CAPÍTULO PRIMERO

#El asilo#

Encontrábame triste, abatido, cansado de la vida: el destino me había

tratado con dureza, arrebatándome seres queridos, frustrando mis

proyectos, aniquilando mis esperanzas: hombres á quienes llamaba yo

amigos, se habían vuelto contra mi, al verme luchar con la desgracia:

toda la humanidad, con el combate de sus intereses y sus pasiones

desencadenadas, me causaba horror. Quería escaparme á toda costa, ya

para morir, ya para recobrar mis fuerzas y la tranquilidad de mi

espíritu en la soledad.

Sin saber fijamente á dónde dirigía mis pasos, salí de la ruidosa ciudad

y caminé hacia las altas montañas, cuyo dentado perfil vislumbraba en

los límites del horizonte.

Andaba de frente, siguiendo los atajos y deteniéndome al anochecer en

apartadas hospederías. Estremecíame el sonido de una voz humana ó de

unos pasos: pero, cuando seguía solitario mi camino, oía con placer

melancólico el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos y los mil

rumores que surgen de los grandes bosques.

Al fin, recorriendo siempre al azar caminos y senderos, llegué á la

entrada del primer desfiladero de la montaña. El ancho llano rayado por

los surcos se detenía bruscamente al pie de las rocas y de las

pendientes sombreadas por castaños. Las elevadas cumbres azules

columbradas en lontananza habían desaparecido tras las cimas menos

altas, pero más próximas. El río, que más abajo se extendía en vasta

sábana rizándose sobre las guijas, corría á un lado, rápido é inclinado

entre rocas lisas y revestidas de musgo negruzco. Sobre cada orilla, un

ribazo, primer contrafuerte del monte, erguía sus escarpaduras y

sostenía sobre su cabeza las ruinas de una gran torre, que fué en otros

tiempos guarda del valle. Sentíame encerrado entre ambos muros; había

dejado la región de las grandes ciudades, del humo y del ruido; quedaban

detrás de mi enemigos y amigos falsos.

Por vez primera después de mucho tiempo, experimenté un movimiento de

verdadera alegría. Mi paso se hizo más rápido, mi mirada adquirió mayor

seguridad. Me detuve para respirar con mayor voluptuosidad el aire puro

que bajaba de la montaña.

En aquel país ya no había carreteras cubiertas de guijarros, de polvo ó

de lodo; ya había dejado la llanura baja, ya estaba en la montaña, que

era libre aún. Una vereda trazada por los pasos de cabras y pastores, se

separa del sendero más ancho que sigue el fondo del valle, y sube

oblicuamente por el costado de las alturas. Tal es el camino que

emprendo para estar bien seguro de encontrarme solo al fin. Elevándome á

cada paso, veo disminuir el tamaño de los hombres que pasan por el

sendero del fondo. Aldeas y pueblos están medio ocultos por su propio

humo, niebla de un gris azulado que se arrastra lentamente por las

alturas, y se desgarra por el camino en los linderos del bosque.

Hacia el anochecer, después de haber dado la vuelta á escarpados

peñascos, dejando tras de mí numerosos barrancos, salvando, á saltos de

piedra en piedra, bastantes ruidosos arroyuelos, llegué á la base de un

promontorio que dominaba á lo lejos rocas, selvas y pastos. En su cima

aparecía ahumada cabaña, y á su alrededor pacían las ovejas en las

pendientes. Semejante á una cinta extendida por el aterciopelado césped,

el amarillento sendero subía hacia la cabaña y parecía detenerse allí.

Más lejos no se vislumbraban más que grandes barrancos pedregosos,

desmoronamientos, cascadas, nieves y ventisqueros. Aquella era la última

habitación del hombre; la choza que, durante muchos meses, me había de

servir de asilo.

Un perro primero, y después un pastor me acogieron amistosamente.

Libre en adelante, dejé que mi vida se renovara á gusto de la

naturaleza. Ya andaba errante entre un caos de piedras derrumbadas de

una cuesta peñascosa, ya recorría al azar un bosque de abetos; otras

veces subía á las crestas superiores para sentarme en una cima que

dominaba el espacio; y también me hundía con frecuencia en un profundo y

obscuro barranco, donde me podía creer sumergido en los abismos de la

tierra. Poco á poco, bajo la influencia del tiempo y la naturaleza, los

fantasmas lúgubres que se agitaban en mi memoria fueron soltando su

presa. Ya no me paseaba con el único fin de huir de mis recuerdos, sino

también para dejar que penetraran en mi las impresiones del medio y para

gozar de ellas, como sin darme cuenta de tal cosa.

Si había sentido un movimiento de alegría á mis primeros pasos en la

montaña, fué por haber entrado en la soledad y porque rocas, bosques,

todo un nuevo mundo se elevaba entre lo pasado y yo, pero comprendí un

día que una nueva pasión se había deslizado en mi alma. Amaba á la

montaña por si misma, gustaba de su cabeza tranquila y soberbia,

iluminada por el sol cuando ya estábamos entre sombras; gustaba de sus

fuertes hombros cargados de hielos de azulados reflejos; de sus laderas,

en que los pastos alternan con las selvas y los derrumbaderos; de sus

poderosas raíces, extendidas á lo lejos como la de un inmenso árbol, y

separadas por valles con sus riachuelos, sus cascadas, sus lagos y sus

praderas; gustaba de toda la montaña, hasta del musga amarillo ó verde

que crece en la roca, hasta de la piedra que brilla en medio del césped.

Asimismo, mi compañero el pastor, que casi me había desagradado, como

representante de aquella humanidad, de la cual huía yo, había llegado

gradualmente á serme necesario; inspirábame ya confianza y amistad; no

me limitaba á darle las gracias por el alimento que me traía y por sus

cuidados; estudiaba y procuraba aprender cuanto pudiera enseñarme. Bien

leve era la carga de su instrucción, pero cuando se apoderó de mi el

amor á la naturaleza, él me hizo conocer la montaña donde pacían sus

rebaños, y en cuya base había nacido. Me dijo el nombre de las plantas,

me enseñó las rocas donde se encontraban cristales y piedras raras, me

acompañó á las cornisas vertiginosas de los abismos para indicarme el

mejor camino en los pasos difíciles. Desde lo alto de las cimas me

mostraba los valles, me trazaba el curso de los torrentes, y después, de

regreso en nuestra cabaña ahumada, me contaba la historia del país y las

leyendas locales.

En cambio, yo le explicaba también cosas que no comprendía y que ni

siquiera había deseado comprender nunca; pero su inteligencia se abría

poco á poco, y se hacía ávida. Me daba gusto repetirle lo poco que

sabía yo, viendo brillar sus miradas y sonreir su boca. Despertábase la

fisonomía en aquel rostro antes cerrado y tosco; hasta entonces había

sido un ser indiferente, y se convirtió en hombre que reflexionaba

acerca de sí mismo y de los objetos que le rodeaban.

Y al propio tiempo que instruía á mi compañero, me instruía yo, porque,

procurando explicar al pastor los fenómenos de la naturaleza, los

comprendía yo mejor, y era mi propio alumno.

Solicitado así por el doble interés que me inspiraban el amor á la

naturaleza y la simpatía por mi semejante, intenté conocer la vida

presente y la historia pasada de la montaña en que vivíamos, como

parásitos en la epidermis de un elefante. Estudié la masa enorme en las

rocas con que está construida, en las fragosidades del terreno que,

según los puntos de vista, las horas y las estaciones, le dan tan gran

variedad de aspecto, ora graciosos, ora terribles; la estudié en sus

nieves, en sus hielos y en los meteoros que la combaten, en las plantas

y en los animales que habitan en su superficie. Procuré comprender

también lo que había sido la montaña en la poesía y en la historia de

las naciones, el papel que había representado en los movimientos de los

pueblos y en los progresos de la humanidad entera. Lo que aprendí lo

debo á la colaboración del pastor, y también, para decirlo todo, á la

del insecto que se arrastra, á la de la mariposa y á la del pájaro

cantor.

Si no hubiera pasado largas horas echado en la yerba, mirando ó

escuchando á tales seres, hermanillos míos, quizá no habría comprendido

tan bien cuánta es la vida de esta gran tierra que lleva en su seno á

todos los infinitamente pequeños y los transporta con nosotros por el

espacio insondable.

La Montaña · 第 5 / 29 题