LA CASA DE ITALIA

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París, Junio 7 de 1900.

Al comenzar la calle de las Naciones del lado del palacio de los

Inválidos, se destaca la fastuosa fábrica que ha elevado Italia en el

inmenso concurso. Semeja una catedral de piedra y oro, y al llamarla

«catedral» los obreros italianos, han expresado el verdadero estilo

arquitectónico de este fugaz y bello monumento. Un ave de oro abre las

alas, allá arriba, sobre el domo de oro. Juntos la madera y el hierro

sostienen la unidad compacta del atrayente edificio, que es una fiesta,

un regalo para los ojos. Allí se une la ojiva gótica a la manera y

decoraciones del Renacimiento. En la combinación surge a la memoria el

recuerdo soberbio de San Marcos. Los muros coloreados semejan ricos

mármoles. En mezcla pintoresca se juntan elementos cristianos y paganos.

Los amores tejen guirnaldas sobre los fondos rojizos: cabezas esculpidas

se presentan entre los festones y astrágalos. Airosas esculturas vigilan

las entradas laterales: y la luz del sol hace resaltar de manera

gloriosa el conjunto magnífico, quebrándose en los estucados y dorados y

concentrándose en el águila del coronamiento que se asemeja, encendida

por la luz solar, a una llama que vuela. En lo interior, en donde

presiden las efigies del rey y de la reina y de los príncipes herederos

de la corona--(¿por qué no está, en homenaje al valor y a la ciencia, el

del bizarro Duque de los Abbruzzos?)--la idea de encontrarse en una

basílica se acentúa. Los _vitraux_ con sus tamices de color, dejan pasar

la luz amortiguada. La ancha nave en su techumbre de oro ostenta

decoraciones, ligeros frescos, que embellecen la extensión; flores

hábilmente ordenadas forman sus graciosos dibujos; los _iris_ hablan de

paz al monarca de los grandes bigotes y las margaritas sonríen a la

reina.

Hago mi visita a este magnífico pabellón en compañía de un artista y

pensador, Hugues Rebell, el autor de la _Nichina_, de _la Camorra_, de

_l’Espionne de l’Empereur_ y demás obras llenas de pasión y de encanto

verbal. Es un amante de Italia, de todos los países latinos, y se

prepara para partir en seguida a España, a ver la exposición Goya, pues

tiene por propósito publicar un libro sobre aquel soberano maestro y su

obra. Como algunos diarios han atacado la sección italiana de la

exposición y, como para decir verdad, hay un ambiente poco simpático

para Italia, procuro sondear el alma de Rebell, a quien juzgo muy lejos

de sentirse influído por los afectos de la Tríplice. Sé que es un

admirador de _Arrigo Beyle_, _milanese_, y por algo sus mejores obras

tienen por escenario la bella tierra amada de los artistas.

--¿Mi opinión? me dice, con su voz de confesor, callada y aterciopelada.

Que amo a Italia grandemente, y que sobre esta exhibición momentánea, de

industriales hábiles o de artistas verdaderos, veo alzarse el enorme

árbol de gloria de aquel país singular. ¿No recordáis mis _Cantos de la

Lluvia y del Sol_? Cuando he visto Florencia y sus palacios, en donde

sueña todo un pasado de luchas y glorias, cuando he contemplado esas

obras maestras del arte que en todas las calles os llaman a un sueño de

belleza, mi ser se ha estremecido y ha querido clamar: «¡Soy toscano!

¡soy toscano!» Si he nacido en Francia, mi alma debió tomar su vuelo al

sol una mañana de estío, desde las alturas de Fiesole, sobre las bellas

sombras negras de los cipreses, sobre el valle del Arno, lleno del canto

de las cigarras.

A menos que no venga de esas llanuras donde tiemblan los sauces, donde

las viñas en guirnaldas se doblan bajo los racimos, de esas llanuras que

regocijaron la mirada del Sodoma, del Corregio, del gran Leonardo.

Quizás es hija de esa fértil Campania que Ceres y el dios del vino

protegen; tal vez nació a los murmullos del mar amoroso de Baia. Sé

solamente que formáis parte de un paisaje familiar visto en sueños, o

conocido otras veces, ¡oh tierras de luz, montes de azul en la mar azul,

campañas en donde el crepúsculo se eleva en grandes sombras majestuosas!

