Yo no quedé tan seguro de lo pasado que no me fuera necesario vivir
con mucho cuidado de las tretas de aquel valiente, porque si antes
estaba sentido del despojo de la tajante hoja, despues lo estuvo de
haber salido tan á su costa la burla que pensó hacerme. Yo, para más
seguridad mia, acudí á favorecerme de la casa de un gran caballero
que está junto á _Omnium Sanctorum_, en la feria, que en todas mis
travesuras y sucesos me fué amparo y refugio. Envióme á desafiar el
valiente con un valiente amigo suyo. Estando yo en la dicha casa del
señor Marqués de Algaba, don Luis de Guzman y sus criados, que tenia
muchos y muy honrados, me quitaron de la obligacion, por ser mis
amigos, que por la descortesía de haber perdido el respeto á la casa
le enviaron á la suya sin narices, dejando la espada, broquel y daga
para merienda de los mozos de cocina. Hizo de manera el malsin, mal
fin le dé su suerte, que vino á saber un alcalde de la justicia,
grande enemigo mio, si estaba engañado Dios lo sabe, que yo habia
pegado fuego á la casa de su dayfa, que por andar celoso injustamente
de mí, por momentos me llevaba preso, y aunque yo procuré siempre
vencerle en cortesía, y quitarle la ocasion que lo traia con pecho
vengativo, como debia de tener el ánimo poco noble, no hacia caso del
buen término y humildad de que yo usaba con él, que los ánimos poco
levantados en viéndose superiores á su enemigo procuran vengarse como
pueden, sin mirar si les está bien ó mal. Mas los valerosos ánimos,
con ser señores de la venganza, tienen por grandeza no hacer caso
de ella. Este que digo, en viendo que pudo satisfacer á su bárbaro
apetito, con la relacion que le dió mi enemigo, luego puso por obra
la ejecucion de sus malas entrañas, haciendo corchete y explorador á
la misma parte, que tuvo harto cuidado de seguirme los pasos, de modo
que yo lo vine á saber por medio de amigos suyos y mios. Sabido esto,
que el alcalde de la justicia habiendo incriminado el delito, diciendo
que era incendiario, como hombre que no tenia más de una oreja, y esa
inficionada, no admitió advertencia ni consejo que se le daba. Dijo que
me habia de sacar de la iglesia en cualquiera que me hallase, porque
el delito de incendiario era muy grave. No lo hiciera el que ahora
está en el mismo oficio, que es justísimo juez, cristiano y discreto,
y de gran consideracion en cuanto dice y hace, no precipitado, ni
arrojadizo, sino muy templado y considerado en todas sus acciones,
Justino de Chaves, que hay algunos jueces, aunque pocos, que no quieren
dejar delito para el tribunal de Dios, que parece que los elige el
demonio para hacer por manos de ellos lo que no puede por las suyas,
que se las tiene Dios atadas. En sabiendo que este juez andaba conmigo
tan tirano, mudéme de trage con un vestido viejo y malo, para andar
disfrazado: yo le traia junto á su persona una espía que me avisase
de todo, porque yo no me apartaba de _Omnium Sanctorum_, donde el
sacristan era mi amigo, con quien habia tratado lo que habia de hacer
si viniese á sacarme. Vino á avisarme de esto el amigo, y que para esta
empresa traia consigo al Toledanillo, corchete endiablado, y yo juré
que le habia de hacer una burla, que me habia de llevar acuestas á mi
casa. Luego pareció venir con tanta priesa, que por poco no pudiera
ejecutar mi traza. Dí al sacristan capa, ropilla y espada, quedándome
en un jubon viejo y sucio, y atándome á la cabeza un lienzo muy roto
y ensangrentado, echéme entre unos pobres muy asquerosos que estaban
á la puerta pidiendo limosna: llegó muy furioso á buscarme en la
iglesia; el sacristan cerró la iglesia antes que llegase, y juró, y
con verdad, que no habia en toda ella retraido, ni otra gente, sino
