En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No
pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á
escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera
una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación
simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía
sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del
motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila,
que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome
al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana,
Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria
sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero
el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras
razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres.
Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en
ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos
hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava
Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...»
«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran
revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran
nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa,
menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía
rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho
haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado,
y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la
sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo
entre sollozos:
--Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para
ver patas arriba á tanto... idiota.
En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla,
el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida
con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado
pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un
poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar
por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies
inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la
urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de
una vez para siempre con los... me parece que dijo «los _mamalones_ que
viven á costa del prójimo.»
--Pero, señoras --dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á
otro para ponerlas en paz--, ¿qué piropos son esos y qué furor de
revoluciones ha entrado en esta casa?...
Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos
demagógicos, les dije:
--Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy.
(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un
velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)
Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro
día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á
chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en
aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones
que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío,
al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos,
distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de
donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna,
como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas
altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por
ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más
bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba
ciegamente el partido de María Juana.
--Un padre debe querer á sus hijos por igual --decía Camila aquel
día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel
alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces
la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba
leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú»,
ó cosa por el estilo.
Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras
sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y
yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis
tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera,
una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una
excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los
criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se
cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un
palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el
día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en
sociedad con varios amigos tenía arrendado.
Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa
paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos
domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas
preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como
se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus
hermanas para aprovecharlas mejor.