¡Italia, tierra santa para los que una tarde Virgilio vino a encantar

con su solemne tristeza, para los que vivieron en los siglos de acción

y de belleza, Italia, quisiera arrodillarme y besar tu suelo de

recuerdos! ¿Quién viéndote ahora dormir podrá creer que estás muerta?

¡Oh durmiente, cansada de obras maestras, entre los monumentos de gloria

que diste al mundo, agotada por tantos divinos partos, descansa, que

bien has ganado tu sueño! ¡Cómo, llegada la hora, te alzarás de tu

lecho, presta para nuevas labores y coronada de la diadema! ¡Oh

durmiente! ¿No has sido, aun en este siglo, una gran trabajadora, no

hemos visto unirse el Orgullo veneciano, la Risa de Nápoles, la

Actividad genovesa, la Gracia milanesa, el Espíritu de Florencia, y este

orgullo romano, pesado de las coronas que los siglos amontonaron sobre

su frente? Almas diversas de Italia, no sois ahora sino una alma, pues

tenéis todas un mismo amor: la Belleza. Pero, Italia, cuna de mis

sueños, tú no me has educado; mi madre y mi nodriza es Francia la dulce,

y no quiero ser ingrato con ella ni con mis maestros familiares:

Montaigne, el gran Montesquieu y La Fontaine, ese hijo de las malicias

sonrientes. Mi sueño de amor crece en medio de las lindas y voluptuosas

hijas de Fragonard, en los parques en que Watteau, bajo vastos boscajes,

hace avanzar, con reverencias, jóvenes de nucas rubias, de faldas

amplias y luminosas. Mi deseo y mi pensamiento es Francia quien me los

ha dado; sería incapaz de vivir si se me prohibiese vivir en francés.

Pueblo de fuerza, pueblo de gracia, cuya lengua es vaporosa como un

bello valle en la aurora, cuyas palabras huyen y se desvanecen como el

río entre los sauces, caro genio de sonrisas y de claros pensamientos,

cómo serían mi crimen y mi locura si osara negarte! Preciso es ser un

pesado bebedor de cerveza de ultra Rhin, discípulo de Marx, un pesado

socialista servidor del Vientre, para renegar de la patria. Todo hombre

que tiene una virilidad, todo pueblo que no es esclavo, siente un genio

de fuego palpitar en sí, que le impulsa a dominar. Todo hombre altivo,

todo pueblo noble tiene un orgullo que alimentar, y por él se bate y por

él quiere vencer. Es en esa lucha eterna que se encuentran la gloria y

el gozo de la humanidad, por tanto dinero vertido, tanta sangre regada.

La guerra da la fuerza, dispensa la vida. La guerra es la grande alcoba

de humillación y de orgullo en que un pueblo se baja, o un pueblo se

eleva. Que los alemanes deseen la gloria de Alemania, está bien; yo debo

querer la Francia victoriosa. Todos los pueblos, cada uno a su turno,

estarán a la cabeza del desfile...

La sonrisa de una parisiense, que al ver la cara episcopal de Rebell se

pudo imaginar que el poeta me recitaba una homilía, o me predicaba un

sermón, suspendió la tirada lírica. Estábamos en una de las más bellas

instalaciones del pabellón italiano, la de tejidos y encajes florentinos

y venecianos, que sugieren visiones de épocas novelescas y de escenas

suntuosas, de patricios y de príncipes, de caballeros de largos mantos y

gentiles dogaresas. La cerámica de Salviati nos atrae con sus deliciosas

formas y su delicadeza de líneas y colores, y los frágiles muranos

evocan interiores amorosos, fugaces vidas de flor, la escena

d’annunziana de la Foscarina, o el cuento sutil y simbólico de mi muy

querido Julio Piquet... Y hablan de las pasadas glorias romanas los

bronces, los alabados San Giorgi, y los que el poeta de la Alegoría del

Otoño celebrara en una de sus más admirables páginas, en honor del

fundidor que ha sabido encontrar los viejos procedimientos y, en sus

estatuas y demás trabajos modernos, transmitir la misma alma material

nacida del fuego y de la combinación metálica, que hace inmortales de

belleza las obras antiguas: _To make eternity_, que diría Carlyle. Las

porcelanas halagan la vista con sus colores, aunque entre mucha labor

fina se noten piezas que desmerecen, la censurable promiscuidad. Un

arte, el de la ferretería, que un tiempo tuvo en España su mayor

triunfo, se ve representado aquí por labores de bastante mérito. Mas no

compite lo hoy trabajado con lo que podemos admirar en las viejas rejas

de las iglesias, en maravillas que el martillo dejara para admiración de

las sucesivas generaciones. Los _vitraux_ que se exhiben no son

comparables con los que hoy se hacen en Francia, Alemania e Inglaterra;

