#El asilo#
Encontrábame triste, abatido, cansado de la vida: el destino me había
tratado con dureza, arrebatándome seres queridos, frustrando mis
proyectos, aniquilando mis esperanzas: hombres á quienes llamaba yo
amigos, se habían vuelto contra mi, al verme luchar con la desgracia:
toda la humanidad, con el combate de sus intereses y sus pasiones
desencadenadas, me causaba horror. Quería escaparme á toda costa, ya
para morir, ya para recobrar mis fuerzas y la tranquilidad de mi
espíritu en la soledad.
Sin saber fijamente á dónde dirigía mis pasos, salí de la ruidosa ciudad
y caminé hacia las altas montañas, cuyo dentado perfil vislumbraba en
los límites del horizonte.
Andaba de frente, siguiendo los atajos y deteniéndome al anochecer en
apartadas hospederías. Estremecíame el sonido de una voz humana ó de
unos pasos: pero, cuando seguía solitario mi camino, oía con placer
melancólico el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos y los mil
rumores que surgen de los grandes bosques.
Al fin, recorriendo siempre al azar caminos y senderos, llegué á la
entrada del primer desfiladero de la montaña. El ancho llano rayado por
los surcos se detenía bruscamente al pie de las rocas y de las
pendientes sombreadas por castaños. Las elevadas cumbres azules
columbradas en lontananza habían desaparecido tras las cimas menos
altas, pero más próximas. El río, que más abajo se extendía en vasta
sábana rizándose sobre las guijas, corría á un lado, rápido é inclinado
entre rocas lisas y revestidas de musgo negruzco. Sobre cada orilla, un
ribazo, primer contrafuerte del monte, erguía sus escarpaduras y
sostenía sobre su cabeza las ruinas de una gran torre, que fué en otros
tiempos guarda del valle. Sentíame encerrado entre ambos muros; había
dejado la región de las grandes ciudades, del humo y del ruido; quedaban
detrás de mi enemigos y amigos falsos.
Por vez primera después de mucho tiempo, experimenté un movimiento de
verdadera alegría. Mi paso se hizo más rápido, mi mirada adquirió mayor
seguridad. Me detuve para respirar con mayor voluptuosidad el aire puro
que bajaba de la montaña.
En aquel país ya no había carreteras cubiertas de guijarros, de polvo ó
de lodo; ya había dejado la llanura baja, ya estaba en la montaña, que
era libre aún. Una vereda trazada por los pasos de cabras y pastores, se
separa del sendero más ancho que sigue el fondo del valle, y sube
oblicuamente por el costado de las alturas. Tal es el camino que
emprendo para estar bien seguro de encontrarme solo al fin. Elevándome á
cada paso, veo disminuir el tamaño de los hombres que pasan por el
sendero del fondo. Aldeas y pueblos están medio ocultos por su propio
humo, niebla de un gris azulado que se arrastra lentamente por las
alturas, y se desgarra por el camino en los linderos del bosque.
Hacia el anochecer, después de haber dado la vuelta á escarpados
peñascos, dejando tras de mí numerosos barrancos, salvando, á saltos de
piedra en piedra, bastantes ruidosos arroyuelos, llegué á la base de un
promontorio que dominaba á lo lejos rocas, selvas y pastos. En su cima
aparecía ahumada cabaña, y á su alrededor pacían las ovejas en las
pendientes. Semejante á una cinta extendida por el aterciopelado césped,
el amarillento sendero subía hacia la cabaña y parecía detenerse allí.
Más lejos no se vislumbraban más que grandes barrancos pedregosos,
desmoronamientos, cascadas, nieves y ventisqueros. Aquella era la última
habitación del hombre; la choza que, durante muchos meses, me había de
servir de asilo.
Un perro primero, y después un pastor me acogieron amistosamente.
Libre en adelante, dejé que mi vida se renovara á gusto de la
naturaleza. Ya andaba errante entre un caos de piedras derrumbadas de
una cuesta peñascosa, ya recorría al azar un bosque de abetos; otras
veces subía á las crestas superiores para sentarme en una cima que
dominaba el espacio; y también me hundía con frecuencia en un profundo y
obscuro barranco, donde me podía creer sumergido en los abismos de la
tierra. Poco á poco, bajo la influencia del tiempo y la naturaleza, los
fantasmas lúgubres que se agitaban en mi memoria fueron soltando su
presa. Ya no me paseaba con el único fin de huir de mis recuerdos, sino
también para dejar que penetraran en mi las impresiones del medio y para
gozar de ellas, como sin darme cuenta de tal cosa.
