Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se

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presentes en el texto.

ORIENTE

OBRAS DEL MISMO AUTOR

=En el país del arte= (viajes).

=Cuentos valencianos.=

=La condenada= (cuentos).

=Arroz y tartana= (novela).

=Flor de Mayo= (novela).

=La barraca= (novela).

=Entre naranjos= (novela).

=Sónnica la cortesana= (novela).

=Cañas y barro= (novela).

=La Catedral= (novela).

=El Intruso= (novela).

=La Bodega= (novela).

=La Horda= (novela).

=La maja desnuda= (novela).

=Sangre y arena= (novela).

=Los muertos mandan= (novela).

=Luna Benamor= (novela).

=ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS=

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR

TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.

FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.

BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.

CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París.

DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.

TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.

A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.

FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.

ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

SCHILF UND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín.

DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán.

CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga.

MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga.

AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.

VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo.

PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

NALOGUIZA OBNAGENNAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París.

LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París.

A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),

Lisboa.

O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa.

Vicente Blasco Ibáñez

ORIENTE

28.000

F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES

Calle de las Germanías, F S

Sucursal: Mesonero Romanos, 42

VALENCIA MADRID

_Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en la

Exposición Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la

Internacional de Buenos Aires de 1910._

_Derechos de traducción reservados en todos los países, incluso Suecia y

Noruega._

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª--VALENCIA

* * * * *

_Este libro--algunos de cuyos capítulos aparecieron antes en_ EL LIBERAL

_de Madrid_, LA NACIÓN _de Buenos Aires y_ EL IMPARCIAL _de México--va

dedicado al ilustre periodista_

=Miguel Moya=

_claro talento, voluntad enérgica, poderoso reformador de la prensa

española._

* * * * *

CAMINO DE ORIENTE

I

La peregrinación cosmopolita

Recuerdo que en cierta ocasión tuve en mis manos un ejemplar de la

_Gaceta Imperial_ de Pekín, y al revolver sus finas hojas de papel de

arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres, sólo

encontré dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman

vulgarmente _tío del bacalao_, ó sea el marinero que lleva á sus

espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsión Scott,

y una botella de largo cuello con la etiqueta «Vichy-État».

Pocas empresas en el mundo habrán hecho la propaganda que la Compañía

Arrendataria de las aguas de Vichy.

Circulan por las calles de la pequeña y elegante ciudad francesa los

pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estación del

ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir

de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. ¿Adonde

van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero.

Una botella irá á morir, derramando el líquido gaseoso de sus entrañas,

en una aldea obscura de las montañas españolas, y la que cabecea junto á

ella no se detendrá hasta llegar á alguna población sueca, cubierta de

nieve, vecina al Polo; y la otra irá á Australia; y la de más allá

arrojará su burbujeante contenido, bajo el sol del África, en un

campamento de europeos, de estómago quebrantado por las escaseces de la

colonización.

Y así como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar á

remotos países sus virtudes curativas, los médicos de toda la tierra por

un lado, y la moda por otro, empujan hacia aquí á las gentes más

diversas de aspecto y de lengua.

París, con ser la más cosmopolita de las ciudades, por la atracción que

ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que

el pequeño Vichy, con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de

la mañana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en torno de

las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar ó ciertos puertos de

Asia, que son como encrucijadas marítimas, en los que se tropiezan y

confunden todos los pueblos y todas las lenguas.

