Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que
se halla Gil Blas y del modo con que salió de él.
Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don
Fernando de Leiva se disponía para dejar a Granada. Visité a este
señor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente
acomodo que me había proporcionado. Viéndome tan gustoso, me dijo: «Mi
amado Gil Blas, me alegro mucho que estés tan satisfecho de mi tío el
arzobispo.» «Estoy contentísimo--le respondí--con este gran prelado,
y debo estarlo porque, además de ser un señor muy amable, nunca
podré agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto
necesitaba para consolarme de la separación del señor don César y de su
hijo.» «No creo que ellos la hayan sentido menos--dijo don Fernando--,
pero puede ser que no os hayáis separado para siempre y que la fortuna
vuelva a reuniros algún día.» Estas palabras me enternecieron de modo
que no pude menos de suspirar. Entonces conocí que mi amor a don
Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto
podía esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre
que se hubiera quitado el obstáculo que me había alejado de ella, don
Fernando advirtió mi ternura, y le agradó tanto que me abrazó, diciendo
que toda su familia se interesaría siempre en mi bienestar.
A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me veía
yo más favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometióle al
arzobispo una apoplejía, pero se acudió con tan prontos y eficaces
remedios que sanó a muy pocos días, aunque quedó algo tocado de la
cabeza. Al primer sermón que compuso, bien lo eché de ver; pero no
hallando bastante perceptible la diferencia que había entre éste y los
antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguardé a
que predicase otro para decidir. Hízolo y no fué menester esperar más:
el buen prelado unas veces se rozaba y repetía; otras, se remontaba
hasta las nubes o se abatía hasta el suelo. En fin, su oración fué
difusa: una arenga de catedrático cansado o un sermón de misión sin
concierto.
No fuí yo solo quien lo notó, sino que casi todos los que le oyeron,
como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decían al oído:
«¡Este sermón huele a apoplejía!» «¡Vamos, señor censor y árbitro
de las homilías--me dije a mí mismo--, prepárese usted para hacer
su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrísima declina; usted está en
obligación de advertírselo, no sólo como depositario de sus confianzas,
sino también por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si
llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sería usted
borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene señalado una
manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.»
A estas reflexiones seguían otras enteramente contrarias, porque me
parecía muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba
no recibiría con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego,
desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad
habiéndomelo inculcado con tanto empeño. Añádase a esto que yo pensaba
decírselo con maña y hacerle tragar suavemente la píldora. En fin,
persuadiéndome que arriesgaba más en callar que en hablar, me determiné
a romper el silencio.
Sólo una cosa me inquietaba, y era no saber cómo sacar la conversación.
Por fortuna, el orador mismo me sacó de este cuidado preguntándome
qué se decía de él en el público y si había gustado su último sermón.
Respondí que sus homilías siempre admiraban, pero que, a mi parecer,
la última no había movido tanto al auditorio como las antecedentes.
¿Cómo es eso, amigo?--respondió sobresaltado--. ¿Habrá encontrado
algún Aristarco?» «No, señor ilustrísimo--le dije--, no son obras
las de Su Ilustrísima que haya quien se atreva a censurarlas; antes
todos las celebran. Pero como Su Ilustrísima me tiene mandado que
le hable con franqueza y con sinceridad, me tomaré la licencia de
decir que el último sermón no me parece tener la solidez de los
precedentes. ¿Piensa Su Ilustrísima de otro modo?» A estas palabras
mudó de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: «Señor Gil
Blas, ¿conque esta composición no es del agrado de usted?» «No digo
eso, señor ilustrísimo--interrumpí todo turbado--; es excelente,
aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrísima.» «¡Ya
entiendo!--replicó--. Te parece que voy bajando, ¿no es eso? ¡Acorta
de razones! Tú crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.»
«Jamás--le contesté--hubiera yo hablado a Su Ilustrísima con tanta
claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto
no hago mas que obedecer a Su Ilustrísima, le suplico rendidamente
no lleve a mal mi atrevimiento.» «¡No permita Dios--interrumpió
precipitadamente--, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso
sería yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino
que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me engañé extremadamente en
haberme sometido a tu limitada capacidad.»
Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo
hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está
acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto,
hijo mío--me dijo--. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo
verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor
homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación.
Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor.
En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces
de decidir que tú. ¡Anda--prosiguió, empujándome para que saliera de
su estudio--y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre
usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!»