De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de
las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores.
Yo tenía un buen caballo y llevaba en mi maleta doscientos doblones,
procedentes la mayor parte de lo que me tocó de los bandoleros que
matamos y de los mil ducados que robamos a Samuel Simón, porque
don Alfonso había restituído generosamente toda la cantidad,
cediéndome la parte que me había tocado. Así, mirando mi caudal por
esta circunstancia como ya legítimo, gozaba de él sin escrúpulo de
conciencia. En una edad como la que yo entonces tenía se confía mucho
en el propio mérito, y fuera de esto, con mi dinero nada creía debía
temer en adelante. Por otra parte, Toledo me ofrecía un agradable
asilo, y no dudaba que el conde de Polán tendría mucho gusto en recibir
en su casa a uno de sus libertadores. Pero este recurso debía ser
cuando todo corriese turbio, y antes de valerme de él quise gastar
parte de mi dinero en correr los reinos de Murcia y Granada, que
deseaba ver con particularidad. Con este intento tomé el camino de
Almansa, de donde, prosiguiendo mi viaje, fuí de pueblo en pueblo hasta
la ciudad de Granada, sin que me sucediese contratiempo alguno. Parecía
que la fortuna, satisfecha ya de tantos chascos como me había jugado,
quería en fin dejarme en paz; pero esta traidora me preparaba otros
muchos, como se verá en adelante.
Uno de los primeros sujetos que encontré en las calles de Granada fué
el señor don Fernando de Leiva, yerno, como don Alfonso, del conde
de Polán. Ambos quedamos sorprendidos de vernos en Granada. «¿Qué es
esto, Gil Blas?--me dijo--. ¿Tú en Granada? ¿Qué es lo que aquí te
trae?» «Señor--le dije--, si usted se admira de verme en este país,
con mucha más razón se maravillará cuando sepa la causa que me ha
obligado a dejar la casa del señor don César y su hijo.» En seguida le
conté cuanto me había pasado con Séfora, sin callarle nada. Causóle
gran risa el lance, y ya sosegado, me dijo seriamente: «Amigo, voy
a tomar por mi cuenta este negocio. Escribiré a mi cuñada...» «¡No,
no, señor!--interrumpí--. ¡Suplico a usted no haga tal cosa! No he
salido de la casa de Leiva para volver a ella. Si usted gusta, puede
emplear de otro modo el favor que le debo. Ruego a usted que si alguno
de sus amigos necesita un secretario o un mayordomo me presente y
recomiende, que doy a usted palabra de no desairar su informe.» «Con
mucho gusto--respondió--. Mi venida a Granada ha sido a visitar a una
tía mía, ya anciana, que está enferma, y todavía pasarán tres semanas
antes que me vuelva a mi quinta de Lorque, en donde ha quedado Julia.
En aquella casa vivo--prosiguió, señalándome una suntuosa que estaba a
cien pasos de nosotros--; venme a ver pasados algunos días, que quizá
te habré ya buscado un acomodo.»
Efectivamente, la primera vez que nos vimos me dijo: «El señor
arzobispo de Granada, mi pariente y amigo, que es un grande escritor,
necesita de un hombre instruído y de buena letra para poner en limpio
sus obras. Ha compuesto, y todos los días compone, homilías que predica
con mucho aplauso. Como te contemplo a propósito para el caso, te he
recomendado y me ha prometido admitirte. Vé y preséntate de mi parte;
por el modo con que te reciba conocerás el buen informe que le he
dado.»
La conveniencia me pareció tal como la podía desear, y así, habiéndome
compuesto lo mejor que pude, fuí una mañana a presentarme a este
prelado. Si yo hubiera de imitar a los autores de novelas, haría
aquí una descripción pomposa del palacio arzobispal de Granada, me
extendería sobre la estructura del edificio, celebraría la riqueza de
sus muebles, hablaría de sus estatuas y pinturas y no dejaría de contar
al lector la menor de todas las historias que en ella se representan;
pero me contentaré con decir que iguala en magnificencia al palacio de
nuestros reyes.
Vi en las antesalas una muchedumbre de eclesiásticos y seglares, la
mayor parte familiares de Su Ilustrísima, limosneros, gentileshombres,
escuderos o ayudas de cámara. Los vestidos de los seglares eran
costosos; tanto, que más parecían de señores que de criados. Se
mostraban altivos y hacían el papel de hombres de importancia. Al
ver su afectación, no pude menos de reírme y burlarme interiormente
de ellos. «¡Pardiez--me decía entre mí--, estas gentes tienen la
fortuna de no sentir el yugo de la servidumbre, porque al fin, si lo
sintieran, me parece que debían ostentar menos altanería!» Acerquéme
a un personaje grave y grueso que estaba a la puerta de la cámara del
arzobispo para abrirla y cerrarla cuando era necesario, y le pregunté
con mucha cortesía si podría hablar a Su Ilustrísima. «Espérese
usted--me dijo secamente--, que Su Ilustrísima va a salir a oír misa
y al paso le oirá a usted.» No respondí palabra. Arméme de paciencia
e hice por trabar conversación con algunos de los sirvientes, pero
aquellos señores no se dignaron contestarme, sino que se entretuvieron
en examinarme de pies a cabeza, y después, mirándose unos a otros, se
sonrieron con orgullo de la libertad que había tenido de mezclarme en
su conversación.