La gente europea, igual y monótona al primer golpe de vista, muestra su

infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos

cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo

su pequeña gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las

pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con

sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los españoles y

americanos, de corbatas vistosas y conversación á gritos; los italianos,

que copian con exagerado servilismo las modas británicas; los franceses,

todos con una roseta ó una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben

envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panamá

ó el sombrero enorme, de alas caídas y cargado de flores, copiado de los

retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan

en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas,

dejan en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta

avalancha de tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita

clara y elevado fez; los chinos, de túnica azul y bonete negro con rojo

botón sobre el trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones,

con femeniles trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y

simiesco; los persas, vestidos á la europea, pero coronando su bigotuda

cara con un gorro de astrakán; dos ó tres _rajahs_ indios, de albas

vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una

religión poética que tuviese por deidades á las flores; judíos sórdidos,

cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y

Túnez, _jeiques_ de tribu, que ostentan sobre el nítido albornoz la

mancha roja de la Legión de Honor y unen á su arrogancia tradicional la

satisfacción de hallarse en su propia casa, como súbditos de la

República francesa. Y juntos con estas gentes extrañas se muestran los

franceses exóticos, los militares venidos de lejanas Francias, los

oficiales del ejército colonial, que llegan á reponerse de las fiebres

de los pantanos tonkineses, del sol que devora á los hombres en las

casas de tierra de Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara ó en

las factorías del Senegal y del Congo; spahis y cazadores de África, de

teatrales uniformes; marinos y coloniales con traje blanco y casco

ligero de lienzo y corcho.

El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes, bajo una gran

cúpula de cristal, es la que realiza el milagro de reunir gentes tan

diversas y de origen tan lejano en esta pequeña ciudad del centro de

Francia, que hace menos de tres siglos dió á conocer la pluma de Mad.

Sévigné.

Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora á las

estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres mil años,

con un fin religioso y de curación al mismo tiempo, á pequeñas ciudades

de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando á la vez la

salud del cuerpo y la certeza del porvenir.

No hay aquí ninguna Pitonisa que, montada en un trípode sobre la fuente

de la _Grand Grille_ ó de los _Celestinos_, profetice nuestra vida

futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de

acreditadas profesoras de cartomancia y magia, venidas de París para

rasgar los sombríos misterios de lo futuro, á razón de veinte francos

por consulta.

No se encuentra una Friné que se muestre desnuda en medio del Parque,

como la irresistible cortesana griega, despojándose de sus velos ante

los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia

limosna de la exhibición de sus gracias; pero las Frinés vestidas son

legión; se cuentan á centenares: unas hablan francés, otras español,

otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas ó simplemente impías;

las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo á puerta

cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaña de

invierno en París ó Marsella, Argel ó Madrid.

Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno

santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro he

contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los

programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y

hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al

olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos

soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa

consulta.

Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es decir que ocupan las

mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes _villas_

rodeadas de flores, cuyos salones de espera están siempre llenos de

clientes.

Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la

ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que

hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles

previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la

sabiduría, el tino con que estos respetables arúspices de la ciencia

combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas

con otras.

--Un vaso de la _Grand Grille_ á tal hora; luego uno de _Celestinos_ á

tal otra. Más adelante variaremos y serán _Chomet_ y _Hôpital_. Sobre

todo, nada de prisas. La curación debe seguir su marcha.

¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los

hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios de teatros,

hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al

viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran por

retenerle á su lado.

En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus

vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el

hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una señora

calla y enrojece, pensando en la tristeza de los árboles, que mueven

sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos beben lo mismo!

La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe más

ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobardía de la

dolencia.

II

Aguas y música

El sol de las primeras horas de la tarde, filtrándose al través del

follaje del Parque de Vichy, extiende un manto temblón de harapos de

sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de

hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de

lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el

vocerío de los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas

llegadas de París, y por los gritos de los cocheros que invitan á

pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio

con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mágico tesoro

arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melancólico adiós de

Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica _Canción de la

Estrella_ que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro

del atardecer.

Vichy es la ciudad de la música. Los viajeros que ocupan los hoteles

inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la mañana, arrullados

por el primer concierto del día. El _Sigur_, de Reyer, lanza sus bélicos

apóstrofes, ó la _Thais_, de Massenet, se entrega á su mística

meditación, arrepintiéndose de sus desórdenes de cortesana, mientras el

viajero se viste y se lava y va á beber el primer vaso del día en la

fuente de la _Grand Grille_. Luego, á las once, empieza otro concierto

en el café de la Restauración, con aditamento de cantantes, y á éste

sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco,

sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevísimos

instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inacción

y Vichy no pudiese vivir sin una melodía interminable vibrando en su

ambiente. Y á las siete, después de la comida, empiezan á la vez, para

durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos

importantes, á más de una representación de ópera en el Gran Teatro y

los innumerables concertistas que _actúan_ en los cafés y _music-halls_.

Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan á Vichy,

durante la temporada termal, para entretener el ocio del público

cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas.

Toda la música del mundo es devorada por el enorme consumo melódico de

esta población, que llaman orgullosamente los franceses la _Reine des

Villes d'Eaux_. Desde el _Fuego encantado_, de Wágner, hasta la _Jota

Aragonesa_ y la _Marcha Real_, la música de todos los tiempos y de todos

los países halaga los oídos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves

de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las

graves notas de una composición de Bach, como se desarrollan picarescos

y juguetones los cantos del _género chico_ español, y se contonea

chulescamente el diabólico tango, haciendo murmurar á los graves señores

condecorados: _Ollé, ollé!_ y moverse los pies de las señoras, que

exclaman: _Comme c'est joli!_

Música y aguas á todo pasto. ¿Y los enfermos?... Los enfermos no se ven

en ninguna parte. Á Vichy se viene á descansar. Además, la mayor parte

de las enfermedades que curan estas aguas son de «larga espera»: males

de estómago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su

aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un

señor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme,

elefantíaco, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de

franela y la pantufla son lo único que revela su enfermedad al

contrastar con el otro pie calzado de charol. Pasan algunas señoras

sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero

van pintadas y compuestas como las demás mujeres, con tal estiramiento

elegante en su enfermedad y tal respeto de sí mismas, que hacen pensar

si en Vichy morirá la gente vistiendo traje de _soirée_ al arrullo del

último vals de moda.

En los bailes del Gran Casino se ven jóvenes con muletas, ó muchachas

que cojean ligeramente, esforzándose por ocultar la flojedad de sus

huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el

frac de los unos y las _toilettes_ escotadas de las otras, parecen

borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonríen, con un deseo

vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar,

baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala

de juego.

Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas

y llevan á mal traer á los suyos, sonríen aquí, y á las seis de la tarde

visten su traje de ceremonia. Venir á tomar estas aguas sin traer un

_smoking_ en la maleta equivale á un sacrilegio.

Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan á Vichy son

favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan

y descansan, bebiendo dos vasos de agua por día y charlando durante el

curso de tres ó cuatro conciertos diarios.

Las buenas relaciones entre Francia y España, su acción común en

Marruecos, han influído para dar mayor boga á nuestra música. Los mismos

compositores de segundo orden, que hace algunos años escribían danzas

rusas y melodías moscovitas en honor de la Doble Alianza, producen ahora

la _Marche des gitanos_, la _Marche des Aficionados_ y otras obras de no

menos color, con fragmentos de la _Marcha Real_ en sordina, repiqueteo

de castañuelas, tintineo de triángulo y golpes de pandero.

La música del género chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres, dúos

de ligera pasión y jotas alborozadas, al alternar con las obras de los

maestros más famosos, alcanza un éxito que no consiguen éstos muchas

veces.

Yo respeto y admiro el llamado _género chico_. De sus libretos, dramas

comprimidos ó sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana

después de haberlos visto. Pero la música de esas obras es una de las

manifestaciones artísticas más respetables y más grandes de la España

actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una ópera española. ¿Para

qué? España ya tiene su música, que no puede ser más suya. Á los pueblos

no hay que forzarlos para que produzcan artísticamente en determinada

dirección, sino aceptar lo que den espontáneamente y celebrarlo, siempre

que tenga una individualidad marcada.

