POR DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA{163-1}

I

Enfrente de la habitación en que escribo estas líneas hay un casucho de

miserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivina

por tres angostísimas ventanas abiertas á la calle. Nunca he podido

conocer los seres que viven en él. El segundo tiene un desmantelado

balcón que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero le

componen dos buhardillones independientes entre sí. En el de mi derecha

vive, digo mal, vivía hace pocos días, un matrimonio, joven aún, con

algunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla,

cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente una

elástica verde remendada y unos pantalones pardos, rígidos, indomables

ya por los remiendos y la mugre. Llamábanle de mote el _Tuerto_. La

mujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tan

cerdosos como él, y una rubicundez en la cara, entre bermellón y

chocolate, que no hay quien la resista.{163-2} Gasta saya de bayeta

anaranjada, jubón de estameña parda y pañuelo blanco á la cabeza. Los

chiquillos no tienen fisonomía propia, pues como no se lavan, según es

el tizne con que primero se ensucian, así es la cara con que yo los veo.

En cuanto á traje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano

andan en cueros vivos, ó se disputan una desgarrada camisa que á cada

hora cambia de poseedor. En invierno se las arreglan, de un modo

análogo, con las ropas de desperdicio del padre, con un refajo de la

madre, ó con la manta de la cama.

El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los niños... viven de

milagro.

En la otra buhardilla habita solo otro marinero, sesentón, de complexión

hercúlea, y un tanto encorvado por los años y las borrascas del mar. Usa

un gorro colorado en la cabeza y un vestido casi igual al de su vecino

el Tuerto. Tiene las greñas, las patillas y las cejas canas. No sé de

cierto cómo tiene la cara, porque es hombre que la da raras veces, y no

he podido vérsela á mi gusto. Se llama de nombre tío Miguel; pero

responde á todo el mundo por el mote de _Tremontorio_, corruptela de

_promontorio_, mote que le dieron en su juventud por su gigantea

corpulencia y por su vigor para tirar del remo contra corrientes y

celliscas. Á la edad que cuenta, lleva hechas dos campañas _de rey_; es

decir, le ha tocado la suerte de servir en barco de guerra, dos veces, á

cuatro años cada una. La última campaña la hizo en la _Ferrolana_, y con

esta fragata dió la vuelta al mundo, con el cual viaje acabó de

conquistar el prestigio que le iban dando entre sus compañeros sus

muchos conocimientos como marinero, su valor, su buen corazón... y sus

férreos puños. Se conserva soltero, porque entre su lancha, sus campañas

y sus redes, que teje con mucho primor, nunca le quedó un cuarto de hora

libre para buscar una compañera.

Por último, en el cuarto segundo habita un matrimonio contemporáneo del

tío Miguel; y si no tan robustos como éste, los dos cónyuges están aún

más desaliñados que él, y tan canos, tan curtidos y arrugados. De este

matrimonio nació el Tuerto de la buhardilla, quien al lado de su padre

aprendió á tirar del remo, á aparejar sereña, á ser, en fin, un buen

pescador. El padre del Tuerto, tío _Bolina_ llamado, porque siempre al

andar se ladeó de la derecha, sigue, á pesar de sus años, bregando con

la mar, como el tío Tremontorio; y no por afición á ella, como diría muy

serio un poeta del riñón de Castilla ó de la Mancha,{165-1} acostumbrado

á mandar las maniobras y á conjurar tormentas desde un escenario, ó en

el estanque del Retiro, sino porque viven de lo que pescan, y sólo

pescan para vivir exponiendo la vida cien veces al año en el indómito

mar de Cantabria, sobre una frágil lancha.

Dados estos pormenores, debo decir al lector, por si se ha sorprendido

al verme tan enterado de ellos, que ni yo los he buscado ni los

personajes descritos han venido á traérmelos: ellos, solitos, se han

colado por la puerta de mi balcón, de la manera más sencilla.

