--Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán,
el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de
mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del
espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin
embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones
críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido...
así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo
entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo
el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo
experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero
ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es
que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó
cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como
si tal cosa.
»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene
indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de
relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo
tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para
todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni
supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso
talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de
flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa.
Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos
de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo
de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le
sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro
de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape
de todos los demonios.
»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia
tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se
extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en
opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión)
las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres
ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en
cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en
el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus
encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas.
¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias
y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le
entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de
cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede
vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único
que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño
entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su
voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse
la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se
casó, estos ataques son poco frecuentes.
»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor.
Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la
menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus
afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo,
que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa
con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto
cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía
trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer
alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio.
Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se
pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una
simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva
compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las
de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre
esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días
más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la
garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se
pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien
la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con
que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las
destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces
la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en
confianza) no merece tal joya.
»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos
favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no
la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado
más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece
más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran
fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo
decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal
dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas
extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal
gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad.
Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo
prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me
espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma
de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso
que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no
encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto...
Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la
sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió
con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo
luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era,
según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes
físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en
limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste
habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija
única suya hubiera sido mi mujer.
Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden
de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío
aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad
que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí
aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y
este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba
completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el
viento.