Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba
animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la
misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María
Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas
á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su
madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre
cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras,
si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.
Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza
estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles
admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la
conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura
á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado.
Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su
engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después.
Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud,
veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz
que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy
principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños
que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que
ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso;
que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos
de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió,
pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida
obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban
dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero
siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban
los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como
otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que
su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los
transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el
pintoresco traje de Astorga.
Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una
pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid,
y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido
tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y
método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su
generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito
de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si
era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás
desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los
que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué
compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha
trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte
no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando
que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el
ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana
_la ordinaria de Medina_.
En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco
para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más
valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos
éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna
bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas
ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un
tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales,
guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo
que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho
amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir,
que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno
atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento
y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si
no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto
abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...»
Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en
algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y
literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que
su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y
acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en
todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones.
¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y
humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver
su miseria en el paño negro de una levita?
V
Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero
mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa
parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física
creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento,
piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve
por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien
que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta
inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía
ya en la mano y le había hincado el diente.
Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé
en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste
de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su
cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo
por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo
con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo
hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto
exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las
cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como
cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me
produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones
y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer
que Eloísa tenía siempre razón.
La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la
apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que
iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su
carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en
una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes,
de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al
enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar
entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos
sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El
«si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los
labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma
la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación
tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos
hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las
acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la
virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso
por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado,
criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran
por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura
mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado
interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su
carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la
enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en
otro sér.
Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al
despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á
luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo
también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal
y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna.
El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata.
Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios
de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo
de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que
ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no
formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios
más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo
el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros
y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la
herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero,
que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de
presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante
á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido
veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un
triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la
herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura.
Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas;
pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la
mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral,
debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables.
Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda
honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena
de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir,
aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer
esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la
Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine
May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del
conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura
comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas
propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas.
Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una
de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba
simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad
de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases
históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo,
aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo
verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo
el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que,
aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción,
siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen
Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en
morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría
cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había
podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.