Solo en el fogón.--¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de
treinta años?--Con las mujeres es mejor no estar uno solo.--El crimen
es hijo de las tinieblas.--El silencio es un síntoma alarmante en
la mujer.--Visitas inesperadas.--Yo no sueño sino disparates.--Los
filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Me había quedado solo en el fogón, viendo arder las brasas.
Brillaban carbonizadas, y cuando más bellas estaban, el viento las
redujo á cenizas, lo mismo que los desengaños desvanecen nuestras más
gratas ilusiones.
Mis pensamientos flotaban entre dos mundos.
Ya eran prácticos, ya quiméricos, ora me parecían de fácil realización,
ora imposible de realizar; me sentía grande y fuerte; pequeño y débil;
dormitaba y me despertaba; quería salir de allí y no salía.
--¿Por qué?
Porque el hombre no es dueño de sí mismo, sino cuando tiene ideas fijas
ó determinadas.
Una voz dulce me sacó de aquella indecisión, murmurando á mi oído:
--Buenas noches. Di vuelta y al pálido resplandor de las últimas brasas
que se apagaban, reconocí á una mujer.
Era mi comadre Carmen.
--¿Comadre, usted por aquí y á esta hora?--le dije.
--Compadre, he sabido que se va mañana--me contestó.
La hice que se sentara.
Su rostro tenía una expresión tierna; su seno palpitaba con violencia,
agitando levemente los pliegues de su camisa, más ajustada al cuello
que de costumbre, y su mirada traicionaba una inquietud mal disimulada.
--¿Usted tiene algo, comadre?--le dije.
--No, compadre--me contestó,--clavando la vista en el moribundo fogón y
comprimiendo un suspiro.
Si yo no me hubiese hallado en ese período de la vida en que el poeta
exclamaba:
«My days are in the yellow leaf;
The flowers and fruits of love are gone.»
¡Quién sabe qué hubiera pensado!
El viento había calmado, el cielo estaba cubierto de nubes, las
estrellas brillaban tímidamente, como luces lejanas al través de opacas
cortinas, el fogón eran tibias cenizas, mi visita y yo nos veíamos como
dos sombras envueltas en sutil crespón.
El silencio de la noche, interrumpido apenas por la respiración
acompasada de los que dormían cerca de allí; la soledad poética
del lugar; los pensamientos, que como visiones de una edad más
bella, cruzaron como ráfagas de fuego por mi imaginación, le dieron
momentáneamente al cuadro un tinte novelesco.
Desperté á Calixto, se levantó, le ordené que avivara el fuego y cebara
mate.
Removió las cenizas, descubrió algunas brasas, sopló haciendo con las
manos una especie de fuelle y un momento después el fogón flameaba.
Durante un rato, mi comadre y yo permanecimos mudos, oyendo hervir el
agua y crujir la leña.
El fuego ejerce una influencia magnética, irresistible sobre los
sentidos, y he observado que al calor de las llamas resplandecientes
el corazón se dilata, que las ideas germinan placenteras y el alma se
eleva hacia la cumbre de lo grande y de lo bello, en alas de ráfagas
generosas y sublimes.
Por eso el crimen es hijo de las tinieblas y se ceba en la obscuridad.
Calixto me pasó un mate; lo tomé, y dándoselo á mi comadre, la dije:
--¿Por qué se ha quedado tan callada?
Suspiró por toda contestación.
Está visto que las mujeres son iguales en todas las constelaciones, lo
mismo en las montañas, donde las nieves reinan eternamente, que entre
las selvas románticas donde el tímido _urutau_ entona tristes endechas;
lo mismo á orillas del majestuoso Río de la Plata, que en las dilatadas
llanuras de la Pampa Argentina.
Suspirar, creen que es hablar.
Confieso que es un lenguaje demasiado místico para un ser tan prosaico
como yo.
--¿Pero qué tiene, comadre?--le volví á preguntar.
--Compadre--me contestó,--estoy triste porque se va.
--¿Y qué, le gustaría á usted que no me dejaran volver?
--No quiero decir eso.
--¿Y entonces?
--Quiero decir que siento no poder acompañarlo.
--¿Y por qué no se viene á pasear al Río 4.º conmigo?
--Porque no puedo.
--¿No es usted libre?
--¡Libre!
--Libre, sí, ¿no es usted viuda?
--¡Ah! compadre--exclamó con amargura,--usted no sabe cómo es mi vida;
usted no conoce esta tierra.
Y esto diciendo, miró en derredor, como buscando si alguien había
escuchado su indiscreta confesión.
Su voz tenía algo de significativo y de misterioso.
Me parecía que quería decirme algo más y que estaba temerosa de que
algún espía nocturno la oyera.
Me levanté, di una vuelta, me aseguré de que estábamos solos y me senté
más cerca de ella, diciéndole:
--No hay nadie.
--Compadre--me dijo;--no se vaya sin pasar por mi toldo que queda en
Carrilobo, cerca del de Villarreal, allí lo espero; estará mi hermana,
es mujer de confianza y lo quiere, tengo algo que decirle, que le
interesa mucho saber; esta noche lo voy á acabar de averiguar, por eso
he venido, nadie me ha visto todavía...
En ese momento se sintió un tropel y se oyeron como voces de indios
_achumados_.
