había sido casada en Río Janeiro muy niña con un rico comerciante, que
al morir le legó toda su fortuna. Rica y libre, se vino con su madre a
Europa, y se estableció en París. Allí la conoció Reyes, y consiguió
enamorarla. Su arrogante figura y el prestigio de héroe que le daban sus
aventuras románticas de revolucionario, efectuaron el milagro. Haría
poco más de cuatro años que estaban casados, y la hermosa viuda no tenía
motivo para arrepentirse. El proscripto, a quien había dado su mano, era
a la hora presente general y personaje influyente en España. Sobre esto,
la adoración de Don Luis no cedía un punto de su primera intensidad; su
rendimiento, sus caballerescas atenciones con ella despertaban no pocas
veces una sonrisa entre sus amigos.
--Faltan veinte minutos para las siete--dijo Reyes mirando su reloj--.
Natalia, hija mía, ¿quieres teclear un poco en honor de nuestro huésped?
Amablemente, la niña se levantó de su butaca, y nosotros la seguimos al
salón contiguo, donde se hallaba el piano. Nos sentamos. Natalia se
acercó a mí, y poniéndome una mano sobre el hombro, me preguntó:
--¿Eres aficionado a la música?
--Muchísimo.
--Entonces te haré oír algo escogido.
Se sentó al piano y comenzó a tocar un nocturno de Chopín que yo
conocía. El efecto que en aquel momento me produjo no puede describirse.
Natalia tocaba con una maestría que me pareció insuperable. Era una
profesora consumada. Delante de mí, cerca del piano, se hallaba
Guadalupe, que me espiaba con sus hermosos ojos, y de vez en cuando me
sonreía. Yo creía estar en el cielo. Naturalmente en el cielo de
Mahoma, porque no era lo suficiente espiritual en aquel momento para
entrar en el cristiano.
Me sentía conmovido hasta lo profundo del alma; me acometieron deseos de
llorar. En aquella edad padecía una emotividad exagerada que me hacía
sufrir y gozar como pocos hombres habrán gozado y sufrido en este mundo.
Debí quedar pálido, y, a despecho mío, es posible que una lágrima haya
asomado a mis ojos.
Natalia terminó. Yo, haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, aplaudí con
todas mis fuerzas. Guadalupe se acercó a mí solícita y me preguntó:
--¿Te sientes mal, hijo mío?
--No, señora.
--Es que he observado que tus manos temblaban un poquito y que tu cara
bajaba de color mientras Natalia nos ha hecho oír el nocturno... Me
alegro--añadió sonriendo--de que estas señales de agitación se deban
solamente al efecto de la música. Eso prueba que además de un oído
delicado tienes un corazón sensible.
Si yo hubiera respondido que su voz sonaba más grata en mi corazón que
el nocturno de Chopín, no diría una falsedad. Era una voz angélica que
se deslizaba en los oídos y llegaba a lo más secreto del alma. Cuando la
Naturaleza se decide a fabricar un sér perfecto no abandona ningún
detalle.
--¿Cómo no se ha de sentir mal este chico?--manifestó el General
riendo--. Estará muerto de hambre. ¡A ver, ahora mismo a la mesa!
Y se lanzó al comedor seguido de nosotros.
Nos sentamos a la mesa. Las poéticas emociones que había experimentado
no alteraron poco ni mucho mis facultades digestivas. Comí con el mayor
apetito. Lo mismo el General que las damas me animaban a hacerlo.
Cuando el criado nos sirvió unos salmonetes con salsa, el General dejó
escapar un suspiro y exclamó con acento dolorido:
--¡Oh, qué hermosos salmonetes he pescado con tu padre detrás de las
peñas en la concha de Argañón!
--Mejores los pescas en el Manzanares--dijo Natalia.
Su padre hizo como que se enfadaba, y me confesó que alguna vez se
consolaba tomando el coche y haciéndose conducir a las afueras de
Madrid, cerca del río. Allí se pasaba algunas horas con la caña en la
mano «sólo para recordar tiempos mejores». Ordinariamente venía sin
nada; pero en cierta ocasión trajo una tenca que pesaba libra y media.