Si había sentido un movimiento de alegría á mis primeros pasos en la
montaña, fué por haber entrado en la soledad y porque rocas, bosques,
todo un nuevo mundo se elevaba entre lo pasado y yo, pero comprendí un
día que una nueva pasión se había deslizado en mi alma. Amaba á la
montaña por si misma, gustaba de su cabeza tranquila y soberbia,
iluminada por el sol cuando ya estábamos entre sombras; gustaba de sus
fuertes hombros cargados de hielos de azulados reflejos; de sus laderas,
en que los pastos alternan con las selvas y los derrumbaderos; de sus
poderosas raíces, extendidas á lo lejos como la de un inmenso árbol, y
separadas por valles con sus riachuelos, sus cascadas, sus lagos y sus
praderas; gustaba de toda la montaña, hasta del musga amarillo ó verde
que crece en la roca, hasta de la piedra que brilla en medio del césped.
Asimismo, mi compañero el pastor, que casi me había desagradado, como
representante de aquella humanidad, de la cual huía yo, había llegado
gradualmente á serme necesario; inspirábame ya confianza y amistad; no
me limitaba á darle las gracias por el alimento que me traía y por sus
cuidados; estudiaba y procuraba aprender cuanto pudiera enseñarme. Bien
leve era la carga de su instrucción, pero cuando se apoderó de mi el
amor á la naturaleza, él me hizo conocer la montaña donde pacían sus
rebaños, y en cuya base había nacido. Me dijo el nombre de las plantas,
me enseñó las rocas donde se encontraban cristales y piedras raras, me
acompañó á las cornisas vertiginosas de los abismos para indicarme el
mejor camino en los pasos difíciles. Desde lo alto de las cimas me
mostraba los valles, me trazaba el curso de los torrentes, y después, de
regreso en nuestra cabaña ahumada, me contaba la historia del país y las
leyendas locales.
En cambio, yo le explicaba también cosas que no comprendía y que ni
siquiera había deseado comprender nunca; pero su inteligencia se abría
poco á poco, y se hacía ávida. Me daba gusto repetirle lo poco que
sabía yo, viendo brillar sus miradas y sonreir su boca. Despertábase la
fisonomía en aquel rostro antes cerrado y tosco; hasta entonces había
sido un ser indiferente, y se convirtió en hombre que reflexionaba
acerca de sí mismo y de los objetos que le rodeaban.
Y al propio tiempo que instruía á mi compañero, me instruía yo, porque,
procurando explicar al pastor los fenómenos de la naturaleza, los
comprendía yo mejor, y era mi propio alumno.
Solicitado así por el doble interés que me inspiraban el amor á la
naturaleza y la simpatía por mi semejante, intenté conocer la vida
presente y la historia pasada de la montaña en que vivíamos, como
parásitos en la epidermis de un elefante. Estudié la masa enorme en las
rocas con que está construida, en las fragosidades del terreno que,
según los puntos de vista, las horas y las estaciones, le dan tan gran
variedad de aspecto, ora graciosos, ora terribles; la estudié en sus
nieves, en sus hielos y en los meteoros que la combaten, en las plantas
y en los animales que habitan en su superficie. Procuré comprender
también lo que había sido la montaña en la poesía y en la historia de
las naciones, el papel que había representado en los movimientos de los
pueblos y en los progresos de la humanidad entera. Lo que aprendí lo
debo á la colaboración del pastor, y también, para decirlo todo, á la
del insecto que se arrastra, á la de la mariposa y á la del pájaro
cantor.
Si no hubiera pasado largas horas echado en la yerba, mirando ó
escuchando á tales seres, hermanillos míos, quizá no habría comprendido
tan bien cuánta es la vida de esta gran tierra que lleva en su seno á
todos los infinitamente pequeños y los transporta con nosotros por el
espacio insondable.