II

Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se

circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía

doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí

me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un

rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas

del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo

moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa

perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y

amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No,

esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el

enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi

perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que

Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se

quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado

ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á

la que me había dado á mí su vida y su honor. El _todo por la dama_

se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez

dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas

calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla,

cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no

era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los

demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No,

¡_todo por la dama_! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía,

superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un

_puñado de monedas_?

Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser

una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era

un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la

caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa

todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas,

y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar

intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes

y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en

medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían

devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso!

Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto

horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía

menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con

el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves

famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante,

ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para

gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil

reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro

lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían

el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble

suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del

material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general

y adelante.

Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado

á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me

dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la

senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar

de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de

todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el

arreglo.

Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir

del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco

de España ó de las _Cubas_? Mi tío me decía que no me deshiciera del

Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio

nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á

65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban

alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando

con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de

pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las _Cubas_. Este

papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente

pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso

que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser

de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con

Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía

en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era

jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus

operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me

faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho

seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz

para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces.

El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó

mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa.

Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se

vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes

y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas

y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido

una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el

producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior

á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha

de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré

la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me

daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si

he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la

inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada

operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado

sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos

valores, comprometía quizás un poco su porvenir.

El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna

y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de

propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho,

el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de

terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis

frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le

entró por coleccionar _ojos de gato_ de todos los matices, sino otras

obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué

la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome

brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula

farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por

Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos

celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado

perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal

mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de

nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que

darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin

de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos

derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia,

y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le

pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había

muerto en Madrid algunos años antes.

Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima,

ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían

sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban

en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las

cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad

aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto

á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar,

aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la

pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó

á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello,

cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta

cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la

cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas

riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y

las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras

cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir

en zumbidos insoportables.

Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más

sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino,

y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á

mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su

espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y

diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.

--¿Qué mujer no haría locuras por tí? --añadió luego--. Por tí, no digo

locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.

Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos

celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera

iniciativa y flexibilidad, me dijo:

--No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien

aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré

desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos

días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las

muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de

enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer

en esto del gastar poco.

--Por Dios --indiqué asustado--, nada de celo excesivo.

--Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de

comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna

de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo

que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo

el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan

agradables y que han estado á punto de perderme...!

Tanto entusiasmo me alarmaba.

--No creas --prosiguió--, también hay algo de sacrificio; pero estos

sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median...

lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.

Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías

que había de realizar.

--Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera

M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el

presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he

estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados,

que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la

doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta

parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo

todos los zafiros, todos... Vendo la _rivière_, los cuadros de Sala y

Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc.,

etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima

expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la

_Sociedad de niños_...

--¡Alto allá! --dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda

hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos--. Eso me

parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo

le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos

privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio.

Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo

ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque

subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.

Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y

asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al

triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como

con el de sus caricias.

Lo prohibido (novela completa) · 第 33 / 103 题