XXVI

Á orillas de un monte.--Un barómetro humano.--En marcha con

antorchas.--Ecos extraños.--Conjeturas.--Un chañar convertido en

lámpara.--Aparición de Macías.--Inspiración del gaucho.--Alrededores

del toldo de Villarreal.--Una cena.--Cumplo mi palabra.

Al llegar á la orilla del monte, la obscuridad de la noche era completa.

No nos veíamos á corta distancia.

Seguíamos un camino enmarañado, cuyos surcos profundos y tortuosos

comenzaban á abrirse como un gran abanico desplegado.

Hicimos alto; reconocimos la senda que debíamos tomar y combinamos

un plan de señales para el caso de que alguien se extraviara en la

espesura.

Era lo más factible.

Soplaba un viento fresco de _abajo_, grupos inmensos de pardas nubes

recorrían rápidamente el espacio, flotando como fantasmas informes por

el piélago incoloro del vacío; los relámpagos brillaban como saetas de

fuego, lanzadas del cielo á la tierra; el trueno rugía imponente y sus

sordas detonaciones, haciendo temblar al suelo, llegaron hasta nosotros

como el estampido de lejanas descargas de cañón.

La tempestad era inminente.

Ya caían algunas gotas de agua; el viento silbaba, giraba, calmaba,

volvía á soplar y remolineaba, azotando con ímpetu fragoroso el bosque

umbrío.

Las tropillas se movían circularmente, de un lado á otro y el metálico

cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonías del viento.

Yo vacilaba entre seguir la marcha ó acampar.

Llamé á Camilo Arias y le pregunté:

--¿Qué te parece, lloverá?

Miró el cielo, siguió el curso de las nubes, le tomó el olor al viento,

y me contestó:

--Si calma el viento, lloverá; si no, no.

--¿Entonces, seguiremos?

--Me parece mejor; en el monte sufrirán menos los animales, porque si

llueve caerá piedra.

--¡Y no se perderán algunos caballos?

--No se han de mover, los tendremos á ronda cerrada en alguna abra.

--¿Y has tomado la senda?

--Sí, señor.

--¿Estás cierto?

--¡Cómo no!

--¿No te parece prudente que llevemos luces de señal?

--Sería bueno, señor.

--Bien, pues; que hagan pronto unos manojos de paja y sebo.

Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.

Nuestros paisanos hacen algunas cosas con una rapidez admirable.

Las señales consistían en antorchas de pasto seco, atadas en la punta

de unos palos largos.

--¡En marcha!--grité,--y cuidado con apartarse de la senda; marchen

en hilera; si alguno se separa y se extravía, dé dos silbidos, se le

contestará con palmadas; ¡sigan la luz!

Y esto diciendo me puse detrás de Camilo, que hacía de faro ambulante.

Desfilábamos; el huracán bramaba, tronchando los árboles, las baterías

eléctricas fulminaban la negra esfera con rápidas intermitencias,

el rayo serpenteaba horizontalmente, de arriba abajo, en líneas

rectas y oblicuas, descubriendo entre sombras y luz algunas remotas

estrellas; el bronco trueno, en incesante repercusión, conmovía la masa

aérea impalpable y el alma de los nocturnos caminantes se replegaba

sobrecogida sobre sí misma como cuando signos materiales visibles le

auguran un peligro cercano.

Oyóse un eco semejante al que saldría de las entrañas de la tierra si

los que descansan en eternal reposo exhalaran gemidos desgarradores de

profunda desesperación.

Se repitió varias veces.

Unas veces parecía venir de atrás, otras de delante, ya de la

izquierda, ya de la derecha.

El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos

gualdaloso y evitando los lugares más tupidos.

--Es una voz de hombre--me dijo Camilo.

--¿Se habrá perdido alguien?

--Silbaría, señor.

--¿Y entonces? ¿Será algún indio?

--Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto

miedo!

El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caían ya.

--Va á llover, señor--me dijo Camilo.

