En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.
Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:
--¿Vas á venir á acompañarme?
En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la
acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no
aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos,
revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de
nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del
Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á
casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima.
Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á
mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para
verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á
todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del
misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente.
Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante
y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos
en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales...
La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando que
estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto para
colarse dentro. El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de
compras.
Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos con
ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada aún
más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de
ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que
nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé
de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso
patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en
buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos
catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una
ensalada inglesa. Hablé de los _whigs_ y los _torys_, de la reforma
electoral de 1834, del _Habeas corpus_, de la Liga de Manchester y del
_bill_ de cereales. Sir Roberto Peel quedó hecho trizas de tanto como
le manoseamos Carrillo y yo, y no salieron mejor librados lord Chatam,
Cobden, Russell, Palmerston y los modernos Disraeli y Gladstone. Nos
volvíamos ingleses sin saberlo, y esto precisamente cuando mi sangre
andaluza, la savia paterna, obscurecía y anonadaba en mí lo que yo
había recibido del sér británico de mi madre.
Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme en
pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi casa,
_in mente_; la robaba como hacía mi tío Serafín con las baratijas
de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, como en un bolsillo,
reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para
darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las
noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes
alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de
mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque
Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico
y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para
que un hombre se ponga en semejante estado.
Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle.
Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar
turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que
temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo
hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin
darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á
esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún,
nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo.
Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que
equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más
graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando
entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No
tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la
entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y
al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que,
sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me
introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y
callados tubos.
Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla
como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa
de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en
voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á
dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:
--Sí, ya te siento; no creas que me asustas...