_Fén._
No sé si ha sido el venir,
Conde, á esta casa, acertado.
Tomé, ¿vióme alguno?
_Tomé._
¿Quién?
Todo estuvo prevenido.
_Otav._
Fénis, mi ropa ha venido.
Pon esas manos, mi bien,
En las joyas que traia
Para Celia, que han de ser
Para quien es mi mujer,
Que eres tú sola, luz mia.
Y créeme, que quisiera
Que cuanto el sol celestial
Cria en la India Oriental
En esos cofres viniera;
Pobreza fué para tí,
Pero, Fénis, tu belleza
No ha menester más riqueza
Que el alma que tiene en sí.
_Fén._
Estoy, conde, divertida
De verte tan empeñado
En la palabra que has dado.
_Otav._
No la cumpliré en mi vida.
_Fén._
¿Pues cómo piensas vencer
Este imposible?
_Otav._
Al amor
No hay dificultad mayor
Que llegarla á proponer;
Y aunque de Celia es verdad
Que las quejas considero,
Al Conde, tu padre, quiero
Pedirte con libertad.
Toma esas joyas en fe,
Señora, de que eres mia,
Que mañana será el dia
Que desengañada esté.
_Fén._
Verélas por ser tu gusto.
_Otav._
Parte á dárselas, Tomé.
_Tomé._
Un aparador seré,
Y vendráme el nombre al justo:
Una cintura verás
De sirenas, que recelo
Que el más alto paralelo
Del sol no relumbra más;
Vienen cinco apretadores
Con esmaltes carmesíes
De diamantes, de rubíes
En clavellinas y flores;
Viene tambien un collar
Tan brillante, rico y bello,
Que sólo en tu hermoso cuello
Ó en el del sol, puede estar.
Vienen tambien arracadas
De tanta vária invencion,
Que exceden la estimacion,
Siendo en gran precio estimadas,
Y tienen tanta eminencia,
Que pueden estar seguras
Que no hay orejas tan duras
Que no les diesen audiencia;
Otras joyas y cadenas,
Con bandas y con sortijas,
Para que á tu gusto elijas,
Todas de diamantes llenas.
Pensarás que son enredos,
Y encarecimientos vanos,
Harán dos Indias tus manos,
Y rayos del sol tus dedos;
Pues rosetas con que des
Lazadas á los zapatos,
Aunque á diez puntos, ingratos,
Competirán con los piés.
_Otav._
¿Estás loco?
_Tomé._
Ven conmigo.
_Fén._
Tomé, sin codicia voy
De las rosetas.
_Tomé._
Estoy
Tal, que no sé lo que digo,
Perdona, pues vas segura,
Que en llegando á hablar en piés
Me enloquezco, y pienso que es
La cifra de la hermosura.
_(Vanse.)_
_Otav._
Quien dice que al amor engendra el trato,
Débale al trato lo que amor no debe,
Que la hermosura que no mata en breve,
Sin alma y luz parecerá retrato.
En la imaginacion siglos dilato
Pocas horas de amor que el cielo mueve,
Que quien veneno tan hermoso bebe,
En no morir correspondiera ingrato.
El alma la belleza ilustra y dora,
Que aquésta el cielo, aquélla el sol retrata,
Y si á matar se juntan, basta un hora,
Que es hermosura la que luégo mata,
Y costumbre de ver la que enamora
Con largo tiempo á quien despues la trata.
LEONARDO, _alterado_.
_Leon._
Perdonad haberme entrado
En vuestro aposento ansí.
_Otav._
¿Pues estaba abierto?
_Leon._
Sí.
_Otav._
Para vos siempre lo ha estado.
¿Qué suceso causa os dió?
_Leon._
Pienso que á César he muerto,
Y á estar, Otavio, encubierto,
Vuestra amistad me obligó.
_Otav._
Bien hicistes en fiar
Vida y libertad de mí;
¿Cómo ha sido?
_Leon._
Pasa ansí:
¿Hay quien me puede escudar?
_Otav._
Ninguno, porque Tomé,
En mis cofres ocupado,
Tendrá diverso cuidado.
_Leon._
Pues escudadme.
_Otav._
Sí haré.
_Leon._
Generoso Conde Otavio,
De quien tan altas hazañas
Las plumas de las historias
Trasladarán de la fama,
Ya sabeis mi calidad,
Y juntamente la causa
De la enemistad de César,
Por quien mejor me llamáran
Pompeyo que no Leonardo,
Pues como en la edad pasada
Por Roma, Pompeyo y César,
Y hoy César por una dama;
Pienso que sabeis que es Fénis
Hija de Fabricio y Laura,
Nobles condes de Armelina,
Villa no léjos de Mantua,
De que la hubiérades visto
Notablemente me holgára,
Así porque su belleza
Disculpára mi desgracia,
Como porque no confio
De mi ignorancia alabarla.
