VI

Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que

la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en

la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio,

á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces,

pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no

es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal

educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me

hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía

lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor

del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del

otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos.

No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos

de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día

se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo

hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces,

después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias

de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones

francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía

como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía

un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su

mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era

aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces

dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á

su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que

no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose

al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los

nervios, los pícaros nervios.

Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la

casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa

de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente

la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos

y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las

beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.

Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima,

vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un

médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como

aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada,

indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente

negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos

un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba

muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca

están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que

era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La

discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto

de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad

de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale

por el más infeliz de los seres nacidos.

El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado

Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis,

médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de

todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que

pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía

ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le

daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera

existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían

de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme

su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta

del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi

tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al

oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué

encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era

feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero,

brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de

que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la

de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos

de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas

gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía

de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar

á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de

la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo

sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la

inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va

por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos

se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el

resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que

los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar

al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:

--Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste

de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para

distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?

Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:

--Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.

Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido

alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A

su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales

chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le

decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:

--Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...

Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban

pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco

decentes á mi ver.

El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar

muy atrasado en su carrera.

--Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de

guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?

Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable

y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar

una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del

ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda

sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de

sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal

contenida ira:

--Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.

Lo prohibido (tomo 1 de 2) · 第 8 / 55 题