POR DON MARIANO JOSÉ DE LARRA{132-1}

Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de

vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no

he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin

que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de

mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial

que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga á aceptar á

veces ciertos convites á que parecería el negarse{132-2} grosería, ó por

lo menos ridícula afectación de delicadeza.

Andábame días pasados por esas calles á buscar materiales para mis

artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces á mí

mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas, y moviendo

maquinalmente los labios: algún tropezón me recordaba de cuando en

cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor

circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna,

más de un gesto de admiración de los que á mi lado pasaban, me hacía

reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos

encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y

rápidamente como yo las doblaba,{132-3} me hicieron conocer que los

distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho

menos de los seres gloriosos é impasibles. En semejante situación de

espíritu ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que

una gran mano, pegada (á lo que por entonces entendí) á un grandísimo

brazo, vino á descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no

tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?

No queriendo dar á entender que desconocía este enérgico modo de

anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído

hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté

sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan

mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se

ha de dejar ninguna en el tintero.{133-1} ¿Cómo dirá el lector que

siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos á los

ojos, y sujetándome por detrás,--¿Quién soy? gritaba, alborozado con el

buen éxito de su delicada travesura. ¿Quién soy?--Un animal, iba á

responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y

sustituyendo cantidades iguales,--_Braulio eres_, le dije. Al oirme,

suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y

pónenos á entrambos en escena.--¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has

conocido?--¿Quién pudiera sino tú...--¿Has venido ya de tu Vizcaya?--No,

Braulio, no he venido.--Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres? es la

pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¡Sabes que

mañana son mis días?--Te los deseo muy felices.--Déjate de cumplimientos

entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan

pan, y el vino vino;{133-2} por consiguiente exijo de ti que no vayas á

dármelos; pero estás convidado.--¿Á qué?.--Á comer conmigo.--No es

posible.--No hay remedio.--No puedo, insisto temblando.--¿No

puedes?--Gracias.--¿Gracias? Vete á paseo;{134-1} amigo, como no soy el

duque de F., ni el conde de P... ¿Quién se resiste á una sorpresa de esa

especie? ¿Quién quiere parecer vano?--No es eso, sino que...--Pues si no

es eso, me interrumpe, te espero á las dos; en casa se come á la

española;{134-2} temprano. Tengo mucha gente: tendremos al famoso X.,

que nos improvisará de lo lindo;{134-3} T. nos cantará de sobremesa una

rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna

cosilla.

Esto me consoló algún tanto, y fué preciso ceder: un día malo, dije para

mí, cualquiera lo pasa;{134-4} en este mundo para conservar amigos es

preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.--No faltarás si no

quieres que riñamos.--No faltaré, dije con voz exánime y ánimo decaído,

como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se

ha dejado coger.--Pues hasta mañana; y me dió un torniscón por

despedida. Vile{134-5} marchar, como el labrador ve alejarse la nube de

su sembrado,{134-6} y quédeme discurriendo cómo podían entenderse estas

amistades tan hostiles y tan funestas.

Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino,

que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer á lo que se llama gran

mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase

inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reune

entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta;{134-7} que

tiene una cintita atada al ojal y una crucecita á la sombra de la

solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de

ninguna manera se oponen á que tuviese una educación más escogida y

modales más suaves é insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por

donde ha sorprendido casi siempre á toda ó la mayor parte de nuestra

clase media y á toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará

todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad

le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño:

de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual

bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española,

en lo cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo

de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más

encantadoras de todas las mujeres; es un hombre, en fin, que vive de

exclusivas, á quien le sucede poco más ó menos lo que á una parienta

mía, que se muere por las jorobas, sólo porque tuvo un querido que

llevaba una excrescencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.

No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos

mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato, que

establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que

debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. El se muere _por

plantarle una fresca al lucero del alba_,{135-1} como suele decir, y

cuando tiene un resentimiento, _se le espeta á uno cara á cara_:{135-2}

como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya

sabe lo que quiere decir _cumplo y miento_;{135-3} llama á la urbanidad

hipocresía, y á la decencia monadas; á toda cosa buena le aplica un mal

apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego; cree

que toda la crianza está reducida á decir _Dios guarde á ustedes_ al

entrar en una sala, y añadir _con permiso de usted_ cada vez que se

mueve, á preguntar á cada uno por toda su familia, y á despedirse de

todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas, como de

tener pacto con franceses.{136-1} En conclusión, hombre de estos que no

saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno ó

algunos otros; que han de dejar humildemente debajo de una mesa su

sombrero, que llaman _su cabeza_; y que cuando se hallan en sociedad,

por desgracia, sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no

tener manos ni brazos, porqué en realidad no saben dónde ponerlos, ni

qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.