aquellos pobres, que á nadie dejaban oir misa, y que si queria sacar
algun retraido, él se lo daria en las manos, echándolos de allí. Luego
él comenzó á echarlos, diciéndoles: Vosotros algunos delincuentazos
debeis de ser. Y á mí, porque dijo el sacristan que estaba tullido, y
que no podia menearme, le dijo al Toledanillo que me llevase de allí,
habiéndole dicho el sacristan que yo tenia mucho dinero de que se podia
aprovechar, con que le puso codicia de llevarme acuestas. Mientras
que su amo andaba revolviendo los altares y coro, y esteras de la
sacristía, yo le iba diciendo: En verdad, señor, que me huelgo que no
entrásedes allá, porque aquel hombre que van á sacar tiene jurado de
mataros, que sabiendo que sois muy hombre, él lo es tanto que tiene ya
dos corchetes en sal, y lo mismo hará de vos si os coge: Bien voy aquí
de esa manera, dijo el Toledanillo; y yo: Daos priesa antes que envie
por vos el teniente, y él lo hizo de muy buena gana, porque esta
gente, ó porque no les va nada en ello, ó porque quieren guardar su
vida huyen de semejantes peligros.
[Ilustración: _Vosotros algunos delincuentazos debeis de ser._]
El amo, como no halló la presa que buscaba, y porque el sacristan le
dijo que se la daria pacíficamente, no llamó al Toledanillo. Él me
llevó paseando por toda la alameda, y el barrio del Duque, hasta la
calle de San Eloy, donde era mi posada; yo animábale diciendo que fuera
de que se lo habia de pagar muy bien, hacia una obra de misericordia.
Venian dos conocidos mios tras él pereciendo de risa, y él no osaba
preguntarles de qué se reian, hasta que llegando á donde le pareció que
ya estaba fuera de peligro, preguntóles: ¿De qué se rien voarcedes?
Ellos le respondieron sonriendo: De la carga que llevais, que es el
que íbades á sacar de la iglesia. Él sobresaltado, soltóme luego en el
suelo, y yo encarándome á él, le dije: Pues qué, ¿pensaba el ladron,
que habia de cogerme el dinero? Agradezca que no le visité las tripas
por el pescuezo cuando me traia acuestas hecho San Cristóbal. En
este tiempo andaba el señor juez riñendo con el sacristan porque le
diese el retraido. Él dijo: Yo ya cumplí mi palabra con dárselo al
Toledanillo, que lo llevó acuestas. Riéronse tanto los circunstantes
con la burla hecha al Toledanillo, por ser tan bravo corchete, que
se olvidó el enojo de juez por lo que alcanzaba de la burla viendo
la que se habia hecho á su corchete: y él por no dar á entender su
corrimiento disimuló, por la parte que le tocaba. Esto es para que
los ministros de justicia entiendan, que ni todo ha de suceder como
ellos quieren, ni los delincuentes lo han de remitir todo á las manos,
como suelen en Sevilla, ni hacer resistencias, que si una vez sucede
bien, treinta les sucede mal. Los jueces nunca pierdan el respeto á
los templos, porque les sucede lo que á los perros que andan buscando
la vida, que si muchas veces comen, alguna los vienen á coger entre
puertas. Debe proceder el juez con los delincuentes de manera que no
parezca que la justicia y venganza se conforman para un fin, que se
ha de averiguar las verdades oyendo ambas partes: ni ha de creer, que
uno es malo porque se lo diga quien no es bueno. Juez apasionado no
lo ha de ser en su negocio propio, porque la pasion hace mayores los
delitos del enemigo. Como es dificultoso juzgar por malo aquello que
nos deleita, así es imposible juzgar por bueno lo que aborrecemos: que
mal podrá guardar la autoridad de la ley quien quiere hacerla de su
condicion en ódio ó en amor. Muy confuso se halla un juez cuando le
apelan la sentencia que dió con pasion, no siendo ya señor de ella. Los
delincuentes han de usar de todos los medios humanos y divinos antes