Confieso que me quedé del todo corrido al verme tratado así por unos
criados. Todavía no había vuelto de mi confusión cuando se abrió la
puerta del estudio y salió el arzobispo. Inmediatamente guardaron todos
un profundo silencio; dejaron sus modales insolentes y mostraron un
semblante respetuoso delante de su amo. Tendría el prelado unos sesenta
y nueve años y casi se semejaba a mi tío Gil Pérez, el canónigo; es
decir, que era pequeño y grueso, y además muy patiestevado, y tan calvo
que sólo tenía un mechón de pelo hacia el cogote, por lo cual llevaba
embutida la cabeza en una papalina que le cubría las orejas. Con todo,
noté en él un aire de caballero, sin duda porque yo sabía que lo era.
La gente común miramos a los grandes con una cierta preocupación, que
por lo regular les presta un aspecto de señorío que la Naturaleza les
ha negado. Luego que me vió, el arzobispo se vino a mí y me preguntó
con mucha dulzura qué era lo que se me ofrecía. Le dije era el
recomendado del señor don Fernando de Leiva. «¡Ah!--exclamó--. ¿Eres
tú el que me ha alabado tanto? ¡Ya estás recibido! ¡Me alegro de tan
buen hallazgo! Quédate desde luego en casa.» Dichas estas palabras,
se apoyó sobre dos escuderos, y habiendo oído a algunos eclesiásticos
que llegaron a hablarle, salió de la sala. Apenas estaba fuera, cuando
vinieron a saludarme los mismos que poco antes habían despreciado mi
conversación; me rodean, me agasajan y muestran la mayor alegría de
verme comensal del arzobispo. Habían oído lo que me había dicho mi amo
y deseaban con ansia saber qué empleo debía tener cerca de Su Señoría
Ilustrísima; pero para vengarme del desprecio que me habían hecho, tuve
la malicia de no satisfacer su curiosidad.
No tardó mucho en volver Su Señoría Ilustrísima, y me hizo entrar en
su estudio para hablarme a solas. Yo pensé bien que su intención era
tantear mis talentos, por lo que me atrincheré y preparé para medir
todas mis palabras. Principió haciéndome algunas preguntas sobre las
Humanidades. Tuve la fortuna de no responder mal y hacerle ver que
conocía bastante los autores griegos y latinos. Examinóme después de
dialéctica, y cabalmente aquí era en donde yo le esperaba. Encontróme
bien cimentado en ella y me dijo con cierta admiración: «Se conoce
que has tenido buena educación. Veamos ahora tu letra.» Saqué de la
faltriquera una muestra que había llevado expresamente para este caso,
la que no desagradó a mi prelado. «Me alegro de que tengas tan buena
forma--exclamó--, y todavía más de que tengas tan buen entendimiento.
Daré las gracias a mi sobrino don Fernando porque me ha proporcionado
un joven tan de provecho. ¡A la verdad, que me ha hecho un buen
presente!»
Interrumpió nuestra conversación la llegada de algunos caballeros
granadinos que iban a comer con Su Ilustrísima. Dejélos y me retiré a
donde estaban los familiares, quienes me colmaron de cumplimientos y
obsequios. Comí con ellos, y si mientras la comida procuraron observar
mis acciones, yo no examiné menos las suyas. ¡Qué modestia guardaban
los eclesiásticos! Todos me parecieron unos santos; tanto era el
respeto que me había infundido el palacio arzobispal. No me pasó por la
imaginación que aquello podría ser gazmoñería, como si fuera imposible
que ésta se hallase en casa de los príncipes de la Iglesia.
Me tocó sentarme al lado de un antiguo ayuda de cámara, llamado
Melchor de la Ronda, quien tenía cuidado de servirme buenos bocados.
Viendo su atención, procuré yo tenerla con él, y mi política le agradó
mucho. «Señor caballero--me dijo en voz baja luego que acabamos de
comer--, quisiera hablar con usted a solas.» Y diciendo esto, me llevó
a un sitio de palacio en donde nadie podía oírnos y allí me tuvo
este razonamiento: «Hijo mío, desde el instante que te vi te cobré
inclinación, de cuya verdad voy a darte una prueba confiándote un
secreto que te será de gran utilidad. Estás en una casa en donde se
confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este
terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan
largo y desagradable pintándote los genios de unos y de otros, lo que
podrá servirte de gobierno. No será malo--prosiguió--dar principio
por Su Ilustrísima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente
en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables
sermones morales, que él mismo compone. Veinte años hace que dejó la
corte para dedicarse enteramente a conducir su rebaño; es un sabio y
un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo
le oye con mucho gusto. Tal vez tendrá en esto su poco de vanidad;
pero además de que no toca a los hombres el penetrar los corazones,
no pareciera bien que me pusiese yo a escudriñar los defectos de una
persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa
en mi amo, vituperaría su severidad, porque castiga con demasiado
rigor las flaquezas de los eclesiásticos, cuando debiera mirarlas
con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados
en su inocencia, piensan justificarse jurídicamente desatendiendo su
autoridad. Tiene también otro defecto, que es común a muchas personas
grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios;
los dejará envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algún
acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la
bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrísima,
jamás se acordaría de hacerles el menor bien.»
Esto me dijo de su amo el ayuda de cámara, y siguió dándome razón del
carácter de los eclesiásticos con quienes habíamos comido. Me los
retrató muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me
dijo que eran gentes infames, pero sí bastante malos sacerdotes. No
obstante, exceptuó a algunos cuya virtud alabó mucho. Con esta lección
aprendí el modo de portarme con estos señores, y aquella misma noche,
en la cena, me revestí como ellos de un exterior compuesto. No es de
admirar se hallen tantos hipócritas, cuando nada cuesta el serlo.