El ilustre maestro Bretón se ha pasado gran parte de su vida batallando

y penando por crear y afirmar la ópera española. Yo he viajado por

varios países de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus

óperas, que pudiéramos llamar solemnes ó grandes, y en cambio, he

escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia _La verbena de la

Paloma_, y la he oído canturrear á gentes de los Estados Unidos.

En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que cada año da al mundo

una canción de moda) los músicos callejeros y las orquestas de los cafés

no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí, Chueca y otros

españoles.

En Venecia, la de las serenatas románticas, he visto las góndolas

cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo

las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la

«Marcha de los marineritos» de _La Gran Vía_.

Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse á desentrañar y

aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no despertar la

atención más allá de las fronteras.

La fama de hermosura y gracia de la mujer española la sostienen hoy,

desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos más

ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando

aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un

moño con claveles se acuerda el gran público de que existe España.

Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la

música fácil, alegre y bizarra del llamado _género chico_, se enteran en

Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos

dedicamos á algo más que á matar toros.

Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á decir, pero no por esto

es menos cierto. La música de _La Gran Vía_ la tocan más en el mundo y

es más conocida que la de _El anillo del Nibelungo_. Ya sabemos que

Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de los que escuchan

conciertos en el extranjero, aunque fingen por _snobismo_ una admiración

de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su

interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo

Graal.

III

Las mesas verdes

El Casino de Vichy es una construcción enorme y blanca, con adornos

serpenteantes de «arte nuevo». Contiene un teatro espléndido, en el que

todas las noches se cantan óperas ó actúan las «estrellas» de la Comedia

Francesa y del Odeón, que hacen su _tournée_ anual: sala de conciertos,

grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos

colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los

muros... Es, en fin, á modo de una catedral moderna, dedicada á toda

clase de diversiones.

De día se forman elegantes grupos de claros colores, bajo las

marquesinas de sus terrazas ó á la sombra de los plátanos de sus

jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con

innumerables bombillas eléctricas, sobre la lobreguez del espacio, las

líneas de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armónicas

curvas de su cúpula central.

En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe

como capilla predilecta un salón blanco, enorme y de alto techo, que

tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la

tarde hasta las últimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto

recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los

pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la

cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante

avanza respetuosamente después de esta advertencia, pisando muchas veces

las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdón á todas las

espaldas que empuja á su paso.

Aglomérase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto á

ellas están sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con

caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de

billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, ó

llevándoselas al pelo con lentos rascuñones que delatan la emoción.

Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que

_apunta_ de tarde en tarde y sigue con interés anhelante las peripecias

del juego; señoras maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de

empañado brillo; _cocottes_ de perfil hebraico; correctos señores

condecorados con un _tic_ de maniáticos en sus hoscas facciones. Todos

se empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego

malsano. Los ojos, que siguen el vaivén de los azules billetes, entre

la paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se

ven en los juicios orales ó en la primera plana de los periódicos cuando

relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede

ser más correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta

nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros;

ellos, elegantes, ostentando en la solapa del _smoking_ condecoraciones

de raros colores, son hombres de una gallardía profesional que hace

recordar á las mundanas retiradas del pecado, y todavía caprichosas, que

aparecen una mañana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas

vacía.

En Vichy son muchos los que confiesan su llegada sin motivo alguno de

enfermedad. Vienen _pour s'amuser_, según declaran con maliciosa

sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran diversión sobrada en

el gran rebaño femenino que atrae la fama de Vichy. Otros, más

complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran

tarde y noche en la sala de juego del Casino. Los exóticos, los venidos

de muy lejos, son los que con más asiduidad se sientan junto á la bayeta

verde.

Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se juega más

fuerte á un fantasma blanco é inmóvil. Es un jeique de Argel. Pálido,

con una palidez de hostia, entre la blancura de sus tocas y la orla

nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de cera. Sus ojos

brillan, inmóviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos del

banquero. Esa frialdad musulmana, desdeñosa y altiva, que permite á los

árabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra

civilización, mantiene al venerable moro inmóvil y sin pestañear.

