En el puente de Judas.
Mientras una docena de láicos arreglaban así, después de comer bien,
los asuntos de la Iglesia católica, D. Angel de Lantigua, separándose
de su sobrina, á quien dejó rezando en la Abadía, marchaba por el
camino real en dirección al puente de Judas, con objeto de visitar á
los comensales del Soto. Acompañábanle á un lado y otro su secretario
y el paje, y seguíanle varios cojos, tullidos y toda la pobretería
del camino, anhelantes de que les echase bendiciones, pues algunos
las estimaban en más que las limosnas que recibían.
El santo varón, con el alma gozosa como de costumbre, iba departiendo
afablemente con sus dos adláteres, cuando al entrar en el puente de
Judas (cuya fábrica de palo era en extremo frágil) notó que éste
se estremecía bajo sus piés. Mas no tardó en hallar la razón de la
sacudida, porque por la otra cabeza del puente acababa de entrar un
hombre á caballo. Galopaba.
—¡Eh! caballero—le gritó el guarda.—Está mandado que por aquí se vaya
al paso.
El ginete era Daniel Morton. Luégo que vió á Su Ilustrísima,
observando al mismo tiempo la estrechura del puente, semejante
en esto al que tienen los mahometanos para entrar en el paraíso,
detúvose y echó pié á tierra.
—¡Ah! ¡Sr. Morton!...—exclamó D. Angel con estupor, sintiendo que de
improviso se desvanecía el gozo de su alma.
Daniel besó el anillo con gran respeto, y descubriéndose, dijo:
—¿No esperaba Su Ilustrísima verme otra vez en Ficóbriga?
—No, seguramente. Ayer recibió mi hermano una carta en que usted le
anunciaba su viaje.
—Pues Dios no ha querido que me vaya hoy.
—Cuidado: no hay que echar la culpa de todo á Dios—dijo el prelado
gravemente.—Dios lo habrá permitido; pero no lo habrá querido.
—Con perdón de Usía Ilustrísima—afirmó Morton,—pienso que lo ha
querido. Yo estaba en el muelle de X... junto á mi equipaje,
esperando el bote que me había de conducir á bordo del vapor, cuando
sentí que una mano muy pesada me tocaba al hombro; volvíme y ví á
Caifás, Sr. D. Angel, con el semblante más angustiado que puede
imaginarse.
—Ya, ya voy comprendiendo.
—Caifás se puso de rodillas delante de mí y me dijo: «Señor, en
Ficóbriga aseguran que he robado, en Ficóbriga dicen que el dinero
que tengo no es mío. El juez me amenaza y todos piden que Caifás
el feo, Caifás el malo, Caifás el idiota vaya á la cárcel. Yo,
quebrantando mi palabra, he dicho que usted me sacó de la miseria;
pero nadie cree al humilde, y D. Juan Amarillo, soberbio entre los
soberbios, clama contra mí...» En resumen, señor obispo, he tenido
que detener mi viaje para sacar á ese hombre de tan mal paso, pues si
así no lo hiciera, la limosna que le dí y que nada vale en verdad, se
trocaría en vilipendio suyo, sumergiéndolo en la miseria.
—¡Buen pensamiento y excelente acción!—dijo el prelado
seriamente.—Ella es tal, que se le puede permitir á usted el paso de
este puente, que de otro modo le estaría vedado. Adelante, pues, y no
se me detenga usted en Ficóbriga.
Despidióle bondadosamente, aunque con sequedad, y Morton siguió su
camino hacia Ficóbriga, mientras D. Angel no paraba en el del Soto;
pero á cada diez pasos volvía la cabeza para ver qué dirección tomaba
el hamburgués. Vióle marchar hacia la Cortiguera, donde vivía Caifás,
y con esto Lantigua sintió calmarse la zozobra que empezó á alborotar
su espíritu.
Cuando el obispo estuvo cerca del Soto, toda la servidumbre y deudos
del cura, con las amas á la cabeza y doña Saturnina al frente de
éstas, á la manera de tambor mayor, salieron á recibirle y besarle
el anillo, de lo que resultó no poca confusión. Y al mismo tiempo le
aclamaban con gritos y decían: «Viva la gloria de Ficóbriga.»
Hasta que el venerable no atravesó la portalada de la huerta, no
cesaron las importunidades de la plebe.
—Aún están aquí los restos del festín—dijo el prelado viendo la
desordenada mesa.—Ha sido buena idea ponerla al aire, porque hace un
calor sofocante.
—Pues me parece que no pasará la tarde sin llover, señores—dijo el
cura husmeando el horizonte.—¿No quiere Su Ilustrísima tomar el
chocolate?
Al punto trajeron los cangilones, y don Angel se sentó en un
banquillo rústico. Rodeáronle todos, menos Sedeño y Rafael del Horro,
que se apartaron para leer un suelto de periódico.
—Sr. D. Silvestre—dijo el prelado cuando empezó á tomar
chocolate.—¿Lloverá esta tarde?
—Me temo que sí. Está la atmósfera muy cargada. Tendremos vendabal, y
fuerte. Así se puso el tiempo el día que naufragó el _Plantagenet_.
¡Qué día, señores, qué día!
—Fué tremendo—dijo Su Ilustrísima.—¿A quién creen ustedes que acabo
de encontrar ahora al pasar el puente de Judas?... ¿No lo adivinan
ustedes? Pues al mismo D. Daniel Morton en persona.
—¿Iba á Ficóbriga?—preguntó con mucho interés D. Juan Amarillo.
—Allá iba... Parece que él fué quien le dió á Caifás...
—Quien no te conoce que te compre—dijo el usurero ficobrigense,
guiñando el ojo.—No creo en tales limosnas, aunque ese extranjero
debe de ser hombre muy adinerado...
—Entonces bien podía hacer una limosna...
—Precisamente lo que no creo es la limosna; lo que no creo es una
generosidad de esa especie. Aquí no somos bobos, Sr. Morton; aquí en
España no nos mamamos el dedo y sabemos conocer á los pillos.
—Amigo D. Juan—manifestó Su Ilustrísima devolviendo el pocillo de
chocolate,—Jesucristo dijo: «No juzguéis para que no seáis juzgados.
Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados...»
Y variando de tono y de asunto, añadió:
—Es una gloria esta huerta de D. Silvestre. Aquí todo prospera, y
el trabajo y esmero del cultivo son frutos de bendición. ¡Ojalá
sucediera lo mismo en toda nuestra España, y tras de cada siembra de
sanos consejos y exhortaciones viniese una cosecha de buena conducta!
¡Qué manzanos, qué perales, qué melocotoneros!
Don Silvestre vió llegado el momento de saborear uno de los más
dulces placeres de su regalona vida, enseñar su huerta. Levantóse
el prelado, y Romero fué delante mostrando las hermosas castas de
perales alineados en espaldera los unos, sustentados otros por
alambres gordos, y todos ellos frondosísimos y cuajados de peras.
Las había bergamotas, duquesas, amantecadas, pardas de invierno y
de otros muchos linajes exóticos. El cura hacía fijar la atención
en los ramilletes de frutas verdes aún, y las tomaba en la mano
para mostrarlas, diciendo:—¿Pero ven ustedes qué peras? En toda
la provincia no hay nada que se les pueda comparar. Mientras esto
sucedía, D. Juan Amarillo había llevado aparte á don Juan de Lantigua
para hablarle de un negocio importante.
—No nos alejemos mucho—le dijo el literato y jurisconsulto,—porque me
parece que va á llover esta tarde.