I
Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y
de mis primas María Juana, Eloísa y Camila.
I
En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi
padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa
extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos
que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias,
y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo
me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar
un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el
hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su
vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando
quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester.
Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha
construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un
principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy
holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el
principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con
lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi
fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso.
Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente
al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de
González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las
nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente
mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las
personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas
plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y
aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á
las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para
todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé
después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que
nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á
saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á
dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba
en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de
riqueza y trabajo.
Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros
tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué
primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio
le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda,
protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su
familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por
las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición,
rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á
agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes
se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De
ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos,
impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como
podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle
sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que
tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada
para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían
el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban
las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas
épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados
expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida
honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid,
su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes.
No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco
lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba
al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno
perdido.
Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre
como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba
toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación
anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el
fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente
ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito
y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase
vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus
relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos
con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios
que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el
cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el
momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo
distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano
susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del
aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los
ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba.
No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos
de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco
lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz,
zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la
Verónica_.
Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en
Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi
instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia
y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi
padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo
febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de
Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no
tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino
de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un
chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas
demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial
de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada
en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este
descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual
si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un
desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con
una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas
¡ay, dolor! estaban ya casadas.