Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas (no
sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, y
él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron.
Camila vino hacia mí, dejando la costura, y me dijo: «¿Qué tal?»
En mi sensibilidad fuertemente perturbada hizo aquel _qué tal_ el
efecto de un intenso olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A
punto estuve de hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El
silencio había venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad
bastante para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé
pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que
fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero
y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por
la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué
culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades
más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta.
Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita,
entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy
grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun
venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á
los locos», pensé.
Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome
al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos
dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un
apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted
pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz,
inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es
el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez
de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón.
Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal
oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre
la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole
tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la
tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me
estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué
no hablas?» me dijo al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano.
Dile á entender que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un
libro para que escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor», escribí, no
sin trabajo. Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te
curamos.» «Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las
tres me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por
quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un
garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel,
guardándose los pedazos.
¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme
medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser
el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía
á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las
medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos
derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame
la estricnina. Pensé decirle por escrito que me diera de una vez
la morcilla, para hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta
miseria, rodeado de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo
valerme sin ajeno auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí
para allí, cargándome como á un leño, y haciendo conmigo lo que las
madres de más abnegación hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é
irresponsable. Admiraba yo la caridad de entrambos, y mayormente la de
Constantino, que no tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura
lástima de mí. Dios se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en
plena inmundicia, sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable
á nada. Era la conciencia física que me acusaba en aquella forma tan
grosera como expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido
gravemente, hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con
más gallardía cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese
valor de sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor
llamado bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro
sin duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba
también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les
deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal
moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría,
á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de
gracia.
¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta
asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad y
de sus esfuerzos por buscar _postura_ bonita en su muladar! ¿Qué
discurriría yo para hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué
arbitrios de coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético
giro á mi situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul,
que referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é
inmunda no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había
torcido la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á
pedir un espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil
pegar la punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no
pudiera pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo
difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré
para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!
Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, donde
estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado me
vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de mantas
y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de esas
figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo
infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi
boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre.
Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos
hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.
Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido de
Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no
sé qué habría sido de mí, porque se constituyó en guardián de mis
intereses, y tomó muy á pechos todo lo concerniente á los negocios
míos, que habían quedado en suspenso el día de mi enfermedad. Él y
Medina llevaban adelante con la mayor energía la acción judicial contra
Torres y Samaniego. Ignorábase el paradero de Torres. El agente daba
la cara, ofreciéndose también como víctima, y se prestaba á remediar
el daño hasta donde alcanzaran sus fuerzas. Halléme en las peores
condiciones para alcanzar justicia, pues antes que yo habían de cobrar
los que, como Cristóbal, tenían la garantía legal de la publicación.
Severiano consiguió que el Juzgado embargase la casa de la Ronda; pero
he aquí que el contratista de la obra se echó encima de la finca,
probando que no se le había pagado más que uno de los plazos de la
construcción. En fin, que primero cobraría el contratista; después
Medina, y luego Llorente, yo y los demás, si algo quedaba. De todo esto
me informaba Severiano, atenuando lo desagradable, y dándome esperanzas
que yo no podía tener. Todo iba mal, muy mal para mí, como veréis por
lo que sigue.
A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la
preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y
algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la _te_ y la
_erre_, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el
proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como la
educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á los
que me oyeran. Tal era mi estado, cuando Severiano vino á manifestarme
que las letras que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían
sido protestadas, y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de
resaca. Él hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que
las tenía; pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas,
y no tenía más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito
porvenir! --pensé--. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos
sobre mí: uno contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el
tercero contra mis arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder
mañana mismo para exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta
la última bota de vino.»
--No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta
casa --me dijo Severiano--. Ten presente otra cosa, y es que el día 12
te vencen las letras de Tomás de la Calzada.
Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal
estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de
Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo?
¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando
quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía
yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras
de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de
ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora
de estas últimas era el _Crédito Lyonés_; y no teniendo amistad con
el gerente ni con ningún consejero de ella, no podía esperar que me
diesen la prórroga ó respiro que habría sido tal vez mi salvación.
En estos casos las determinaciones acudían pronto á mi mente, aun
hallándose, como se hallaba, enteramente desquiciada.
--Vete corriendo á ver á Medina --dije á Severiano, parte por señas,
parte escribiendo y algo también con ladridos--. Es el único que
puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta
casa...