(Costa Rica)
La llamábamos «Tía Juana». Era una viejecita enjuta y pequeña, de raza
india casi pura, que andaba ligero y menudito con un ruido de ropas muy
almidonadas. Había nacido en Ujarraz donde vivió hasta la muerte de su
madre, ocurrida poco antes de la despoblación de este lugar insalubre,
decretada en 1833 por D. José Rafael de Gallegos. Huérfana también de
padre, sin protección de parientes ni de amigos, las autoridades
tuvieron que buscarle acomodo, y así le cupo en suerte ir á parar á casa
de una tía de mi madre, señora principal y rica que la tomó bajo su
amparo.
Podría tener á la sazón catorce años, pero nadie la hubiera dado más de
diez, tan chiquitina y flacucha era. Bien que fea, su fisonomía abierta
y la mirada dulcísima de sus ojos negros predisponían á su favor. Mi
tía, naturalmente bondadosa, pronto la tuvo cariño, viéndola tan infeliz
y desvalida, y á su vez la indita, aunque algo zahareña como todos los
de su raza, se mostraba con ella muy reconocida. Cierta gracia
insinuante de animalito salvaje que tenía le ganaba todas las
voluntades, de modo que habiendo llegado la última, vino á ser la
predilecta entre las cuatro entregadas[Q] de que se componía la
servidumbre femenil de la casa. Muy rezadora por temperamento, esta
circunstancia acabó de conquistarle la benevolencia de mi tía, señora en
extremo devota y dada á prácticas religiosas, que rezaba todas las
noches el rosario antes del chocolate, en medio de la familia reunida
con este piadoso fin.
Á la sombra de aquella casa patriarcal fué creciendo la pequeña Juana,
no sólo de cuerpo, sino también en virtudes hasta llegar á ser una
especie de santita. Su fervor se traducía en interminables oraciones que
mascullaba al paso que atendía á sus quehaceres, y para ella no había
felicidad como ir á la iglesia. Otro efecto de su ardiente celo
religioso era la aversión que le inspiraban los hombres, en quienes veía
otras tantas encarnaciones del espíritu maligno y añagazas del pecado.
Su castidad arisca se sublevaba á la menor insinuación, se ofendía de
una simple sonrisa. Con su venida á la casa terminaron las bromitas y
retozos de las entregadas con los criados, lo que al principio le atrajo
enemistades en la servidumbre; pero como era tan servicial y tan buena,
acabó por ser querida y respetada de todos.
Pasaron años. Sus compañeras fueron una tras otra desamparando la casa,
la una porque encontró marido, la otra para ir á buscarse la vida en
otro lado; ella sola continuó sirviendo á mi tía con una fidelidad
canina, hasta la muerte de la buena señora. Cuando aconteció esta
desgracia, no quiso por nada de este mundo separarse de la familia,
bien que su ama la había legado haber de sobra para vivir independiente.
Tal como yo la recuerdo era ya muy vieja. Vivía en casa de otra de mis
tías, hermana de mi madre, más como una parienta querida que en calidad
de criada. En realidad ya no lo era, porque no tenía más obligaciones
que las que ella misma quería imponerse, limitándose éstas á vigilar el
servicio y mantener el orden, para lo cual su presencia era bastante,
tales eran el respeto y el afecto que le profesaba la servidumbre, que
dió en llamarla cariñosamente «Tía Juana», nombre que no tardó en
generalizarse.
La viejecita se vivía las horas muertas en la iglesia rezando, barriendo
y comadreando, porque la pobre había concluido por ingresar en el
batallón augusto de las beatas y ratas de la iglesia. Á las cinco de la
mañana se iba para misa, oyendo unas cuantas seguidas hasta la hora del
desayuno; y como el templo estaba cercano, el día entero se lo pasaba en
idas y venidas hasta el toque de oraciones, después del cual el
sacristán cerraba las puertas. Volvía entonces á casa y aun me parece
verla en un rincón obscuro de la cocina, sentada sobre una canoa[R] con
su sarta de escapularios resaltando sobre la piel morena y arrugada del
pecho, que descubría el escote del traje. Á la hora de la cena ella
misma preparaba su chocolate, batiéndolo cuidadosamente con un clis clas
producido por el choque de una sortijita de oro y carey contra el mango
del molinillo. Después se sentaba con la jícara entre las piernas y
lentamente saboreaba la bebida, interrumpiéndose á ratos para reprender
á las muchachas cuando no hacían las cosas como Dios manda, porque no
las toleraba frangolladas, gustándole mucho primor en todo.