La aludida casa está separada de la en que escribo por la calle, que no

es muy ancha; y mis vecinos, lo mismo en invierno que en verano, saldan

todas sus cuentas y ventilan los asuntos más graves, de balcón á balcón.

Por ejemplo:

Se acerca un día la hora de comer. En la buhardilla del Tuerto se oyen

gritos y porrazos de su mujer, y lloros y disculpas de los chiquillos

que los reciben.

No se ve la escena, porque lo impide el humo de la cocina que sale á

borbotones por el balconcillo, conductor único que para él hay en la

casa.

La mujer del tío Bolina está clavando unas _rabas_ de pulpo en la pared

de su balcón, para que se oreen. Su nuera aparece en el suyo, más

desaliñada que nunca, con la cara roja como un pimiento seco y con la

crin suelta, en medio de una espesísima nube de humo, ¡aparición

verdaderamente infernal!; saca medio cuerpo fuera de la balaustrada, y

con voz ronca y destemplada grita, mirando al piso segundo:

--¡Tía!...

Debo advertir que éste es el tratamiento que se da, entre la gente del

pueblo de este país, por los yernos y nueras, á las suegras.

La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer la

voz de su nuera, contesta de muy mala gana:

--¿Qué se te pudre?{166-1}

--¿Tiene un grano de sal para freir unas _bogas_?

--No tengo sal.

--Salu{166-2} es lo que no había de tener usté,--refunfuña la mujer del

Tuerto.

--Vergüenza es lo que á ti te falta,--gruñe, al oirlo, la vieja.--Y

sábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.

--Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.

--Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona,{166-3}

desalmada!

--Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito,

¡chismosona, más que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que

reir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.

--Capaz serás de hacerlo ¡bribonaza!; que la que no quiere á sus hijos,

mal puede respetar las canas de los viejos.

--¿Que no quiero yo á mis hijos?... ¿Que no los quiero?--ruge la de la

buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.--¿Quién será

capaz de hacerlo bueno?

--Yo--replica con mucha calma la vieja;--yo que los he recogido muchas

veces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la calle

cuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna... ¡borrachona!

--¡Impostora... bruja!--grita al oír estas palabras, descompuesta y

febril, la mujer del Tuerto.--¿Yo borracha? ¿Cuántas veces me ha

levantado usté del suelo, desolladora? Y aunque fuera verdá, á mi costa

lo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.

--Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo{167-1} pa ganar un

peazo de pan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de

partirle con tus hijos. Por eso los probes angelucos{167-2} no tienen

cama en que dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que

poner;{167-3} por eso no tienes tú un grano de sal y me la vienes á

pedir á mí... Cómpralo, ¡viciosona!... Pero vienes tú de mala casta para

que seas buena.

--Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo en mi

casa me estaba. Él fué á buscarme.

--Nunca él hubiera ido... bien se lo dije yo: «¡Mira que ésa es

_callealtera_, y no puede ser buena!»

--Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia, y se la pueden enseñar

á todo el mundo... algo mejor que los de acá abajo... ¡flojones, más que

flojones! que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los

callealteros... Ésa es la rescoldera que á usté le pica; pero por más

pedriques que echen en Miranda y más velas que pongan á los

_Mártiles_,{168-1} san Pedruco el nuestro los ha de echar á pique.

--San Pedro no puede amparar nunca á gente tan desalmada como tú; y si

se perdieron las regatas, Dios sabe por qué fué.

--Por falta de puños, pa que usté lo sepa.

--Grita, grita más alto; que te lo oiga el tu marido que por allá abajo

asoma, y mira después onde te metes.

--Yo digo la verdá aunque sea delante del mi marido,--replica la de la

buhardilla, mirando de reojo á una esquina de la calle y bajando la voz

así que ve al Tuerto.

La vieja del segundo clava la última raba, y sin mirar hacia su nuera,

vase retirando del balcón dejando fuera estas palabras:

--Anda, anda á prepararle la comida, ¡borrachona!

