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Diciembre 26 de 1900.
Oid la overtura:
La morcilla estupenda para entrar al horno; los faisanes de oro y las
langostas de coral y los pescados de plata aguardando su principal
momento; la nieve sin caer aún, aunque el frío va en creciente; Noël a
las puertas, en los bulevares, en la plaza de la Concordia, en la de la
República, en la de la Bastilla, etc.; las barracas que hacen de la
vasta ciudad una difundida feria momentánea; el Louvre, Dufayel, el Bon
Marché, el Printemps, todos los almacenes fabulosos, caros a la
honorable burguesía, invadidos profusamente por papá, mamá y el niño; en
las chimeneas crepitando la leña y el carbón; los zorros, las martas
cebellinas acariciando los cuellos de las mujeres: el _flirt_ y la
lujuria, con su cómplice el frío; en las calles asaltos y asesinatos con
más furia y habilidad que nunca; la Comedia Francesa lista para dar de
nuevo los tres golpes; un incógnito hombre descuartizado, un nuevo
Farbos que pone a la policía de París, en esta como en varias cosas,
inferior a la de Buenos Aires; y a Krüger, ya, que se lo coma un gato!
Los niños de París esperaron ayer a su Krüger, cuyo parecimiento con el
émulo del anglosajón Santa Claus, el bizarro Ponchon lo ha encontrado en
uno de esos versos periodísticos que suele extraer de sus más preciados
_crus_. Los niños de París... Cabalmente en estos días vuelve a ponerse
de actualidad el asunto de la despoblación de nuestro muy amado país de
Francia. Dadas las estadísticas, parece que la cantidad de nacimientos
disminuye, lo que la traería por resultado ser esta soberbia república
la nación que menos juguetes recibe de la mochila inagotable del buen
hombre Noël. Pierre Louys ha proclamado una vez más su libertad de amor
y Octave Mirbeau ha encontrado una ocasión nueva para clavar todo un
buen carcaj de sus más duras y aguzadas ironías.
La verdad es que se ven pocos niños en París. Puedo asegurar con toda
seriedad, que durante el tiempo que llevo de vecino de esta gloriosa
villa, no he encontrado aún una señora, una mujer, que parezca... ¿cómo
diré? que esté... ¿cuál palabra emplear? que se encuentre en el
estado--digámoslo con cierta elegancia--en el estado de la divina
_Gravida_ del divino Rafael. Está demás que los moralistas redacten
sesudas homilías y que los estadistas señalen el daño. Demasiado ha
dicho y explicado en un libro célebre que conocen los suscriptores de
_La Nación_, Emile Zola.
Otra cosa. Los pocos niños que se encuentran en los jardines, que van a
respirar el oxígeno de los paseos y parques, no tienen, por lo general,
aspecto de niños. Son hombrecitos y mujercitas.
Es raro encontrar la faz de rosas del fresco niño inglés, o la vivacidad
sana de nuestros muchachos. Hay en la mayor parte un prematuro desgaste;
se ve de manifiesto en muchos el lote doloroso de las tristes herencias.
En el parque Monceaux, cerca del bonito monumento de Maupassant,
recuerdo la impresión que me causó un día una chiquilla de ocho a diez
años que se paseaba con su _gouvernante_. ¡Dios mío! la de una verdadera
cocotita, bajo su gran sombrero de lujo, preciosa, coqueta, ya sabia en
seducciones. Arte diabólica es, dije, torciendo el mostacho...
Pero estas son cosas en que puede ocuparse larga y sabiamente M.
Bergeret. Yo sé que en Francia, que en París mismo, hay hogares llenos
de sonrisas, familias en que el árbol tradicional ha encontrado bajo sus
ramas muchas sanas y bellas faces infantiles, muchos bracitos sonrosados
que recibieron con gran contentamiento la muñeca, el tambor y el sable.
