Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que
la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en
la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio,
á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces,
pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no
es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal
educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me
hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía
lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor
del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del
otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos.
No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos
de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día
se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo
hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces,
después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias
de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones
francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía
como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía
un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su
mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era
aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces
dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á
su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que
no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose
al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los
nervios, los pícaros nervios.
Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la
casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa
de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente
la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos
y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las
beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.
Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima,
vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un
médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como
aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada,
indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente
negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos
un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba
muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca
están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que
era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La
discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto
de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad
de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale
por el más infeliz de los seres nacidos.
El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado
Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis,
médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de
todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que
pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía
ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le
daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera
existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían
de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme
su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta
del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi
tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al
oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué
encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era
feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero,
brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de
que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la
de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos
de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas
gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía
de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar
á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de
la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo
sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la
inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va
por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos
se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el
resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que
los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar
al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:
--Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste
de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para
distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?
Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
--Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido
alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A
su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales
chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le
decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
--Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban
pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco
decentes á mi ver.
El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar
muy atrasado en su carrera.
--Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de
guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable
y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar
una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del
ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda
sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de
sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal
contenida ira:
--Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.