La aludida en ellas desaparece también, metiéndose furibunda por lo más

espeso de la columna de humo que sigue saliendo de la cocina, después de

haber despedido á su suegra con estos piropos:

--¡Bruja, brujona!... vaya á discurrir los cuentos que le ha de decir al

mi marido... ¡chismosa, infamadora!

Antes de pasar más adelante, debe saber el lector que, desde tiempo

inmemorial, existe entre los mareantes de la calle Alta y los de la del

Mar, barrios diametralmente opuestos de Santander, una antipatía

inextinguible.

Cada barrio forma cabildo aparte, y no han querido para los dos un mismo

patrono. San Pedro lo es de la calle Alta, ó _Cabildo de Arriba_, y la

calle del Mar, ó _Cabildo de Abajo_, está encomendado al amparo de los

santos mártires Emeterio y Celedonio,{168-2} á cuyas gloriosas cabezas,

de las que se cuenta que llegaron milagrosamente á este puerto en un

barco de piedra, ha dedicado, construyéndola á sus expensas, una bonita

capilla en el barrio de Miranda, dominando una gran extensión de mar.

Con estos datos no se extrañará ya que mis dos vecinas, después de

apostrofarse recíprocamente, como lo hacen en la primera parte del

diálogo transcrito, puedan hallar ofensivo á su dignidad el ser

callealteras ó el dejar de serlo.

Y prosigamos.

Llega á su casa el Tuerto. (Y adviértase que el humo se va disipando, y

no impide ya que yo vea la escena, con todos sus pormenores.) Quítase el

_sueste_, ó sombrero embreado, de la cabeza; coloca sobre un arcón viejo

el impermeable de lona que llevaba al hombro, y cuelga de un clavo un

cesto cubierto con hule y lleno de aparejos de pescar. Su mujer desocupa

en una tartera desportillada un potaje de berzas y alubias, mal cocido y

peor sazonado; pónelo sobre el arcón, y junto á él un gran pedazo de pan

de munición. El Tuerto, sin decir una sola palabra, después que sus

hijos han rodeado la tartera, empieza á comer el potaje con una cuchara

de estaño. Su mujer y los chicuelos le acompañan, por turno, con otra de

palo. Conclúyese el potaje. El Tuerto espera algo que no acaba de

llegar; mira á la tartera, después al fondo de la olla vacía, y, por

último, á su mujer. Ésta palidece.

--¿Ónde está la carne?--pregunta, al cabo, con voz ronca el pescador.

--La carne...--tartamudea su mujer,--como ya estaba cerrada la tabla

cuando fuí á buscarla, no la traje.

--¡Mentira!... Yo te di ayer al mediodía dos reales y medio{170-1} para

comprarla, y la tabla no se cierra hasta las cuatro. ¿Ónde tienes el

dinero?...

--¿El dinero?... el dinero... en la faltriquera.

--¡Bribona, tú la{170-2} has hecho hoy... y yo te voy á abrir en

canal!--grita exasperado el Tuerto al notar la turbación, cada vez más

visible, de su mujer.--Á ver el dinero, digo, ¡pronto!

La interpelada saca, temblando, unos cuartos de su faltriquera, y sin

abrir toda la mano, se los enseña á su marido.

--¡Ésos no son más que ocho cuartos... y yo te dejé veintiuno!... ¿Ónde

están los otros?...

--Se me habrán{170-3} perdido..., que yo tenía los veintiuno esta

mañana...

--No puede ser: yo te di dos reales en plata.{170-4}

--Es que... los cambié en la plaza...

--¿Qué ha hecho tu madre esta mañana?--pregunta rápido el Tuerto al

mayor de sus hijos, cogiéndole por un brazo.

El chiquitín tiembla de miedo, mira alternativamente á su padre y á su

madre, y calla.

--¡Habla pronto!--dice el primero.

--Es que me va á pegar madre, si lo digo,--contesta, haciendo pucheros,

el pobre chico.

--¡Es que si callas, te voy á deshacer yo la cara de una guantá!

