(_Trad_)
Lisboa, junio.
Mi excelente madrina:
Hé aquí lo que ha «visto y hecho» desde mayo en la hermosísima Lisboa.
«Ulyssipo pulcherrima», su admirable ahijado. Descubrí un compatriota
mío de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres años
construyendo un sistema de Filosofía en el piso tercero de una casa de
huéspedes de la travesía de la Palha. Espíritu libre, emprendedor y
diestro, paladín de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama
Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona,
y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un
espiritualista, consagró su vida a la Lógica y sólo se interesa por la
Verdad. Es un filósofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente
de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana
a su oficina de Metafísica para saber si, conducido por la dulce alma de
Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevió
al fin oculta tras los últimos velos la Causa de las Causas. En estas
piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huéspedes,
que en ese tercer piso de la travesía de la Palha gozan de una buena
vida de ciudad a doce tostones por día, fuera del vino y de la ropa
limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en
Portugal están aquí representadas con fidelidad, y así puedo yo estudiar
sin esfuerzo, como en un índice, las ideas y los sentimientos que en
nuestro año de gracia forman el fondo moral de la nación.
Esta casa de huéspedes tiene encantos. La habitación de mi primo
Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosófica y
virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pájaros por las
paredes, y allí se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas
como sólo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que
arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina,
barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve
comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los
calzoncillos, que los portugueses están continuamente perdiendo,
almidona las enaguas de la señora, reza el rosario de su aldea, y aún le
queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que está
resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo
esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y
abundantes, huevos y «bifftec». El vino lo envía el cosechero, un
vinillo ligero y temprano, hecho según los venerables preceptos de las
«geórgicas», y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, «quo te
carmine dicam, Rethica?» Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son
incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de
Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneración por los
portugueses) una estampa de Pío IX sonriendo y bendiciendo, una vista
del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una tórtola,
inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe,
de Paz campestre y de inocencia.
La patrona, doña Paulina Soriana, es una señora de cuarenta otoños,
frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella más blanca
que la blanca chambra que usa, además de una falda de seda color
violeta. Parece una excelente señora, paciente y maternal, de buen
juicio y de buena economía. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo,
gordo también, que se roe las uñas y estudia en el Instituto. Se llama
Joaquín, y por ternura Quinito; sufrió en esta primavera no sé qué grave
enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baños de
asiento, y está destinado por doña Paulina a la burocracia, que
considera, con mucha justicia, la carrera más segura y más fácil.
--Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace días la apreciable señora,
después del almuerzo y cruzando la pierna--es tener padrinos y lograr un
empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes.
Doña Paulina está tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el
influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el
señor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras públicas o
en el de Justicia una silla de amanuense guardada, señalada, en espera
de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los últimos exámenes, el
señor consejero Vaz Netto resolvió que en vista de que se mostraba tan
desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir
en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino...
--Sin embargo--añadió la buena señora cuando me honró con estas
confidencias,--me agradaría que Quinito terminase los estudios. No es
por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino
por gusto.
Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo
demás, supongo que doña Paulina le reúne un prudente peculio. En la
casa, bien acreditada, hay ahora siete huéspedes, todos de confianza,
estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta
mil reis al mes. El más antiguo, el más respetado (y aquel que
precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileño, el comendador Pinho.
El es quien todas las mañanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del
comedor está descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto
puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a
ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla
especial de mimbres con un almohadón de viento. Nadie sabe de este Pinho
ni la edad, ni la tierra o familia en que nació, ni su ocupación en el
Brasil, ni el origen de su encomienda. Llegó una tarde de invierno en un
paquebot de la «Mala Real», pasó cinco días en el Lazareto, desembarcó
con dos baúles, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tomó su
cuarto en esta casa de huéspedes, con ventana a la travesía, y aquí
engorda risueña y plácidamente con el seis por ciento de sus
inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel
morena, con tonos de café y de ladrillo, siempre vestido de paño fino
negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que él, en la
calle y en cada esquina, desenreda del cordón de oro del reloj para leer
con interés y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una
de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear
el orden en los Estados. Después del almuerzo, se calza sus botas de
caña, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de
los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho,
donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos
apoyadas en el puño del quitasol. Después se coloca el quitasol debajo
del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra,
deteniéndose a contemplar a la señora de sedas más rizadas o la
victoria de arreos más lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquería
de Sousa, en el Rocío, donde bebe una copa de agua de Canecas, y
descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida,
gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da
la vuelta al Rocío, bajo los árboles, con la cara alta y dilatada de
bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus
chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodón, y come,
«repitiendo» siempre de la sopa. Después del café da un «higiénico»
paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueñas, en los
escaparates de las confiterías, y ciertos días sube al Chiado, dobla la
esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza
una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que
es el «London Brasilian». Los domingos, al anochecer, con recato, visita
a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada
semestre recibe los intereses de sus inscripciones.