Yo nunca fuí persona de su agrado. En primer lugar por mi sexo, con el
cual jamás pudo reconciliarse; después á causa de mi precoz impiedad,
que la escandalizaba sobre manera. Una picardía que le hice acabó de
perderme en su ánimo. Entre las numerosas imágenes que adornaban su
cuarto, la viejecita reverenciaba muy en particular un san Antonio de
talla, recuerdo de mi tía y muy milagroso, según fama, pues no había
objeto perdido que no pareciese en cuanto le encendían una candela. El
santo, obra de un artista ingenuo, habitaba en una urna de hojalata con
portezuela de vidrio. Allí lo fuí á buscar un día para ponerle sobre la
tonsurada cabeza un cucurucho de papel azul, que le daba cierto airecito
de astrólogo ó nigromante. Cuando Tía Juana echó de ver el atentado,
¡fuego de Dios! la que se armó.{185-1} Las sospechas cayeron desde luego
sobre mí, pues ¿cuál otro era capaz de semejante irreverencia? En muchos
días no pude volver á casa de mi tía, justamente encolerizada por esta
infernal travesura; y á fe que tenía razón la señora, porque debo
confesar que era yo un niño muy enrevesado.
Por más que lo procuré, no me fué posible evitar las consecuencias de mi
perversidad. Apenas se encontró conmigo la propietaria del santo, me
puso verde en una su{185-2} jerigonza salvajina que le servía de idioma,
único resabio que le quedaba del tiempo que vivió entre los indios sus
hermanos. «Esto es lo que sacan con esta mentada _cevilación_, que los
muchachos sean herejes y no respeten las cosas santas... _Agorita mesmo
te reclarás, gu sos_ cristiano, _gu sos_{186-1} judío...»;[S] y por el
estilo. Aquello fué tremendo, la viejecita echaba fuego y la reprobación
de mi conducta era unánime.
En lo sucesivo tuve muchas veces ocasión de arrepentirme de haber
provocado las iras de Tía Juana. Jamás me perdonó el desacato para con
el gran santo portugués, y me lo hizo expiar duramente excluyéndome de
las golosinas y primores que solía hacer á menudo, aunque para ser
verídico debo confesar que casi siempre lograba yo burlar su vigilancia.
El misticismo de la viejecita fué creciendo cada vez más con la avanzada
edad. Durante sus largos rezos nocturnos comenzó á tener extrañas
alucinaciones. Una noche sintió pasos muy quedos cerca de su cama; luego
un aliento helado sobre el rostro, al par que una voz sepulcral
murmuraba en las tinieblas: «¡Qué frío tengo!» Encendió la vela creyendo
que sería la criada que en el mismo cuarto dormía; pero al ver á ésta
reposando tranquila, se puso á rezar con toda calma por el ánima cuya
visita acababa de recibir.
La pureza de su alma, la bondad de su corazón le impidieron caer en los
aborrecibles defectos de la gente mojigata. No gustaba de murmuraciones
ni de chismes, y jamás tomó parte á favor ni en contra de las distintas
camarillas que se disputaban con ensañamiento el predominio de la
sacristía. Era una beata del tercero ó cuarto orden, muy sincera y
humildita, siempre dispuesta á obedecer sin réplica los mandatos de las
de alta categoría, casi todas señoras muy autoritarias y gazmoñas, que
hacían y deshacían á su antojo.