que hacer una resistencia, y quien la hace en confianza del favor que
tiene, merece que le falte cuando lo há menester, como sucede. No puede
haber causa, si no es por salvar la vida, que obligue á un hombre á
tan bárbaro delito, que no se halla sino en hombres desconfiados de la
vida y honra. La humildad con los ministros de justicia arguye valor y
ánimo noble, en que consiste el fundamento de la paz y concordia. Y si
á los tales que se persuade á que son poderosos para cuanto quieren,
los tratamos con soberbia, ¿cómo podremos conservarnos con ellos? Huir
de ellos cuando nos siguen, no es falta de ánimo, sino reconocimiento
de superioridad: y el que de ellos es bien considerado, huélgase de ver
que el delincuente le tiene respeto, en huir ó en retraerse, sin querer
perseguirle ni apretarle más de lo que es justicia y razon. Yo no pude
hacer buen amigo de este hombre, y así me determiné, por no resistirme
ni huir, de hacerle esta burla que se tuvo por acertada, tanto como
reida, con que él me dejó, y el otro se sosegó en perseguirme. Yo para
aquietarme de todo, determiné de arrimarme á algun favor poderoso,
en cuya sombra pudiera descansar. Andaba entonces en Sevilla un gran
Príncipe, de gallardísimo talle, muy gentil hombre de cuerpo, hermoso
de rostro, con gran mansedumbre de condicion y consumada bondad, más
de ángel que de hombre, amiguísimo de hacer bien, amado y admirado en
aquella república, por estas y otras muchas partes que en su persona
resplandecian: sobrino del arzobispo que entonces era en Sevilla, que
era Marqués de Dénia. Yo me determiné de buscar modo como entrar en la
gracia de este Príncipe, y comunicándolo con cierto amigo, le dije:
No es posible, sino que este gran señor me ha de recibir en su favor
y gracia. ¿En qué lo echais de ver? dijo mi amigo. Y respondí yo: En
que yo le soy grandemente apasionado, y perpétuo historiador de sus
admirables virtudes: y no es posible sino que la constelacion que
me obliga á este excesivo amor á él, le incline á serme agradecido.
Sucedióme como yo me lo tenia imaginado, porque estando en el corral
de los naranjos, y pasando por allí este gran Príncipe, me determiné
á hablarle lo más cortesmente que yo pude y supe. Paró el coche, y
oyóme con entrañas piadosísimas, haciéndome la merced que yo deseaba,
y mandándome que le viese. Recibido en su gracia, no me sucedió cosa
mal en Sevilla, ni mis émulos tuvieron brio ni atrevimiento más contra
mí; que el favor de los Príncipes y grandes señores es poderoso para
vivir con quietud en la República, quien quiere ampararse de su valor
y reclinarse á su sombra. Y es cordura el hacerlo, aunque no sea más
de por imitar sus nativas costumbres, que exceden con gran ventaja
á las de la gente ordinaria; que como en las plantas, las más bien
cultivadas dan mejor y más abundante fruto, así entre los hombres,
los más bien instruidos dan mayor y más claro ejemplo de la vida y
costumbres, como son los príncipes y señores, criados desde su niñez en
costumbres loables, no derramados entre la ignorancia del libre vulgo;
que entre los caballeros está, y se usa la verdadera cortesía: de ellos
se aprende el buen trato y la crianza con lo que se debe dar á cada
uno; en ellos se halla la discreta disimulacion y paciencia, y cuando
há lugar el perderla, que como tratan siempre con gente que sabe todos
saben. Los que huyen el trato de los caballeros, no pueden entrarse en
la verdadera nobleza que consiste en la práctica y no en la teórica, y
con ella se aprende el respeto que se les ha de tener, para tratar con
la nobleza ignorada de todo el vulgo.
[Ilustración]
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