--Fué un acontecimiento que ocupó la atención pública varios días--dijo
Natalia--. Había que ver la cara de papá cuando se presentó con la
tenca. Ni que viniese de ganar una batalla a los moros. Y luego ¡qué
cuidados exquisitos para guisarla! No se fiaba del cocinero; él mismo en
persona fué a dirigir la operación. Cuando la sirvieron a la mesa se la
condujo bajo palio, y Guadalupe y yo tocamos a cuatro manos la _Marcha
Real_.
--Ríe, ríe, picarilla--dijo su padre pellizcándola--; pero no es menos
cierto que has hecho los honores a mi tenca y que ambas os habéis
alegrado bastante cuando la he pescado.
--Es natural, como que tu gloria al fin y al cabo refluye sobre
nosotras--dijo Guadalupe.
--¿También tú?--prosiguió el General amenazándola con el dedo.
--Papá, si me prometes no enfadarte te diría una cosa.
--Di lo que quieras.
--¿No te enfadarás?
--Palabra de aragonés.
--Pues bien esta mañana he leído en un periódico la siguiente
definición: «Una caña de pescar es un instrumento al cabo del cual se
encuentra siempre un tonto.»
--¡Bah! Y una pluma es otro instrumento al fin del cual se tropieza no
pocas veces con un asno.
--¿Lo ves cómo te has enfadado?
--No me enfado; pero defiendo el noble arte de la pesca de los ataques
insidiosos que se le dirigen por quien no lo conoce o carece de
aptitudes para practicarlo.
--Será todo lo noble y todo lo difícil que quieras, papá, pero debes
convenir en que no es divertido.
--Si se tratase de la caza...--apuntó Guadalupe.
--¡Estáis en un error! En la pesca existen goces que no puede sospechar
el que no la haya practicado. En primer lugar se respira el aire libre
del mar, se contempla su vasta llanura unas veces en calma, otras
agitada. Es un espectáculo desde luego más sublime e interesante que el
de los jarales que ordinariamente recorre el cazador. Después hay el
misterio, esto es, lo que más seduce al hombre en este mundo. Allá en
las profundidades del agua, invisible siempre, se encuentra lo que
apetecemos apresar. No sabemos si está lejos o cerca de nosotros; pero
llega un momento en que la caña se dobla o en que el aparejo se
estremece en nuestras manos. No podéis sospechar el sabor que tiene tan
precioso instante para el pescador. Esta sensación única, que a nada se
parece, compensa sobradamente la paciencia que hemos gastado
esperándola. Luego comenzamos a ver al prisionero; no sabemos quién es
ni cómo se llama, pero ya se vislumbra su bulto entre los cristales del
agua. Al cabo aparece en la superficie: es una lubina, es un sollo, es
un salmonete. ¡Con qué gozo le asignamos su nombre!
--Pero es un gozo bárbaro--manifestó Guadalupe--. El hombre en la caza y
en la pesca se transforma en animal de presa, espía a su víctima, la
engaña y cuando observa que ya no puede escapar ni defenderse cae sobre
ella, como el gato sobre el ratón, o el ave de rapiña sobre el polluelo.
¡Es innoble!
--Tratándose de la caza, convengo en ello, querida. El cazador sorprende
a un inocente pajarito que es todo alegría y cuya existencia semeja
mucho a la nuestra. Tiene amores, siente celos, riñe combates con su
rival, fabrica su nido, se extasía cantando como un artista y le
impresiona, como a él, la belleza de los días espléndidos y de los
paisajes luminosos... Pero un pez es un sér, cuya inconsciencia linda ya
con la de la materia bruta: no ama ni aborrece; no conoce siquiera; es
mudo; ningún grito denota su sensibilidad. Cuando sale del agua se le
extrae el anzuelo, y pocos momentos después queda asfixiado. Aquí no hay
sangre como en la caza, no hay nada cruento ni doloroso...
Así discutían placenteramente aquellas amables personas.
Yo seguía nadando en el cielo, y cuando hube satisfecho el instinto de
nutrición que en aquella edad gritaba en mí de un modo alarmante, pensé
con tristeza que pronto tendría que separarme de tan grata compañía.
Estaba encantado del padre y de la hija, pero la esposa me tenía
fascinado. Haciendo todo lo posible para disimularlas le dirigía
intensas miradas de admiración. ¿Pasaron inadvertidas? No lo creo. Desde
que hay mundo ninguna mujer dejó de percibir la influencia de sus
encantos sobre un hombre. Me miraba de vez en cuando cerrando un poco
sus hermosos ojos con expresión de afecto, y sonreía. Era su sonrisa
leve, dulce, graciosa, un poco enigmática como la que Vinci puso en los
labios de su Gioconda.