Pierde, pierde siempre, y su vida parece concentrarse en sus manos, que

se ocultan bajo las blancas vestiduras, escarabajean en el sitio donde

la Legión de Honor se marca como una gota de sangre sobre el nítido

albornoz, y vuelven á crujir, estrujando azules papelillos que arrojan

ante ellas.

¡Pobre jeique!... Veo praderas abrasadas por el sol junto á un riachuelo

africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en negro sobre el

horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos ladran y

corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto

por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cántaro

derecho, ó hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada,

preparando el pan para el día siguiente y haciendo sonar á cada

movimiento los pesados brazaletes de cobre. Los pequeñuelos, panzudos,

de color de ladrillo, con la cabeza rapada y un pincel de pelos en el

cogote, corren persiguiendo á los saltamontes. El jefe está ausente; el

amo se fué, y una tristeza de orfandad pesa sobre la tribu. El médico

del inmediato puesto militar le recomendó unas aguas milagrosas de la

lejana Francia, país de maravillas, y allá vive el gran jefe, mientras

el campamento parece más solo, más triste. ¡Están lejos los días en que

los hombres de la tribu hacían galopar sus caballos y disparaban sus

fusiles en alborazada _fantasía_, para recibir al personaje de kepis

rojo, que en nombre del gobernador general de Argel colocó sobre el

pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de cinco puntas,

motivo de envidia y respeto para las demás tribus del contorno!...

Comienza á morir el sol en el rápido crepúsculo africano; álzase en el

horizonte la nube de polvo de los rebaños; óyese el trote de los

caballos; ladran los mastines, y los jinetes pastores, al echar pie á

tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan

todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la

oración de la tarde: «¿Nada de Francia?...» ¡Nada! Y cuando cierra la

noche, los hijos, los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos

los hombres de la tribu, se duermen envueltos en su albornoz pensando en

el jefe, interpretando su silencio como una señal de grandezas, que les

llenarán luego de orgullo al ser relatadas junto á las hogueras del

invierno. Creen en su sencillez que el jeique condecorado alcanza en el

lejano país de las maravillas los honores que corresponden al venerado

jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y á la misma hora, las

manos finas y pálidas, manos de cera, dejan sobre la mesa verde, de

minuto en minuto, con la regularidad de un reloj que suena la desgracia,

la fortuna y el bienestar de los que sueñan en el lejano campamento

africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el pataleo de las

bestias, el ladrido de los perros y el monótono canto de los grillos. Un

puñado de papeles azules representa una parte de los corderos que se

aprietan durante su sueño, como si presintiesen en el obscuro horizonte

la bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices

de fuego y patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja

en el montón del banquero significa la esperanza perdida de aplacar á

Nathán ó á Samuel, el prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno,

se presenta en la tienda del jefe á hablar de negocios.

Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central, entre brillantes

_toilettes_, veo dormitando en un diván á una mujer obesa y morena. Es

una judía, relativamente joven, pero con su belleza ahogada bajo una

marea ascendente de grasa. El vientre, libre de corsé, se marca como una

cúpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro,

moreno y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas

cejas gruesas y unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un

rebozo de seda y oro, tan majestuoso como sucio. Contempla impasible las

miradas de curiosidad de las mujeres, y vuelve á adormecerse, ansiando

que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido está en la sala

de juego, y la buena Rebeca ó Miryam, sumida en su coraza adiposa,

aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueños, como ángeles de

luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan á unirse al

capital que amasan los dos con una avidez de raza.

En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la

fortuna, son los fieles más fervientes del juego. Parece una

incongruencia, pero cuanto más se ama el dinero, llegando en esta

adoración hasta la manía, más dispuesto se está á arriesgarlo á un azar,

con la locura de la ganancia rápida. En España, los principales

consumidores de billetes de la Lotería Nacional son avaros que apenas

comen. En las timbas y casinos, los _puntos_ más asiduos son

prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala acción por una

peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusión de una

próxima ganancia.