Hizo la naturaleza
El cuerpo, como si hallára
Con quién competir, ó el arte
Tuviera tanta arrogancia;
El alma, el cielo, mas tiene
Sola una potencia el alma,
Que es un grande entendimiento,
Que las otras dos le faltan.
Yo no sé que haya tenido
Voluntad, que acompañára
Memoria, pues no se acuerda,
Y á quien la quiere desama;
Finalmente, la servimos
César y yo en hora infausta,
Pues no ha estimado á ninguno
Si no es para ser ingrata.
Ya sabeis cómo y por qué
Dejó su padre y su casa,
Y cómo tan neciamente
Que la tengo me levantan;
Si la he visto, plega al cielo
Que no tenga dicha en nada,
Y que César goce á Fénis;
Maldicion, Conde, que basta,
Porque con esta ninguna
De cuantas lo son iguala,
Que españoles, silla y turcos
Han sido invenciones falsas;
El acuchillarme César
Por una mujer tapada,
Fué sospecha de sus celos,
Fénis son cuantas se tapan.
Una palabra me dijo,
Que me ha obligado á vengarla,
Que si el alma puede herirse,
Es con hierro de palabras;
Verdades que no lo son
Si está desnuda la espada,
Que sólo afrenta la lengua
Adonde la espada calla.
Con esto, y no mucho seso,
Á César esta mañana
Escribí con un amigo
Que le aguardaba en la playa;
Vino César luégo al punto,
Que quien en salir se tarda,
Parece que reconoce
En su contrario ventaja.
Guiéle al mar, cuya orilla
Tenía una barca atada
Por mi órden, y en su borde
Desde la tierra una plancha.
Entramos dentro los dos,
Guié yo propio la barca
Adonde suelen ir muchas
Á gustos, que no á desgracias;
Desembarcamos, y luégo
Que pisamos la campaña,
Detrás de una huerta, á quien
Jazmines y hiedra enlazan,
Le dije: Aquí estamos solos,
Donde quiero ver si hablan
Las manos como las lenguas.
Él, la color demudada,
Sacó la espada diciendo:
La razon á nadie agravia;
Yo soy César. Respondí:
Hoy seréis César y nada.
Animoso y diestro César
Me daba el pecho, y guardaba
La cabeza, que venía
Con ménos cuidado y armas,
Viendo yo que era imposible
Herirle, y que el pecho estaba
Defendido como el mio,
(Que nunca se deja en casa
La defensa el que es discreto),
Por no guardar mi venganza
Para mejor ocasion,
Como cobardes la guardan,
Saqué de la faltriquera
Una pistola cargada,
Que hizo el mejor ingenio
De los que tiene Alemania;
Toqué la llave, dió fuego,
Que para mal nunca falta,
Y de aquel infierno breve
El alma de plomo exhala;
Traidor dijo, y respondí:
No se fie quien agravia,
Que no hay traicion si hay agravio,
Que entónces todo es venganza.
Dejéle mirando el pecho,
Y arrojándome en la barca
Pasé la mar, y en la orilla
Puse la turbada planta,
Y acordándome de vos,
Y que nadie en esta casa
Tendrá sospecha que estoy,
Miéntras que mis padres tratan
Cómo á Flándes pueda irme,
Ó por más seguro, á España,
Á ponerme en vuestro amparo
Vine, que en aquestas cuadras
Podré estar con más secreto
Para saber lo que pasa,
Que de tales caballeros,
Amparar en las desgracias
Á quien les pide favor,
Es el blason de sus armas.
_Otav._
Pésame, señor Leonardo,
Por vos, por César, por mí,
Y de que hayais muerto ansí
Caballero tan gallardo.
Ya es hecho, debo ofreceros
Cuanto soy, pues es razon
Cumplir con la obligacion,
Y morir por defenderos.
¿Tomé?
_Tomé._
Señor.
_Otav._
¿Has oido
Algo de lo que ha pasado?
_Tomé._
Todo, señor, lo he escuchado,
Aunque estaba divertido.
_Otav._
Aquí habemos de esconder
Á Leonardo.
_Tomé._
¿Estás en tí?
_Otav._
¿No hay allí una cuadra?
_Tomé._
Sí.
_Otav._
Pues ¿por qué no puede ser?
Entrad, Leonardo, que adonde
Os pondrá Tomé, yo sé
Que nadie disgusto os dé.
_Leon._
Dadme vuestras manos, Conde.
_Otav._
Dejad agradecimientos;
Tomé esta noche será
Vuestro huésped.
_Tomé._
¿Quién dará
Alcance á tus pensamientos?
Irme quisiera entre moros.
_Otav._
Á Celia me voy á ver.
_Tomé._
Siempre tengo yo de ser
El que ha de encerrar los toros.
_(Váyanse.)_