--Por supuesto--añadió el General riendo--, toda esa sensibilidad de que
hacéis gala para mí es música. Tonico tiene razón cuando dice que una
mujer se desmaya viendo matar una gallina; pero se baña en agua de rosas
cuando un enamorado se da un tiro en la frente por ella.
--¿Dice eso Tonico?--preguntó Guadalupe alzando la cabeza y mirando a su
marido con expresión burlona.
--Sí; eso dice, y en mi concepto tiene mucha razón--respondió el General
un poco desconcertado por aquella mirada.
--Es una prueba más del maravilloso ingenio que Dios se ha dignado
conceder a Tonico--replicó la dama con tal acento sarcástico que el
General enrojeció.
--No será un rasgo de ingenio, pero es una gran verdad... Por lo demás,
ya sé de sobra que todo cuanto dice Tonico no tiene para ti sentido
común.
--Perdona que haya puesto mis manos pecadoras sobre el arca santa--dijo
Guadalupe con el mismo tono sarcástico.
--A mí no se me ha confiado ningún arca, pero tengo el deber de defender
a mis amigos. Las mujeres rara vez procedéis con justicia, porque no
razonáis vuestras simpatías o antipatías que son puramente instintivas.
--¿Esa reflexión es también de Tonico?
--No es de Tonico, es mía... Pero si lo fuese ¿qué?
--No es muy galante.
--Cuando se habla en general no hay falta de galantería, porque se deja
siempre un hueco para las excepciones.
Esta corta disputa había introducido una nota agria en aquel suave
concierto. Natalia tenía la frentecita arrugada y sus ojos expresaban
extraño malestar. De esto deduje que el sujeto de quien se trataba no
había logrado captarse la simpatía de las damas.
El General tenía un temperamento impetuoso y colérico, y su mujer, que
debía de conocerle bien, no quiso pasar más adelante en la discusión.
Volviéndose hacia mí me preguntó con tono afectuoso:
--¿Has vivido alguna vez en casa de huéspedes?
--No, señora; jamás he salido de mi casa hasta ahora.
--¡Oh, entonces seguramente va a ser doloroso tu aprendizaje! Echarás de
menos las comodidades de tu casa, la confianza y los cuidados de la
familia.
--A la edad de Angelito no se echa de menos nada más que la libertad
cuando nos privan de ella--dijo el General que estaba ya pesaroso de
haberse puesto serio--. Y no quiero añadir el dinero, porque estoy
cierto de que Angelito sabrá hacer buen uso del que su padre le dé.
La conversación siguió pacífica y alegre. Habíamos llegado a los
postres; y cuando nos disponíamos a tomar el café oímos el timbre de la
puerta.
--¡Es Tonico!--exclamó el General alegremente.
Lo mismo Guadalupe que Natalia permanecieron serias y aun quise percibir
en el rostro de ambas señales de contrariedad.
--El señor Grimaldi--dijo el criado levantando la cortina.
El caballero que se presentó vestía de frac y corbata blanca. Para
representarse lo que era físicamente, no hay más que recordar los
figurines de los sastres. Aquellos rostros excesivamente lindos,
correctos, perfilados, impecables daban cabal idea del suyo. La frente,
la nariz, la boca, los cabellos negros esmeradamente peinados, el bigote
y la perilla, todo era perfecto. Los soldaditos de papel con que juegan
los niños también parecían fotografías suyas. No le faltaban siquiera
las fuertes rosetas en las mejillas. En cuanto a su frac; la pechera
reluciente, como un espejo, de su camisa; la botonadura de perlas, la
fina cadena de su reloj pendiente de uno de los bolsillos del chaleco a
la moda del Imperio, las botas de charol; nada podía darse más flamante
e irreprochable. Podía contar de treinta y ocho a cuarenta años de edad,
algunos menos, por lo tanto, que su amigo el General.
