Aquel idilio clásico prosiguió tan suave como una égloga de Virgilio y

tan vehemente como una elegía de Tíbulo. Pasarón dejaba transcurrir las

horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cómo sus dedos ágiles

imprimían en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y

cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mínimo espacio

de tiempo, era todavía para sentarse en el comedor al lado del balcón

con un libro en la mano, que recibía menos de la mitad de las miradas

que la ventana de la bordadora.

Y en verdad que ésta merecía tan rendida pasión. En este punto todos

estábamos de acuerdo. Rosarito, por su carácter dulce y humilde, por la

bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de

su voz había conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su

hermana y se concluía por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprendía

el amor de Pasarón; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese

ridícula, lo aprobábamos de todo corazón y deseábamos que terminase

felizmente.

No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos decía riendo

que los amores de Pasarón eran una pasión greco-romana y que, más tarde

o más temprano, concluiría por la intervención fatal y dolorosa del

Destino, como las tragedias clásicas.

Esta broma profética se verificó desgraciadamente. Cuando llegué a casa

una tarde a la hora de comer hallé a Doña Encarnación profundamente

consternada; la criada también parecía estarlo; en los rostros de los

Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se percibían igualmente

señales de mal humor.

--Sabrás--me dijo este último sentándose a la mesa--que nuestro sabio

amigo nos ha dejado.

--¿Pasarón se ha ido?--pregunté sorprendido.

--Sí; Pasarón nos ha soltado con la misma indiferencia con que echaría a

un lado una edición moderna del _Quijote_ impresa en Barcelona con

muchas erratas.

Entonces levanté la cabeza interrogando con los ojos a Doña Encarnación.

--Esta tarde, poco después del almuerzo, me pidió su cuenta y me dijo

que se trasladaba a otra casa donde está de huésped un primo hermano

suyo porque su familia así lo quiere. Comprendí que era un pretexto y le

pregunté si estaba descontento del servicio o de los huéspedes. Me

respondió que no y hasta me aseguró que se marchaba con gran

sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpáticos, que se hallaba

muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es

que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su

equipaje.

Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita

profirió en voz baja con señales de irritación:

--La verdad es que la cortesía no parece por ninguna parte.

--La cortesía, amigo Bruno--respondió Moro--, no tiene el mérito de

haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araña en el archivo

de algún convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.

Sin embargo, antes de que hubiéramos terminado de comer, llamaron a la

puerta y Doña Encarnación entregó a Moro una carta que para él traían.

--La letra es de Pasarón--dijo éste echando una mirada al sobre--, por

lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.

En efecto, era de nuestro amigo, y aunque venía dirigida a Moro como

huésped más antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despedía

de nosotros con palabras corteses y bien aliñadas. Yo eché de menos en

su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los demás

opinaron lo mismo, pero nadie lo expresó en voz alta y se dieron por

satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento

latía en todos los corazones al mismo tiempo, fué que se habló poquísimo

de Pasarón aquel día y en los siguientes casi nada.

Doña Encarnación me comunicó después confidencialmente que había roto

bruscamente sus relaciones con Rosarito enviándole una carta fría de

despedida como había hecho con nosotros. La pobre niña había

experimentado un disgusto tan fiero, que había caído enferma en la cama.

En vista de ello no intenté siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y

su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.

Así transcurrieron algunos días, cuando una mañana al llegar de la

Universidad salió a abrirme la puerta la misma Doña Encarnación. Observé

en su rostro señales de preocupación. Me tomó de la mano con cierto

misterio y hablándome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:

--Tiene usted en su cuarto una visita.

--¿Una visita?, ¿quién es?

--Entre usted; ya lo verá.

Seguí por el corredor lleno de curiosidad, abrí la puerta del gabinete y

vi sentada en el sofá a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa

de vergüenza y confusión se dibujó en sus marchitos labios. Porque

estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos días

de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.

--Perdone usted esta visita que no podrá menos de importunarle--me dijo

con voz apagada.

--Usted no puede importunarme jamás, Rosarito--me apresuré a decirle,

apretándole la mano--. Siéntese y dígame en qué puedo servirla.

Se sentó de nuevo y ruborizándose aún más de lo que estaba, empezó a

balbucir:

--Ya estará usted enterado de que José Luis...

--Sí, sí; ya sé que se ha portado con usted de un modo bien poco

correcto.

--No me quejo. Ningún compromiso formal había contraído conmigo.

Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que

comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del

comienzo de ellas. Me dijo que me quería y yo le entregué mi corazón.

Quizá alguno de ustedes me habrá tildado de presuntuosa, porque es

evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una

familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no

soy más que una pobrecita huérfana que necesita vivir del trabajo de sus

manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar

sus relaciones no me ha movido cálculo alguno de interés. Me sentí

atraída hacia él desde que le conocí. Luego, su trato tan cortés, tan

dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le

quise entrañablemente... le quise como no es posible querer más..., le

quise, le quise y ¿por qué no he de confesarlo si es verdad? ¡le quiero

todavía con todo mi corazón...!

Aquí Rosarito rompió a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, traté de

calmarla.

--Tranquilícese usted, Rosario... Acaso no sea más que una mala

inteligencia... Seguramente harán ustedes las paces.

--Perdóneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero

nada. Estoy segura de que hemos concluído para siempre... Y después de

todo ¿qué tiene de particular? ¿Qué importa que una pobre chica se

enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra,

y que llore, y que enferme? Es cosa que se está viendo todos los días.

--Importa mucho, Rosario. Los empeños del corazón deben ser más sagrados

aún para el hombre que los que están amparados por la ley. Yo he sido

testigo de sus amores como lo han sido mis compañeros; todos sabemos que

José Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una

persona de la familia...

--Es cierto; yo había depositado en él toda mi confianza y mamá le

consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mamá lo estaba

también. ¿Cómo hemos podido tan pronto hacernos la ilusión de que un

joven de la posición y del mérito de José Luis iba de buenas a primeras

a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable

artesana?

--¡Rosario, es usted exageradamente humilde!

--Nada, nada; ha sido una verdadera aberración por nuestra parte... Pero

no se trata ahora de eso. Un sueño es un sueño y la claridad del día lo

disipa. Lo único que me importa en este momento es saber si la ruptura

de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolución espontánea o

si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin

darme cuenta o por algo que contra mí le hayan dicho. En el primer caso

me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y

Dios me dará fuerzas para soportar mi dolor...

Otra vez Rosarito volvió a romper en sollozos, mostrando claramente que

Dios todavía no le había concedido el don de la fortaleza. Al cabo de

unos momentos levantó de nuevo la cabeza, se secó las lágrimas y

prosiguió:

--Pero si puede quejarse de mí por algún motivo o alguien se lo ha hecho

creer, me parece que tengo derecho a saberlo.

--¿No se lo ha preguntado usted por carta?

--Sí; me ha contestado con cuatro líneas. No es bastante. Quiero saberlo

de un modo más claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicándole me

perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los demás

amigos, porque me inspira usted más confianza que ninguno. Además, me

consta, porque se lo he oído muchas veces, que José Luis le estima a

usted de veras y estoy segura de que le escuchará con respeto y

satisfará a sus preguntas.

--Agradezco mucho su confianza, que me esforzaré en merecer, pero se me

figura, Rosarito, que padece usted un error. José Luis no es hombre

pródigo de estimación y no creo que haya malgastado demasiado en mí. Sin

embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me

inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarón a riesgo de sufrir

algún desaire.

--¡Dios se lo pague!--exclamó la pobre niña estrechando fuertemente mi

mano.

Pocas más palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.

--¿Sabe usted, Rosario--la dije al cabo--, que si su mamá se enterase

del paso que acaba de dar la enviaría a usted lo menos por quince días a

la _Piñata_?

Rosarito levantó la cabeza y sonriendo al través de sus lágrimas,

exclamó:

--¡Pobre mamá!

El encargo de conferenciar con Pasarón acerca de este delicado asunto no

era placentero. En primer lugar, yo no tenía derecho alguno a mezclarme

en él, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con José Luis

una amistad muy íntima. Verdad que vivíamos en la misma casa y nos

tratábamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era

puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudiábamos

la misma Facultad, no éramos paisanos, y sobre esto Pasarón me llevaba

tres o cuatro años de edad y muchos grados de superioridad intelectual.

Además, debo confesarlo, Pasarón era un joven de trato fácil y correcto;

pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves

y afables; rara vez contradecía y cuando se veía obligado a hacerlo era

siempre guardando excesivos respetos: aun en las más vivas discusiones

con Moro jamás se descomponía. Y sin embargo, todos advertíamos

secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un

temperamento nativamente frío o por la distracción que engendraba en él

su absorbente pasión por el estudio, no hallábamos en él ese gracioso

abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad.

No parecía que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad,

porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver

pronto su indiferencia hacia las personas y su desdén por los asuntos

que no tocasen directamente a sus estudios.

Me dirigí, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la

promesa que había hecho, quizá demasiado ligeramente, a mi afligida

vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordón de la campanilla, abría

Pasarón la puerta para salir a la calle.

--¿Tú por aquí?--me dijo mostrando alegría y apretándome afectuosamente

la mano.

--Veo que la visita es importuna.

--Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo

prisa.

Como esto debía contrariar sus planes le respondí:

--No; mejor será que te acompañe hasta el sitio donde te dirijas y así

podremos charlar unos momentos; te haré la visita al aire libre... Por

supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscreción...