Así, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le
apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos únicas
entidades: él mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento;
por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho,
gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado
siga pagando fielmente el cupón. Por lo demás, le basta con poco para
contentar la porción de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone.
La necesidad que todo sér vivo (aún las ostras, según afirman los
naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos
o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonríe
y dice desdoblando la servilleta: «tenemos el verano encima»; todos
concuerdan con él y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos
por la barba y murmura: «tenemos encima el invierno»; si otro huésped
disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto
cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa
suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho
y dispuesto a dar gracias a Dios. El «Diario de Pernambuco», el «Diario
de Noticias», alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen
de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginación que
Humboldt encontró aún entre los «botecudos». En las funciones del
sentimiento, Pinho sólo pretende (como reveló un día a mi primo) «no
coger una enfermedad». Con la cosa pública está siempre contento,
gobierne éste o gobierne aquél, con tal que la policía mantenga el orden
y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles,
nocivas al pago del cupón. En cuanto al destino ulterior de su alma,
Pinho (como me aseguró a mí mismo) «sólo desea, después de muerto, que no
le entierren vivo». Aun acerca de punto tan importante, como es para un
comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lápida
lisa y decente con su nombre y un sencillo «Rogad por él».
Erraríamos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno
a todo cuanto sea humano. ¡No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a
la humanidad; sólo que para él la humanidad en el transcurso de su vida
se restringió mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores
de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se
arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho sólo lo son los
prestamistas del Estado. Así, mi primo Procopio, con una malicia harto
inesperada en un espiritualista, contóle hace tiempo en secreto,
guiñando los ojos ¡que yo poseía muchos papeles! ¡muchas pólizas!
¡muchas inscripciones!... Pues en la primera mañana que volví a la casa
de huéspedes después de esta revelación, Pinho, ligeramente colorado,
casi conmovido, me ofreció una cajita de dulce envuelta en una
servilleta, ¡acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un
egoísta, un Diógenes de levita negra, secamente retraído dentro del
tonel de su inutilidad. No. Hay en él toda la humana voluntad de amar a
sus semejantes y de servirlos. Pero, ¿quiénes son para Pinho sus
genuínos «semejantes»? Los prestamistas del Estado. ¿Y en qué consiste
para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a él
le es útil. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en
cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo,
capitalista como él, no dudó, no se retrajo más de su deber humano, y
practicó en seguida el acto de beneficio, y hélo aquí ruborizado y
feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta.
¿Es el comendador Pinho un ciudadano inútil? ¡No, ciertamente! Hasta
para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nación, no hay
más provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hábitos, su
fácil asentimiento a todos los hechos de la vida pública, su cuenta de
todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higiénico
recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o
acto, afirmación o negación que desarreglen la paz del Estado. Así,
gordo, pacífico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su
movimiento, pero tampoco contrariándolo, Pinho ofrece todos los
caracteres de una excrecencia sebácea. Socialmente, Pinho es un
lobanillo. Y nada más inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros
tiempos, en que el Estado está lleno de elementos morbosos y de
parásitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta
«inofensibilidad» de Pinho hasta puede (en relación a los intereses del
orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado,
según se dice, le va a conceder el título de barón. Y barón es un título
que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con él se rinde
simultáneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la
Religión.
El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco José Pinho. Y nuestro
amigo va a ser hecho barón de San Francisco.
¡Adiós, querida madrina! ¡Vamos con el décimo octavo día de lluvia!
Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este país del sol sobre
azul, en la tierra trigueña del olivo y del laurel, queridos de Febo,
está lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos,
imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz
que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama
de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una
mariposa presa en las telas de la araña. Estamos en pleno versículo
XVII, capítulo VII del «Génesis».
En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las
intenciones de Jehová para con este país son diluvianas, y no juzgándome
menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fué Noé, voy a
comprar madera y brea y a hacer un arca según los nuevos modelos
hebraicos y asirios. Y si por acaso de aquí a algún tiempo una paloma
blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aporté
al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a
doña Paulina, para que, más tarde, cuando hayan bajado las aguas,
Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a
quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el
dinero que pidió a Pinho. Suyo ahijado del corazón,