Como persona de entera confianza y de las que se ven todos los días
estrechó silenciosamente la mano de los tres, principiando por Guadalupe
y concluyendo por Natalia, cuyo rostro azotó cariñosamente con los
guantes que empuñaba en una mano. Si he de decir la verdad, no observé
cordialidad más que en el General al recibirle. Este me presentó a él y
nos saludamos ceremoniosamente.
Don Antonio Grimaldi era aragonés como Reyes, perteneciente a una
familia opulenta de negociantes. Se habían conocido y tratado en
Zaragoza; estuvieron algunos años sin verse y, al fin, se tropezaron en
París poco después de haberse celebrado el matrimonio del General.
Grimaldi residía desde hacía tiempo en aquella ciudad llevando la vida
del soltero rico. Era conocido en los _boulevares_, en los restaurantes
de moda, en las carreras de caballos y en las salas de armas. Aunque en
Zaragoza no habían sido amigos muy íntimos, porque la diferencia de edad
en la juventud es más apreciada, al encontrarse en el Extranjero se
estrechó su amistad hasta hacerse fraternal. Quizá la misma diferencia
de temperamentos contribuyese a afirmarla.
Era el General ruidoso y expansivo en grado sumo. Su amigo, por el
contrario, frío y reservado como un diplomático veneciano. A aquél se le
iba la lengua a menudo, hablando más de lo que aconseja la prudencia.
Este la retenía alguna vez más de lo que prescribe la cortesía.
Correcto e irreprochable en sus modales, como lo era en su traje,
Grimaldi permanecía silencioso voluntariamente largos ratos, y cuando se
decidía a tomar la palabra, lo hacía con cierto esfuerzo, cual si se
viese obligado contra su gusto a ello. Como el General era un charlatán
sempiterno, no es maravilla que se encontrase a gusto con tan sempiterno
oidor.
Sin embargo, solía embromarle por este su temperamento inalterable.
--Tonico, eres como el viento que sopla del Guadarrama, fino, glacial,
que no apaga una bujía y es capaz de matar un hombre.
Grimaldi sonreía con el borde de los labios.
Cuando se cruzaron pocas palabras sobre asuntos indiferentes, Guadalupe
se levantó diciendo:
--Con permiso de ustedes voy a vestirme.
--Yo también me voy a poner el frac. Esta noche debemos ir a la Embajada
de Italia.
Quedamos en el comedor Natalia, Grimaldi y yo. La niña se puso a hablar
conmigo animadamente sin hacer caso de Grimaldi, el cual abrió un
periódico que estaba sobre la mesa, y se puso a leer.
No tardó en presentarse el General, y entonces Grimaldi tomó parte en la
conversación. Al cabo apareció también Guadalupe. Venía espléndidamente
ataviada y ostentando preciosas joyas: grandes solitarios en las orejas;
en los cabellos una mariposa de brillantes y en el cuello una magnífica
_rivière_ de las mismas piedras.
Se dió la señal de partida, y me despedí de Natalia que era la única
que se quedaba en casa. Me apretó la mano con aquella su franqueza
efusiva que la hacía tan amable.
En la calle, el General volvió a abrazarme y a ofrecerse con el mismo
afecto y cordialidad: me hizo prometerle que vendría a comer con ellos
todos los sábados. Guadalupe me alargó su mano que yo estreché temblando
de emoción. Montaron en el coche. Grimaldi me hizo una profunda
reverencia y montó en el suyo, que era elegantísimo y arrastrado por dos
magníficos caballos extranjeros.
Cuando partieron, permanecí unos instantes inmóvil. Luego principié a
caminar cabizbajo hacia mi casa en un estado de extraña y dulce
turbación.
IV
CORRO PELIGRO DE CAER EN RIDÍCULO Y AÚN PRESUMO QUE HE CAÍDO
Los sábados comía, pues, en casa de Reyes. Después me llevaban consigo
al teatro, unas veces al _Real_, otras al _Español_ o a la _Zarzuela_;
porque en los principales de Madrid tenía la familia del General un
turno de platea. En estas ocasiones yo echaba el resto en la
ornamentación de mi persona. Me había encargado un traje de frac y unas
botas de charol, compré el sombrero de copa más reluciente que pude
hallar en la capital y celebré largas conferencias con la planchadora
que me había recomendado Doña Encarnación acerca de la pechera y los
puños de mi camisa, conjurándole por lo que más amase en este mundo a
que pusiera en ellos los recursos de su arte, el alma y la vida.
