están
en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy
de este número.» «No lo dudo--le dije--. Tú eres un mozo de gran
talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único
que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha
dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada--dijo Núñez--.
Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez,
que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco,
como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice
representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía
un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una
vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión
y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital.
El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen
gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me
despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante
mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso
te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor--le
respondí--, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido
a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me
contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué
locura!--me replicó aquel buen amo--. Ya estás connaturalizado con
el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun
los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo
en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador
cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en
reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados;
de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas
comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de
presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los
escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente
hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra
y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes
hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al
incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás
produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras
viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular
es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con
acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las
composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un
torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas
aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces
de ese bachiller--le dije a Fabricio--que no dudo que una persona de
tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores--respondió
él--, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el
estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones.
Sus versos--dice otro--se parecen en lo obscuro a los que cantaban en
sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También
hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan
presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera
propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía.
Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa
apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi
aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome
bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no
los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía
a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en
donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi
modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En
fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de
Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me
he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca
ahora cantar tus victorias.»
Entonces tomé la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareció
no ser del caso, le hice la relación que me pedía, después de la cual
se trató de comer, y sacó de su armario de ébano servilletas, pan,
un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y
nos sentamos a la mesa con aquella alegría propia de dos amigos que
vuelven a encontrarse después de una larga separación. «Ya ves--me
dijo--mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de
mis compañeros, iría a comer todos los días en casa de las personas
distinguidas; pero además de que el amor al trabajo me retiene de
ordinario en casa, soy un nuevo Arístipo, pues tan contento estoy con
el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la
frugalidad.»
Nos supo tan bien el vino que fué menester sacar otra botella del
armario. De sobremesa le di a entender tendría gusto en ver algunas
de sus producciones, y al instante buscó entre sus papeles un soneto,
que me leyó con énfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me
pareció tan obscuro que nada pude comprender. Conociólo y me dijo:
«Este soneto no te ha parecido muy claro, ¿no es así?» Le confesé que
hubiera querido algo más de claridad; echóse a reír de mí y prosiguió:
«Lo mejor que tiene este soneto, amigo mío, es el no ser inteligible.
Los sonetos, las odas y las demás obras que piden sublimidad no quieren
estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo
su mérito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante.» «Tú te burlas
de mí--interrumpí yo--. Todas las poesías, sean de la naturaleza que
fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Góngora no
escribe con más claridad que tú, te confieso que decae mucho en mi
opinión; es un poeta que, cuando más, no puede engañar sino a su siglo.
Veamos ahora tu prosa.»
Enseñóme un prólogo que me dijo pensaba poner al frente de una
colección de comedias que estaba imprimiendo, y me preguntó qué me
había parecido. «No me gusta más tu prosa--le dije--que tus versos.
El soneto es una algarabía; en el prólogo hay expresiones demasiado
estudiadas, palabras que el público no conoce, frases enredosas, y, en
una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros
de nuestros buenos y antiguos autores.» «¡Pobre ignorante!--exclamó
Fabricio--. ¿No sabes tú que todo escritor en prosa que aspira hoy a la
reputación de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas
expresiones equívocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis
novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en
negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de
Vega, de Solís, de Cervantes y de todos los demás ingenios que critican
nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran número
de sujetos distinguidos, y hasta teólogos contamos en nuestro partido.
Sobre todo--continuó--, nuestro designio es loable, y, fuera de
preocupaciones, nosotros somos más apreciables que aquellos escritores
sencillos que se explican en el lenguaje común de los hombres. No
sé por qué merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sería
bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundían, por lo que
Sócrates dijo a Alcibíades que el pueblo era un maestro excelente de
la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aquí tenemos estilo bueno y
malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo.
En fin, desengáñate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros
antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallardía
de nuestra dicción a la bajeza de la suya. Ellos dirían, por ejemplo,
llanamente: _los intermedios hermosean una comedia_. Y nosotros, con
más gracia, decimos: _los intermedios hacen hermosura en una comedia_.
Observa bien este _hacer hermosura_. ¿Percibes tú toda la brillantez,
la delicadeza y gracia que esto contiene?»
Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: «¡Vete
al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! ¡Tú eres un estrafalario!»
«Y tú, con tu estilo natural--repuso él--, eres un gran bestia.
¡Vé--prosiguió, aplicándome aquellas palabras del arzobispo de
Granada--: _Díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas! ¡Me alegraré logre
usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!_» Repetí mis
carcajadas al oír esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen
humor, me perdonó el desacato con que había hablado de sus escritos.
Después de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la
mesa tan amigos como antes. Salimos con ánimo de ir a pasearnos al
Prado, pero al pasar por delante de un café nos dió gana de entrar.
A esta casa concurrían regularmente gentes de forma. Vi en dos salas
diferentes a algunos caballeros que se divertían de varios modos. En la
una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra había diez o doce
que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No
tuvimos necesidad de acercarnos para oír que el asunto de la contienda
era un punto de Metafísica; porque era tal el calor y vehemencia con
que hablaban que no parecían sino dos energúmenos. Yo pienso que si
se les hubiera aplicado el anillo de Eleázaro se hubieran visto salir
demonios de sus narices. «¡Válgame Dios!--dije a mi compañero--. ¡Qué
fogosidad! ¡Qué pulmones! ¡No parece sino que aquellos disputadores
habían nacido para pregoneros! ¡La mayor parte de los hombres yerran
su vocación!» «Así es la verdad--respondió--. Estas gentes descienden,
al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresalía por
entre el ruido de los carreteros; pero lo que más me disgusta de sus
altercaciones es que atolondran los oídos infructuosamente.» Dejamos a
estos metafísicos gritadores, y con esto se me desvaneció el dolor de
cabeza que me habían causado. Nos fuimos a un rincón de otra sala, y
habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar
a los que entraban y salían. Como Núñez los conocía casi a todos, dijo:
«¡Por vida mía, que la disputa de nuestros filósofos lleva traza de
no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco:
estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ¿ves esos
dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y
cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrás y
delante se llama don Julián de Villanuño. Es un togado nuevo que la
echa del elegante. El otro día fuimos un amigo y yo a comer con él
y le sorprendimos en una ocupación muy singular: se divertía en su
estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un
pleito que está defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes
dentelladas. El licenciado que le acompaña, aquel cara de tomate, se
llama don Querubín Tonto, es canónigo de la iglesia de Toledo y el
hombre más negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la
viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrán por sabio y
de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada
y profunda pone la mayor atención, como si penetrara su asunto, pero
maldita la cosa que entiende. Este fué uno de los convidados en casa
del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi
don Querubín se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los
gestos y demostraciones con que aplaudía nuestros chistes daban una
aprobación superior al mérito de nuestras gracias.»
«¿Conoces--dije a Núñez--a aquellos dos desgreñados que están de codos
sobre una mesa en el rincón, hablando tan bajo y de cerca que parece
que se besan?» «No--me respondió--, no los he visto en mi vida; pero,
según todas las apariencias, serán políticos de café que murmuran del
Gobierno. ¿Ves a ese caballerete galán que, silbando, se pasea por
la sala, sosteniéndose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don
Agustín Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los
aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad.
Aquel a quien se acerca es uno de sus compañeros, que compone versos
prosaicos o prosa en rimas y a quien también sopla la musa. Todavía
hay más autores--prosiguió, señalándome dos hombres que entraban con
espada--. ¡No parece sino que se han citado para venir a pasar revista
delante de ti! Ve allí a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastián
de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala índole, un autor que
parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal maléfico, que se
complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que
hace a don Sebastián, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo.
Poco hace que dió al teatro una comedia, que ha gustado en extremo,
y por no abusar más tiempo de la estimación del público la ha hecho
imprimir.»
El caritativo discípulo de Góngora se preparaba para continuar
explicándome las diferentes figuras del cuadro variable que teníamos
a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de
Medinasidonia diciéndole: «Señor don Fabricio, vengo en busca de usted
para decirle que el duque mi señor quisiera hablarle y espera a usted
en su casa.» Sabiendo Núñez que para satisfacer el deseo de un gran
señor no hay prisa que baste, me dejó al momento por ir a ver lo que
le quería su Mecenas, y yo quedé muy admirado de haber oído tratarle
de _don_ y de mirarle así convertido en noble, a pesar de ser su padre
maese Crisóstomo el barbero.