II

Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el

proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese

suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos

verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba

que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le

cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida,

reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó

la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después

el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con

ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta

falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades

ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á

todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por

mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.

Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el

sermón interrumpido:

--No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las

cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á

esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á

dar tu _blanca mano_? ¿Te _arrancas_ al fin, te _arrancas_?

--¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! --exclamé sin poder

contenerme--. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de

hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros

te apasionan más que yo!

--Déjame concluir... Eres un egoísta.

--Egoísta tú.

--¿Sabes lo que pienso? --dijo poniéndose grave, pues colérica no se

ponía nunca--. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya...

¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber

quién es el _pendoncito_ que me ha robado el corazón que era todo

mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir.

Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más

objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi

casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor,

un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta

salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y

después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás.

Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!

--Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles --le dije.

Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que

estallé en frases de ira.

--Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía?

Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente

papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima

infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes

inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por

el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de

brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú

misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una

parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal

por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces

mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no

estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes

quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que

los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel

santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme.

Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me

felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo

dicho, para siempre (_cogiendo mi sombrero_). En la vida más vuelvo á

poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.

Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció

muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica

para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como

yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos

hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me

llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de

palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir

sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría

llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante

sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de

la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero

de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su

hermana:

--Quédate á almorzar.

Y á mí también me dijo con acento firme:

--José María, quédate. Espero al _Saca-mantecas_ y nos reiremos mucho.

La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi

debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza

inglesa; pero venció ésta y rehusé.

Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á

Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé

con ardor.

--¡Pobre niño! --dije mientras él, apeándose, subía la silla que se

había corrido á la barriga del caballo--. Aunque no nos hemos de ver

más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este

clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera

cuando su desdichada mamá esté en la miseria.

Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta

presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces

su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y

poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:

--Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que

te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos

vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con

profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un

tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué

te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de

ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas

á ir: ¿con José María ó conmigo?

Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello,

hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como

en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó

la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al

pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la

calle con vivísima opresión en el pecho.

Lo prohibido (novela completa) · 第 44 / 103 题