--Hagamos alto aquí.

Estábamos en un pequeño descampado.

Cesó el viento del todo, chocáronse dos nubes que seguían opuestas

direcciones y simultáneamente se desplomó la lluvia, apagando las

antorchas.

--¡Pronto! ¡pronto! que maneen las madrinas; todo el mundo de

fonda--grité.

El agua caía á torrentes, nos veíamos unos á otros al fulgor de los

relámpagos, las tropillas estaban quietas, no faltaba nadie.

El eco misterioso se oía de vez en cuando, ora se acercaba, ora se

alejaba.

Al fin pudieron percibirlo todos.

--No es voz de indio--dijo Camilo.

--¿Y qué es?--le pregunté.

Su oído era como su vista, jamás le engañaba. No me contestó,

permaneció atento. Resonó el eco, ahogándolo un trueno.

--¿Qué es?--le pregunté.

--No es voz de indio--dijo Camilo.

No se oía nada.

En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono

del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.

Volvióse á oir el eco.

--Gritan--dijo Camilo.

--¿Qué cosa?

--Gritan no más, señor.

--¿Pero qué gritan?

--Gritan ¡eeeeeh!

--¿Será alguno que va arreando animales?

--No me parece, señor.

--¡Escucha! ¡escucha!

El agua disminuía y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se

despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban,

refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones,

anunciaba la bonanza.

Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna

asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.

--Es un cristiano--dijo Camilo.

--Contéstenle.

--¡Aaaaah!--hicieron varios á un tiempo.

--Yo...--pareció oirse otra vez.

No había duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe

desde cuándo, que oía el cencerro de las madrinas y desesperado pedía

ayuda.

--¿Quién es?--gritaron unos.

--Por acá, otros.

Y en eso estábamos, sin poder percibir más que el eco de las últimas

sílabas de lo que nos contestaban.

--Ha de ser algún cautivo que se ha escapado, y como oye cencerro,

calcula que somos nosotros--dijo el capitán Rivadavia.

--Es verdad que ellos no usan cencerro, le contesté, pareciéndome

justísima su conjetura.

Los gritos misteriosos no resonaban ya.

Mandé silbar; lo hicieron varios á una.

No contestaron.

Estábamos con el oído atento, cuando los resplandores de una llamarada

brillaron de improviso, iluminando el cuadro que formábamos alrededor

de un espinillo formidable y coposo.

El ingenioso Camilo, á fuerza de sebo y de paja, de soplar y soplar,

había conseguido hacer fuego en la horquilla que formaba la extremidad

del tronco de un carcomido chañar, medio carbonizado.

La luz debía verse de bastante lejos á pesar de los árboles.

Varios á un tiempo gritaron:

--¡Aaaaah!

Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos

telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardía y los ecos de

mi gente se perdían por la selva.

De repente se oyó una voz que á varios nos pareció conocida.

--Es el doctor Macías--dijo Camilo.

Efectivamente era su voz, ú otra tan parecida á la suya, que se

confundían.

--¡Pronto! ¡pronto! salgan unos cuantos y hagan señas, ordené,

previniendo no perdieran de vista el fuego.

La voz seguía oyéndose.

--Es el doctor, señor, volvió á afirmar Camilo, añadiendo: y viene con

el caballo muy pesado.

--¿Y en qué le conoces, hombre?

--Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.

Mi oído no era de tísico como el suyo.

--¡Macías! ¡Macías!--grité.

--¡Lucio! ¡Lucio!--me contestaron.

Era él.

--¡Por acá! ¡por acá!--gritaban los hombres que acababa de destacar.

Macías se presentó, como nosotros, hecho una sopa.

--¿Y qué es esto?--le pregunté.

--Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salí de

Leubucó, ustedes iban como á una legua, se divisaba muy bien el polvo,

y no quise apurar mi caballo; subía yo al último médano, y ustedes

llegaban á la orilla del monte; calculé mal el tiempo, obscureció y me

perdí.