Y el muchacho, que sabe por experiencia que su padre no amenaza en vano,

á pesar de las señas que le hace su madre para que calle, cierra los

ojos y dice rápidamente, como si le quemaran la boca las palabras:

--Mi madre trajo esta mañana un cuartillo de aguardiente, y tiene la

botella escondía en el jergón de la cama.

El Tuerto, oída esta última palabra, tumba de un sopapo á sus pies á la

delincuente, corre á la cama, revuelve las hojas de su jergón, saca de

entre ellas una botellita blanca que contiene un pequeño resto del

delatado contrabando, vuelve con ella hacia su mujer, y arrojándosela á

la cabeza en el momento en que se incorporaba, la derriba de nuevo y

salpica á los chiquillos con el líquido pecaminoso. Gime, herida, la

infeliz; lloran asustados los granujas, y el iracundo marinero sale al

balconcillo renegando de su estrella y maldiciendo á su mujer.

Tío Tremontorio, que vino de la mar con Bolina y el Tuerto, se halla en

su balcón tejiendo red (su ocupación preferida cuando está en casa)

desde el principio de la reyerta de sus vecinos, y tirando de vez en

cuando un mordisco á un pedazo de pan y á otro de bacalao crudo,

manjares que constituyen su comida ordinariamente. No se da con el

Tuerto por advertido del suceso que acaba de ocurrir y del que se ha

enterado perfectísimamente, pues no le gusta meterse en lo que no le

importa; pero el irascible marido, que necesita dar salida al veneno que

aun le queda en el cuerpo, llama á su vecino, y de balcón á balcón

entablan este diálogo á grandes voces:

--Tío Tremontorio, yo no puedo con esta bribona, y voy á hacer un día

una barbaridá..... ¡Me valga Dios, qué pícara!... ¿Qué va á ser de estas

criaturas el día que la suerte me saque de casa?... porque el demonio no

tiene por ónde desechar á esta mujer.{171-1} La semana pasá la entregué

veinticuatro riales pa que vistiera á los hijos... ¿usté los ha visto?

pos tampoco yo. La borrachona los consumió en aguardiente. Peguéla una

trisca que la dejé por muerta, y á los tres días me vende una sábana por

media azumbre de caña; doila ayer veintiún cuartos pa carne, y bébelos

tamién... Y á too esto, las criaturas esnudas, yo sin camisa, y sin

atreverme, si á mano viene, á echar un vaso de vino un día de fiesta.

--¿Por qué no la conjuras, tiña? Pué que sea _mal-dao_.

--¡Si llevo gastao, tío Tremontorio, un costao en esos amenículos!

Llevéla, á má é{172-1} tres leguas de aquí, á que un señor cura, que

icen que tiene ese previlegio, la echara los Avangelios;{172-2}

leyóselos, dióme una cartilla bendecía y un poco de ruda, cosílo too en

una bolsa, colguésela al pescuezo, costóme la cirimonia al pie de un

napolión... y ná: al día siguiente cogió una cafetera que no se podía

lamber.{172-3} Yo la he dao aguardiente cocío con pólvora, que icen que

es bueno pa tomar ripunancia á la bebida, y á esta condená paece{172-4}

que le gusta más desde entonces. He gastao en velas pa los Santos

Mártiles, á ver si la quitan el vicio, un sentío..., y como si

callara... Ya no sé qué hacer, tío Tremontorio, si no es matarla, porque

es mucho el vicio que tiene. Fegúrese usté que dempués que la di el

aguardiente con pólvora, la entró un cólico que creí que reventaba. Como

yo había oído que el aguardiente es bueno pa quitar el dolor de barriga,

poniendo por fuera unos paños bien empapaos en ello, calenté en una

sartén como medio cuartillo; y cuando estaba casi hirviendo, llevélo así

á la cama onde se estaba revolcando la muy bribona. Mándola que tenga un

poco la sartén mientras yo iba al arcón á buscar unos trapos, vuelvo

con ellos... ¿creerá usté, ¡puño!, que ya se había trincao{173-1} el

aguardiente de la sartén, abrasando como estaba? ¡Hombre, si esto es más

que maldición de Dios!