El juguete, como todas las cosas, ha sufrido en el tiempo las
modificaciones del progreso, y la mejor lección sobre este objeto ha
sido la curiosa y numerosa exposición que fué uno de los atractivos de
la feria mundial del año que se va. Allí se veían desde las muñecas
arcaicas y primitivas hasta las más modernas y graciosas invenciones que
deleitan a los pequeños. Mas la imaginación de los fabricantes es
inagotable, y, fuera de la fantasía, el juguete tiene también su reino
en la actualidad; refleja las opiniones, los gustos, los sucesos del
día. El país de la Puppenfee tan conocido del europeo Noël y de Santa
Claus, no puede quejarse del daño de la despoblación. Las tribus de
muñecas se perpetúan y multiplican, las familias de bebés _de todas las
clases sociales_ aumentan cada año. He visitado una juguetería y no he
podido sino recordar el delicioso cuento del malogrado y singular Albert
Samain. Hay una almita en cada una de esas figuras; y, si no la hay, es
el caso de creer en la preocupación oriental con los pintores de la
persona humana: el día del Juicio, esos diminutos sujetos que tienen un
«carácter», irán a pedir a sus respectivos creadores una alma, para
presentarse ante el Padre Eterno.
Es algo como un mundo de opio y de pesadilla, o de dulce y gracioso
ensueño; un mundo de Simbad el Marino, o un mundo como el del entierro
de Watteau de los Goncourt--dos sabios niños que tuvieron muy lindos
juguetes--o el mundo animado y parlante del Guignol. Hay allí gentes
simpáticas y gentes odiosas, buenas y malas gentes, y caminos por donde
se va a un pequeñito Molino Rojo, y caminos que llevan al reino de los
cielos. No sabía qué hacer entre tan raros paisajes, complicadas cosas,
extrañas figuras. Y todo se resuelve en la memoria como en una gran caja
en que todas esas cosas fueran echadas a la diabla. Veo los sempiternos
bebés, sencillos, modestos, de los que sabría manejar y amaría mejor en
sus ambiciones cualquier pequeña Coseta, o lujosos, pomposos, con
sombreros como los que lleva la virtuosa Srta. de Pougy, o mi niña del
parque Monceaux; y el bebé Mignon, como hecho de azúcar, que cierra los
ojos, con su trajecillo de satin y encajes; y el Jumeau, con su camisa
Pompadour; y los insultantes, con trajes «firmados», con joyas, con
gemas, muñequitas de princesas--; con una sola de ellas comerían varios
días y tendrían con que calentarse los extrabajadores de la Exposición
que andan matando gente, matando de frío y hambre, por la _banlieue_.
Claro es que en el mundo de esa _féerie_ no faltan ni Pierrot, ni
Arlequín, ni Colombina, y que ví a Pulchinela en ciertas maromas:
también le ví a caballo vestido de sedas y oros. No me dejaron de
turbar, como en la isla del Doctor Moreau de ese extraño y fuerte Wells,
los animales que hacen cosas humanas; el gato zapatero, a pesar de que
hace ya bastantes años, _¡hélas!_ que conozco al Gato Calzado; el conejo
que patina, el cordero biciclista, y un pescado pescador, que estaba,
¡oh, amigo fraternal que gustas tanto de estas cosas! pescando como
nuestro Simón el bobito, en el propio balde de mamá Leonor. Repito que
la confusión era grande y mi espíritu quería hacer amistades por todas
partes. Concertadme estas medidas: cerca de la torre de Babel un
batallón de infantería marchaba en dirección a una pesca de ranas,
mientras un cimbalero se oponía al paso de un triciclo, y un gato
_passe-boules_ maullaba delante de un fonógrafo. A un lado un fuerte de
madera continuaba un lago de estaño, y junto a varios oficiales rojos,
un clown montado sobre un cerdo hacía la _nique_ a un juego de
caballitos y a una batería de cocina con que Shakespeare haría cocinar a
Grano de Mostaza. El director, por ejemplo, de la _Revista Colorada_,
_fâché tout rouge_, creería que yo trato de un poema decadente...
Todos los objetos domésticos, con todos los utensilios de los oficios, y
aparatos de química y de física, y el automóvil, naturalmente, y
anzuelos y boleros, y entre todo eso la Actualidad, con el imposible de
evitar tío Pablo, _le père Krüger_, que no sé lo que hace cerca de unos
chinos armados de flechas, en vez de ir a ponerse al lado de un batallón
de boers, allá lejos, junto a los bebés y que está en peligro de que se
lo coman unos enormes ratones.
¡Ah! los bebés vivos, que se comían con los ojos, ellos sí, a los
ratones, a los Oom Paul, las camitas, los utensilios, los fuertes, todo,
todo el mundo de aquella soñación palpable! Rubios o morenos, sanos y
rosados, o enfermizos, iban con sus mamás, al parecer, algunos, con sus
papás otros, con sus ayas los más. Unos movían las manos, sonriendo,
riendo, como el cimbalero que estaba junto al triciclo; otros graves,
consideraban con afectuosa devoción, y todos ellos no hallaban, no
hallaban qué elegir! En un cupé forrado de rosa, se fueron un tío Pablo,
un pescado pescador, varios sables y fusiles y varios bebés Pompadour.
En otro cupé forrado de lila se llevaron dos lindas conquistadorzuelas,
cuatro muñecas como infantas reales, y dos hermosos muchachos bellos
como los «hijos de Eduardo», prendieron a varios chinos, se apoderaron
de un fuerte, y agregando a esto un _mail_ con sus caballos y un arsenal
de guerra, se fueron, metiéndolo todo en su gran carruaje que se fué
haciendo resonar el pavimento de la inmensa avenida ardiente de luces
que hacían el día.
Yo también tuve mi muñeca, que me costó diez francos--mi asiento de
_loge_--una muñeca viviente y divina, toda ardiente, o dulce, o trágica,
con una cabellera de balada del norte, piernas maravillosas, boca mágica
y muda, pues ni siquiera dice _papá_ y _mamá_, la más encantadora muñeca
que hay hoy en París, desde los días de la Exposición, la que ha
entusiasmado al viejo Ibsen, la rosa de la mímica, la sin igual Carlota
Wiehe. Como Sada Yacco, cuyo idioma exótico no entraba para nada en la
comprensión de sus admiradores parisienses, esta mujer genial es
sencillamente deliciosa. El talento mímico de la extranjera es tan
grande, que Severin, el primer mimo de Francia, dice... que no vale
nada. Ya Sarah Bernhardt había llamado a Sada Yacco una _guenon_, y la
pobre oriental, que no sabe de estas parisianerías, se echó a llorar
desolada. La Wiehe no llora, al contrario, ríe, como la marquesa Eulalia
que quizá hayáis oído nombrar. Y el público está hechizado: y el
teatrito en que trabaja la mima, que es grande como un palco de la
Ópera, está siempre lleno, y hay críticos que le han dicho francamente
que se quede. El juego artístico de esta especial mujer es la
fascinación misma. Sin una sola palabra, el gesto y el movimiento
fisonómicos dicen todo el argumento; en el poema plástico, el ritmo del
ademán, revela una infinita potencia en ese arte de excepción. Y lo que
más maravilla es cómo resulta de todo ese conjunto de detalles
silenciosos, de esa armonía suma en que los ojos y la boca llevan las
dos principales voces sin sonido, y de la felinidad de los hombros y
brazos, y de todo el giro y discurso del cuerpo, el aparecimiento lento
o subitáneo de sensualidad, malignidad, gracia punzante o aterciopelada,
dulcísima o amarga lujuria, caricia, zarpazo gatuno, e inconsciencia
absoluta de su obra terrible y adorable--, la que según el Eclesiastes,
que debe haber sabido mucho de estos asuntos, es más amarga que la
muerte. Para los que no me perdonen este exceso de erudición: la mujer.
Al mirar mover las mandíbulas y mostrar su finos dientes a la Wiehe,
creía yo oir un ruido de fresas masticadas, como si estuviese gustando
corazones. ¡Los que se habrá comido la rubia y rosada gatita del norte!
Al salir del teatro, París se sentó a la mesa. Y la brama y la riqueza y
la lujuria y el dolor y la alegría y la muerte, también se sentaron con
él.
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