VI

Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras:

--Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.

Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa

del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de

platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema

traidora) fué que mi hombre se atracó de _roastbeef_ á la inglesa, y

cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo

el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades

lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus

gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros

cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal

_restaurant_», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos

inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de

odio contra el pobre M. Petit.

Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la

porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de

la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino

sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella

mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación

verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas.

Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las

circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese

lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora

muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por

uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al

espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco

ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:

--Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me

gusta ver entierros...

--Es que no tiene usted la conciencia tranquila --dijo no sé quién,

derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas.

--Me parece que les estoy viendo á todos ustedes --dijo Pilar-- bajando

de patitas al Infierno...

--Como la llevemos á usted por delante...

--¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...

--Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida

exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro

departamento...

--¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!

Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es

verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el

Purgatorio.

Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó,

fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de

cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al

señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad,

muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té

y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi

cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por

el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y

de secreteo, hablóme así:

--¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se

esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.

--Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante.

--¿Y está mejor, es cierto? --me preguntó mirándome de un modo que era

nueva apelación á mi confianza.

--Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre

Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...

--Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es

para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más

triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder

aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...

--Sin duda alguna --le contesté, por contestar algo.

--Dígame usted --añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de

confianza--, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la

marquesa de Cícero?...

--Señora, habla usted como si ya... --respondí espantado.

--¡Qué tonta!... Quiero decir, _dejará_... Es verdad que todavía no ha

concluído... ¡pobrecillo!

--Creo que sí --contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como

mandar un comunicado á la prensa--. Sí: su capital permanece intacto.

--¿Sí?... ¿de veras? --dijo sonriendo y dando al _de veras_ ese dejo

de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular--. O usted se ha

caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de

té para que se le aclaren las ideas.

--Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es

un hombre prudente.

--Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que

usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números.

--Algunos he hecho.

--Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase

el luto, seguirán los grandes jueves?

Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la

situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más

natural del mundo:

--¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es

el último de los jueves habidos y por haber.

--Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero

el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y

si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué

disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría

esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...

En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer,

ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la

corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases

apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa,

pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la

casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un

cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla

de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la

moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba

Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso

acento y expresivo arquear de cejas un _Sea lo que Dios quiera_.

Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego,

que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera

libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo

de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:

--En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la

mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.

De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe.

Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y

tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le

sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño

Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables

excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba

mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por

la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el

coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel.

La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado

consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído:

--Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.

Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y

al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo

supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla

entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el

médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví

en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco

de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo

de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas

un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos

de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no

tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca,

inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio.

Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con

natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el

aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En

mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba,

como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas

y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo,

sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba

la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al

través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico,

con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un

tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida.

--Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.

Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.

--Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted

á su vida habitual.

Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á

entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no

había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.

Lo prohibido (novela completa) · 第 30 / 103 题