No bastaba esto. Era necesario además que el peluquero del entresuelo me
frotase la cabellera con aguas perfumadas, me la peinase y me la rizase
con tenacillas, que me diese brillantina y un toque de cosmético al
bigote. Mi cabeza era un puro rizo y debía semejar bastante a la de un
negrito de Angola; pero yo estaba satisfecho de ella y me parecía una
verdadera obra de arte.
El que lea estos renglones habrá ya adivinado para quién se preparaban
estas armas mortíferas. Sin embargo, tal vez se haya pasado de suspicaz,
porque yo mismo no estaba bien seguro de lo que pretendía y si me
dijesen en aquellos días que aspiraba a seducir a la bella señora del
general Reyes me hubiera ruborizado y rechazaría la especie con
indignación. Lo único de que estaba cierto era de que aspiraba a
mostrarme ante ella con todas las ventajas físicas con que a Dios plugo
favorecerme.
Debo confesar, aunque me duela el hacerlo, que mis proyectiles caían en
la plaza, pero no estallaban. Yo no podía atribuír este resultado a
defecto de fabricación, porque estaba perfectamente seguro de mi
planchadora, de mi zapatero, de mi sastre y de mi peluquero. Tal vez la
Providencia, velando por la seguridad de aquella preciosa mujer, evitase
milagrosamente su explosión.
En casa de Reyes me recibía todo el mundo con cordialidad. El General se
alegraba mucho de verme y reía y tosía hasta reventar contándome
repetidas veces los graciosos episodios de sus días de pesca en compañía
de mi padre. Natalia me acogía con su habitual franqueza un poco ruda
pero siempre cariñosa. Y en cuanto a Guadalupe, me trataba siempre como
una verdadera madre.
Pues bien, esto era precisamente lo que yo no podía sufrir. Aquel tono
maternal que conmigo usaba en vez de infundir gratitud en mi corazón lo
llenaba de despecho. Porque hablemos claro, ¿qué motivos existían para
ello? Aunque contase diez o doce años más de edad que yo, por ley
natural no podía ser mi madre. Además, mi barba precoz alejaba de la
mente de cualquiera este ridículo supuesto y pensaba que merecía alguna
mayor consideración. Guadalupe se obstinaba en hacer caso omiso de ella.
Yo me desesperaba.
Un catarro feliz vino a esclarecer un poco este tenebroso asunto. Un día
me sentí indispuesto, tuve un poco de fiebre y me vi obligado a quedarme
en la cama. Doña Encarnación temió una pulmonía y llamó al médico. Si no
mereció el nombre de pulmonía, algo logró parecérsele y pasé algunos
días molesto y abatido. El sábado, no pudiendo ir a comer a casa del
General, rogué a Moro que le enviase una tarjeta en mi nombre haciéndole
saber la causa.
En la mañana del domingo me encontraba bastante aliviado: la fiebre
había desaparecido por completo; tenía mi cabeza despejada y departía
placenteramente con mi amigo Moro cuando apareció de improviso Doña
Encarnación anunciándome, no sin cierta emoción, que dos señoras pedían
permiso para verme.
No dudé un instante que fuesen Guadalupe y Natalia, porque no trataba
otras en Madrid. La noticia me produjo una increíble agitación, mezcla
de temor, de alegría y de vergüenza. ¡En qué desventajosa situación iba
a contemplarme la hermosa señora del General! ¡Sin corbata, sin pechera
almidonada, con el pelo lacio, sin cosmético, ojeroso y desmadejado!
Sixto Moro quiso retirarse, pero yo le rogué que no lo hiciese, tanto
por buscar apoyo contra la vergüenza que me embargaba como por el
secreto orgullo de mostrarle mi amistad con personas tan principales.
Venían de misa y entraron ambas con mantilla en la cabeza, el
devocionario en la mano y el rosario de oro y nácar arrollado a la
muñeca. No necesito añadir que Guadalupe en esta forma ataviada parecía
más hermosa que nunca. Yo siempre la encontraba mejor. Ambas se
mostraron conmigo afectuosísimas, me hicieron infinitas preguntas, me
dieron infinitos consejos higiénicos y encargaron muy especialmente a
Doña Encarnación «que de ningún modo permitiese que me acatarrase de
nuevo». Después se sentaron y charlaron animadamente de diversas cosas,
casi todas ellas relacionadas con el arte dramático que ha sido en
Madrid, y sigue siéndolo, la tabla de salvación de todas las visitas.