Los artistas, los escritores, hombres poco prácticos, faltos de

habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la

prisa que se dan en separarse de él, apenas se sienten tentados por el

juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas

veces alcohólicos; el eterno femenino complica y desordena los días y

las horas de los más; hasta los hay que en sus pasiones y gustos

desobedecen las órdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y

convencidos yo no conozco ninguno.

Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los demás y siente la

fiebre de quitárselo sin arrostrar persecuciones de la justicia. En

fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que

sirve, y sólo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede

sacarse provecho alguno.

Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que dormía durante la

mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las

casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía con

preferencia á los círculos donde le obsequiaban con algún café, como

_punto fuerte_, y cuando perdía, que era las más de las veces,

ocultábase por unos instantes en el lugar más nauseabundo de la casa, y

extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del

grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete

verde una parte de sus pegajosos habitantes.

--El dinero se ha hecho para jugar--decía sentenciosamente--. Y lo que

quede, si queda algo... para comer.

IV

La ciudad del refugio

Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa

natación, las atropelladas aguas de un río ancho y azul; casas enormes,

de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles;

más allá, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrón

una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; más

allá aún, cierra el horizonte una muralla de montañas, esfumadas por la

distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo así como un

amontonamiento de nubes que á ciertas horas, bajo la luz anaranjada del

sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas

aristas. El río en que nadan los cisnes es el Ródano, que acaba de

nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y

el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, más allá

de las montañas, el famoso Mont-Blanch.

En Ginebra la realidad no responde á las ilusiones y simpatías que trae

el viajero como producto de sus lecturas. ¿Quién no ha amado á la

tranquila ciudad suiza, la _Roma protestante_, que durante dos siglos

fué el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los papas

y los reyes? El respeto á la libertad humana fué y es aún un dogma

religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos

contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos

para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que

cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero.

Aquí se refugiaron los réprobos perseguidos por la Inquisición española

ó por los reyes de Francia; aquí encontraron un asilo, en la República

cristiana, gobernada por el ascético Consistorio, todos los que por

desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde

colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos

nuestro compatriota Miguel Servet, víctima de los rencores de Calvino.

Aquí vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocación del edicto

de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra dió asilo á los románticos

defensores de la moribunda Polonia, á los revolucionarios italianos, á

los revolucionarios españoles, á los apóstoles de _La Internacional_ y á

los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como

perros rabiosos.

Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de

Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo,

ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece

que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una república de

hombres de estudio, llegados á la suprema tolerancia por la elevación de

su pensamiento, y es una población burguesa, llana y monótona, en la que

no creo exista una mediana imaginación: un Estado de relojeros

pacienzudos y vendedores de peletería, que come bien, fabrica excelentes

cronómetros, despacha tabaco barato y da gracias á Dios, cantando lo más

desafinadamente que puede, al son de un mal órgano, en el interior de

los desnudos templos calvinistas ó en grandes mítines religiosos al aire

libre.

En varios siglos de libertad y horizontes sin límites para el

pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor

célebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino

de ocasión, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honró con

el título de ciudadano de Ginebra, siendo lo más contrario del pacífico

y tranquilo burgués de la ciudad del Leman.

Á Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las

ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde

el batallador español Servet que, huyendo del brasero inquisitorial

encendido en nombre de Cristo, cayó aquí en la hoguera, iluminada en

honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los

modernos revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.

El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire

sale en los alrededores al encuentro del viajero.

Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes

de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras

una isleta que marca el límite donde el lago Leman se convierte en el

impetuoso Ródano. Es la isla de Rousseau. Hoy está convertida en pulcro

paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazón de la

ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde

el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes

álamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago.

En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor á

la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende

la originalidad artística de Rousseau y su poderosa influencia

literaria, que aun dura y durará por los siglos de los siglos. Rousseau

introdujo la Naturaleza en la literatura; fué el padrino que tuvo en sus

brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento.

