Pasaron ocho días sin que el capitán volviese á verme. Según pude
entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la
buenaventura; cosa que nada tenía de raro, á lo que me contó uno de mis
guardianes.
--Sepa V. (me dijo) que el jefe se va al infierno de vez en cuando, y no
vuelve hasta que se le antoja.--Ello es que nosotros no sabemos nada de
lo que hace durante sus largas ausencias.
Á todo esto, á fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho la
buenaventura á todos los ladrones, pronosticándoles que no serían
ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido
que por las tardes me sacasen{35-2} de la cueva y me atasen á un árbol,
pues en mi encierro me ahogaba de calor.
Pero excuso decir que nunca faltaban á mi lado un par de centinelas.
Una tarde, á eso de las seis, los ladrones que habían salido de
_servicio_ aquel día á las órdenes del _segundo de Parrón_, regresaron
al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan á nuestro Padre
Jesús Nazareno, á un pobre segador de cuarenta á cincuenta años, cuyas
lamentaciones partían el alma.
--¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais con qué afanes
los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo
un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos!--¡Así he
reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma, con que podríamos
vivir este invierno!... Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y
pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he
de perder ese dinero, que es para mí un tesoro?--¡Piedad, señores!
¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!
Una carcajada de burla contestó á las quejas del pobre padre.
Yo temblaba de horror en el árbol á que estaba atado; porque los gitanos
también tenemos{36-1} familia.
--No seas loco... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al
segador.)--Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados
mayores en que ocuparte...
--¡Cómo!--dijo el segador, sin comprender que hubiese{36-2} desgracia
más grande que dejar sin pan á sus hijos.
--¡Estás en poder de _Parrón_!
--_Parrón_... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo de
muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.
--Pues, amigo mío, _Parrón_ quiere decir{37-1} la _muerte_. Todo el que
cae en nuestro poder es preciso que muera.{37-2} Así, pues, haz
testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos.--¡Preparen!
¡Apunten!--Tienes cuatro minutos.
--Voy á aprovecharlos... ¡Oídme, por compasión!...
--Habla.
--Tengo seis hijos... y una infeliz...--diré _viuda_..., pues veo que
voy á morir...--Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras... ¡Sí,
peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas á
otras.--¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me{37-3} digo.--¡Caballeros,
alguno de ustedes{37-4} será{37-5} padre!... ¿No hay un padre entre
vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan?
¿Sabéis lo que es una madre que ve morir á los hijos de sus entrañas,
diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?--Señores, ¡yo no quiero mi vida
sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y
privaciones!--¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos de
mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones
una cara... ¡Qué cara!... Se parecía á la de los santos que el rey Nerón
echaba á los tigres, según dicen los padres predicadores...
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron
unos á otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno
de ellos se atrevió á decirla...
--¿Qué dijo?--preguntó el Capitán general, profundamente afectado por
aquel relato.
--Dijo: «Caballeros, lo que vamos á hacer no lo sabrá nunca _Parrón_...»
--Nunca..., nunca...--tartamudearon los bandidos.
--Márchese V., buen hombre...--exclamó entonces uno que hasta lloraba.
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
--Pronto... ¡Márchese V.!--repitieron todos, volviéndole la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
--¿Te parece poco? (gritó uno.)--¡Pues no quiere su
dinero!{38-1}--Vaya..., vaya... ¡No nos tiente V. la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y á poco desapareció.
Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos
á otros no decir nunca á su capitán que habían perdonado la vida á un
hombre, cuando de pronto apareció _Parrón_, trayendo al segador en la
grupa de su yegua.
Los bandidos retrocedieron espantados.
_Parrón_ se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y,
apuntando á sus camaradas, dijo:
--¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato á todos!--¡Pronto!
Entregad á este hombre los duros que le habéis robado!
Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el
cual se arrojó á los pies de aquel personaje que dominaba á los
bandoleros y que tan buen corazón tenía...
_Parrón_ le dijo:
--¡Á la paz de Dios!{39-1}--_Sin las indicaciones de V., nunca hubiera
dado con ellos._ ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin motivo!... He
cumplido mi promesa... Ahí tiene V. sus veinte duros...--Conque... ¡en
marcha!
El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.
Pero no habría{39-2} andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo
llamó de nuevo.
El pobre hombre se apresuró á volver pies atrás.
--¿Qué manda V.?--le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto
la felicidad á su familia.
--¿Conoce V. á _Parrón_?--le preguntó él mismo.
--No lo conozco.
--¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy _Parrón_.
El segador se quedó estupefacto.
_Parrón_ se echó la escopeta á la cara y descargó los dos tiros contra
el segador, que cayó redondo al suelo.
--¡Maldito seas!--fué lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista,{39-3} observé que el árbol en
que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se
aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda
que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.
Entretanto decía _Parrón_ á los suyos, señalando al segador:
--Ahora podéis robarlo.--Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejar
á ese hombre, para que se fuera, como se fué, dando gritos por los
caminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera
de lo que pasaba, hubieran sido los _migueletes_, habría dado vuestras
señas{40-1} y las de nuestra guarida, como me las ha dado á mí, y
estaríamos ya todos en la cárcel.--¡Ved las consecuencias de robar sin
matar!--Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que no
apeste.
Mientras los ladrones hacían el hoyo y _Parrón_ se sentaba á merendar
dándome la espalda, me alejé poco á poco del árbol y me descolgué al
barranco próximo...
Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí á todo escape, y, á la
luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente,
atado á una encina. Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí...
Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las señas de
_Parrón_, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio.
Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma
ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados al Conde
del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos
pormenores.
Réstanos ahora saber si acertó ó no acertó _Heredia_ al decir la
buenaventura á _Parrón_.