Les presenté a Sixto Moro; pero contra lo que yo esperaba éste apenas
pronunció una palabra. Se mostró tan reservado y tímido que hizo
aumentar aún mi embarazo. No pude menos de imaginar que se hallaba
estupefacto, fascinado como yo por la belleza de la señora de Reyes.
Comprendí sus impresiones, pero me disgustó aquella actitud, porque me
había hecho lenguas en casa del General de su ingenio y elocuencia.
Ambas le dirigían con disimulo escrutadoras miradas donde yo creía leer
cierta sorpresa mezclada de ironía. Guadalupe se alzó al cabo de la
silla y, acercándose a mí, dijo:
--Nuestra charla, si se prolonga, puede hacerte daño. Nos vamos.
Al mismo tiempo comenzó a arreglar con sus preciosas manos el embozo de
la cama, y al hacerlo puso una de ellas casualmente sobre mis labios.
¿Casualmente? Yo era fatuo como lo son en esta edad casi todos los
hombres, pero no lo bastante para pensar otra cosa. Así que me abstuve
de hacer lo que contando diez años más y siendo menos fatuo hubiera
hecho seguramente.
¡Qué delicioso desengaño! Aquella linda mano se sintió molesta, irritada
por mi deplorable equivocación y me apretó con impacientes sacudidas los
labios reclamando la ofrenda que le era debida. Yo deposité en ella un
beso tan leve que a la hora presente aun no estoy seguro de que
mereciese este nombre. Sin embargo, ella se dió por satisfecha: retiróse
dulcemente y dió otros tres o cuatro toquecitos alegres a las sábanas
mostrando su contento.
--No deje usted de darle por la noche, antes de dormir, una tacita de
tila con una cucharada de azahar. Es un remedio inofensivo que en nada
contraría las prescripciones del médico. A mí me prueba muy bien en
todos los catarros.
Doña Encarnación prometió ejecutar fielmente este y otros encargos que
le hicieron. Cuando al cabo se marcharon dejando embalsamada la estancia
con un suave perfume de violeta yo no sabía dónde estaba, había perdido
por completo la noción del mundo exterior y erraba por las regiones más
altas de los espacios cerúleos.
La voz de Moro me sacó de mi estupor hipnótico.
--¡Qué hermosa! ¡qué hermosa! ¡Es una aparición celeste!
--¿Verdad que sí?--exclamé impetuosamente fuera de mi sentido.
--He visto pocas jóvenes que puedan comparársele.
--¡Ninguna, ninguna!
Yo debía de tener las mejillas encendidas, los ojos brillantes.
Sixto me miró con sorpresa.
--Es realmente una obra perfecta de la Naturaleza. ¡Qué delicadeza de
facciones!, ¡qué cutis terso y nacarado, qué graciosos ademanes, qué voz
penetrante!...
--¡Qué manos divinas!--exclamé paladeando interiormente aquel esbozo de
beso que había gozado.
--Además hay en sus ojos una expresión de firmeza y candor al mismo
tiempo que la hace por extremo interesante. Se adivina detrás de
aquellos ojos un espíritu sincero, altivo, leal. Sus palabras y sus
gestos manifiestan una gran vehemencia de sentimientos y una dignidad
inflexible. Cuando ame, amará de una vez y para siempre. ¡Feliz el
hombre que logre hacer suyo ese tierno capullo de rosa!
Estas últimas palabras me sorprendieron.
--Pero, ¿de quién estás hablando?
--¿De quién he de hablar? De la hija de Reyes.
--¡Yo pensé que te referías a su mujer!
Nos miramos los dos un instante y soltamos a reír.
--Soy mejor persona que tú--me dijo Moro--, porque amo lo lícito no lo
prohibido.
Convine en ello y proseguimos todavía largo rato cantando
alternativamente la belleza de aquellas singulares mujeres.
Se habían despedido hasta el día siguiente, y Moro me pidió permiso para
asistir a esta segunda entrevista. Yo se lo concedí con tanto más gusto
cuando que ya conocía sus preferencias y no podía existir rivalidad
entre nosotros.