Se levantó de golpe y diciéndome:--No quiero que me vean aquí,--se
deslizó por entre las sombras de la noche.
La seguí un instante con la vista, hasta que se perdió en la
obscuridad, y me quedé perplejo y lleno de inquietud, de una inquietud
inexplicable, oyendo al mismo tiempo retemblar el suelo y acercarse el
vocerío de la chusma ebria.
La luz de mi fogón los atrajo.
Llegaron, se apearon unos, y otros se quedaron á caballo.
Epumer los encabezaba; venían de un toldo vecino, donde habían estado
de _mamaran_.
Traía en la mano una limeta de bebida y venía bastante _caldeado_. Sin
apearse, me dijo:
--¡Yapaí, hermano!
--Yapaí, hermano--le contesté.
Bebimos alternativamente, y tras del primer yapaí, vinieron otros y
otros.
Afortunadamente, el aguardiente estaba muy aguado y no traía cuerno, ni
vaso, lo que me permitía mojar sólo los labios, pues teníamos que tomar
con la botella.
Viendo que se ponían muy fastidiosos, que me amenazaban con un largo
_solo_, le dije á Calixto:
--Ché, mira que hace frío, alcánzame el poncho.
No tenía más que el que esa mañana me había regalado Mariano Rosas;
quise ver qué impresión hacía verme con él.
Me trajo Calixto el poncho y me lo puse.
Como lo había calculado, surtió un efecto completo mi ardid.
--¡Ese coronel Mansilla toro!--exclamaron algunos.
--¡Ese coronel Mansilla gaucho!--otros.
Muchos me dieron la mano y otros me abrazaron y hasta me besaron con
sus bocas hediondas.
Epumer me dijo repetidas veces:
--¡Mansilla _peñi_! (hermano).
En esos coloquios estábamos cuando un ruido semejante al de un organito
descompuesto se oyó, junto con unas coplas, dedicadas á mí.
Me dieron escalofríos, experimentando frío y calor á la vez y una
destemplanza nerviosa como la que produce el roce de una lima en los
dientes.
¿De dónde salía aquel maldito negro con su execrable acordeón, pues él
en cuerpo y alma era el de la música?
¡Á qué averiguarlo!
No pude resistir, y explotando la respetabilidad de que me revestía el
poncho de mi _compadre_ y _hermano_, le dije á Epumer y á su séquito:
--Caballeros, buenas noches, es tarde, estoy cansado y mañana me voy;
tengo ganas de dormir.
Y los dejé y me metí en mi rancho, y le mandé á Calixto que cerrara
bien la puerta, atando con _guascas_ el cuero que la cubría.
Las visitas me saludaron con varias exclamaciones, como ¡adiós, _peñi_!
¡adiós, amigo! ¡adiós, toro! gritaron un rato, apagaron el fogón
saltando por encima con los caballos, alborotando los perros, hicieron
un gran barullo, y cuando se cansaron se fueron.
Arrullado por su infernal gangolina me dormí.
Toda la noche tuve los sueños más estrafalarios. Así como casi todos
los sentimientos de nuestra alma proceden de las sensaciones de la
_bestia_, así también casi todas las visiones del espíritu dormido
vienen de lo que hemos visto ó contemplado despiertos, con los ojos del
cuerpo ó con los de la imaginación.
Yo soy como los patanes.
Nunca tengo presentimientos en sueños.
Yo no he de ver nunca, como Píndaro, que las abejas depositan su miel
en mis labios;
Ni como Hesiodo, nueve mujeres hechiceras, que fueron las musas que lo
inspiraron;
Ni como Escipión, Numancia destruida, ó Cartago derribada;
Ni como Alejandro delante de Tiro, que Hércules me presenta la mano
desde lo alto de las murallas.
Para que yo viese, á la verdad, en sueños, sería menester que fuese
más sobrio y virtuoso, ó es falso lo que dice Sócrates, que un
cuerpo saciado de placer ó repleto de alimentos y de vino, le hace
experimentar al alma sueños extravagantes; de donde se deduce que los
emperadores, los reyes, los presidentes, los ministros y los diputados,
todos, todos aquéllos, en fin, que deben saber lo que hacen, y que á
más de esto deben procurar leer en lo futuro, _desde que gobernar es
prever_, deben ser gente muy parca en el comer y muy moderada en el
beber, amén de otras cosas indispensables para que la digestión se haga
regularmente.
Yo no puedo tener sueños sino como los que tuve la última noche que
pasé en Leubucó.
Ó he de ver disparates, que no se han de cumplir, ó he de ver
disparatadas las cosas que se cumplieron.
Ó he de soñar que me han proclamado emperador de los Ranqueles, que
_Lucius Victorius, Imperator_, ha hecho coronar emperatriz á la china
Carmen; ó he de soñar que el baile de los indios está en moda en Buenos
Aires y que el botín con taco á lo Luis XV ha sido reemplazado por la
botita de potro de cuero de gato.
Por el estilo fueron mis sueños.
Y diga después Platón que el espíritu divino nos revela en sueños el
porvenir; y diga después Estrabón, que los sueños nos dan á conocer la
verdad, porque, durante la noche, el entendimiento es más activo, más
puro, más claro que durante el día.
Los tales antiguos eran unos utopistas de marca mayor.
Los respeto sólo porque ya son viejos y murieron.