--¿Y de qué conocidos tenías que despedirte?

--De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.

--¿Y de Mariano Rosas también te despediste?

--Por supuesto, no me ha tratado tan mal.

El esclavo no conoce su condición, sino cuando respira la atmósfera de

la libertad, pensé y me dispuse á seguir la marcha.

En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.

--Señor--me dijo Camilo,--el caballo del doctor está _pesadón_.

--Que lo muden.

Un instante después caminábamos.

Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las

martinetas se alzaban á cada paso espantando los caballos con el

zumbido de su vuelo inopinado y rápido.

El cielo estaba limpio y sereno, la luna y las estrellas brillaban como

luces de diamantes; de la borrasca no quedaban más indicios que unos

nubarrones lejanos.

Lo mismo que luciérnagas en negra noche se divisaron unos fuegos.

Á esa hora y en desierto, era sumamente extraño.

El gaucho argentino tiene la inspiración de todos los fenómenos del

campo.

De noche y de día es su talento.

--Esos fuegos han de ser en un toldo; los vemos por la puerta ó por

alguna rotura de las paredes--dijo Camilo.

--¿Y en qué lo conoces?--le pregunté.

--En que la llama no se mueve porque no tiene viento.

Así conversábamos cuando nuestros caballos se detuvieron de improviso.

Habíamos llegado al borde de una zanja.

Observamos atentamente el terreno, teníamos al frente un gran sembrado

de maíz.

--Aquí es el toldo de Villarreal--dijo el capitán Rivadavia.

--Se oyen ladridos de perros--dijeron otros.

Costeamos la zanja en la dirección que indicó el capitán Rivadavia y

dimos con otro sembrado de zapallos y sandías; nos costó hallar la

rastrillada que conducía al toldo; pero guiados por los ladridos de los

perros y por los fuegos, saliendo de un sembrado y entrando en otro, la

hallamos al fin.

Llegamos al toldo.

Villarreal, su mujer y su hermana nos esperaban.

Eran las diez y media.

Nos recibieron con el mayor cariño.

Yo no quería detenerme por lo avanzado de la hora.

Me instaron mucho y tuve que ceder.

Entramos en el toldo, que era grande y cómodo, de techo y paredes

pintarrajeadas.

Ardían en él tres grandes fogones.

--Señor--me dijo la mujer de Villarreal,--lo hemos esperado hasta hace

un momento con unos corderos asados, pero viendo que era tan tarde

y que no llegaba, creíamos que ya no sería hasta mañana y acaban de

comérselos los muchachos, que _ahora se están divirtiendo_; no han

quedado más que los fiambres y la mazamorra, ¡siéntense! ¡siéntense!

estén ustedes como en su casa.

Nos sentamos alrededor de uno de los fogones, y mientras nos secábamos

y comíamos, mandé mudar caballos.

Yo no tenía hambre, en cambio Lemlenyi, Rodríguez, Rivadavia, Ozarowski

y los franciscanos parecían animados de un entusiasmo gastronómico.

Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra

muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.

En un extremo del toldo se oía el ruido de la chusma ebria; casi todos

los nichos estaban vacíos; en el que estaba detrás de mí dormía una

vieja.

Tenía la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un

esqueleto y descubría un seno cartilaginoso que daba asco.

La cena empezó.

La mujer de Villarreal, viendo que yo no comía, me hizo una seña, se

levantó y salió.

Salí tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial

y brillándole los ojos como sólo le brillan á las mujeres cuando un

pensamiento picaresco cruza por su imaginación.

--Carmen lo espera.

--¿Y dónde está mi comadre?

--Allí.

Me indicaba un toldo vecino.

Llamé á un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenía miedo de

los perros; y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del

estómago fuí á hacer la visita prometida.

El hombre debe tener palabra con las mujeres, aunque ellas suelen ser

tan pérfidas y tan malas; las cosas han de tener algún fin.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 36 / 47 题