pero hay una habitación de Florencia, en que bien se puede colocar el

más moderno y grato sueño de amor. Es un estuche de vida feliz. El

toscano arcaico de las decoraciones, la chimenea en piedra florentina,

el mobiliario que cubre un tejido riquísimo de punto de Hungría, la

tapicería lujosa y graciosa, hacen pensar en las horas incomparables que

una pareja amada de la suerte podría sentir deslizarse en tan exquisito

recinto. Se presentan también a la vista bien trabajados mosaicos; los

asuntos, reproducciones de cuadros religiosos célebres, hacen creer en

encargos parroquiales. En las paredes, al subir las escaleras que

conducen a las galerías superiores, se ven imitaciones hábiles de

antiguos manuscritos iluminados, y en el centro, un gran busto de

Humberto, que no pretende ser una obra maestra, preside. Allá arriba se

despliega la labor de las escuelas; desde las escuelas de artes y

oficios hasta los establecimientos en que las manos de las niñas hacen

sus bordados y labores. La muchedumbre lo invade todo. Quiénes van a

observar las instalaciones de los constructores de navíos; quiénes, un

dibujo; y los grupos de mujeres se detienen delante de las vitrinas en

que se expone un bello tejido de punto, o una miniatura, o un plano.

Allá por la Avenida de Suffren, está Venecia, una reducción para feria,

con imitaciones de las conocidas arquitecturas, góndolas y gondoleros; y

por la noche la iluminación da, en efecto, la sensación de horas

italianas en la ciudad divina, de arte y de amor, mientras se escuchan

músicas de bandolinas y canciones importadas de los canales. A Rebell no

le gustan estas falsificaciones. El autor de la _Nichina_ cree que para

gustar de Italia hay que ir a Italia, y que esta Venecia de guardarropía

es únicamente propia para divertir a los _snobs_ de París y del

extranjero que no han tenido la suerte de sentir cómo es bajo su propio

cielo, el beso de la luz y del aire venecianos, florentinos, milaneses,

napolitanos. Esta Venecia, sin embargo, ayuda a soñar. La imaginación no

necesita de mucho para transportarle a uno a donde quiere, y da idea de

la realidad, al reflejar el agua del Sena las linternas que van como

errantes flores de fuego, en la sombra nocturna, sobre las góndolas

negras. Como el elemento italiano frecuenta mucho este lado de la

Exposición, es frecuente oir sonar el _si_ en labios armoniosos de

hermosísimas italianas. Quiero decir, entiéndase bien, que el _si

suona_. Los franceses y las francesas que se hacen pasear por las

góndolas, no desperdician la oportunidad de chapurrear el italiano, y de

entonar a coro el _Funiculí-funiculá_, o la indestructible e inevitable

_Mandolinata_.

Pero donde Italia triunfa, a pesar de la hostilidad de buena parte de la

crítica, es en el gran palacio de Bellas Artes, con sus artistas

admirables. El desdén proverbial de cierto París se ha hecho manifiesto

ahora al tratarse de pintor tan eximio como Segantini, a quien se ha

dedicado una sala en la sección italiana. Digo de «cierto París», pues

el malogrado artista ha recibido en vida y en muerte el justo homenaje

de la crítica sin prejuicios, en este país difícil. No hay sino recordar

las páginas que a su obra dedicara revista de tanta autoridad como la

_Gazzette des Beaux Arts_. Mas me ha dado pena el leer juicios como el

del crítico de la _Revue Bleue_, en que se desconoce el altísimo mérito

de aquel maestro de luz cuya ideal vida armoniosa tiene pocos parangones

en su siglo. Segantini, el de los dulces y profundos paisajes, el

revelador de las alturas y de las nieves, el rey de los Alpes, ha sido

maltratado por la pluma de más de un revistero ocasional tocado de

_chauvinisme_.

Siento grandemente que mi deber de informador me reduzca a tomar nada

más que rápidas impresiones; si no, sería el momento en que con placer

dedicaría un estudio aislado al adorador de la Naturaleza que ha muerto

en Italia entre el duelo de los intelectuales y la admiración de todas

las gentes, a aquel artista cuyo genio comprendió el alma de las cosas,

el misterio de los animales, y que tenía la cara de Cristo.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 16 / 73 题