Era frecuente encontrarla en la calle llevando y trayendo floreros y
candelabros para adornar los altares, y en vísperas de las grandes
fiestas no volvía á salir de la iglesia ni para comer, afanada como una
hormiga en los preparativos de la solemnidad. Pero así gozaba después,
extasiándose en la contemplación del churrigueresco hacinamiento de
muselinas, flores de mano y papel dorado. Se le figuraba estar delante
de un pedacito de gloria, pues no de otra manera concebía su candor la
bienaventuranza eterna. Para ella el cielo era algo así como un altar
inmenso y resplandeciente de luces, cundido de oro, de pedrerías, de
flores y gasas, con millares de angelitos tocando violín.
Una gran pasión vino á endulzar los últimos años de su vida, pasión
mística que le procuraba goces inefables. Hasta el día en que nació este
sentimiento en el misterio de su alma, nunca había mostrado preferencia
por ninguno de los clérigos que servían la parroquia; antes bien juzgaba
con severidad las de sus compañeras, que eran motivo de rivalidades y
discordias entre partidarias del uno ó del otro padre. Pero sucedió que
insensiblemente se fué encariñando con uno de ellos que la mimaba mucho
y le oía resignado los nimios escrúpulos de su conciencia.
Lo que al principio no fué más que simpatía, llegó á ser amor vehemente,
pero sublime de pureza. Toda la ternura de esposa y de madre,
reconcentrada en el corazón de la viejecita, brotó de pronto como una
fuente impetuosa, inundándola de felicidad. Aquel hombre, que para ella
no lo era, fué objeto de una adoración sin límites y reverenciado casi
como un dios. Tía Juana conoció los más ideales refinamientos del amor
místico, y en alas de la pasión se remontó á un mundo superior, todo
poblado de visiones encantadoras. Su aspecto, su ademán, todo en ella
denunciaba la completa enajenación del ánimo, y su mirada se perdía en
dulcísimas lejanías, llenas de ensueños peregrinos. En un ser concentró
todos sus anhelos, todas las vagas aspiraciones de su alma candorosa y
primitiva, complaciéndose en adornarlo con las perfecciones y bellezas
que en la suya propia se anidaban. Poco á poco fué alcanzando á un
estado de arrobamiento vecino del éxtasis, y cuando recibía la sagrada
comunión de manos de su adorado, se anonadaba en un nirvana
deleitoso,{188-1} que no podría compararse con ninguno de los placeres
accesibles á los comunes mortales.
Era divertido verla seguir con mirada atenta y solícita las vueltas que
el padre daba dentro de la iglesia, para acudir á la menor señal de que
sus servicios eran necesarios. Permanecía largas horas arrodajada en un
tapiz, herencia de mi tía, esperando que terminase la confesión de los
fieles, porque ella siempre se quedaba de última, para tener tiempo de
escudriñar los más ocultos repliegues de su conciencia, en busca de
algún pecadillo olvidado que poder{188-2} llevar al tribunal de la
penitencia; y es dable sospechar que más de una vez le suministré yo el
deseado pretexto. Otros ratos felices eran las tertulias en la
sacristía. Disimulada en un rincón, con el rebozo echado por la cabeza,
gozaba oyendo el discreteo del padre con las beatas de importancia.
Cuando éste predicaba, era todavía mayor el placer; y aunque las más de
las veces no entendía los complicados conceptos de la plática, el eco
de la voz amada era suficiente para llenarla de placer.
Tía Juana era demasiado creyente para tener miedo á la muerte. Al
llegarle su turno la esperó con serenidad, que luego se trocó en alegría
en el momento de entrar el viático. Por última vez vió al padre con sus
ojos mortales ya empañados; y cuando éste salió, después de darle el
supremo consuelo de la Religión, no quiso abrirlos más y expiró con la
sonrisa en los labios.
* * *
Footnotes to Un Alma:
[Q] _Entregados_ llamamos en Costa Rica á los niños del pueblo que por
cualquier motivo confían las autoridades á familias respetables, para
que los eduquen, mantengan y vistan basta su mayor edad, á trueque de
los servicios que prestan en la casa. La entrega, que antes era muy
frecuente, es rara hoy en día.
[R] Especie de arca muy grande de madera, que servía antiguamente para
guardar víveres.
[S] Ahora mismo lo tienes que declarar, ó eres Cristiano ó eres judío.