(_Trad._)
Mi adorada amiga:
No fué en la exposición de Acuarelistas, en marzo, donde tuvo conmigo el
primer encuentro por decreto de los Hados. Fué en invierno, mi adorada
amiga, en el baile de los Tressans. Fué allí donde la vi, conversando
con Md. Jouarre, junto a una consola, cuyas luces, entre los ramos de
orquídeas, orlaban sus cabellos de aquel nimbo áureo que tan justamente
le pertenece como «reina de la gracia entre las mujeres». Recuerdo aún
su sonreir cansado, el vestido negro con adornos de color de oro, el
abanico antiguo que tenía sobre el regazo. Pasé; pero luego todo me
pareció alrededor feo y enfadoso, y volví a admirar, a «meditar» en
silencio, su belleza, que me atraía por su esplendor potente y
comprensible y también por no sé qué de fino y espiritual, de doliente
y de afable, que brillaba y venía del alma. Y tan intensamente me embebí
en mi contemplación, que me llevé conmigo su imagen hermosa y entera,
sin faltar un hilo de sus cabellos ni una ondulación de la seda que
vestía su cuerpo y corrí a encerrarme con ella, alborozado, como el
artista que en alguna obscura tienda, entre polvo y trastos, descubriese
la Obra sublime de un Maestro perfecto.
Y ¿por qué no confesarlo? Esa imagen fue para mí al principio, meramente
un Cuadro colgado en el fondo de mi alma, que yo a cada momento miraba
para alabar, con creciente sorpresa, los encantos diversos de Línea y de
Color. Era solamente una tela rara, puesta en un sagrario, inmóvil y
muda en su brillo, sin otro influjo sobre mí que el de una forma muy
bella que cautiva un gusto muy educado. Mi sér continuaba libre, atento
a las curiosidades que hasta entonces lo solicitaban; y sólo cuando
sentía el cansancio de las cosas imperfectas o el deseo nuevo de una
ocupación más pura, regresaba a la Imagen que en mí guardaba como un Fra
Angélico en su claustro, dejando los pinceles al concluir el día, de
hinojos ante la Madona para implorar de ella descanso e inspiración
superior.
Poco a poco, sin embargo, todo lo que no fuese esta contemplación perdió
para mí valor y encanto. Comencé a vivir cada día más recluído en el
fondo de mi alma, perdido en la admiración de la imagen que en ella
brillaba, hasta que sólo esta ocupación me pareció digna de la vida, y
en el mundo todo no reconocí más que una apariencia inconstante y fuí
como un monje en su celda, ajeno a las cosas más reales, de rodillas y
rígido en su sueño, que es para él la única realidad.
Mas no era el mío, mi adorada amiga, un pálido y pasivo éxtasis delante
de su Imagen. ¡No! Era más bien un ansioso y fuerte estudio de ella, con
el que yo procuraba conocer, a través de la Forma, la Esencia y (pues
que la Belleza es el esplendor de la Verdad) deducir de las
perfecciones de su cuerpo las superioridades de su alma. Y así fué cómo
lentamente sorprendí el secreto de su naturaleza; su clara frente que el
cabello descubre, tan clara y despejada, luego me contó la rectitud de
su pensar; su sonrisa, de una nobleza tan intelectual, fácilmente me
reveló su desdén hacia lo mundano y lo efímero y su incansable
aspiración hacia un vivir de verdad y de belleza; cada gracia de sus
movimientos me tradujo una delicadeza de su gusto; y en sus ojos
diferencié lo que en ellos tan adorablemente se confunde, luz de razón,
calor de corazón, la luz que mejor calienta la lumbre que más
ilumina... La certeza de tantas perfecciones bastaba ya para hacer
doblar, en una adoración perpetua, las rodillas más rebeldes. Pero
sucedió también que al paso que la comprendía y que su Esencia se
manifestaba tan visible y casi tangible, descendía una influencia de
ella hacia mí, una influencia extraña, diferente de todas las
influencias humanas, y que me dominaba con trascendente omnipotencia.
¿Cómo lo podré decir? Monje encerrado en mi celda, comencé la
convivencia con la Santa a quien me consagrara. Hice entonces un severo
examen de conciencia. Investigué con inquietud si mi pensar era condigno
de la pureza de su pensar; si en mi gusto no habría desconciertos que
pudieran herir la disciplina de su gusto; si mi idea de la vida era tan
alta y seria como aquella que yo presintiera en la espiritualidad de su
mirar, de su sonreir, y si mi corazón no se dispersara y debilitara con
exceso para poder palpitar con paralelo vigor junto a su corazón. Y he
realizado ahora un jadeante esfuerzo para subir a una perfección
idéntica a aquella que tan sumisamente adoro.
De suerte, mi querida amiga, que se tornó sin saberlo mi educadora. Y
tan subordinado quedé a esa dirección, que no puedo concebir los
movimientos de mi sér sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos.
Sé perfectamente que todo lo que en mí surge de algún valor, idea o
sentimiento, es obra de esa educación que su alma da a la mía desde
lejos, sólo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su
influencia--más bien, como un asceta, debía decir su Gracia--todo mi sér
rodaría sin remisión a una inferioridad. Vea, pués, cómo se convirtió
usted en necesaria y preciosa para mí. Y considere que para ejercer esa
supremacía salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mías;
bastó con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. Así un
arbusto florece en el borde de un foso porque allá arriba, en los
remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace
crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma... Por eso mi amor alcanza
ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese
conciencia, sentiría por la Luz.
Y considere también que considerando de usted como de la luz, nada le
ruego, ningún bien imploro de quien tanto puede y es para mí dueña de
tanto bien. Sólo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que,
emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fácil y dulcemente
realiza mi perfeccionamiento. Sólo pido ese caritativo permiso. Vea,
pues, cuán distante me mantengo en la abatida humildad de una adoración,
que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de
la imagen divina...
Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda
recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un día
de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que
realizaría un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la
Virgen María, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos,
descendiendo en una nube y otorgándoles una sonrisa fugitiva, o dejando
caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraíso. Así, mañana voy a
pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro allí la santidad de una
celda o de una ermita; pero sí casi su aislamiento; y si mi querida
amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no diré una
rosa, sino una sonrisa, quedaría entonces seguro de que este amor mío o
este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va más allá del
amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar.