Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba
ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien
quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que
tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le
gustaba, solía responderme:
--Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.
Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes
después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista
era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel
ausente.
--¡Ay mi nene! --exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los ojos.
Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se le
iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que
echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le despejaba
la cabeza. Otras veces decía con íntima convicción:
--Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, lo
tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes
por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de
Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que
se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga
le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de
Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un
gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que
tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?
--No hagas caso de ese majadero --le respondí con toda mi alma--. ¿Pues
no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos,
según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.
--Llegaremos siquiera á la M --afirmó ella dándome á conocer en el
brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al
que no puedo dar otro nombre que el de _fanatismo de la maternidad_--.
Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino
que se ha de llamar Napoleón.
--¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así,
más guapa, más saludable, más libre de cuidados.
--Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos gemelos.
--¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla --respondí--. Parece
que consideras á los hijos como juguetes... Si tuvieras tantos como
deseas, puede que no fueras tan buena madre como lo has sido en este
primer ensayo. Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy
te enloquece de amor, mañana te hastía.
--¿Te quieres callar? --gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los
ojos con una aguja de media--. Tú no me conoces.
--¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que
declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay
casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino
parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira
ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse
un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...
--Todo eso es obra mía, caballero --observó Camila con acento de
inmenso orgullo--. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento.
Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo
arriba.
«¿Pero no te da vergüenza --le dije-- de que la gente entre aquí y
vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú
sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese
zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo
de cordel, y esa cabeza de bruto.
--¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene
de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi
marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque
no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en
figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo
pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida.
Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo.
--¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.
--Pues no es tan bruto como crees --declaró enojándose--. Yo podría
probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel
de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que
se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.
--Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila;
pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner
fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.
--Pues sí que los tendré --dijo poniendo una cara monísima de niña mal
criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra--;
los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á
Napoleón... y toma, toma, toma hijos!
A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de gloriosos
capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos piedras en
la mano.
--¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa?
Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.
Después se abrazaron y se besaron delante de mí.
--Ea, señores, divertirse, --dije tomando mi sombrero.
--Espera, tontín, y comerás con nosotros. No tenemos principio; pero
en obsequio á tí, abriremos una lata de langosta.
Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, embelesado
con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia pastoril.
De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la preocupaba, y
riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres de capitanes
herejes, sino de santos cristianos.
--Nada, nada --decía Miquis--: el primero que venga se ha de llamar
Belisario.
Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán
de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la
Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan
pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más
dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la
indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté,
ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en
casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la
cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto
en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me
fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían
lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de
amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo,
y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa
salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión
de hierro, aquel gallardo desprecio de la intemperie, aquella
incansable actividad, aquella resistencia al agua fría en todo tiempo,
su coloración sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito
mismo, emblema de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la
fecundidad, me enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego
y la gracia picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la
dentadura, de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol,
blancas como leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños,
mordiéndome el corazón.
La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba
terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto
débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las
notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera
del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel
hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y
que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso!
¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á la
iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa hecha.
Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de armas.
Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no lo había
hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para contrarrestar
los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al poco tiempo, el
recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me daba disposición
para todo. ¡Bendita salud, que es la única felicidad positiva, ó el
fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del
lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por
las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más
destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad
y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la
mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo
que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á
tí.»