--Ninguna--replicó satisfecho--. Voy solamente al almacén a dejar estos

libros.

Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que

era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la

plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba

el almacén que había mencionado. Entonces me enteré de que un

comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con

su familia le había cedido una habitación en el sótano de su casa para

guardar los muchos libros que ya tenía.

Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto

objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando

comprendí que íbamos a separarnos traté de detenerle a la puerta.

--Pasa conmigo--me dijo poniéndome amablemente la mano sobre el

hombro--. Te mostraré mi biblioteca.

Entramos en la tienda, me presentó a su dueño y bajamos acto continuo

por una estrecha escalera al sótano. Había allí un olor asfixiante a

chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sacó Pasarón una

llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien

esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban

revestidas de estantería de pino donde se apilaba una cantidad enorme de

libros. Me produjo admiración; pues aunque tenía noticia de que mi amigo

adquiría muchos, no podía imaginar que fuesen tantos.

Pasarón gozó un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de

propietario satisfecho por los estantes me preguntó:

--¿Qué te parece mi biblioteca?

--¡Asombrosa! ¿Cuántos volúmenes hay aquí ya?

--Cerca de cuatro mil.

--No comprendo cómo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de

más recursos que los que solemos poseer los estudiantes.

--Todas mis economías están aquí. Me he privado durante la carrera de

muchas cosas, he engañado algunas veces a mi familia, he fingido

enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta

biblioteca todos los goces de la juventud.

No pude menos de pensar que aquella colección de libros no merecía tan

enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasión

hacia ellos; pero me guardé de expresarlo advirtiendo el deleite, la

extraña voluptuosidad con que Pasarón los contemplaba.

Me mostró con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su

adquisición era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos

heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y

captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarón temblaban

y su voz se alteraba por la emoción.

Confieso que todo aquello me producía un efecto casi cómico. No

comprendía su significado interior, que era el de una victoria personal,

el recuerdo de una lucha tenaz por la posesión de un objeto para él

precioso.

Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de

Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no sabía por dónde ni cómo

embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de

ansiedad empecé de la peor manera posible.

--Amigo Pasarón--le dije repentinamente--, ayer he hablado con

Rosarito.

--¿Rosarito?--me respondió mirándome al través de los lentes con sus

ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en él recuerdo alguno.

--Sí, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio

con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta

a comprender qué pudo haberte empujado a esa resolución que no ha tenido

preparativo alguno, pues el día anterior a tu marcha nada pudo hacerle

sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte

del sentimiento natural que esto le ha producido, pues tú no puedes

dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitación y

de duda; toda se vuelve hacer cálculos sobre los motivos que habrás

tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.

Pasarón cerró el libro que me estaba mostrando y fué silenciosamente a

colocarlo de nuevo en su sitio. Temí haberle ofendido con mi repentina

interpelación y le dije:

--Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y así

se lo hice entender a Rosarito; pero ésta se empeñó en que te hablase

fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si

te he de confesar la verdad, acepté el encargo por la compasión que me

inspira... Está verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te

ha ofendido en algo.

--Absolutamente en nada--contestó resueltamente sin volver la cabeza.

--Si tienes alguna duda de su fidelidad.

--Ninguna.

--Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.

--Nadie me ha hablado de ella.

--Entonces... a la verdad, no comprendo...

Pasarón guardó silencio y siguió examinando con atención los lomos de

los libros. Yo comencé a sentirme embarazado y aún corrido de aquel

silencio y tomé la resolución de despedirme bruscamente. Pero Pasarón se

volvió de pronto, vino hacia mí y poniéndome una mano sobre el hombro me

dijo con grave expresión:

--Escucha, Jiménez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el

curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza

misma. Cuando nos apartamos de él sufrimos las consecuencias enfadosas

que acompañan a la violación de toda ley natural. El mío se me ofreció

bien determinado desde que llegué a la adolescencia. Nadie en el seno de

mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi

vocación. Yo he nacido para esto (_apuntando a los libros_) y a esto he

consagrado mi juventud y consagraré mi vida en adelante. Hasta ahora he

marchado derecho a mi objeto y a él he sacrificado, como acabo de

decirte, los goces que más nos seducen a los jóvenes; porque bien sabes

que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en

la nuestra cantan aún con acentos más melodiosos. Ulises, el más sabio y

prudente de los helenos, necesitó que le amarrasen con cuerdas y cadenas

al mástil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de

flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo,

pobre niño arrojado desde los diez y seis años en la corte, para

sustraerme a sus instancias. ¡Cuántas veces pasando por delante de los

cafés atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los

escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos

preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a

la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuántas veces sentí mis

fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegrías

tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres

pesetas en algún puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de

estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqué de

petróleo... Pero llegó un día, amigo Jiménez, tú lo sabes bien, en que

las sirenas hicieron sonar en mis oídos un canto celestial, un canto al

cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jamás. Y mi

corazón se estremeció, la brújula de mi existencia comenzó a dar saltos

cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se

trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni

dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jamás a

cubierto de sus flechas de oro. El mismo Júpiter, que pretendió

aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo haría este

rapazuelo, se rindió al cabo a sus encantos y le recibió en el Olimpo

entre los dioses patricios. ¡Qué mucho que yo me entregase a él atado de

pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en mí

causó aquel sueño... Desgraciadamente, los sueños no son de mucha

duración. Desperté y en medio del camino de mi vida me hallé como el

Dante en una floresta oscura. Me sentí extraviado, perdido, comprendí

que aquella pasión me alejaba del polo magnético hacia donde había

orientado mi existencia y que jamás conseguiría alcanzar el objeto hacia

el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme

atrás y buscar de nuevo el sendero que había perdido. No puedes siquiera

sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cuánta

batalla librada en mi cerebro, cuánta noche de insomnio, cuanto

desfallecimiento, cuánta lágrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser

lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios

hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las

oposiciones a una cátedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi

edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo

Jiménez--añadió después de una larga pausa--, te ruego encarecidamente

que no hablemos una palabra más de este asunto. Deploro el disgusto que

ha producido mi momentáneo extravío, pero hay que apartar los ojos y el

pensamiento de lo que ya no tiene remedio.

Comprendí que era inútil insistir y me callé. Seguimos hablando de

libros y al poco rato me despedí de él.

¡Pobre Rosarito!

XI

CÓMO LOS ESPÍRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JÁUREGUI

Mi amigo Jáuregui gastaba el dinero a manos llenas. Su tío el marqués de

la Ribera del Fresno era un viejo escéptico, volteriano, que se había

ocupado poco de él mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde

hacía algunos meses había salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.

Era por naturaleza espléndido, y como yo le había entrado por el ojo

derecho se complacía en hacerme cada pocos días un regalito: una caja de

jabones, una boquilla, un bastón y otras chucherías por el estilo.

Cuando alguna vez íbamos juntos al café era imposible que yo pagase el

servicio. Casi a diario tenía a la puerta un coche del Círculo

aristocrático donde almorzaba y a menudo me llevaba en él de paseo a la

Castellana. En estas ocasiones le veía hacerse señas con las beldades

libres más a la moda y, por lo tanto, más caras. Las propinas que

vertía en manos de los cocheros y los mozos de café eran escandalosas

por lo crecidas.

Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se

marchitaba velozmente por la combinación antihigiénica de las

comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega,

Paca la Serrana. Del otro, Sócrates y Pedro el Grande. Era imposible

resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no

tenía más que ojos en la cara.

Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar,

aquella marcha lenta y metódica hacia el cementerio. He aquí cómo se

desenvolvió tan extraño acontecimiento, según los datos que el mismo

interesado me suministró.

Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada

conferencia con Sócrates cuando se le ocurrió preguntar al célebre

filósofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el

primer caso quién sería la mujer a la cual había de llamar esposa. La

respuesta del filósofo fue terminante: «La primera mujer que veas y te

hable, esa será tu esposa.»

Como puede inferirse, este oráculo produjo mucha turbación en el ánimo

de Jáuregui. ¿Quién no se sentiría trastornado al saber que la desgracia

o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado?

Por esta razón, Jáuregui se apresuró a repetirla pregunta temiendo no

haber comprendido bien. Sócrates respondió con la misma precisión,

aunque variando un poco los términos: «La primera mujer a quien vean tus

ojos, a esa debes elegir por esposa.»

En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su

alcoba. Toda su sangre fluyó al corazón.

--¿Se puede?--dijo una voz femenina desde fuera.

Era la de la criada de su planchadora que solía traerle dos veces por

semana la ropa. Jáuregui, sin responder, se precipitó a echar el

cerrojo. No llegó a tiempo. La chica, viendo que no la respondían,

coligió que el señorito no estaba en casa, como de ordinario acontecía,

y empujó la puerta. Al hacerlo tropezó con Jáuregui, que retrocedió

espantado.

--¡Celedonia!--exclamó fuera de sí.

Gruesas gotas de sudor frío le resbalaban por la frente.

La muchacha, sorprendida a su vez, dió unos pasos atrás contemplando con

espanto la fisonomía descompuesta del joven.

--¡Señorito!

Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al

cabo, la chica balbució toda confusa:

--Perdone, señorito..., creí que no estaba en su habitación.

--No hay de qué... Pase usted--murmuró Jáuregui con la respiración

jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignación, mejor

dicho, al abatimiento.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 7 / 21 段