Antes de él, sólo aparecía el hombre como único protagonista en novelas

y poemas. Rousseau infundió vida á cosas hasta entonces inanimadas, y

gracias á su poder de evocación, los pájaros, las flores, las montañas,

el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la

literatura.

Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artístico

el revoloteo y el canto de una alondra, y «este canto--como dice

Sainte-Beuve--saludó el nacimiento de la literatura moderna, con sus

descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus

hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la

escuela romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas,

haciendo hablar á las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos

naturalistas, y su posteridad acabará cuando perezcan la vida y el arte.

Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor á la Naturaleza. El

gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos comerciantes y

tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una

buena mesa y una familia sana.

Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza

del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de «La Llave».

Su _Nueva Eloísa_ tiene á Clarens por escenario, con la superficie azul

del lago, y enfrente las verdes y sombrías cumbres de los montes

saboyanos.

Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra,

otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á ocupar su sitio.

Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas, con un

egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores

dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería

en hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de

la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á

su puerta llegaban con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando

conocer al árbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa.

Era Voltaire.

Su vejez quebrantada buscó refugio en los alrededores de Ginebra,

estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde adquirió la

majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo

tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de

Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo.

Los últimos años de su vida, en medio del campo, á la vista de las

inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los

campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales,

estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los

Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un

gracioso palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos

amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las visitas de

todos los grandes señores que pasaban por Suiza.

El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de

los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en

tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo y cuadros que

recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su

amistad al poeta.

En un extremo del parque se eleva una pequeña iglesia de aldea,

construída por el impío autor del _Diccionario filosófico_ en sus

últimos años.

«_Dea erexit Voltaire_», dice una dedicatoria grabada en la fachada.

Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas humoradas del anciano

de Ferney.

--Esta iglesia que he construído--decía Voltaire--es la única de todo el

universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias construídas

para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva;

España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un

solo templo dedicado á Dios.

En el salón principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un

pequeño mausoleo que guardó el corazón del poeta poco después de su

muerte.

«Su corazón está aquí, pero su espíritu está en todas partes», dice una

inscripción.

Esto es verdad, pero no por completo. El espíritu que está en todas

partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fué como esas

estrellas solitarias que anuncian con su fría luz un amanecer ardoroso.

Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolución. El

plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontraría su espíritu

difundido en la sociedad moderna, mucho más que el aristocrático

patriarca de Ferney.

V

El lago azul

Desciende el viento de las montañas sobre la inmensa copa del lago. Las

aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad

semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como

rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas. Las

barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas

de rojo por las techumbres de los _chalets_ y coronadas por la diadema

negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un

instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia

cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la

ribera de enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos

de viñedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una

caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los

aldeanos vestidos como los coros de una ópera cómica. En el último

término de la azul extensión, las montañas se aproximan, las riberas se

estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente

sobre las aguas, entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere

un carácter áspero y bravío.

Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los pequeños mares

interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil veces por

el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras

sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las

desventuras amorosas de su «Corina», que fué una _superhembra_ de su

época; por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros

tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina

sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras

alpinas de su Tartarín, ó han presenciado la lenta agonía de un anciano

de áspera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la

desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo

Krüger.

Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa

bahía. La imaginación, olvidando las alturas del macizo país suizo,

forja, al través de las montañas, invisibles y lejanos estrechos que

ponen al Leman en comunicación con el Mediterráneo, del cual tiene el

color de las aguas. Pequeños puertos frente á cada población del lago

revelan en sus escolleras de peñascos la irritación de que es

susceptible este poético lago cuando llega el invierno y las ráfagas

que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar

encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta é

incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso que parece haber

presenciado las más remotas leyendas, y la barca de dobles velas igual á

la de los tiempos de la independencia helvética, se rozan y mezclan con

el yate de vapor de los millonarios y las canoas automóviles que

revuelven las aguas con un hervor de tempestad.