Llegaron las dos, y como yo conocía ya á mi Braulio, no me pareció

conveniente acicalarme demasiado para ir á comer; estoy seguro de que se

hubiera picado: no quise sin embargo excusar un frac de color y un

pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes

casas. Vestíme sobre todo lo más despacio que me fue posible, como se

reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien

pecados más cometidos que contar para ganar tiempo: era citado á las

dos, y entré en la sala á las dos y media.

No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la

hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no

eran de despreciar todos los empleados de su oficina, con sus señoras y

sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos;

déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de los

días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el

concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo

iba á mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano.

Vengamos al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los

convidados.{137-1} Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía

divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había

tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se

hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita, que

tan bien había de cantar y tocar, estaba ronca en tal disposición que se

asombraba ella misma de que se le entendiese una sola palabra,{137-2} y

tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!

--Supuesto que estamos los que hemos de comer,{137-3} exclamó Don

Braulio, vamos á la mesa, querida mía.--Espera un momento, le contestó

su esposa casi al oído; con tanta visita yo he faltado algunos momentos

de allá dentro y...--Bien, pero mira que son las cuatro...--Al instante

comeremos.

Las cinco eran cuando nos sentábamos á la mesa.--Señores, dijo el

Anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones, exijo

la mayor franqueza: en mi casa no se usan cumplimientos. Ah!

Fígaro,{137-4} quiero que estés con toda comodidad: eres poeta, y además

estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si

te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.--¿Qué tengo de

manchar? le respondí mordiéndome los labios.--No importa, te daré una

chaqueta mía; siento que no haya para todos.--No hay necesidad.--Oh! sí,

sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala: un poco ancha te vendrá.--Pero,

Braulio....--No hay remedio; no te andes con etiquetas.

En esto me quita él mismo el frac, _velis nolis_, y quedo sepultado en

una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la

cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las

gracias; al fin el hombre creía hacerme un obsequio.

Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa

baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como

dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua

del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando

después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de

tener una mesa regular, y estar cómodos{138-1} todos los días del año,

es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una

gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se

había creído capaz de contener catorce personas, que éramos, una mesa

donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de

medio lado, como quien va á arrimar el hombro á la comida, y entablaron

los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más

fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre

un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso

enderezar á cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi

joven _á látere_, y entre{138-2} uno de esos hombres que ocupan en el

mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se

salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo

así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las

servilletas, nuevas á la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para

todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores á los

ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las

solapas.

--Ustedes harán penitencia, señores, exclamó el Anfitrión una vez

sentado; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys:--frase

que creyó preciso decir. Necia afectación es ésta, si es mentira, dije

yo para mí; y si verdad, gran torpeza convidar á los amigos á hacer

penitencia. Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en

aquella expresión más verdad de lo que mi buen Braulio se figuraba.

Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y

recibir cada plato nos aburrimos unos á otros.--Sírvase usted.--Hágame

usted el favor.--De ninguna manera.--No lo recibiré.--Páselo usted á la

señora.--Está bien ahí.--Perdone usted.--Gracias.--Sin etiqueta,

señores, exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara.

Sucedió á la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias

de este engorrosísimo, aunque buen plato: cruza por aquí la carne; por

allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por

derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de

Extremadura. Siguióle un plato de ternera mechada, que Dios

maldiga,{139-1} y á éste otro y otros, y otros; mitad traídos de la

fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio; mitad hechos

en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar

tomada al intento para aquella festividad, y por el ama de la casa, que

en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no

estar en nada.

--Este plato hay que disimularle, decía ésta de unos pichones; están un

poco quemados.--Pero, mujer...--Hombre, me aparté un momento, y ya sabes

lo que son las criadas.--¡Qué lástima que este pavo no haya estado media

hora más al fuego! se puso algo tarde.--¿No les parece á ustedes que

está algo ahumado este estofado?--¿Qué quieres? una no puede estar en

todo.--¡Oh, está excelente, exclamábamos todos dejándonoslo en el plato,

excelente!--Este pescado está pasado.--Pues en el despacho de la

diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar; ¡el criado es tan

bruto!--¿De dónde se ha traído este vino?--En eso no tienes razón,

porque es...--Es malísimo.

Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas

furtivas del marido para advertirle continuamente á su mujer alguna

negligencia, queriendo darnos á entender entrambos á dos que estaban muy

al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan en

finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca

han de aprender á servir. Pero estas negligencias se repetían tan á

menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fué preciso al marido

recurrir á los pellizcos y á los pisotones; y ya la señora, que á duras

penas había podido hacerse superior hasta entonces á las persecuciones

de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.--Señora, no se

incomode usted por eso, le dijo el que á su lado tenía.--¡Ah! les

aseguro á ustedes que no vuelvo á hacer estas cosas en casa; ustedes no

saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos á la fonda y no

tendrás...--Usted, señora mía, hará lo que...--¡Braulio! ¡Braulio!

Una tormenta espantosa estaba á punto de estallar; empero todos los

convidados á porfía probamos á aplacar aquellas disputas, hijas del

deseo de dar á entender la mayor delicadeza, para lo cual no fué poca

parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de

nuevo á la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos,

que así llama él al estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más

ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más

crasa ignorancia de los usos sociales, que para obsequiarle le obligan á

usted á comer y beber por fuerza y no le dejan medio de hacer su gusto?

¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los

días de días?

Á todo esto, el niño, que á mi izquierda tenía, hacía saltar las

aceitunas á un plato de magras con tomate, y una vino á parar á uno de

mis ojos, que no volvió á ver claro en todo el día; y el señor gordo de

mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al

lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había

roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había

encargado de hacer la autopsia de un capón, ó sea gallo, que esto nunca

se supo: fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los

ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las

coyunturas.--Este capón no tiene coyunturas, exclamaba el infeliz

sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa

más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal

como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció

querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el

mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.

El susto fué general, y la alarma llegó á su colmo cuando un surtidor de

caldo, impulsado por el animal furioso, saltó á inundar mi limpísima

camisa: levántase rápidamente á este punto el trinchador con ánimo de

cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que

tiene á la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su

posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el

capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal

sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por

debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro

de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de

su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia

maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, á dejar

eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el

aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin

acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado, que traía

una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos

generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso

estruendo y confusión.--¡Por San Pedro! exclama dando una voz Braulio,

difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota

fuego el rostro de su esposa.--Pero sigamos, señores, no ha sido nada,

añade volviendo en sí.

¡Oh honradas casas, donde un modesto cocido y un principio final

constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un

convite de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente

puede evitar semejantes destrozos.

¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí, las hay para mí, infeliz! Doña

Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con

su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el

niño se divierte en despedir á los ojos de los concurrentes los huesos

disparados de las cerezas; D. Leandro me hace probar el manzanilla

exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las

indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar

y me hace cañón de su chimenea; por fin ¡oh última de las desgracias!

crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces piden versos y

décimas, y no hay más poeta que Fígaro.--Es preciso.--Tiene V. que decir

algo, claman todos.--Désele pie forzado; que diga una copla á cada

uno.--Yo le daré el pie: _Á don Braulio en este día._--Señores, ¡por

Dios!--No hay remedio.--En mi vida he improvisado.--No se haga usted el

chiquito.--Me marcharé.--Cerrar{143-1} la puerta.--No se sale de aquí

sin decir algo.

Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la

bulla y el humo y el infierno. Á Dios gracias logro escaparme de aquel

nuevo _Pandemonio_. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado

de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos á mi

alrededor.

--¡Santo Dios! yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que

acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye ya apenas sus

ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido

empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días:

líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en que

sólo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacer

obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas; en que se

dicen versos; en que hay niños; en que hay gordos; en que reina, en fin,

la brutal franqueza de los castellanos viejos. Quiero que, si caigo de

nuevo en tentaciones semejantes, me falte un _roast-beef_, desaparezca

del mundo el _beef-steak_, se anonaden los timbales de macarrones, no

haya pavos en Perigueux ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos

de Burdeos, y beban en fin todos, menos yo, la deliciosa espuma del

Champagne.

Concluida mi deprecación mental, corro á mi habitación á despojarme de

mi camisa y mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos

todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo

entendimiento, no tienen las mismas costumbres ni la misma delicadeza,

cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelvo á olvidar

tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven

sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada,

y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no

incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y

se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez

verdaderamente.

Spanish short stories · 第 59 / 94 题