--Pues, amigo... tocante á eso... ¿qué te diré yo? Cuando la mujer da en

torcerse como la tuya, mucho palo; si con él no sale á flote, ó échala á

pique de una vez, ó cuélgate de una gavia.

--¡Si le digo á usté, hombre de Dios, que la he solfeao too el cuerpo á

leña.....

--Pues ahórcate entonces, y déjame en paz y en gracia de Dios tejer

estas mallas, que por no perder la paciencia no me he querido casar yo,

¡tiña, retiña!

--¡Mal rayo me parta treinta veces y media, y permita Dios que al primer

noroeste que me coja en la mar me coman las merluzas!... ¡Si pa esto

nace uno, valiérame más no haber nacío!....

Y comiéndose los labios de coraje, métese el Tuerto en su buhardilla y

cierra la puerta del balcón.

El tío Tremontorio, sin levantar los ojos de su labor, le despide

canturriando con su áspera voz esta copleja:

«Por goloso y atrevido

Muere el pez en el anzuelo

Porque yo no soy goloso,

En paz y libre navego.»

* * * * *

Si mientras el Tuerto estaba á la mar, alguno de sus hijos rompía la

olla, ó se comía el pan que estaba en el arcón, ó hacía cualquiera

diablura propia de su edad, en el balcón le sacudía el polvo su madre,

en el balcón le estiraba las orejas y en el balcón le bañaba en sangre

la cara.

Si de vuelta de correr la sardina salía alcanzada la mujer del Tuerto en

la cuenta que éste le tomaba rigorosamente, en el balcón se oía la

primera guantada de las que administraba el desdichado marido á su

costilla; desde el balcón llamaba á su padre, á su madre y á

Tremontorio; desde el balcón les contaba lo sucedido, y renegaba

furibundo de su mujer; desde el balcón imploraba el auxilio de Dios...,

y de balcón á balcón se enredaba un diálogo animadísimo que entretenía,

por espacio de media hora, á las gentes de la calle.

Si el patrón de la lancha de que son socios mis vecinos les debe algo,

desde sus balcones lo dicen, y en los mismos discuten el medio de

cobrarlo.

Por el balcón recibe Tremontorio las consultas que se le hacen sobre el

tiempo; por el balcón las contesta, y el balcón es su observatorio.

En una palabra: mis vecinos tienen el balcón por casa, excepto para

dormir y vestirse; y ni aun en estas dos ocasiones quieren prescindir

totalmente de la publicidad. Tremontorio y Bolina, especialmente, se

mudan la camisa y los pantalones en medio de la sala... con todas las

puertas abiertas; pero donde se echan los botones y se amarran la

cintura con la indispensable correa, es en el balcón. Y esto en

invierno; que en verano, ó cierro la puerta de mi antepecho, ó he de

contemplarlos hasta en la menor particularidad de su vida íntima, tanto

de día como de noche... Por hacerme partícipe de sus costumbres estas

pobres gentes,{174-1} hasta me despierta á mí al mismo tiempo que á

ellas el penetrante é intraducible grito de _¡apuyááá!_{175-1} con que

les llama, á las tres de la mañana en verano y á las cinco en invierno,

para ir á la mar, otro marinero que tiene por esta obligación algunos

gajes.

De todo lo cual resulta, lector, aun sin mi decidida afición á reparar

en achaques de costumbres, más de lo suficiente para que comprendas

cómo, sin poner trabajo alguno de mi parte, y sin que en mi obsequio se

le tomara nadie,{175-2} pude adquirir los datos que apunté en las

primeras páginas de este bosquejo.

Ahora, pues, previa tu indulgencia por estas digresiones, y suponiéndote

orientado en el terreno de nuestros personajes, voy á tratar del

verdadero asunto de mi cuadro.

Spanish short stories · 第 65 / 94 题