La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian á un lado, y enfrente

Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueños

bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por

palacios destinados al hospedaje y orquestas malas á las puertas de los

cafés, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los

buques.

Las diferencias entre ambos países, con ser de poca monta, resultan de

gran interés.

En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes, rodeadas de

hombres que las siguen y las envuelven en las más respetuosas

atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el chic,

ese espíritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qué consiste,

santo _tabou_ que hace caer de rodillas á los salvajes de la imbecilidad

elegante.

En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire

decidido, que van de un lado á otro con la más tranquila audacia. Son

señoras decentes, que pueden moverse con entera libertad, sin miedo á

verse confundidas con una clase que no existe, ó caso de existir,

excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente

protestante.

Á un lado del lago campea el anuncio francés, gracioso y ligero; damas

escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las

excelencias de un chocolate ó unos baños. En la ribera suiza, el cartel

de macizos colores representa siempre una niña ordeñando una vaca, una

osa dando el biberón á un osezno, ó un _chalet_ á cuya puerta bebe

glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaños. La leche y el

oso (animal amado de los suizos y símbolo de su país) son los dos

principales elementos artísticos de este pueblo, que es siempre pesado y

sólido cuando se propone _hacer_ imaginación.

El lago Leman tiene en un extremo más cerrado y abrupto una joya

histórica, un lugar de peregrinación, al que acuden todos los

extranjeros.

El castillo de Chillón vale tanto para los suizos como el recuerdo de

Guillermo Tell. Hasta tiene sobre éste la ventaja de que, siendo muchos

los que dudan de la existencia del héroe suizo, nadie puede dudar de la

del castillo, pues ahí está, cuidadosamente conservado y restaurado,

hundiendo sus cimientos en las aguas profundísimas del Leman y

destacando sobre el verde de las montañas las caperuzas rojas de sus

torres.

Cada país ama lo que no tiene y se lo apropia inventándolo. El plácido

montañés suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio

de una buena digestión, sin conocer brujas ni temer ánimas en pena, en

medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su

existencia con algo terrorífico y espeluznante.

Así como España se esfuerza en demostrar que la Inquisición y las

expulsiones de judíos y moriscos no fueron tan terribles como se ha

dicho, y Francia arregla á su modo lo de San Bartolomé y las Dragonadas,

y todos los países se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el

buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chillón,

especie de Bastilla helvética, con vistas al lago y las montañas, lo

mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con

generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisión de

Bonivard, un patriota ginebrino, mártir igual ó inferior á los miles de

miles de mártires que suman todas las patrias de este planeta, ha

servido de punto de partida á los suizos para cargar al pobre y

sonriente Chillón con toda clase de crímenes.

Entráis en el castillo, confundidos en un rebaño de viajeros ingleses, y

la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da

vueltas á una enorme llave introducida en uno de sus índices, os señala

un hecho espeluznante á cada paso, con una voz monjil, como si estuviera

cantando el domingo en la capilla de lo que llaman «religión nacional».

Ve una viga y os dice al momento: «De aquí colgaban los duques de Saboya

á sus enemigos.» Ante un montón de piedras: «Aquí dormían los condenados

á muerte su último sueño.» En un cuartucho, sin otros muebles que unos

cofres viejos: «Esta era la cámara de tormento donde despedazaban á los

hombres.» Frente á una poterna que se abre sobre el lago: «Por aquí

arrojaban los cadáveres de los condenados. Cien metros de fondo, señores

míos.» En la cocina del castillo, su indignación patriótica, no sabiendo

qué inventar, señala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes

enteros, para que el buen auditorio se diga escandalizado: «¡Pero qué

tíos tan brutos eran los duques de Saboya!...»

Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados

subterráneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra á raudales

la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por los que se ve el

mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus pies en el

azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los góticos

ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán

negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes

bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras,

dándolas palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la

creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una sensación

emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio

franco.»

Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con sus versos «El

prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.

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